En números rojos: del crédito a la deuda

Entre los volúmenes que han inundado los escaparates en los últimos meses, quizá el más apropiado para los tiempos que corren sea Debtor Nation: The History of America in Red Ink (Princeton University Press), del historiador Louis Hyman. A quien le interese, puede leer el primer capítulo, titulado “Making Credit Modern: The Origins of the Debt Infrastructure in the 1920’s“, o repasar el resumen que ofreció hace algunos meses el propio autor.

Por lo demás, y aunque parezca extraño, no ha tenido una gran acogida, excepto en determinados círculos de la historia económica. Con todo, la Harvard Magazine le dedicó el pasado verano unos párrafos, pues no en vano Hyman se desempeña allí como “lecturer”.  La reseña la firma su colega Nancy F. Koehn y dice así:

En el primer trimestre de 2011, el promedio deudor de un hogar estadounidense se eleva a 115.000 dólares, entre hipotecas, tarjetas de crédito y otros, lo cual es una suma enorme, pero menos (debido a la recesión) que la cifra del tercer trimestre de 2008, cuando era de más de 125.000 $ . Este enorme océano de números rojos se ha convertido en un negocio muy, pero que muy, grande. En los felices 2006 y 2007, por ejemplo, el más grande emisor de tarjetas de crédito del país ganó más de 18 mil millones -superando a Wal-Mart o Microsoft.

En Debtor Nation: The History of America in Red Ink, Louis Hyman reconstruye la historia de la deuda personal en la América moderna. Es una historia fascinante, importante y, a veces, siniestra. Se inicia alrededor de 1917, cuando el endeudamiento personal era algo que existía en la periferia de la economía, en la provincia de los comerciantes y usureros, y termina en nuestros días, cuando la deuda personal se ha convertido en una piedra angular de la actividad económica y del mercado de capitales -y en el centro de la reciente crisis financiera.

¿Cómo los pequeños y dispersos préstamos a los trabajadores se transforman, como escribe Hyman , en “uno de los productos más significativos del capitalismo estadounidense, empaquetados y negociados como si la deuda fuera una mercancía más, tan real como el acero?” Responde a estas preguntas ofreciendo un ( por lo general) cuidado análisis de la evolución de las prácticas prestamistas -de los préstamos a plazos a las tarjetas de crédito y las hipotecas respaldadas por títulos.

Las corporaciones, los bancos comerciales y las agencias gubernamentales, según Hyman, jugaron un papel vital en la creación de nuestro “país deudor”; también lo hizo la innovación de productos financieros y la evolución de los mercados de deuda. De diferentes maneras en distintos momentos, estos factores incrementaron en gran medida la rentabilidad de los préstamos al consumo durante los siglos XX y XXI. Esta creciente rentabilidad no fue, escribe, resultado de una conspiración siniestra ni de la connivencia de una pandilla de bribones, sino que se deriva de innumerables elecciones que se dan en el corazón de una economía de mercado. “Las mismas decisiones banales a la hora de invertir  -¿ dónde puedo obtener el mayor rendimiento de este dólar ?”- que “generan la producción de riqueza en las granjas y fábricas nuestro país también producen nuestra omnipresente deuda.”

La primera mitad del libro examina los orígenes de los préstamos a plazos, los mercados nacionales de hipotecas y las tarjetas de crédito. Aunque los dueños de negocios históricamente otorgaban préstamos informales a sus clientes, explica Hyman, la mayoría lo hacía a regañadientes. Llevar la cuenta era incómodo. Carniceros, panaderos y fabricantes de velas carecían de información sobre las finanzas de un determinado cliente, y pocos tenían exceso de capital para invertir en dichos préstamos. En la primera década del siglo XX,  sólo empresas autofinanciadas como Sears, Roebuck o Singer podían permitirse el lujo de ofrecer compras a plazos,  e incluso por lo general perdían dinero con estos préstamos, compensando esas pérdidas con su volumen de ventas y las economías de escala características de sus modelos de negocio.

