La Europa del siglo XX, en la calle

Leif Jerram acaba de publicar Streetlife The Untold History of Europe’s Twentieth Century, de cuya obra el editor  (OUP, 2011) nos ofrece también la introducción para abrir boca. En ese preámbulo, este historiador de Manchester nos avanza:

Hay una historia familiar del siglo XX – casi reconfortante en su familiaridad, a pesar de sus triunfos, el drama y la tragedia. Hay una historia bien conocida de las «grandes individualidades -Adenauer y Lloyd George, Curie y Pankhurst, Clemenceau y Gorbachev, Stalin y Hitler, Franco y Mussolini. Y hay una historia de los grandes movimientos de personas anónimas, vinculada de manera invisible a alguna profunda verdad en evolución: el surgimiento de la democracia, de las mujeres, del racionalismo, del capitalismo, del socialismo, de la secularización, la caída del comunismo, la mortalidad infantil o los imperios.

Pero el verdadero drama de la historia sucede allí donde dos mundos chocan -donde la multitud de individuos anónimos se encuentran con el gran hombre (o mujer). ¿Qué hizo que el zar se preocupara por lo que los trabajadores de los talleres mecánicos  de Trubochnyi, en San Petersburgo,  pensaban? No mucho, tal vez. Pero sin duda le preocuparía cuando se declararon en huelga en 1916 y 1917, destruyeron su mundo y transformaron la política mundial de nuestros tiempos. En cuanto a la gente que bailaba salvajemente el jazz “negro” en los sótanos de Hamburgo y Berlín durante la guerra, ¿qué les importaban las políticas raciales de Hitler, Goering y Heydrich que se decidían en Berlín en el verano y el otoño de 1941? Para una gran parte, al parecer, bailar música “negra” en un estado racista fue un claro rechazo a un determinado conjunto de ideas -rechazo expresado en los movimientos de sus cuerpos y las sonrisas de sus rostros, pero no en las urnas. Tenemos que contar una historia diferente de un continente desordenado en un siglo complicado. Tenemos que renunciar a nuestros marcos familiares ordenados y nuestras narrativas aseadas. Si queremos hallar el punto de encuentro, atestiguar el encuentro entre grandes y pequeños, tenemos que empezar a pensar dónde ocurrió el siglo XX. Tenemos que ver  su vida callejera.

Si queremos encontrar  la ‘escena del crimen’ de la historia del Continente en el siglo XX, tenemos que pensar inteligentemente sobre dónde ponemos nuestra perspectiva y cómo gestionar el replanteamiento. El mejor lugar para observar el encuentro entre grandes y pequeños es la ciudad, en la miríada de rincones y recovecos, calles y avenidas, bares y discotecas, salas de estar y fábricas que las componen. Las ciudades importan, porque en el siglo XIX  la humanidad entró en un período de transformación tal vez sólo igualada significativamente con la transformación forjada cuando, hace unos diez mil años, los seres humanos dejaron de errar y se establecieron. A partir de Gran Bretaña y Bélgica en la década de 1830, la gente comenzó a trasladarse a las ciudades a miles, y luego a cientos de miles y a millones. A finales del siglo XIX, la revolución estaba empezando a transformar grandes pedazos de lo que llamamos “Occidente”: el norte y el este de Francia; Bélgica y los Países Bajos al completo;  el norte de Italia; el oeste del Imperio de los Habsburgo, el actual este de Austria, la República Checa, partes de Hungría y el sur de Polonia; gran parte de Alemania, un corredor entre San Petersburgo y Moscú; partes del norte de España; y gran parte del noreste de los EE.UU. En los siguientes cien años, estas ciudades, islas en mares de zonas rurales, llegaron a dominar todos los aspectos de la experiencia humana en Occidente, desde la manera en que pensamos a las formas en que amamos, desde la vida de las mujeres a la forma en que organizamos nuestra política, de tal manera que en 1970 el pueblo era la excepción, y la ciudad la regla. Este libro cuenta la historia del siglo XX en Europa desde el punto de vista de las esquinas de las calles, los bares, las fábricas, las plazas y las salas de estar en donde ocurrió.

