Sierra Leona: el sentido del horror

Krijn Peters, de la Swansea University, acaba de publicar War and the Crisis of Youth in Sierra Leone (CUP).    Así empieza:

A finales de enero de 1994, las gentes del pequeño pero importante poblado diamantífero de Tongo, al este de Sierra Leona, se alarmaron al oir disparos en las afueras. No les costó mucho descubir que su ciudad estaba siendo atacada por un movimiento rebelde denominado Revolutionary United Front of Sierra Leone (RUF).

Tres años antes, el 23 de marzo de 1991,  el RUF pemetró en Sierra Leona atravesando la frontera de la vecina Libera, que a su vez estaba en guerra, con la pretensión -decían- de derrocar el régimen de partido único (All People Congress- APC) del presidente Momoh. Durantes los primeros meses de insurgencia, las filas de las fuerzas rebeldes se acrecentaron con una mezcolanza de reclutamientos voluntarios e inducción forzada, sobre todo de jóvenes – muchos de los cuales eran menores de 18 años, la edad míniam que se suele fijar para portar armas.   Muchos de los reclutas eran jóvenes que habían dejado la escuela o sus poblados para sobrevivir en el sector urbano informal o de los pequeños  negocios ilícitos en torno a la mineria. El RUF -reforzado por los más experimentados combatientes del movimiento rebelde del señor de la guerra liberiano Charles Taylor- pronto se ganaron una reputación por su crueldad y los crímenes de guerra, que no respetaban ni la vida ni las propiedades de los civiles. Pero un ejército leal al APC les hizo frente, reforzado por tropas opuestas a Taylor, muchas de las cuales pertenecían al ejército loberiano, convirtiéndoles en refugiados en Sierra Leona tras el colapso del régimen del presidente Samuel Doe en la Liberia de 1990. A finales de 1993 el RUF estaba considerado una fuerza disponible al mejor postor, con unos pocos combatientes instalados en los enclaves boscoss de la frontera entre ambos países.

Pero solo un mes después de su supuesta derrota en diciembre de 1993, el RUF lanzó un fuerte ataque sobre Tongo. En apenas dos días controló la localidad, destruyendo, asesinando y reclutando forzosamente. Luego se retiraron y establecieron una nueva base en Peyeima, unos diez kilómetros al este de Tongo”.

El volumen, de reciente aparición, ha sido reseñado para TNR por Simon Akam, corresponsal de Reuters en la zona, cuyo parecer no deja de ser interesante, aunque parcial:

EL HOMBRE SIN MANOS a menudo se sienta fuera del supermercado St. Mary en Freetown, la capital de Sierra Leona. Se sienta cerca de enfermos de polio y de otros mendigos menos perceptibles. El libanés que lleva la tienda, con alimentos enlatados y seis copias atrasadas de la revista The Economist, abastece a   trabajadores de ONG, diplomáticos, mineros, corredores de diamantes y contratistas privados de seguridad que constituyen la comunidad extranjera en un país -nueve años después del final de su devastadora guerra civil- que aún se considera demasiado aterrador para los turistas. El amputado es un legado de la guerra, uno de los miles de ciudadanos de Sierra Leona mutilados por los rebeldes del Frente Unido Revolucionario (RUF) y de otras facciones. El libro de Krijn Peters es el último de una serie de intentos por responder a la pregunta de cómo y por qué  ese mendigo tiene muñones.

Es indiscutible que la guerra civil de Sierra Leona fue completamente miserable. El conflicto comenzó en marzo de 1991, cuando un pequeño grupo de combatientes entró desde la vecina Liberia. Terminó once años más tarde, tras un despliegue de las tropas británicas acabaron con el forcejeo de la misión de paz de la ONU. Las estadísticas son a menudo sospechosas en el oeste de África, pero se cree que esa década de conflicto en Sierra Leona dejó unos cincuenta mil muertos. La brutalidad -en gran parte contra la población civil-   fue también impactante. El derrame de agresión en la que miles de ciudadanos de Sierra Leona perdieron sus manos a hachazoa o machetazos (conocido localmente por el término pirata “cutlass”) tenía una cualidad casi Burgessiana. (La guerra todavía se siente reciente en Sierra Leona: el Tribunal Especial que respalda la ONU -para juzgar a los máximos responsables de las atrocidades-  aún no ha concluido).

