Perry Anderson: las revueltas del mundo árabe

Perry Anderson analiza las revultas árabes para la New Left Review. Veamos un extracto:

La revuelta árabe de 2011 pertenece a una rara clase de acontecimientos históricos: una concatenación de agitación política, una detonación tras otra en una entera  región del mundo. Ha habido sólo tres antes -las guerras hispanoamericanas de liberación que empezaron en 1810 y terminaron en 1825; las revoluciones europeas de 1848-49; y la caída de los regímenes del bloque soviético, en 1989-1991. Cada uno de estos es históricamente específico de su tiempo y lugar, como la cadena de explosiones en el mundo árabe lo será. Ninguno duró menos de dos años. Desde la chispa inicial en Túnez en diciembre a la propagación de las llamas a Egipto, Bahrein, Yemen, Libia, Omán, Jordania y Siria no han pasado más de tres meses, y cualquier predicción de sus resultados  sería prematura. La más radical del trío de convulsiones anteriores terminó en una derrota completa, en 1852. Los otras dos triunfaron, aunque los frutos de la victoria fueron a menudo amargos: sin duda, lejos de las esperanzas de un Bolívar o un Bohley. El destino final de la revuelta árabe podría asemejarse a cualquier patrón. Pero es igual de probable que sea sui generis .

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Dos rasgos han mantenido desde hace mucho tiempo a Oriente Próximo y a África del Norte como un mundo  aparte dentro del universo político contemporáneo. El primero es la longevidad y la intensidad de las garras imperiales occidentales en la región, durante el siglo pasado. Desde Marruecos a Egipto, el control colonial del norte de África fue repartido entre Francia, Italia y Gran Bretaña antes de la Primera Guerra Mundial, mientras que el del Golfo se convirtió en una serie de protectorados británicos y Adén un puesto de avanzada de la India británica. Tras la Guerra, los despojos del Imperio Otomano favorecieron a Gran Bretaña y Francia, agregando bajo su pinzas Irak, Siria, Líbano, Palestina y Transjordania, en el largo gran final del botín territorial europeo. La colonización formal llegó tarde en gran parte del mundo árabe. El África subsahariana, el sudeste asiático, el subcontinente, por no hablar de América Latina, fueron incautados mucho antes que Mesopotamia o el Levante. Sin embargo, a diferencia de cualquiera de estas zonas,  la descolonización formal ha venido acompañada por una secuencia casi ininterrumpida de guerras imperiales e intervenciones en el período poscolonial.

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Estas comenzaron ya con la expedición británica para instalar un regente títere en Irak en 1941, y se multiplicaron con la llegada de un Estado sionista en el cementerio de la revuelta palestina, aplastada por Gran Bretaña en 1938-39. A partir de ahora, un poder colonial en expansión, actuando unas veces como pareja y otras como apoderado, pero cada vez con mayor frecuencia como iniciador de las agresiones regionales, estuvo vinculado a la aparición de los Estados Unidos como el señor del mundo árabe, sustituyendo a Francia y Gran Bretaña . Desde la Segunda Guerra Mundial, cada década ha tenido su cosecha de violencia a cargo del soberano o del colono. En los años cuarenta fue la nakba desatada por Israel en Palestina. En los años cincuenta, el franco-anglo-israelí ataque a Egipto y el desembarco estadounidense en el Líbano. En los años sesenta, la guerra israelí de los seis días contra Egipto, Siria y Jordania. En los años setenta, la Guerra de Yom Kipur, cuyo resultado final fue controlado por los USA.   En los años ochenta, la invasión israelí del Líbano y el aplastamiento de la intifada palestina. En los años noventa, la Guerra del Golfo. En la última década, la invasión y ocupación estadounidense de Irak. En la actual,  el bombardeo de Libia por la OTAN de 2011. No todos los actos de beligerancia nacieron en Washington, Londres, París o Tel Aviv. Los conflictos militares de origen local fueron también bastante comunes: la guerra civil de Yemen en los años sesenta, la incautación de Marruecos del Sáhara Occidental en los años setenta, el ataque iraquí contra Irán en los años ochenta y la invasión de Kuwait en los años noventa. Pero la participación o connivencia occidental rara vez estuvieron ausentes. Casi nada se ha movido en la región sin la atenta mirada imperial, y en caso necesario se ha actuado.

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En el mundo árabe, el nacionalismo ha sido demasiado a menudo una moneda devaluada. La mayoría de las naciones de la región -Egipto y Marruecos son las excepciones- son creaciones ficticias del imperialismo occidental. Pero como en el África Subsahariana y más allá, los orígenes coloniales no han sido ningún impedimento para que las identidades poscoloniales cristalizaran dentro de las fronteras artificiales elaboradas por los colonizadores. En ese sentido, cada nación árabe posee hoy una identidad colectiva tan real y refractaria como cualquier otra. Pero hay una diferencia. La lengua y la religión, unidas a los textos sagrados, eran -y son- históricamente tan fuertes y distintivos como marcadores culturales comunes que la imagen de cada nación-Estado en particular no descarta la idea superior de una nación árabe, concebida como una sola ecúmene. Ese ideal dio lugar a un nacionalismo árabe común -no de Egipto, de Irak o de Siria.

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A eso siguió el ascenso, la corrupción y el fracaso del nasserismo y el baazismo. No van a revivir hoy. Pero el impulso que tuvieron detrás tendrá que ser recuperado en el mundo árabe, en caso de que la revuelta se convierta en revolución. La libertad y la igualdad necesitan reunirse.  Pero sin la fraternidad, en una región tan penetrantemente mutilada e interconectada, se exponen a un final amargo. A partir de los cincuenta, el precio de de los variados egoísmos nacionales en cualquier tipo de progreso en Oriente Próximo y África del Norte ha sido alto. Lo necesario no es la caricatura de solidaridad ofrecida por la Liga Árabe, un organismo cuyo historial de ruina y engaño rivaliza con la Organización de Estados Americanos en los días en que Castro la podía llamar, con toda justicia, el Ministerio Norteamericano de las Colonias. Se requiere un internacionalismo árabe generoso, capaz de prever en un futuro lejano, cuando el último jeque sea derrocado, la distribución equitativa de la riqueza del petróleo en proporción a la población en todo el mundo árabe, no la opulencia monstruosa y arbitraria de unos pocos y la indigencia desesperada de muchos. En el futuro más inmediato, la prioridad es clara: una declaración conjunta de que el abyecto tratado  que Sadat firmó  con Israel – arruinado por sus aliados para componer un acuerdo que ni siquiera da la suficiente soberanía a Egipto como para que sus soldados se muevan libremente dentro de su propio territorio, y cuyo asociado acuerdo marco sobre Palestina, despreciable en sí mismo, Israel ni siquiera ha simulado respetar- está legalmente muerto. La prueba de fuego de la recuperación de una dignidad árabe democrática se encuentra ahí.

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