Entrevista a Drew Gilpin Faust

En Humanities, la revista que publica la National Endowment for the Humanities, su director Jim Leach entrevista a Drew Gilpin Faust, quien no solamente preside la prestigiosa Universidad de Harvard, sino que ha recibido el premio más alto en humanidades que otorga el gobierno de los Estados Unidos, el Jefferson Lecturer, galardón en el que sucede al no menos insigne Jonathan Spence.

De esta eminente historiadora, especialista en la guerra civil y la esclavitud,  ya hemos hablado aquí, precisamente al tratar sobre esos asuntos con motivo del 150 aniversario de algunas de sus fechas más amblemáticas. Veamos ahora un breve extracto de la antrevista, el más historiográfico, por decirlo así:

(…)

Leach: Usted fue a una escuela secundaria en Massachusetts, al Bryn Mawr College e hizo el posgrado en la Universidad de Pennsylvania. Pero uno tiene la sensación de que seguía pensando en la herencia sureña al elegir su campo de estudio.

Faust: Cuando empecé a estudiar historia en el Bryn Mawr el plan de estudios de historia era muy tradicional, en el que se exigía una amplia preparación en historia europea. Así que en la licenciatura estudé historia de Europa y no hice ningún trabajo en especial sobre la historia del Sur. Mi tesis de grado (senior thesis) fue sobre la política exterior de Estados Unidos, que me interesaba mucho, no en vano era la época de Vietnam. Y luego, acabada la universidad, no estaba segura de lo que quería hacer y trabajé durante un par de años para el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (Department of Housing and Urban Development).

Pero decidí volver a la escuela de posgrado. En Penn no existía esa tradición fuerte sobre la historia del Sur que se había conseguido en, por ejemplo, la Universidad de Yale y en Johns Hopkins. C. Vann Woodward estuvo en Hopkins antes de marcharse a  la Universidad de Yale. Y David Donald enseñó en Hopkins antes de pasar a Harvard. Había un montón de potentes e influyentes historiadores que estudiaban el Sur, y eso era intrigante. Pero lo que comenzó a ser aún más interesante cuando hice el posgrado fue uno de los aspectos de la historia del Sur, la revolución en el estudio de la esclavitud.

Eso era parte de un vuelco total en la práctica histórica tradicional, así como de la sustancia de las conclusiones históricas. El estudio de la esclavitud requería un enfoque de las fuentes y una perspectiva sobre la manera de hacer historia distintos de los precedentes.

Este trabajo se caracterizaba a menudo en la década de 1960 y 1970 como la historia de “lo inarticulado”: la idea es que la historia se había centrado hasta ese momento en unas elites que habían sido educadas para registrar sus experiencias. De ese modo, el registro público documentaba esa historia en la esfera política, de los negocios, militar y otras, construidas en torno a las instituciones que guardaban esos registros.

En la historiografía de finales de los sesenta y principios de los setenta los estudiosos comenzaron a preguntarse por el resto de la población que  tal vez no había sidoalfabetizada y no había tenido oportunidad de que casi sus todas las palabras se conservaran en un archivo. Al fin y al cabo, tales personas son gentes con vidas y con acciones y con influencia en el resultado de los acontecimientos históricos.

En la generación de historiadores a la que pertenezco, se dedicó un enorme esfuerzo al estudio de los trabajadores, las mujeres, los esclavos y otras personas que formaban parte de eso que se llamaba lo “inarticulado”. Para el estudio de aquellos que no dejan registros escritos tradicionales hay que mirar mucho más  atentamente las fuentes de información. Y esas pueden ser, por ejemplo, las demográficas.

En mi libro sobre James Henry Hammond, utilicé sus registros de esclavos, de sus nacimientos y defunciones, registros que se mantenían fundamentalmente por razones económicas, para trazar los vínculos familiares, ver la duración de las familias y saber cómo elegían los nombres de los niños. Y pude ver cosas que probablemente Hammond nunca vio. Por ejemplo, era capaz de rastrear el nombre de un niño dos o tres generaciones atrás hasta alguien en esa línea de descendientes de esclavos que tenía el mismo nombre. Pude ver que los esclavos les ponían a sus hijos el nombre de sus abuelos.

En este momento se creía que los esclavos no tenían sentido de familia, ya que habría sido destruido por la opresión de la esclavitud. Pero aquí había esclavos que afirmaban de manera clara y profunda la existencia de unos lazos familiares arraigados. Por tanto, hay una manera en la que la demografía puede proporcionarmos una mirada perspicaz

¿La cultura material, los objetos, la arqueología, qué pueden decirnos acerca de la experiencia de esclavos? ¿Qué otros materiales que nosotros, como historiadores, no hemos analizado antes nos proporcionan información sobre una población que no necesariamente conserva diarios, cuya historia no se conserva en un proceso formal de archivo?

Fue fascinante para mí como forma de ampliar la manera en la que se hace la historia. Los argumentos sobre las interpretaciones de esta historia me fueron cautivando.

Leach: sin embargo, los registros,  y  en especial los que las personas generan para sí mismas, son especialmente importantes para su trabajo, a pesar de que, como usted ha señalado, un historiador debe tener en cuenta que cuando la gente escribe de su tiempo y de sí misma puede estar equivocada o confundida. ¿Cómo se combina todo esto ? ¿Se pone el énfasis en la palabra original o en el contexto en que se produce la palabra?

Faust: Lo que siempre me ha interesado más de la historia es tratar de entender cómo la gente ve su propio mundo. Y cómo crean las estructuras de significado y comprensión que sirven como la lente a través de la cual ven lo que les rodea y los acontecimientos a los que se enfrentan.

Y eso me llevó, después de haber terminado mi doctorado y obtener una beca anual del Social Science Research Council, a estudiar antropología y explorar lo que los antropólogos llaman “visión del mundo.”

Eso reforzó mi interés en la idea de que si podemos entender cómo alguien ve el mundo de manera diferente a nosotros, entonces también aprendemos algo acerca de nuestro propio mundo. Al hacerlo, veremos que hemos creado un conjunto de lentes para nosotros mismos o que nos hemos apropiado de un conjunto de lentes para nosotros mismos.

Siempre hay un sentido, que procede de este tipo de indagación, de la contingencia de las cosas y de cómo podrían ser de otra manera.

(…)

HUMANITIES, Mayo/Junio de 2011, Volumen 32, Número 3.

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