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Pero recojamos también unos pocos párrafos de los que le dedica Anson Rabinbach, historiador de Princeton, en una reseña para el TLS: 

En 1934, Martin Heidegger escribió un famoso ensayo explicando por qué había rechazado una invitación para enseñar en Berlín. “¿Por qué permanecemos en provincias?” fue una filípica antiurbana, en la que advertía de que las ciudades exponían a los pensadores a lo que llamó “error destructivo”. Sin embargo, cuando el sabio filósofo escuchó a los campesinos locales y a “lo que las montañas, el bosque y la campiña estaban diciendo”, se reafirmó. Heidegger no fue el único intelectual del siglo XX en suscribir una inagotable liturgia de ansiedades acerca de la modernidad y los peligros de la vida urbana. Por eso mismo, Leif Jerram podría haber sido titulado su Streetlife de otro modo: “¿Por qué permanecemos en las ciudades?”. El volumen frece una historia cultural sin romanticismos, profunda e informada de las ciudades europeas a lo largo siglo XX. No subestima la alienación, la pobreza, la violencia y los conflictos raciales, pero dedica mucha atención a cómo barrios, fábricas, equipos deportivos, clubes, salones de baile y bares proporcionaron la camaradería y la cohesión características de la vida urbana.

Hoy en día, cuando aproximadamente el 80 por ciento de los europeos vive en ciudades, no puede haber ninguna duda de que la vida cotidiana se transformó por completo entre 1890 y 1970. Streetlife se organiza en torno a cinco grandes temas: la política, la cultura, la vida de las mujeres, las identidades sexuales y el impacto de la planificación. El primer capítulo es un relato de la protesta revolucionaria y disidente desde la Primera Guerra Mundial hasta la caída del comunismo. Las mujeres son fundamentales en toda su narrativa  y en el segundo capítulo trata no sólo de las mujeres en la esfera pública, en calles, bares y fábricas, sino también en su lucha por conseguir espacios privados seguros y adecuados para la familia. El tercer capítulo se centra en la cultura (Jerram evita el término “popular”), que abarca salas de música, cine, cafés, bares, estadios de fútbol, ​​clubs de baile y jazz, discotecas y salas de estar dominadas por la TV. Un impresionante cuarto capítulo trata de la sexualidad, especialmente de la fluidez de la homosexualidad masculina en la primera mitad del siglo, antes de que las identidades “concretas” y fijadas comiencen a dominar la política y el espacio públicos. Un último capítulo aborda “el plan”, el papel de los expertos y arquitectos en la reestructuración, renovación y regularización del espacio urbano en el siglo XX. Jerram enfatiza las formas en que los “lugares y espacios”  urbanos -calles, fábricas, cines, discotecas, parques, urbanizaciones- constituyen el “dónde” de muchos de los eventos centrales de Europa y de los trastornos sociales.

(…)

Streetlife es una visión general, una especie de sondeo, y como tal puede ser criticada por sus omisiones -Escandinavia, el sudoeste de Europa y la Península Ibérica rara vez aparecen- y algunos aspectos clave de la vida de la ciudad, tales como el control de tráfico, el comercio a pequeña escala, la publicidad  y, sobre todo, el impacto económico del neoliberalismo en gran parte quedan olvidados. Algunos de los juicios de Jerram son cuestionables, por ejemplo, el paralelismo más bien exagerado entre los planes de entreguerras en las ciudades de Europa Occidental y la formación de los guetos nazis para los judíos en Lódz, Polonia. Pero cuando se centra en las ciudades que conoce bien -Londres, París, Berlín, Moscú y su ciudad natal, Manchester- sus percepciones son penetrantes. Streetlife es una notable obra de síntesis que recaba décadas de investigación y  literatura especializadas. La contribución de Leif Jerram es condensar una cantidad prodigiosa de erudición histórica con impresionante economía y sensatez. La patologización de la vida urbana, insiste, es el resultado de una perspectiva propia de la clase media, distante y llena de ansiedad, que pasa por alto la riqueza cultural, la intimidad y la integración de las vecindades. Streetlife socava el Kulturpessimismus que tanto ha caracterizado históricamente la escritura sobre las ciudades, así como sus antípodas utópicos. Sin embargo, termina con una nota optimista, esperanzadora: “lejos de ver nuestras ciudades como pantanos peligrosos, dispuestos a arrastrar los cimientos de nuestra sociedad, deberíamos estar celebrando su impresionante capacidad para absorber,  cambiar y simplemente seguir adelante con las cosas”.

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