Pierre Nora y Le Débat

Pierre Nora acaba de publicar dos nuevos volúmenes recopilatorios en chez Gallimard. Présent, nation, mémoire prolonga  la reflexión contenida en su Lieux de mémoire, insistiendo en la transformación de nuestra relación con el tiempo, en la mutación de la forma moderna de nación y en el surgimiento de un nuevo régimen memorial en las sociedades contemporáneas: “Cette réunion d’articles est inséparable des Lieux de mémoire. Ils en constituent le soubassement et les prolongements”, nos dice Nora. Historien public, por su parte, reúne textos que ahondan en su trabajo como historiador y editor:  “Après avoir édité quelque sept cents livres, je me suis résolu à m’éditer moi-même. Cet ouvrage-ci mêle autobiographie intellectuelle et portrait d’époque à travers les interventions, polémiques et prises de position que j’ai été amené à provoquer ou à soutenir depuis cinquante ans”.
    

Con este motivo, el portal nonfiction nos ofrece una muy extensa entrevista con este historiador. François Quinton y Pierre Testard abordan esa iniciativa centrándose en la revista Le Débat, de cuya aparición se cumplen tres décadas. Dada su extensión, con cuatro partes muy amplias, ofrecemos unos breves párrafos:

Nonfiction.fr– ¿Cuáles son los orígenes del proyecto Débat?

Pierre Nora.  Data de mucho antes de la llegada de Antoine Gallimard. El proyecto se remonta a 1980, y fue su padre, Claude Gallimard, quien dirigía entonces la editorial.  Fue un asunto que tardó en germinar.  Desde hacía tiempo, Claude Gallimard tenía en mente apoyar la parte de las ciencias sociales y humanas que yo había desarrollado a partir de 1966 cuando entré en la casa, y hacerlo con una revista que sería para el sector lo que había sido la Nouvelle Revue Française (NRF) para la literatura. Sabiendo lo que era una revista, yo era completamente hostil.

A partir de 1973, mi relación con la casa se complica por distintas razones. Entonces, cuando en 1977 tenía decidido entrar en Hautes Etudes, Claude Gallimard insistió en que me quedara. Pero yo tenía toda la intención de dejar Gallimard. Volvió a hablarme del proyecto cuando se creó la revista L’Histoire. En el lugar donde usted está ahora sentado, vino a decirme:  “Seuil está a punto de sacar L’Histoire y ha lanzado su colección Points -esta colección incluía en particular la Histoire de la France rurale en la que participaban Georges Duby y Emmanuel Le Roy Ladurie. Si usted hubiera hecho la revista, habrámos podido fijar nuestros autores “. También fue en este momento cuando François Furet y Laurent Theis la revista H. Histoire en Hachette. Finalmente interioricé el proyecto, y cuando me fui a Hautes Etudes en 1977, todo el mundo, incluyendo a Pierre Bourdieu, con quien había estado hablando de ello, me dijo:  “¡Estarías loco si no aceptaras, es muy importante para Hautes Etudes hacer una revista “. En ese momento, tenía en mente una mezcla entre la revista Daedalus y la New York Review of Books. Así que terminé por convecerme del todo y le presenté un modelo a Claude Gallimard. Que a su vez lo rechazó, por demasiado ambicioso y demasiado periodístico: lo que quería hacer era una especie de revista ilustrada, cuya tirada hubiera ascendido a 30.000 ejemplares. Tuve que revisar mi ambición a la baja -aunque al principio las secciones eran más variadas que en la actualidad. La revista Le Débat sale, pues,  en 1980, y los comienzos fueron difíciles: yo quería una revista bimestral, incluso trimestral, mientras que Claude Gallimard quería que fuera mensual, como la NRF. La idea de una publicación mensual no era la apropiada para este tipo de revista, sobre todo porque acababa de empezar mis seminarios en Hautes Etudes. Así que fue una paradoja, porque, tras un año y medio de aparición mensual, Claude Gallimard de repente quiso que pasara a ser anual. Finalmente logré negociar algo intermedio: una publicación bimestral, excepto en verano. Los inicios de Le Débat fueron, además,  caóticos y complejos en términos de edición. Especialmente desde que Claude Gallimard se mostrara insatisfecho con mi primer editorial, “Que peuvent les intellectuels?”, que había causado un gran revuelo, sobre todo en Foucault. De hecho, no le gustó que me implicara personalmente, pues quería que me desempeñara como simple editor, como hacía hasta entonces. ha sido un mecanismo muy complicado: con una apretada agenda, en el fondo quedé encantado con el cambio de publicación mensual a bimensual, pero decepcionado por la manera abrupta en que se me anunció,  porque los números ya estaban comprometidos.