Sin embargo, incluso mientras los combates seguían en Sierra Leona, otra batalla se libraba en otra parte: la guerra sobre el significado de la guerra. Una  alargada contienda de conflicto interno en un pequeño país muy lejano ha generado una industria académica en la que varios escritores han ofrecido teorías para explicar por qué Sierra Leona se rompió en pedazos con tal furia. El punto de partida para el debate fue el artículo de Robert Kaplan “La anarquía que viene“, que apareció en The Athlantic en 1994. Caracteriza a la guerra como una especie de  insondable e intrínseco caos africano, con Sierra Leona “más allá de la salvación”.  Un año después de que la administración Clinton se quemara en Mogadiscio, el artículo llamó mucho la atención. El Departamento de Estado incluso envió por fax una copia a cada una de sus embajadas.  Posteriormente, otros escritores han criticado duramente las ideas de Kaplan,  afirmando que las atrocidades cometidas por el Frente Unido Revolucionario reflejan el carácter “lumpen” o urbano-criminal de sus miembros, o que la brutalidad de la guerra estaba lejos de ser ciega, sino una reflejo de las duras realidades económicas, en particular la atracción legendaria de los depósitos de diamantes de Sierra Leona.

El libro de Peters es la última escaramuza en esta disputa. En esencia, trata de rehabilitar al Frente Revolucionario Unido, alegando que el movimiento refleja una “crisis rural ue se expresa en términos de tensiones no resueltas entre los terratenientes y los jóvenes rurales marginados”. Los jóvenes han sido privados de sus derechos por su gobierno, oprimidos por sus padres y por el legado de la esclavitud doméstica. En la lectura de Peters, la violencia que el Frente Revolucionario Unido perpetraría era una salida de una rebelión inicialmente legítima.

El Frente Revolucionario Unido es un objetivo audaz para plantear una rehabilitación revisionista. Es una organización regularmente acusada ​​de falta de ideología, de reclutar niños a la fuerza y los mantiene con una mezcla de cocaína y pólvora, de secuestrar a miles de mujeres como esclavas sexuales. Sin embargo, lo que presenta Peters es en general plausible, sobre todo porque su análisis se basa en entrevistas con excombatientes del Frente Revolucionario Unido. El autor señala que, si bien hubo reclutamiento forzoso, otros se alistaron por propia voluntad, desencantados por su difícil vida y por la falta de oportunidades económicas. “Me uní a los rebeldes voluntariamente debido a las dificultades que teníamos”, informa una de las fuentes de Peters, que tenía veintitrés años cuando fue entrevistado en 2001. “Estamos sufriendo mucho. El FRU nos anima a ayudarlos en su lucha para que más tarde podamos disfrutar de una vida propia”.

Si bien el trabajo de recopilación de testimonios de primera manoes admirable, su texto también es víctima de la otra evidente bifurcación en los escritos sobre el conflicto de Sierra Leona. Éste tiene más que ver con asuntos literarios. Sierra Leona dio lugar a un exceso de relatos tipo “boys’ own” sobre la intervención militar británica en el año 2000, libros densos con siglas y pies de foto que insisten en listar el calibre de las armas requisadas. Y también provocó mucho trabajo académico seco, lleno de jerga técnica y teórica. Hay algunas excepciones, como los recuerdos del niño soldado Ismael Beah, Un largo camino. Memorias de un niño soldado (RBA), y las memorias de Aminatta Forna, The Devil that Danced on the Water,  pero en general el tratamiento literario de la guerra se ha dividido entre la banalidad bang-bang  y los tecnicismos a pie de página.

El trabajo de Peters cae firmemente en el segundo campo. Este libro tiene el aroma de una tesis doctoral no rebajada, hay más jerga que narrativa. Para ser justos, el autor es un académico, escribiendo un libro académico para consumo académico y tratando de rebatir posiciones previas en un debate académico ya establecido. Pero la falta estilo, lo que es grave. Las páginas repletas de notas que remiten a revistas desconocidas no pueden hacer justicia al horror de Sierra Leona. El conflicto fue trágico en un sentido simple, pero también de un modo Shakespeariano: un movimiento se levantó contra un régimen totalmente venal  y corrupto, y a pesar de la nobleza de su causa el intento de revolución acabó en violencia orgiástica. Esta historia se podría relatar mejor con un profundo trabajo de historia narrativa, o con una amplia pasada de ficción histórica realista. Su inconmensurable pathos queda enterrado y traicionado por la tibia furia del revisionismo académico africanista.

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Referencias:

El conflicto (ub.edu) – Misión de las Naciones UnidasPor un control estricto de las armas (Intermon/Oxfam) – Tribunal especial

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