En la década de 1920, sin embargo, las prácticas prestamistas y las actitudes empezaron a cambiar. Uno de los factores de este cambio fue la aparición de la compañía financiera, que surgió por primera vez en la industria del automóvil, para ayudar a los distribuidores a financiar sus inventarios y, más tarde, para ayudar a los clientes que no podían pagar en efectivo su coche. Con el tiempo, algunas de estas empresas comenzaron a diversificarse, haciéndose con la deuda que los consumidores contraían por la nevera, la radio, la aspiradora y otros electrodomésticos.

La amplitud y magnitud de las operaciones financieras se extendió rápidamente, a lo que contribuyó tanto la producción en masa de bienes duraderos como el consumo de millones de familias estadounidenses. A finales de la década, empresas como General Motors y General Electric había asumido las finanzas al por menor como un aspecto central de sus negocios, y el crédito a plazos se había extendido por todo el mundo en la venta al por menor. No es sorprendente que las actitudes colectivas hacia el crédito comenzaran a cambiar. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial, una cuarta parte de las familias estadounidenses estaban usando los préstamos a plazos para comprar coches y otros bienes duraderos de consumo.

La fabricación de los mercados hipotecarios nacionales fue un segundo desarrollo clave -resultado de las iniciativas del gobierno destinadas a ampliar la propiedad de la vivienda y así impulsar la construcción durante la Gran Depresión. En el centro de los programas del New Deal, la Federal Housing Administration (FHA) fue un nuevo instrumento que permitió a los compradores poder pagar sus préstamos para la vivienda con una hipoteca a largo plazo. Esta innovación fue una ruptura decisiva con el pasado, con fórmulas hipotecarias por las que los prestatarios tomaban préstamos de tres a cinco años y pagaban parte o la totalidad de los principales dentro de ese tiempo, refinanciando o renovando el resto cuando el préstamo vencía. (El banco que emitía el préstamo podía optar por la renovación de la hipoteca cuando llegaba el vencimiento). La caída de la bolsa colapsó este tipo de préstamos cuando los nerviosos inversores y banqueros retiraron sus capitales del mercado hipotecario, haciendo imposible que muchos propietarios de viviendas las refinanciaran y provocando una ola de ejecuciones hipotecarias.

La FHA se proponía guiar el capital privado a un nuevo mercado para los préstamos hipotecarios, activado por el gobierno;  garantías públicas respaldarían  hipotecas a largo plazo que los compradores amortizarían devolviendo capital e intereses. Si un comprador llegaba al impago, el programa de seguros reembolsaba el principal a la entidad crediticia. Las tasas de interés eran reguladas a niveles por debajo del 5 por ciento. Las ganancias de los prestamistas estaban aseguradas, porque prácticamente todos los riesgos se habían transferido al gobierno.

Estas y otras políticas del New Deal ayudaron a aumentar la propiedad de la vivienda y reactivaron la industria de la construcción: en 1936, casi quinientos millones de dólares fueron prestados en hipotecas garantizadas por la FHA; en 1939, se facilitaron alrededor de 4 mil millones en hipotecas aseguradas y préstamos para mejoras de la vivienda. Dado que las prácticas hipotecarias cambiaron, escribe Hyman, “el estigma de endeudamiento hipotecario retrocedió a lo largo de la década de 1930.”

En los años 1940 y 1950, el crecimiento del crédito renovable sentó las bases para la actual tarjeta de crédito. El crédito renovable, en el que los compradores pagan una determinada cantidad en el tiempo con interés, pero sin una fecha específica, surgió con los esfuerzos de los minoristas por evitar las restricciones derivadas de la II Guerra Mundial en cuanto a los préstamos a plazos. Durante y después de la guerra, los grandes almacenes y otros negocios se apuraron para proteger sus ventas, emitiendo un volumen creciente de deuda renovable para los consumidores en forma de tarjetas de crédito. Los comerciantes y los fabricantes reconocieron rápidamente el beneficio resultante: a mediados de 1950, por poner un ejemplo, la tienda Boston Store, en Fort Dodge, Iowa, calculó que, por termino medio, los clientes con cuenta renovable compraban un 62 por ciento más que el cliente que pagaba en efectivo.

