Las guerras del opio

Entre los libros aparecidos en la última temporada, destaca el The Opium War: Drugs, Dreams and the Making of China, de Julia Lovell. El volumen ha concitado atención y parabienes tanto por su contenido como por tratar un episodio muy conocido, que siempre despierta interés entre los historiadores y el público en general. Entre las reseñas, nos quedamos con la del oxodiano Rana Mitter en el Guardian:

Rana Mitter empieza recordando la inauguración el pasado marzo del recientemente reformado Museo Nacional de China en la Plaza de Tiananmen, adornado con una tecnología y una arquitectura de vanguardia. Pero la historia que cuenta es mucho menos innovadora que su diseño. En la narrativa del museo, el período moderno de la historia de China se abre con las guerras del opio, el pecado original del imperialismo occidental en Asia Oriental, que obligaron a China a abrirse a un siglo de humillaciones, conquista y explotación hasta que el presidente Mao lo barrió todo. Se titula “El camino al rejuvenecimiento”, pero podría fácilmente haberse llamado “1842 y todo eso”. Esta versión del pasado dice más sobre la política china contemporánea, prresentando la historia de China como una víctima del imperialismo occidental, que sobre la realidad del choque entre el reino terrestre más grande del siglo XIX y los imperios navales. Incluso en un museo del siglo XXI, la mancha de una historia con más de 150 años de antigüedad es fundamental.

Sin embargo, no todas las visiones simplificadoras recaen del lado chino. Una de las excusas más persistentes para la invasión británica de China, si es que se debate, fue que abrió un imperio cerrado, xenófobo, al mundo exterior. En realidad, esto no era cierto. La China de la dinastía Qing estaba en el corazón de un sistema internacional que miraba al oeste y al este, ampliando  su territorio mediante la conquista y los tratados en el centro de Asia, estableciendo contactos con Corea, el sudeste asiático e incluso Japón (nunca tan cerrado como a sus gobernantes shogun les había parecido creer). China también participó en una red industrial y comercial que iba más allá de Asia, como demuestra claramente la afluencia de cerámica blanquizaul en las casas de campo inglesas en el siglo XVIII. Y mucho antes de la llegada de los británicos, China ya fue gobernada por forasteros, los nómadas manchúes que habían galopado desde el nodeste. En la época de las guerras del opios, habían pasado casi dos siglos combinando la cultura tradicional manchú de la corte con las tradiciones chinas de gobernabilidad en todo el imperio.

La nueva historia de Julia Lovell sobe las guerras del opio es una bienvenida pieza desmitificadora. Utiliza gran cantidad de fuentes chinas y británicas que cuentan, en sus propias palabras, una “tragicomedia” que es “más caóticamente  interesante” de lo que las posiciones ideológicas de ambas partes podrían sugerir. La parte de tragedia es tan simple como lo era en 1839. El opio británico de las Indias Orientales fue llevado a China en grandes cantidades a partir de principios del siglo XIX. En la década de 1830, la preocupación por los efectos de la droga sobre la población y la economía llevó a la dinastía Qing a su prohibición, ordenando a un alto funcionario, Lin Zexu , el bloqueo de los buques británicos de opio en el puerto de Cantón hasta que accedieran a entregar su carga. En Gran Bretaña, esto se consideró como un insulto a la Corona (la mayor parte del opio era producido por la Compañía de las Indias ), así que fue enviada una flota al mando del almirante Charles Elliot para darles una lección a los chinos. La tecnología militar británica destrozó de inmediato las defensas chinas  y, después de tres años de lucha costera, la guerra terminó con el tratado de Nanjing de 1842, que supuso la entrega de la isla de Hong Kong y abrió el interior al comercio y a los misioneros cristianos. En el siglo posterior, China sería objeto de sucesivas invasiones y humillaciones que sólo terminaron en 1943 con Chiang Kai-shek, con el fin de los derechos especiales concedidos a los occidentales en China (no en 1949 con Mao, como el Partido Comunista de China tiende a sugerir) .

La parte de la comedia está en los personajes que Lovell pinta con afecto y agudeza. Lin, el honrado oficial encargado de destruir el opio confiscado, tenía “confianza en sí mismo” y “pasión por la logística”. Lord Palmerston, que envió la flota, es descrito como defensor de “libre comercio, libertino, villano de la historiografía china”. (…) En el libro también hay muchos tonos de gris: por ejemplo, voces como la de William Gladstone, que declaró que “no sé, no tengo conocimiento de una guerra más injusta en su origen, de una guerra más … calculada para poner este país en desgracia permanente”. Y los burócratas  chinos, de Lin al alto funcionario manchú Qishan, no aparecen como xenófobos arrogantes, sino como gente preocupada, hombres sinceros frente a la crisis existencial de su civilización.

