Placeres y erotismo victorianos

Deborah Lutz, profesora en la Long Island University y especialista en historia de la sexualidad acaba de publicar:  Pleasure Bound: Victorian Sex Rebels and the New Eroticism (W. W. Norton & Company)

La reseña acaba de aparecer en The New Republic:

Cuando “Walter”, el autor anónimo de esas memorias victorianas de caracter enciclopédico y pornográfico que son My Secret Life, se encontraba con una mujer y le hacía proposiciones ofreciéndole un chelín, nos cuenta que en “medio minuto” tenía la “mano entre sus muslos”. ¿Iría más allá?, le preguntaba.  “Con mucho gusto, dijo ella …. Fuimos aún más lejos, y encontré un lugar para sentarme cerca de una salida del sendero …. Me senté y, dándome la espalda, se levantó la enaguas … “.  Las noches de niebla favorevían tales devaneos, según Walter: “… Las rameras me dicen que suelen hacer buenos negocios en ese estado de la atmósfera”.

My Secret Life es sólo uno de los textos en los que Deborah Lutz se apoya en su nuevo libro, pero Lutz parece haberse tomado a pecho el conocimiento meteorológico de Walter. En caso de duda, ella levanta la niebla. “Intense fog set in”,  empieza en un capítulo;  “Spring brought on a soupy yellow fog”, comienza en otro. El humo negro se mezcla con la “London’s choking fog, full of bad smells” y un joven artista envuelto en nieblas urbanas se apresta a nadar “up out of the fog”. La perpetua niebla-máquina es tanto más sorprendente en un libro sobre la Inglaterra victoriana como lo es un primer plano del traqueteo de un coche de caballos en una adaptación de una gran obra de teatro, y su dependencia de tales muletillass subraya la trivialidad ocasional de su texto.

Para ser justos, Londres estaba llena niebla y de “malos olores”, pero si Lutz se permite estas repeticiones e imprecisiones en su tejido descriptivo, al menos deberíamos esperar un esquema más original en su argumento. Pero también aquí pisa un terreno familiar, señalando que ella “quería cuestionar firmemente ciertas suposiciones que tenemos hoy sobre los victorianos. Tenemos la tendencia a pensar en ellos como en una fase anterior, sexualmente hablando, de la que vivimos a día de hoy … “. Esto podría ser cierto en el sentido más general, pero décadas de investigaciones ya han complicado la idea simplista de que los victorianos estaban completamente reprimidos sexualmente — desde The Other Victorians (1966), de Steven Marcus,  a Uneven Developments (1988), de Mary Poovey, pasando por The Facts of Life (1995), de Lesley Hall y Roy Porter. Dudo que un estudiante universitario actual pueda salir de un curso sobre literatura victoriana sin alguna concepción del subtexto subversivo; algunos estudiantes probablemente cubren eso ya en la escuela secundaria.

Más allá de eso, otros imperativos de Lutz suenan, si no familiares, algo flojos y académicos al mismo tiempo: “¿Cómo podrían los locales victorianos ser considerados como lugares para hacer en ellos cosas apasionadas?”, escribe Lutz en su introducción. O, en un pasaje que describe la estructura de su trabajo que está aún más lastrado por la jerga de seminario, escribe: “Con cada uno de estos temas que he creado tiene un doble movimiento”.  Uno “trata” de los movimientos negociados en “un muy particular momento histórico”, el otro se ocupa más del legado histórico. Todo este movimiento multi-direccional se lleva a cabo antes de que uno termine la introducción.

