Historia de la virilidad

He de reconocer que me levanto cada mañana sintonizando la radio y que, desde un tiempo a esta parte, solo escucho anuncios. Entre ellos, uno de los más persistentes es aquel que reza: “Te tomas una pastilla de energisil y a jugar toda la noche. Con energisil me pongo a mil ! Sí, sí, sí …”.  El spot me ha venido a la mente en cuanto ha aparecido la nueva trilogía comandada por Georges Vigarello, Alain Corbin y Jean-Jacques Courtine: Histoire de la virilité (1. Invention de la virilité. De l’Antiquité aux Lumières; 2. Triomphe de la virilité. Le XIXe siècle; 3. Virilité en crise? XXe-XXIe siècle).

He aquí lo que nos indica Seuil, su editor:

La masculinidad sería virtud. Remitiría a lo “perfecto”, fundando en el ideal de la dominación masculina una de las características de las sociedades occidentales. Así se inventó un poder, el de la fuerza física al valor moral, imponiendo sus códigos, sus ritos, su formación.

La tradición, sin embargo, es más compleja, la virilidad no se puede congelar en una historia inmóvil. Las cualidades se recomponen con el tiempo. La sociedad mercantil no puede tener el mismo ideal que la sociedad militar. El cortesano no puede tener el mismo ideal viril que el caballero. La corte y la ciudad inventan patrones cambiantes. Son estas diferencias y esos cambios los que trata el primer volumen, que va desde la antigüedad hasta la Ilustración, introduciendo la historia en lo que parece no tenerla.

En esa tradición, la perfección está siempre amenazada de insuficiencia: la fuerza  no puede ignorar la fragilidad. Y queda una importante ruptura con la Ilustración, que remite a la propia dominación. Una nueva virilidad se afirma. El antiguo ascendiente es condenado, los padres pueden parecer “tiranos”, aunque nadie cuestiona la dominación sobre lo femenino.

El período que abarca el segundo volumen corresponse al máximo de la virtud viril. El sistema de representaciones, de valores y normas que la constituye se imponen con tal fuerza que no puede ser realmente desafiada.

La proliferación de lugares del entre-soi  masculino -el colegio, el seminario, el pensionado, el cabaret, el burdel, la sala de guardia, la armería, el fumadero, etc.-  son todos teatros donde se inculcan y florecen los rasgos que dibujan la figura del hombre viril.

En el siglo XIX,  la virilidad, que está ligada en parte a la muerte -muerte heroica en el campo de batalla o en el duelo, muerte causada por la fatiga del trabajador, muerte del hombre agotado por la mujer-  no es una simple virtud individual. Ordena e irriga la sociedad cuyos valores sustenta. Induce efectos de dominación. Estructura la representación del mundo.

Al entrar en el siglo XXI, el rumor crece en Occidente: los hombres ya no serían más hombres, “auténticos”. De este malestar en la parte de la cultura masculina de la civilización, la virilidad es un indicador crucial. Ya que es sobre este ideal de fuerza física y potencia sexual, de control y coraje, sobre el que ha sido construido históricamente la cultura de lo que pasa por ser la “naturaleza” del hombre. Y el que permanece como fundamento de la dominación masculina.

Ahora la crisis se está extendiendo, al parecer, al Imperio del mal:   las carnicerías guerreras han eliminado la madera del héroe, el retorno cíclico de las depresiones económicas ha erosionado el orgullo de los trabajadores; el aumento de los conformismos seca las ganas de aventura. El despertar y los progresos de la igualdad de género, los avances del feminismo, han venido a desafiar antiguos privilegios y las inaceptables violencias.

Se da así la paradoja de la masculinidad contemporánea: ¿cómo entender que esta representación hegemónica del poder masculino haya llegado a parecer tan incierta? ¿Los hombres de hoy consienten en llevar mucho más tiempo esta carga  milenaria, o desearían sentir que se aligera? A riesgo de renunciar a sus ventajas …

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2 Respuestas a “Historia de la virilidad

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