La guerra del opio ayudó a provocar el colapso de la última dinastía china, un hecho que vale la pena recordar en el año 2011, exactamente un siglo desde la revolución que depuso al último emperador. Pero su significado fue acelerar los cambios violentos ya en marcha. La expansión de la poblaciónn y del territorio de China, sin aumento en el tamaño de la burocracia (una sombra de los debates actuales sobre la austeridad frente al gasto occidental), significaba que las funciones del gobierno se habían vuelto menos competentes y más corruptas. Y mientras la guerra del opio en sí tuvo un impacto directo en relativamente pocos chinos, uno de los resultados de la apertura de China que estableció el tratado de 1842 fue la revuelta Taiping de 1856-64, cuando un lunático inspirado por la teología misionera cristiana alumbró una de las guerras civiles más sangrientas de la historia, en la que murieron unos 20 millones de personas. A lo largo del siglo XX, el conflicto del opio sigue siendo un grito de guerra para los nacionalistas chinos que buscan superar la “humillación nacional” de China y restaurar su lugar legítimo en el mundo.

  

El libro de Lovell es parte de una tendencia a comprender el papel del imperio británico y de China en el mismo. A principios de este año, el The Scramble for China de Robert Bickers ofreció una convincente versión de las secuelas de la guerra del opio, que permitieron una mayor presencia de misioneros y aventureros británicos hasta el punto de que el estilo de vida de Shanghai fue apodado “un simulacro del Raj”. El reciente Civilization de Niall Ferguson retoma el argumento de que hubo una distintiva  modernidad imperial occidental que tuvo más éxito que cualquier otro sistema desde el siglo XVIII, pero enmarca el libro como una comparación con la China del siglo XVII y de principios del XXI, un dispositivo que habría parecido poco probable hace apenas dos décadas. La más importante contribución de Lovell es recordarnos las diferentes visiones del mundo que hay en juego: no tanto un choque de civilizaciones, sino dos software incompatibles, como cuando leemos, una y otra vez, a un político británico dando un punto de vista de los acontecimientos y a un funcionario chino ofreciendo otro en términos completamente diferentes. El sentido de una tragedia, explicable pero inexorable, pasa por el libro, por lo que es una apasionante e importante lectura.

La guerra del opio es capaz de afectar a la China actual. Un académico, Mao Haijian, de la Universidad de Beijing, recientemente tuvo la osadía de cuestionar la versión oficial china de la guerra del opio en su libro El colapso de un Imperio,  rehabilitando al funcionario  (Qing) Qishan, generalmente considerado como el villano, el eslabón débil que no pudo hacer frente a los británicos, y criticando a Lin, considerado tradicionalmente como el héroe probo de la historia. Su libro suscitó una tormenta de críticas, pero el debate no dio lugar a la purga del académico disidente, como habría ocurrido en época anterior. Los signos de un vivo debate entre los académicos chinos hacen que el relato de la guerra en el nuevo museo nacional sea aún más decepcionante. Gran Bretaña puede haber olvidado la historia de su imperio chino, pero el Partido Comunista también sigue siendo muy selectivo en lo que elige recordar. La conquista de China por Mao en 1949 no fue un punto final a la historia que comenzó en 1842, pero trajo sus propios horrores históricos: el Gran Salto Adelante y la hambruna que mató a millones de personas (descrito en el volumen de Frank Dikötter Mao’s Great Famine: The History of China’s Most Devastating Catastrophe, 1958-62, galardonado con el premio Samuel Johnson), la revolución cultural (oficialmente repudiada y apenas mencionada en el nuevo museo)  y los asesinatos de estudiantes y trabajadores no-violentos a unos pocos cientos de metros del lugar del museo en la Plaza de Tiananmen en junio de 1989. Este libro responde al propósito fundamental de recordar a Gran Bretaña un vergonzoso episodio de su pasado que todavía conforma de relaciones con la China de hoy. Pero los funcionarios chinos también podrían aprender de él que uno se reconcilia con el pasado mediante la comprensión de su complejidad, y no convirtiéndolo en un simple cuento con moraleja.

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