La proliferación de todo este crédito y la dependencia que engendró -por parte de empresas y hogares- tuvo importantes consecuencias. Lo más notable fue que ayudó a la prosperidad material de millones de consumidores de clase media que de otro modo no hubieran podido alcanzar esos adornos de la “buena vida” que los consumidores de ingresos más altos pagaban en efectivo. Para la mayoría de los hogares, “el crédito se había convertido en un derecho”. Los compradores de vivienda, añade Hyman, “tomaban sus hipotecas, financiaban sus coches y cargaban su ropa”. Entre 1970 y 1979, el monto de la deuda pendiente se triplicó a medida que comprar y prestar devino algo “completamente interconectado”.

Hyman observa en varias ocasiones que el crecimiento del crédito entre 1960 y 1980 se produjo contra el contexto de las grandes transformaciones económicas. A medida que la economía de los EE.UU. pasó de la fabricación a la prestación de servicios -y, podríamos añadir, a medida que la estanflación y la creciente competencia mundial desafió los niveles históricamente altos de la prosperidad nacional-,  la desigualdad de ingresos creció rápidamente y el futuro de los ingresos de la clase media, sobre los que en gran parte se había predicado la expansión del crédito después de la guerra, se convirtió en mucho menos estable. En este contexto, la lógica de la toma de préstamos sobre los ingresos futuros “empezó a desmoronarse.”

Los últimos capítulos del libro examinan cómo los emisores, los hogares y el gobierno tratan a la deuda en una economía cada vez más insegura. La explicación de Hyman sobre los orígenes de valores respaldados por hipotecas a fines de 1960, la constitución de garantías sobre estos activos y la llegada de los préstamos subprime se lee como un preludio extraño a la crisis financiera de 2008. Lo mismo ocurre con la historia de préstamos con garantía hipotecaria, que los consumidores utilizan para financiar no sólo lo que han comprado, sino también la deuda de sus tarjetas de crédito (y las tasas de interés subsiguientes) en la que incurren cuando adquirien todo tipo de bienes y servicios. Por su parte, los legisladores y otros políticos (como la Reserva Federal) se empeñan en que el “crédito corrija la desigualdad de ingresos. El crédito”, dice Hyman,” apareció para cerrar la brecha material entre la realidad americana y el sueño americano, pero sin aumento de los salarios reales las deudas se mantuvieron”.

El resultado de casi un siglo de innovación financiera, de políticas gubernamentales intermitentes y creciente endeudamiento real de las familias es nuestra economía actual -críticamente dependiente del crédito en un mundo volátil. “El peligro relativo de confiar en los créditos al consumo para impulsar la economía”, señala Hyman, “sigue siendo un enigma macroeconómico que hay que resolver.” ¿Vamos a invertir las ganancias de los préstamos de manera productiva para generar empleo y poder adquisitivo sostenible por parte de la mayoría de los hogares? ¿O vamos a distribuir beneficios económicos a un pequeño número de estadounidenses en la parte superior de la cadena alimentaria y luego prestar esos beneficios a todos los demás en  forma de deuda de tarjetas de crédito y valores respaldados por hipotecas? “El capitalismo estadounidense”, concluye, “es Estados Unidos, y podemos elegir rendirnos o afrontar sus desafíos, sacando lo que queramos de sus posibilidades”.

Hyman ha escrito un libro mayúsculo sobre un tema importante. Una cierra sus tapas sabiendo más y siendo más reflexiva sobre el papel del crédito y la economía actual. Pero esta comprensión no es barata. Los densos capítulos y la dispersión, a veces incoherente, de estadísticas le exigen mucho al lector. Y la reconstrucción que hace Hyman de la complicada historia financiera, aunque incisiva, habría sido mejor si hubiera prestado especial atención a cómo los consumidores perciben en sus vidas el impacto del crecimiento tentacular del crédito. Pero a pesar de estas deficiencias, es un libro al que bien vale la pena dedicarle tiempo y energía.

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