François Dosse. La marginalidad central: Ricoeur, de Certeau, Deleuze, Guattari y Nora

Pierre-Henri Ortiz entrevista a François Dosse para Nonfiction. La excusa es la reciente aparición de una nueva biografía, dedicada esta vez a Pierre Nora, Homo historicus (Perrin), que parece cerrar de momento un círculo biográfico muy amplio, como ya señalamos en otro momento. La entrevista es extensa, dedicada sobre todo a ese asunto y al tema del acontecimiento, del que también nos ocupamos en otra ocasión. Así pues, traducimos la parte inicial y la final:

Nonfiction.fr – Con la biografía de P. Nora recientemente publicada, de alguna manera ha ofrecido el cuarto volumen de una serie de biografías intelectuales dedicadas a los filósofos e historiadores pertenecientes a tradiciones bastante diferentes,  cuyas trayectorias – intelectuales e institucionales-  finalmente acaban cruzándose.  ¿Ve continuidad en ese trabajo?

François Dosse – En efecto, existe un hilo conductor en las biografías que he elegido, las de Paul Ricoeur, Michel de Certeau, Gilles Deleuze y Félix Guattari, y luego Pierre Nora, es decir, intelectuales que ante todo están abiertos a un amplio espectro de las ciencias humanas, que comparten la misma capacidad de situarse transversalmente, cualquiera que sea su especialidad disciplinaria, y que han atravesado un paradigma del que también escribí en La historia del estructuralismo. Este gran momento, que podemos llamar la edad de oro de las humanidades en Francia, en la década de 1960, a su vez lo han atravesado, orquestado, han contribuido, y al mismo tiempo todos han tomado una actitud crítica en relación con lo que pueden considerarse, desde la distancia, las aporías o estancamientos de este paradigma. Todos han ofrecido, en cierto sentido,  puertas de salida, que no son las de la supresión de ese pasado de los años 60-70, sino las de la integración, las de la aportación de un cierto número de contribuciones a la fecundidad de este programa. Ellos nos llevaron a repensar la cuestión del sujeto -aunque sea un sujeto solitario, que no es transparente a sí mismo-, a pensar en términos de  historicidad en sentido amplio, mientras que el estructuralismo había pensado en términos sincrónicos o ahistóricos, proponiendo por ejemplo desgajar los textos del contexto. Unos y otros han reintroducido cuestiones que giran en torno a la temporalidad, la reflexividad del  tiempo, la diacronía, etc. Aunque desde muy diferentes puntos de vista, con pertenencias muy distintas -entre un Michel de Certeau que era jesuita,  Ricoeur que era protestante,  Deleuze y Guattari que eran ateos y Nora, que viene de una familia de intelectuales judíos asimilados-, todos tienen en común ser y tener influencias decisivas jugando un papel central en la evolución intelectual francesa desde 1945.

Otra característica común es su posición institucional, una cierta marginalidad en la centralidad. Nora es un buen ejemplo. Le he definido como un “marginal central”: “central” porque ha estado en el corazón de la gran casa Gallimard para orquestar esta edad de oro de las humanidades y de  la disciplina histórica. Y al mismo tiempo tiene una personalidad en abîme -trás el hombre  de las ciencias humanas está el historiador, tras el historiador está la vocación fundamental de una obra literaria a la que va a renunciar-,  que no se puede definir por una institución o una disciplina. Además, tuvo muchas oportunidades para convertirse en director de una editorial, algo que siempre rechazó para preservar su posición intelectual y así mantener una cierta autonomía. Michel de Certeau se consideraba a sí mismo un “outsider du dedans”, alguien que se encontró con tantos problemas para el reconocimiento de la institución que llegó a enseñar en los Estados Unidos, en Stanford, antes de ser recuperado y ser elegido para la École des Hautes Études. Ricoeur también es alguien que nunca ha estado en el corazón de las instituciones. Cuenta con una trayectoria totalmente inusual. Es alguien que se ha consagrado como gran filósofo, que introdujo a Husserl en los años 60, hablando en salas de conferencia abarrotadas, dirigiendo la mayor parte de las tesis más innovadoras … Y que va a hacer lo contrario de lo hacen muchos académicos en su carrera, es decir, se va de la Sorbona a Nanterre, para participar en la aventura de la creación de una nueva universidad porque quiere un contacto real con los estudiantes, etc. Por no hablar de Deleuze, que no quiso dejar Vincennes! Para él, el resto de la universidad estaba en el siglo XIX, y permaneció en ese centro experimental de Vincennes hasta su jubilación. En cuanto a Guattari, es totalmente transversal, hasta el punto de que es difícil de clasificar en términos de sus disciplinas.

(…)

Nonfiction.fr – Pero entonces, en concreto, ¿cuáles han sido las consecuencias de este renovado interés y de la nueva mirada sobre el acontecimiento en la práctica de los historiadores? ¿Qué ha cambiado en términos del método que el historiador aplica en su trabajo?