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Nonfiction.fr– ¿Usted chocó con los obstáculos propios de la propiedad en un sello como Gallimard?

Pierre Nora- Sí, fue la dificultad más grande, algo que estaba y que estoy siempre dispuesto dispuesto a asumir.  (…) Recuerdo que tuvimos problemas, en particular en un número que dedicamos al mundo de la edición y de las librerías, donde Claude Gallimard, literalmente, retuvo la revista en la imprenta, ya que sabía que Jérôme Lindon  [Director de Editons de Minuit] participaba. A veces ha faltado tener esas dificultades. Además, una casa como Gallimard no está hecha para la política.

Nuestro objetivo era claro: pensar el presente y, sobre todo, el futuro que se avecinaba, con un agudo sentido de una evolución muy profunda de todos los modelos de pensamiento, del modelo nacional, de la relación con el futuro y el pasado. Es por eso que, además, que la historia sigue ocupando un lugar importante sin ser una revista de historia. Nunca hemos querido hacer una revista de historia, aunque es central en los temas que abordamos En gran medida hemos abrazado la reflexividad histórica de esos años, por ejemplo con la publicación de números sobre “Penser le XXe siècle”. Dios sabe si el asunto Hobsbawm no lo disvirtúa todo [Como ya ha aparecido en este blog, Pierre Nora se negó a publicar The Age of Extremes (Historia del siglo XX), la obra del historiador marxista británico Eric Hobsbawm, provocando la ira de muchos comentaristas. De todos modos, Le Débat dedicó 84 páginas a discutir sus puntos de vista en el número 93, de enero-febrero de 1997).

Esta sensibilidad sobre la definición de Débat  -a la pregunta “¿Qué es y qué no es Débat? “- aún existe en nuestros artículos.

Así que vuelvo sobre el funcionamiento interno: no hay consejo editorial, sino un intercambio absolutamente permanente entre Marcel Gauchet, Krzysztof Pomian y yo. Pomian, a veces, hace de juez de paz entre Marcel y yo, cuando ambos vacilamos o cuando disentimos – algo que por suerte sucede! porque una revista se hace sobre  los desacuerdos- y con frecuencia Krzysztof es el árbitro, el tercer hombre. Por lo demás, nos cuesta encontrar nuestra actualidad, es decir, crear nuestra propia actualidad. Además de las dificultades entre las familias intelectuales, hay también un problema de actualidad cultural o política cuando estás dentro de un sello editorial, con todas las limitaciones que impone, especialmente las limitaciones de tiempo. Preparamos el manuscrito con más de dos meses de antelación, con lo que se puede imaginar que es una restricción  terrible: hoy en día, cuando se proyecta algo por adelantado no siempre se cumple.  Nuestros sumarios son siempre pensados y meditados. No es un cajón de sastre. Puede haber números especiales, puede haber conjuntos de tres o cuatro artículos  o dosieres y, en todo caso, el sumario está meditado. Hay limitaciones que a veces pesan – si tenemos un artículo desde hace mucho tiempo hay que incluirlo, etc. Es muy difícil explicar cómo hacemos un sumario: a veces por contrario, a veces por armonía, a veces pensando en el público.

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Nonfiction.fr- ¿Cómo ve el futuro de la revista?

Pierre Nora.  Esa es una pregunta importante en la que me gustaría que hubiera participado Marcel, ya que es evidente que sobre el futuro de la revista -si lo tiene- él puedo hablar mejor que yo. Si no pasa nada, voy a cumplir ochenta el próximo año, hace treinta que hago esta revista. Obviamente, [Serge] Audier tiene razón: en cierta forma, treinta años son suficientes. Sin embargo, los problemas que se plantean, en mi opinión, son de diversa índole. En primer lugar, existe el problema de Internet. No estoy hablando de estar en línea, algo que todas las revistas hacen y que permite que se las pueda consultar más o menos fácilmente. Es obvio: nosotros lo vamos a hacer. En estos momentos estamos trabajando en ello y estaremos listos, digamos, en enero. Haremos una renovación completa, ya que somos conscientes de que el sitio actual no es satisfactorio. Estará disponible en Gallimard y en Cairn, al igual que otras revistas. Cairn ofrecerá los servicios que ofrece a otras revistas, con la indexación, etc.

