Enzo Traverso: el intelectual judío

Hace ahora casi cuatro años, anunciábamos aquí una buena nueva, la aparición de la La Revue internationale des livres et des idées. La iniciativa ha durado ese tiempo y 16 números, hasta que la pasada primavera tuvo que cerrar. Pero no ha sido una muerte definitiva, pues acaba de regenerase bajo una nueva rúbrica, más modesta pero igualmente ambiciosa, La Revue des livres. Estará dedicada a las reseñas de libros, procurando que cada comentarista aproveche los volúmenes analizados para reflexionar sobre el asunto de que se trata. El primer número apareció este pasado verano, en agosto, y entre sus contenidos (parcialmente accesibles en abierto) nos detenemos en los primeros párrafos de “Les métamorphoses de l’intellectuel juif : la fin d’un cycle”, del siempre interesante Enzo Traverso, que aborda la obra de Yuri Slezkine. Esto dice:

En un ensayo temprano tan famoso como controvertido, Karl Marx había presentado el judaísmo como una fuente de la modernidad (y el capitalismo como resultado de un mundo “judaizado”). Es, en resumen, la tesis del historiador estadounidense (de origen judeo-ruso) Yuri Slezkine. En su opinión, la modernización del mundo coincide con su judaización, a condición de  definira  los judíos  no (o no sólo) como una comunidad religiosa, sino como una minoría históricamente constituida en torno a una serie de rasgos importantes que hoy son universalmente compartidos: el mercado , la comunicación, la movilidad, el cruce de lenguas y culturas, la especialización. Los judíos encarnaron la economía mercantil desde la Edad Media y sus banqueros gestionaron los asuntos de las cortes de Europa mucho antes de la llegada del capital financiero. Han conocido el exilio y aprendido a vivir en la diáspora durante siglos antes de que el concepto de globalizaciónde apariciera en nuestro léxico. El comercio, la medicina, el derecho, la interpretación textual y la mediación cultural han organizado siempre su existencia. La emancipación les ha impulsado al centro de la modernidad, como una élite de “Mercurianos” (extranjeros y móviles, productores de conceptos) en un mundo de “apolíneos” (guerreros y sedentarios, productores de bienes). En resumen, Slezkine ofrece una amplia metáfora de la historia judía, subrayando el vínculo orgánico que lo conecta con el mundo moderno. Pero los Judios no sólo han prefigurado la globalización capitalista, pues han sido también los críticos más agudos, inspirando e incluso a veces dirigiendo los movimientos más revolucionarios, tanto intelectuales como políticos, los dos últimos siglos. Por lo general, han encarnado la modernidad en sus diversas dimensiones porque fueron a la vez precursores, críticos y víctimas: si el siglo XX fue el “siglo judío”, fue también el momento culminante del antisemitismo.

Especialmente en la Europa Central y Oriental, donde formaban una minoría muy consistente antes de la Segunda Guerra Mundial, los judíos vivían como “extranjeros” y “marginados”. La emancipación había causado en un período muy corto de tiempo la disolución de la antigua comunidad religiosa replegada sobre sí misma, favoreciendo una extraordinaria ola de modernización y asimilación cultural. Fuera de la sinagoga y separados de la tradición, como “extranjeros” en un mundo a menudo hostil, los judíos han encarnado una “alteridad” claramente perceptible, aunque compleja, variada y difícil de definir: por un lado, abrazaron la causa del “progreso”; por otro, eran el blanco preferido de la cultura conservadora. En su desarrollo, los nuevos nacionalismos vieron en el cosmopolitismo judío su enemigo natural. De la Berlinerstreit al caso Dreyfus, de Heinrich von Treitschke a Édouard Drumont y Charles Maurras, los judíos fueron  estigmatizados como representantes de una modernidad corruptora y “degenerada”. Suspendidos entre la tradición perdida y la de respetabilidad negada, muchos intelectuales judíos se convirtieron en herejes, según la definición dada por Isaac Deutscher, en “judíos no-judíos” (non-Jewish Jews). Como marginales y extranjeros, podían escapar a las restricciones institucionales, políticas y culturales -casi se podría decir “psicológicas” – como resultado de un contexto nacional en el que se insertan sin necesidad de “pertenecer” por completo. Esta mirada un poco fuera de lo común y poco habitual sobre el mundo a partir de un observatorio marginal puede parecer extraña, sorprendente, pero también tiene sus ventajas, ya que permitiría ver lo que otros -la mayoría- no ven. A principios del siglo XX, Georg Simmel definió el “extranjero” (Fremde), no como simple viajero, sino como “el huesped que se queda”:  una figura de la alteridad que no puede dejar de confrontar las dos culturas, la suya y la del país anfitrión. Por la mirada a la vez  interna y externa que proyecta sobre la sociedad en la que vive, el extranjero está bien posicionado para elaborar una  visión crítica y anticonformista, que se aparta tanto de las convenciones como de las ideas recibidas. A partir de la sociología de Simmel, Karl Mannheim teorizó sobre la “intelectualidad independiente/sin ataduras” (freischwebende Intelligenz) más allá de las clases sociales: un grupo susceptible de desarrollar un pensamiento crítico no sujeto a la defensa de los intereses establecidos.  Siegfried Kracauer, por su parte, vio en la extraterritorialidad el secreto de la escritura de la historia: fue su  prolongado exilio lo que permitió a Tucídides “ver las cosas desde ambos lados -tanto desde el Peloponeso, como desde Atenas”.  Por supuesto, esto no quiere decir que, en virtud de su exterioridad a las instituciones y de su marginalidad social, todos los intelectuales judíos sean, por definición, lúcidos y perspicaces. Sin embargo, esta marginalidad -acentuada durante la primera mitad del siglo XX por la experiencia del exilio- ha favorecido esa mirada, que a veces ha demostrado ser particularmente penetrante. Durante la Segunda Guerra Mundial,fueron sobre todo los exiliados los que vieron y pensaron Auschwitz  en medio de un mundo ciego o indiferente. Al mismo tiempo, el exilio ha sido siempre una condición de aislamiento e impotencia política, de carencias materiales y dificultades para comunicarse con el mundo. Hannah Arendt ho había colocado justamente bajo el signo del acosmismo (worldlessness), de la carencia y privación del mundo. En las trágicas circunstancias de la crisis europea entre las dos guerras mundiales, los judíos se convirtieron en parias: individuos privados de existencia jurídica y política, apátridas, sin derechos y sin ciudadanía (stateless), reducidos a una condición humana desnuda .

