Stanley Fish: la importancia de una buena frase

Simon Blackburn reseña en TNR el último volumen de Stanley Fish: How to Write a Sentence: And How to Read One (Harper).

Esto dice Blackburn:

Nosotros, los humanos, podemos apreciar muchas cosas. Es una de nuestras cualidades más atractivas. ¿Cómo podía Rodolfo no enamorarse de Mimí cuando ella canta su propio arrebato con los primeros rayos de sol tras el invierno, con el primer beso de abril? El libro de Stanley Fish es una pequeña fiesta en la que muestra su amor por la oración inglesa,  y lo hace con un entusiasmo seductor, incluso sin la ayuda de Puccini. Su conocimiento es amplio y profundo, sus ejemplos son a menudo impresionantes y su análisis de cómo las obras maestras logran sus efectos son agudos e irresistibles.

Para Fish una gran oración es como una gran actuación deportiva. Es un ejemplo de algo que se hace sumamente bien, tan bien que no puede ser mejorado. Otras hazañas similares acaecerán, pero sólo para añadirse a ella. ¿Qué es exactamente lo que pasa en tal actuación? No hay una respuesta única, de hecho no hay respuesta finita ya que no hay límite a las cosas que se pueden hacer con las palabras. Pero es lo que Conrad llamó la “forma y el sonido” de las frases, la adaptación perfecta de la forma a la realización, lo que Fish quiere compartir.

Es un error pensar que la frase es mera esclava, cuya función sería aportar un contenido que, aun siendo cosa muy importante, es algo que también podría haberse dado por otro. Cambiar la forma y el sonido lo cambia todo. El equilibrio, las aliteraciones, la variación, la melodía, las luces centelleando en las palabras, pueden trabajar unidas para transformar incluso un pensamiento horrible en algo iridiscente, como cuando Eli Wallach en Los Siete Magníficos expresa la  indiferencia  de su personaje al sufrimiento que trae a los campesinos en una frase perfecta, aunque perfectamente brutal: “Si Dios no hubiera querido que les trasquilaran, no les habría hecho ovejas”.  Como dice Fish en su análisis de este ejemplo,   el “aire de finalidad y de  certeza” es remachado por “el paralelismo de cláusulas que también caracterizan la repetición de patrones de consonantes y vocales”  y luego, por supuesto, la inevitabilidad de esa palabra despectiva final. Si el diablo tiene las mejores melodías, a veces los bandidos tienen las mejores frases.

El filósofo Frege dijo que sólo en el contexto de una frase las palabras tienen un significado. Fish está de acuerdo, al igual que Wittgenstein: “El mundo es todo lo que acaece”.  En una frase una secuencia de palabras se convierte en algo más que una lista. Respira y vuela, convirtiéndose en un mensajero en una o más de nuestras innumerables transacciones con el mundo y entre nosotros. Puede recoger el pasado, o nuestra inclinación hacia el futuro. Fish ilustra cómo, si nos volvemos sensibles a la manera en que las formas se puede utilizar y repetir, entonces, cuando tenemos algo que decir, somos más propensos a tener a mano el instrumento adecuado para decirlo. Espero que esto sea cierto. Fish señala, por ejemplo, la observación de John Updike sobre un gran homerun -“Y a estaba  en los libros cuando todavía iba por el cielo”-  y pregunta: ¿es difícil escribir una frase como esta? En determinado sentido, no es difícil en absoluto y propone “estaba en mi estómago antes de cogerlo del estante” como su “relativamente débil” intento de “acercamiento al arte de Updike, imitándolo”. Por supuesto, esta técnica didáctica no nos lleva más lejos. Fish ha percibido sin duda la manera en que las obras “todavía iban por el cielo”, ayudando a registrar libros para poner ese momento siempre pasajero en el ámbar de tiempo, y puede parecer un poco atrevido suponer que cualquier conexión entre “cogerlo del estante” y “en mi estómago” suponga acercarse a ello. Pero tenemos que aprender con muletas.

(…)

Tal vez la filosofía no tenga mucho que mostrar ya que muchas veces no envía simples oraciones, sino batallones. Cualquiera de las frases más famosas de Marx vale por sí misma, pero es mucho mejor cuando se yuxtapone con sus predecesoras: “El sufrimiento religioso es la expresión del sufrimiento real y al mismo tiempo la protesta contra el sufrimiento real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el alma de las condiciones más desalmadas. Es el opio del pueblo”.

Las frases importan,  quizás más que cualquier otra cosa, así que voy a terminar con una aplicación contemporánea. Mientras escribo, el gobierno británico está fijando una exigencia al mundo académico con el fin de demostrar que su trabajo tiene “impacto”, que debe ser un hecho que demuestre proporcionar beneficios económicos, políticos o sociales, firmado y atestiguado en los últimos cinco años. Esta locura sólo podía haber ocurrido porque ni uno solo de sus autores ha leído o entendido uno de los favoritos de Fish, la frase final de Middlemarch , en la que contrasta el futuro tranquilo de Dorothea con las visiones idealistas de hacer el bien con las que comenzó su vida: “Pero el efecto de su ser en los que tuvo a su alrededor fue incalculablemente expansivo, porque el creciente bien del mundo depende en parte de hechos sin historia, y que las cosas no sean tan malas para ti y para mí como pudieran haber sido se debe en parte a los muchos que vivieron fielmente una vida oculta, y descansan en tumbas no frecuentadas”. Perfecto.

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