La desaparición del término “Holocausto”

Las polémicas en Francia nunca cesan. Veamos una de las últimas. Terminando en mes de agosto pasado, el cineasta y pensador Claude Lanzmann deplorada en Le Monde la desaparición del término “Shoah” de algunos libros de historia:

“Aprovechando el verano, un golpe artero se perpetra en la educación nacional y en las editoriales que publican manuales de historia para estudiantes de todos los liceos de Francia y de otras instituciones que les preparan para el bachillerato. Hay que subrayar que esta nefasta acción ocurre bajo la presidencia de la República de Nicolas Sarkozy, que se dice hostil a cualquierforma de negacionismo.  Ahora bien, el negacionismo del que se trata aquí, como veremos,  es particularmente perverso.

Nombrar es una decisión seria, pero aún peor es des-nombrar. Una circular, publicada en el boletín oficial especial número 7 de septiembre de 2010 de la educación nacional,  hace hincapié en la necesidad de eliminar el término “Shoah” de los libros de texto. Circular tanto más notable en tanto pretendía complementar el discurso de Nicolas Sarkozy durante una cena previa del CRIF  en la que, tras usar varias veces y con gran naturalidad la palabra “Shoah“, propuso que cada niño judío asesinado fuera patrocinado por una escuela francesa. Dado que la propuesta presidencial  no satisfizo a todo el mundo, Nicolas Sarkozy encargó a Xavier Darcos, Ministro de Educación, que reuniera una comisión para que su idea se llevara a cabo teniendo en cuenta las protestas. Esta comisión fue presidida por la Sra. Waysbord-Loing, Inspectora General Honoraria de   Educación nacional, incluyendo además a especialistas en la Segunda Guerra Mundial y a personalidades como Simone Veil, Serge Klarsfeld y yo mismo. Una obra de referencia se ha publicado también a partir de la labor de la mencionada comisión.

Curiosamente, la aparición del citado boletín reclamando la eliminaciónde  la palabra “Shoah” fue publicado muy poco después de esta edición. A aquellos que se sorprendieron, se les dijo entonces que no era el Boletín Oficial de la República y que reflejaba una “tendencia” en la Educación nacional. Tendencia dura y dirigida desde arriba, si se puede decir. Hay una docena de años, después de una reunión en Estocolmo de los jefes de Estado y de Gobierno con sus Ministros de Educación, cuyo objetivo era desarrollar un compendio sobre el Holocausto que tendría rango de ley y se aplicaría en todo el mundo, el señor Dominique Borne, decano de la Inspección General de historia en el Ministerio francés de Educación, declaró sin ambajes ni miramiento: “Hay que desterrar la palabra” Shoah ” de los manuales, porque es una palabra extranjera”.

El señor Borne ya no es decano, pero continua influyendo y su tendencia parece ser mayoritaria, en todo caso es seguida por los editores de libros de texto puestos a la venta en septiembre de 2011, pues el término Shoah no aparece a excepción de algunas notas al pie indicando que es el término con el cual Israel se refiere al hecho. El manual de Hachette, que sigue al pie de la letra lo recomendado por el boletín de Educación, nos lo dice con más claridad: debemos usar la palabra “aniquilación/destrucción” (anéantissement).

Gran truco de magia: no hay decreto gubernamental, no hay voto en el Parlamento, solo el placer y la decisión de eso que puede ser llamado una casta:  dado que no ha de responder de nada, se permite el cambio de nombre, con nocturnidad y deprisa y corriendo, de un acontecimiento histórico importante, prohibiendo un término que, para designar y nombrar esa realidad, se había impuesto en la mayoría de países en  muy poco tiempo, tras extenderse como un reguero de pólvora.

(…)”

Hasta aquí, todo en orden, aunque no haya unanimidad en el Hegágono. El problema es que, cuando el lector repasa esa circular, resulta que nada dice de tal prohibición. Les sugiero que lo revisen. En efecto, sehabla de la utilización del término anéantissemen, pero no nada hay de esa supuesta prohibición. Pero el rumor, como señalan en Le Point, ha acabado por imponerse como realidad, apoyado por algunas medidas que parecen darle fuerza y que Lanzmann menciona en la segunda parte de su texto.

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