Simon Schama: de todo un poco

Hemos hablado en estas páginas reiteradamente de Simon Schama, uno de los campeones de la historiografía conservadora británica.  Ahora nos llega su último libro, que se reseña en el The New York Times: Scribble, Scribble, Scribble: Writings on Ice Cream, Obama, Churchill and My Mother (Ecco/Harper). Así se espresa el comentarista, Phillip Lopate:

La miscelánea de ensayos, unida no por un tema conjunto sino por el delicado estilo y la personalidad del autor, era antaño una de las glorias de las bellas letras en el mundo de la no ficción, aunque se ha convertido en algo más bien raro que los editores corran el riesgo comercial de sacar una colección de este tenor. Es posible que lo hagan para honrar a un escritor estrella, que a menudo no es, paradójicamente, un ensayista, ya que los ensayistas rara vez se convierten en estrellas. Simon Schama – el distinguido historiador (The Embarrassment of Riches, Citizens), profesor universitario de historia del arte y de historia en Columbia, y guionista de televisión y presentador de documentales para la BBC, PBS y el Canal de Historia, así como colaborador habitual de The New Yorker – es  una figura tan prominente en nuestra cultura que sus llamadas de atención son indiscutibles. Pero se ha tomado la molestia de envolver esas llamadas con una modestia que nos desarma.

El autor compara “Scribble, Scribble, Scribble” con un “salpicón – una cosa de variados gustos y texturas”, ofrecido con la esperanza “de que al menos algunos de ellos gusten”.  El título, entre burlón y apologético,  se refiere a una observación que el duque de Gloucester le hizo al gran historiador Edward Gibbon: “¡Otro maldito, grueso y cuadrado libro! Siempre garabatos, garabatos, garabatos! ¿Eh! Sr. Gibbon?”. El subtítulo, Writing on Politics, Ice Cream, Churchill, and My Mother, sugiere la intención y el tono, aquello de “todo bajo el sol”. Lo que tenemos aquí son más de 400 páginas con un catálogo de ensayos, reseñas de libros, conferencias, notas de programa teatral, perfiles de celebridades, artículos de opinión, despachos de corresponsales en el extranjero, literatura de viajes y de alimentos, que van de lo extraordinario a lo trivial. Que tal mezcla resulte desigual es evidente  (pero no delito), pero la única pregunta es, ¿de qué manera es desigual?

Como Schama confiesa en su introducción, junto a su vocación principal de historiador, se ha pluriempleado en el periodismo desde sus días de Cambridge, cuando demostró una “precocious knack for hackery”.  Muestra aquí una notable variedad y un estilo apto para cualquier tarea, pero no más que eso. Su reportaje sobre el crucero Queen Mary se lee como una retribución periodística, sus retratos de Amsterdam, Brasil y Washington DC son resúmenes elegantes y sorprendentes del lugar, sus excoriaciones de la administración de  George W. Bush, aunque justas, son más o menos lo que cabría esperar. Sus aduladores perfiles de celebridades como Charlotte Rampling y Martin Scorsese cumplen con los requisitos de ese género degradado, pero ¿realmente necesita un escritor de la inteligencia Schama decirnos que Rampling  “fell headlong for rock composer Jean Michel Jarre. It was mega-force love?”.

El periodismo de Schama nunca es aburrido, pero es tan implacablemente descarado y hábil, en la estela de lo que produce Oxbridge, que uno podría desear algo más apagado. Parece decidido a presentarse no sólo como el pensador mordaz que es, sino como uno con los pies en la tierra, un tipo normal que se prepara sus propios helados, sigue los Red Sox, venera a sus padres y comparte con su hijo recetas italianas de carne mechada,  y que charla con los tenderos locales. Se nos presenta como un vividor simpático y equilibrado. Pero este autorretrato, peligrosamente cercano a la auto-satisfacción, no el rasgo más útil en un ensayista personal.

Fin de la crítica. Más de la mitad del libro se compone de piezas sobre historiografía e historia del arte, y cuando la mente profesional de Schama está más plenamente comprometida es cuando da lo mejor. Sus ricas apreciaciones analíticas de Thomas Carlyle, Thomas Macaulay, JH Plumb e Isaiah Berlin dan una idea clara de lo que piensa que debería ser escribir una buena historia. En “Gothic Language: Carlyle, Ruskin and the Morality of Exuberance” ilumina favorablemente el febril y brillante libro de Carlyle “La Revolución Francesa”: “What Carlyle was aiming at, he made clear to Mill, was to write prose poetry; because the matter of history was too profound, too cosmically disorderly to be confined to the utilitarian neatness habitual to those whom Carlyle derisively called the ‘cause and effect’ people”. En un artículo sobre Macaulay y su biógrafo John Clive, cita con aprobación la creencia de Clive de que “historical wisdom only deserved to endure if it had a proper quotient of wit, force and literary power”.  Schama considera que su misión pedagógica es “convey the enduring power and wisdom, form and substance of the great masters”, que se remonta a Tucídides y Heródoto. Pero es su forma de narrar lo que él más valora. Así es como alaba a Plumb: “What he says is less significant than the way that he says it”.

Algunos pasajes de los más rotundos  están dedicados a la fascinación Schama con la retórica. Ve la elocuencia no sólo en términos estéticos, sino como una parte indispensable de la vida ciudadana en una democracia, algo contra de la fuerza bruta: ““The great moments of 19th-century public eloquence were when orators believed — and made their listeners believe — that for the duration of their discourse, using all the tools that Isocrates, Demosthenes, Cicero and Quintilian had given them — they could reconstitute a mere crowd, a gathering of individuals, into a community”.  Venera la “Churchill’s oratory, a unique, at times almost Shakespearean marriage between the grandiloquent and the puckishly conversational”.

Por debajo de esta apreciación se puede detectar una defensa de la historia que escribe, que no rehuye tratar con reyes, primeros ministros y otros speechmakers, en contraste con la moda de la historia social que se concentraba en la gente común o el impacto de la patata en la Europa moderna. Citando a uno de sus mentores, dice: ““In fact, at the height of the mode for social history in the Annales style, Plumb could be found insisting on the power of speech-acts to shake and shape the destiny of communities and nations”.

Plumb, dice, también insistió en que los historiadores deben salir de su torre de marfil, que “history was either a public craft or it was nothing”.  Está claro que Schama, en su series de televisión,  ha tratado de hacerlo así, y al hacerlo se le ha llamado divulgador. “‘A History of Britain: A Response”  responde a las críticas de una de esas series, llamando a un equilibrio mutuo entre escritura académica y popular. Por encima de todo, insiste en que en al presentar la historia en la   la televisión el relato debe ser lo primero. Si, como afirma en otro ensayo, la mayoría de películas históricas se equivocan “the academy must take at least some of the blame, for having largely abandoned, until recently, the importance of storytelling as the elementary condition of historical explanation”.

(…)

Y una entrevista. Y otra con su colega y conmilitante Niall Ferguson, que trata asuntos semejantes.

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