Sin embargo, detrás de la ondulante bruma y de los nudos de inspiraciones interconectadas de Lutz, el tema habla por sí mismo. Es sin duda fascinante, y Lutz ha hecho un trabajo admirable ensamblando ejemplos jugosos de la excentricidad victoriana (el Walter, de My Secret Life, es un buen ejemplo). Consideremos la historia con la que Lutz comienza su libro: el suicidio de Lizzie Siddal Rossetti. Antigua fabricante de sombreros y aspirante a artista, Siddal se convirtió en la esposa del artista prerrafaelista Dante Gabriel Rossetti en 1860, después de un noviazgo de nueve años. La amenaza inminente de su muerte les llevó al matrimonio;  ella parecía “dispuesta a morir cada día”, dijo Rossi antes de que finalmente decidiera casarse con ella. Misteriosamente afectada por una serie de problemas, a Lizzie le fue prescrito el láudano (un opiáceo), lo que la convirtió en adicta  y que finalmente utilizó para envenenarse. Angustiado por su muerte, Rossetti lanzó un manuscrito con sus poemas en su ataúd. Siete años más tarde, movido por su continuo remordimiento, convenció a un amigo para a exhumar el féretro y recuperar los poemas húmedos y carcomidos.

O consideremos la evolución psicológica del poeta Algernon Charles Swinburne (quizás más conocido por promover la máxima “del arte por el arte”), que cultivó el gusto por la flagelación, algo que, como Lutz sugiere, practicó desde muy joven. Sujeto a palizas regulares en Eton, Swinburne escribió más tarde sobre ellas con una “problemática nostalgia, con palabras de miedo y ternura”. Su tutor, escribió, “perfuma la habitación de la flagelación con aromas quemados, o escoge un dulce lugar al aire libre con el olor de la leña”. En otro incidente, un profesor le propinó una zurra  al aire libre tan prolongada que “la hierba estaba manchada de sangre…. “. A los veinte años, Swinburne buscaba un tratamiento similar, frecuentando los burdeles de Londres, donde le dispensaban latigazos unas  “damas de cabellos dorados y mejillas sonrosadas ” vestidas de maestro de escuela.

Si el lado oscuro de la inclinaciones sexuales extremas ronda alrededor de la historia de Swinburne, está plenamente presente en la historia de Simeon Salomon. Nacido en una familia judía adinerada, Salomon había sido una especie de niño prodigio, entrando en la Royal Academy a los quince años, y rápidamente se establece con sus ilustraciones de escenas del Antiguo Testamento y de la vida judía del siglo XIX. En la década de 1860, se convirtió en una de las figuras centrales del movimiento prerrafaelista, siendo amigo de Rossetti, Swinburne y Walter Pater, y en English Painters of the Present Day (1871) merece su propio capítulo (en el que fue elogiado por su “genio peculiar”). En 1873, cuando tenía treinta y tres años, Salomon, que con frecuencia se adentraba en los peculiares jardines de Leicester Square de Londres, se agenció un viejo y analfabeto trabajador de un establo. Sorprendido tratando de “cometer el abominable crimen de sodomía”, como anotó la policía en ese momento, los dos hombres fueron conducidos a la cárcel. Liberado doce días después (el trabajador se mantuvo en la cárcel durante dieciocho meses), Salomon se convirtió  en un paria, rechazado y exiliado incluso por quienes  se entregaban a un comportamiento similar. “A medida que el clima moral cambiaba”, escribe Lutz, “el peligro de ser asociado a una figura tan notoria aumentó”. Progresivamente empobrecido, Salomon pasó los últimos años de su vida en un asilo de Londres.

El pathos completo de la historia de Salomon no acaba de emerger en el libro de Lutz, pero usa admirablemente sus habilidades para evocar algunas escenas. La CasaTudor de Dante Gabriel Rossetti -una mansión en el centro de Londres- es un entorno adecuado. Comprada unos pocos meses después del suicidio de su esposa, Lutz describe cómo la casa se convirtió en el hogar del hermano de Rossetti, así como de Swinburne y del escritor George Meredith. Estaba rodeada por un extenso jardín  y decorada con materiales que reflejaban los gustos eclécticos de Rossetti: espejos, terciopelo, laca.

En ocasionales momentos como estos, Lutz permite que su material brille, y sentimos el libro como algo que, si bien no es tan “nuevo” como afirma el subtítulo, convierte en vívido y animado un tiempo y un grupo de personas. En las mejores partes de esta obra desigual y desigualmente atractiva, ni los torpes clichés ni los complicados argumentos aplastan la atmósfera que crea –una atmósfera, milagrosamente, libre de la niebla.

Anuncios