La historia y la ficción

Pierre Assouline retoma este viejo asunto a propósito de la obra de  Jean-Philippe Domecq. Nos dice que en uno de sus libros, Robespierre, derniers temps, explora las últimas semanas del revolucionario, visto como un episodio catártico que condensa  la Revolución. El libro no causó gran revuelo cuando fue publicado por Seuil en 1984, ni tampoco en su reedición de bolsillo en 2002 a pesar de haber añadido para la ocasión un análisis de “La fête de l’Être suprême et son interprétation”. Para Assouline, no obstante,  la nueva edición de Folio/Histoire se merece  algo más, un buen debate, con mayor razón cuando incluye otra novedad: un apartado titulado “La littérature comme acupuncture”.

¿Cómo explicar la caída de Robespierre en su apogeo, su comportamiento errático, su sorprendente torpeza estratégica, el golpe de locura de un espíritu abstracto que instaura un nuevo tipo de culto para celebrar el Ser Supremo,  “fuite par le haut pour couvrir la fuite en avant d’une révolution qui allait toujours plus loin”?   Jean-Philippe Domecq dice que quería apoderarse de él como escritor y nada más, atormentado tanto  por resolver el enigma como por el deseo de comprender lo que la literatura le puede decir a la historia. Su respuesta fructífera de 78 páginas se reduce a la mera “intuición”, presentada como la imaginación del pensamiento:  ““la raison sans la méthode mais sans quoi la raison manquerait de tête chercheuse”. Domecq la ve flexible, libre de paradigmas, eventualmente envuelta por una nube de desconocimiento, condiciones para que el investigador se haga a un lado y esto permita  capturar el evento de forma oblicua, cuando la lógica escapa;  entonces, solo el estilete del acupuntor identifica los puntos nodales en las zonas neurálgicas del cuerpo social.  Tales fueron el arte y la práctica de Domecq cuando dejó al descubierto la evidencia oculta de la Revolución Francesa: “événement/avènement le plus considérable depuis l’avènement, très violent, lui aussi, du Christ”. No para hacer literatura con la historia, o rellenar agujeros, sino para aportar esa intensidad de la que carece nuestra comprensión del pasado. ¿La intención de todos los artistas no es, a la postre, hacer visible lo invisible?

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“Un ejercicio de estilo … interesante, pero que no me enseñó nada y cuya contribución no me ha convencido ” dictaminó Mona Ozouf, entrevistada después de su brillante conferencia a principios de marzo en la BNF como parte de la Rendez-vous de L’Histoire. No es cosa de intuición, sino de “confianza/desconfianza” en el pacto entre autor y lector. Uno sale convencido de que la frontera entre novelistas e historiadores se desvaneció hasta convertirse en incierta, a pesar de una concepción del tiempo y del espacio radicalmente diferentes. Mona Ozouf, gran lectora de novelas, evoca lo que el historiador puede ganar prestando atención a la ficción: aprender a dejar espacio para el azar y lo imposible, suplir los silencios, mostrar lo que el historiador no puede ver, falto de connivencia con el misterio. Pero Mona Ozouf no cita ejemplos. (…)

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