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***

Aprovechando la ocasión, recomiendo el penúltimo número de Le Débat (el último trata la “primavera árabe”),  dedicado a “L’histoire saisie par la fiction”. Se dice allí:

A primera vista, las cosas son simples, la separación de dominios está bien establecida: de un lado, el conocimiento de los hechos históricos “tal como realmente ocurrieron” y, del otro, obras de imaginación, que en ocasiones nos pueden transportar al pasado, pero cuya función es proporcionar placer, no instruir.

En realidad, la demarcación es menos clara de lo que parece. Para empezar, la reconstrucción de la realidad histórica más exigente en términos críticos comporta una parte incompresible de relato, como destaca en particular Paul Ricoeur. Ello no carece de consecuencias para el trabajo de los historiadores. Lo que es más, la restitución del pasado siempre supone siempre algún tipo de evocación,  tornarlo representable o imaginable para el lector. De ello se desprenden fuertes restricciones para la escritura de la historia, inevitablemente tentada de pedir prestados medios propios del arte. También, por último, las fábulas pueden tener un algo de verdad, como los propios historiadores nos han enseñado a descifrar en los documentos antiguos. Esto sigue siendo una característica permanente: ciertos tipos de ficciones pueden ofrecen otro tipo de verdad, distinta de la de los  hechos positivamente verificados.

Entendemos a partir de ahí la eventual ambición de trasladarse a la historia para otorgar a eventos o personajes a una vida más “real”  que la que encontramos en los escritos de los historiadores profesionales. Pero entendemos también la eventual aspiración literaria de los historiadores cuando los límites de sus fuentes les impiden acceder a partes esenciales de la reconstrucción de su objeto y sólo las formas de sugestión poética parecen capaces de llenar estos vacíos.

Esta ambición y esa aspiración se encuentran en la naturaleza de nuestra relación con el pasado y de nuestras posibilidades de aprehenderlo. Por lo general, permanecen en un estado de virtualidades sordas, que son controladas por la autoridad de la   disciplina  histórica yde sus  métodos, y más aún por la fuerza intrínseca de la distinción entre verdad y ficción, cuya pertinencia inquebrantable no queda alterada que la porosidad de las fronteras. Y entonces sucede que los diques se rompen, se instala la confusión y se multiplican las tentativas en varias direcciones.  Esto puede deberse a que un elemento del pasado comienza a tener tal relieve en la conciencia colectiva que exige nuevos medios patra hacerlo presente.   Puede ser, más  a menudo, porque cambia completamente la relación con el pasado y exige otra escritura para traducirla, tanto desde el punto de vista erudito como popular.

Estamos, al parecer, en uno de estos movimientos de redefinición donde los puntos de referencia oscilan, donde las líneasse desplazan, donde se buscan otros modos de expresión. La ficción se agarra a los hechos; la ciencia de los hechos se interroga sobre sus relaciones con la ficción, cuando no se siente tentada a probar sus métodos. Es la exploración de los diferentes aspectos de este trabajo a lo que se dedica este número.

Su preocupación inmediata no es ningún misterio: se refiere principalmente a una secuencia histórica específica, la culminación trágica del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, sus distintas implicaciones. Como si una toma de conciencia con retraso nos obligara a revisar estos acontecimientos para inscribirlos de otra manera en nuestra idea de nosotros mismos.

Es discutible, sin embargo, si este objeto candente constituye la vanguardia de una revisión destinada a extenderse, paso a paso, al pasado en su conjunto. ¿Y si, a través de esta búsqueda de la mejor manera de contar esa historia que nos afecta más de cerca, encontramos la forma de entender la experiencia histórica en general?

En particular, nos complace acoger en este número la inédita primera versión de la ego-historia de Georges Duby. Recientemente encontrada entre sus papeles, ilustra los tormentos del historiador presa de la tentación literaria. Damos las gracias a Patrick Boucheron por su ayuda y a la Señora Andrée Duby por su autorización.

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