François Dosse- El acontecimiento, que es por principio un enigma, aún sigue siendo un reto para el historiador que lo ha de explicar, y cuya tarea consistirá en captar los diferentes niveles de significado. En esta perspectiva, creo que es muy operativa la distinción propuesta por P. Ricoeur entre las “tres capas del acontecimiento”, que son el acontecimiento sub-significado (sous-signifié), el sentido del acontecimiento y el evento sobre-significante (supra– o sursignifiant). En un primer tiempo, el historiador debe empezar respondiendo a la pregunta de saber lo que ha sucedido y discernir entre lo verdadero y lo falso.  Luego debe explicar y entender, y combinará las cadenas de causalidad, de inteligibilidad, hará distintas lecturas para calificar el evento, establecer posibles analogías, influencias, etc. Pero allí donde el historiador no ha terminado es donde se enfrenta a lo incompleto, a lo inacabado, que luego tendrá que examinar para ver cómo ese acontecimiento se ha construido, cómo ha sido una fuente de identificación, de una identidad o de identidades múltiples, qué sentido ha tenido en el tiempo,  cuáles son los sedimentos de sentido que descansan sobre ese acontecimiento, cómo han sido cambiados, transformados, plegados, fragmentados, desarticulados, cómo incluso a veces han desaparecido … Es sobre eso sobre lo que debemos interrogarnos, llegando hasta la actualidad. Se trata, pues, de un trabajo indefinido, como un uso telescópico de  acontecimientos futuros con acontecimientos pasados, cadenas de sentido que se encadenan de generación en generación, lo que significa que lo que uno puede encontrar en el año 2011 es un legado que libra a las generaciones futuras, que harán otra cosa con esos mismos acontecimientos. Hay una sensación que es por definición abierta,  a lo indefinido.

Nonfiction.fr – Por último, no podemos desembarazarnos de toda filosofía de la historia …

François Dosse – De la filosofía de la historia, no. Uno no puede deshacerse de la filosofía auando ha de examinar conceptos que hace  funcionar en la historia. Por contra, donde uno se deshace – con razón – de la “filosofía de la historia” es al enfrentarse a  la idea de que habría un sentido, lineal, un filosofía de la historia que trascendería nuestras sociedades y nos conduciría a algo, ya sea el progreso liberal en etapas, la inevitable transición de un modo de producción a otro, o la restauración necesaria del pasado como un factor inevitable de decadencia. Es esta filosofía de la historia de la que nos hemos liberado hoy.

Vivimos ahora una crisis de la historicidad. Lo cual es irónico porque estamos presenciando una explosión de la demanda de historia, una profusión, una pasión histórica, una excepcionalidad del lugar de la historia en Francia – incluso aunque nuestros gobiernos la hayan reducido seriamente en la escuela, al eliminarla de la sección privilegiada del ciclo “terminale S” (científico). A mi parecer, lo que caracteriza la situación actual, pasadas unas décadas, es la crisis del mañana, del proyecto, un ensombrecimiento del futuro, que a la inversa explica lo que Nora llama “la tiranía de la memoria”. Hemos visto que la memoria tiene partes buenas. Pero también tiene sus lados malos, que son los que yo llamo la “conmemoración aguda”, el refrito. Son los síntomas de un cuerpo social sin proyecto, un poco como una persona de edad que no tuviera futuro y no pudiera hacer otra cosa que darle vueltas a su propio pasado, atiborrándose de vitaminas y antidepresivos, que pueden tener efectos letales. Eso es lo que François Hartog apunta como “presentismo”, una enfermedad de nuestro tiempo que, a falta de proyección hacia el futuro, se repliega sobre su espacio de experiencia, y por tanto sobre el pasado.

También hay una forma más positiva de ver las cosas, pensando que no estamos condenados a instalarnos en esas posiciones letales, que podemos revisitar nuestro espacio de experiencia y una serie de posibilidades no comprobadas,  podemos examinar esas diferentes posibilidades no comprobadas y hacerlas más creativas, con miras a enderezar el futuro. Esto significa que podemos volver a hacer funcionar esa relación, consustancial a la historia, del pasado con el presente y el futuro, que lamentablemente ya no funciona más que como una relación pasado-presente.  La opacidad del futuro cambia de forma manifiesta nuestra relación con el pasado: es lo que expresa Nora cuando habla de la centralidad del presente al hablar de “la tiranía de la memoria”, destacando que aunque tiranía, habrá sido la de nuestro tiempo. Y se puede considerar sin duda – es la hipótesis que desarrolla Hartog – que habrá sido nuestro régimen de historicidad, especialmente después de que el siglo XIX haya sido el “siglo de la historia ” -se sabía adónde ir- y del trágico siglo XX , que rompió esta visión del futuro y del happy end.

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