   

Después de Auschwitz, el antisemitismo dejó de ser la modalidad dominante de la percepción de la alteridad judía en el seno de las sociedades europeas. Causado por esta ola de violencia extermininadora, el antiguo desprecio fue reemplazado gradualmente por un sentimiento de culpa. Europa se reconoció culpable. Los judíos abandonaron su antigua condición de parias para adquirir una posición totalmente legítima en las instituciones culturales y políticas del Continente. Aparecida ya en la Inglaterra victoriana del siglo XIX , en la Italia postunificación  y especialmente en Francia de la Tercera República, países en los que judíos habían sido ministros, jefes de gobierno, altos cargos militares y científicos respetados en el mundo científico, esta tendencia se ha extendido sin obstáculos. En otras palabras, los judíos siguen siendo, tal como los define Slezkine, los representantes por excelencia de la modernidad, pero han dejado de ser el objetivo y el chivo expiatorio. En el mundo globalizado, las minorías de la diáspora no siempre reman contra corriente. Los judíos han dejado de ser “extranjeros” en la época del “triunfo universal de Mercurio”. En cierto modo, Auschwitz ha cerrado un ciclo de la historia europea (y judía). Pero el fin del judaísmo paria también significa el final de una etapa en la historia del pensamiento crítico en el mundo occidental. […]

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Una respuesta a “Enzo Traverso: el intelectual judío

  1. No estoy tan segura de que el panorama sea así de amable. A diferencia de otros “extranjeros” a quienes la necesidad obliga a desempeñar las tareas menos calificadas en economías más prósperas, los judíos no han dejado de ser un “pueblo” errante ni de constituir una “diáspora” ni de continuar encarnando la odiada figura del “burgués”. Se suma, además, a cuenta del judío, una nueva requisitoria que justifica el antisemitismo post Auschwitz y que, paradójicamente, encuentra motivos en el estado de Israel para acusar de nazi al “extranjero universal” de la historia. Dado que un judío no puede no ser judío, siendo la apostasía un derecho que no lo asiste, a diferencia de lo que sucede con cualquier descendiente de católicos que deja de serlo mediante el sencillo expediente de declararse ateo, agnóstico o no practicante, sabe que es la suya una condición permanente y que en casi todas las sociedades en las que vive, circulan comentarios antisemitas que habrá de escuchar o que le serán ahorrados en su presencia. Es posible que el pensamiento crítico haya dejado de ser posible: el pensamiento mismo ha claudicado. Dudo que la capitulación generalizada — que vive de la retórica y de las jergas; que entroniza su relativismo sólo por simple pereza de hacerse preguntas cuyas respuestas tengan algún interés cuando, increíblemente, están disponibles como nunca fuentes nuevas y exhaustivas para buscar verdades que, siempre precarias, podrían aportar mucho más que las reiteraciones infinitas de asedios a temas sobre lo que se ha dicho todo o todo se ha dicho mal– tenga algo que ver con la supuesta desaparición del judaísmo paria. Conjeturo que no serán pocos los que adjudiquen el triunfo universal de Mercurio a la sinarquía internacional. Por otra parte, se despliega ante nuestros ojos la tercera religión monoteísta. En teoría, la modernidad debería haber terminado en 1789, al menos formalmente. ¿Habrá algún atajo que nos deposite en la Edad contemporánea y en lo que le sigue?

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