Italia: 150 aniversario

Han pasado ya las principales celebraciones que conmemoraban el 150 aniversario del Estado italiano, de la unificación. Podemos hacer, pues, un muy breve balance desde la perspectiva histórica. Para no abrumar, y si se dejan aconsejar por mi criterio, les diré que el libro más interesante y polémico ha sido uno aparecido a finales de 2010. Lleva por título Nel nome dell’Italia (Laterza), del cual es autor Alberto Mario Banti.

La polémica se inició al poco de publicarse, con motivo de un artículo (“Il Risorgimento non è un mito”) que Banti publicó en La Repubblica anticipando las primeras páginas de su análisis. A esa primera entrega siguieron un sinfín de reacciones, la mayoría de ellas críticas. Entre ellas:

* Massimo L. Salvadori, Lucio Villari y  Francesco Merlo (La Repubblica,  18 de noviembre de 2010)

* Ernesto Galli della Loggia y Piero Ostellino (Il Foglio,  25 de noviembre de 2010)

* Giorgio Boatti (La Stampa, 11 de diciembre de 2010)

* Lucy Riall y Antonio Pennacchi (Il Foglio, 1 de diciembre de 2010)

* Alfonso Berardinelli (Il Foglio,  10 diciembre de 2010)

* Con el (excelente) colofón final de Banti en Il Foglio el 11 de diciembre: “Risorgimento addio“, que dice así:

Chico, qué nerviosismo! Y cuánta palabra gruesa! Algunos me tildan de politólogo inexperto (Villari, en la Repubblica: politólogo, pues: qué extraño …), otros de pueril y lastimero (Galli della Loggia), hay quien me califica de antiliberal (Ostellino), dicen incluso que no enviarían a sus hijos a clase si yo fuera el profesor (Pennacchi).

Señores, un poco de calma. En el fondo, las cosas son bastante simples, y son como sigue: soy un historiador; en mi trabajo de investigación observo aspectos de la cultura política del Risorgimento sobre los que, por supuesto, no tengo ningún juicio de valor que expresar: no me pasa por la cabeza decir: “Ganaron los moderados, pero habría sido mejor si hubieran ganado los demócratas”, o “La idea de la nación del Risorgimento es así, pero habría mejor que fuera otra”: los numerosos libros que he publicado dan buena fe de ello. No, francamente no hay nada de eso; nada de juicios de valor;  hago lo que debe hacer un historiador: reconstruyo y describo ideologías y prácticas políticas de un tiempo pasado, el del siglo XIX, de la mejor manera que puedo. Dicho eso, como intelectual que vive en la Italia de 2010, observo también el intento de hacer del Risorgimento el mito de la fundación de nuestra actual República  y, sobre la base de mi reconstrucción, avanzo dudas sobre la conveniencia de tal operación, por las siguientes razones:

1) El movimiento del Risorgimento es un movimiento con diversas divisiones internas. Siempre lo hemos sabido, por Gobetti, Gramsci, Croce, Romeo, Candeloro, etcétera. Mi afirmación es una pura banalidad historiográfica, lo admito, pero conviene repetirla. Las fracturas que atraviesan el movimiento enfrentan a republicanos y monárquicos, demócratas y moderados, centralistas y federalistas. No son contrastes negociables. Son contraposiciones profundas e incurables, de modo que o gana una parte o lo hace la otra. Estas fracturas son tan dramáticas que Mazzini, cuando murió en Pisa en 1872, está siendo buscado por la policía del Reino de Italia;  por supuesto, era un republicano y se temía que pudiera tratar de organizar levantamientos dirigidos a derrocar la estructura monárquica del nuevo Estado. Así las cosas, si se celebra el Risorgimento como momento fundacional, ¿qué es exactamente lo que queremos celebrar?, ¿el Risorgimento moderado o el democrático? ¿Monárquico o republicano? ¿El Estatuto albertino o la Constitución de la República romana? Debe quedar claro: porque celebrarlo todo junto no creo que podamos, la contradicción no lo consiente

2) Más allá de todo eso está la cultura política del siglo XIX,  que está lejos de la sensibilidad actual. Si yo, por ejemplo, observo que la cultura política era profundamente misógina, que excluía a las mujeres de la transmisión de la ciudadanía (uno se convertía en ciudadano del Reino de Italia siendo hijo de un padre ciudadano, la madre no transmitía nada desde el punto de vista jurídico), si observo que tanto la cultura política democrática como la liberal-moderada excluían a las mujeres de la vida política, no pretendo decir: “Ah, qué mala suerte, el siglo XIX no es como me gustaría”;  no expreso mi deseo particular, describo y llego a la conclusión de que existe una profunda brecha antropológica entre aquella cultura y la nuestra, razon por la cual creo que es difícil hacer del Risorgimento y del Reino de Italia un mito fundador hoy. ¿Puede el mito de fundación de una república referirse a una monarquía encabezada por una elite política misógina y -añadiré otro rasgo – tenazmente reacia a admitir en el juego de la política a quienes no fueran del sexo masculino y adultos, además de muy ricos (y alfabetizados) ? En mi opinión, no. Si alguien piensa de otra manera, bien, pero me temo que mucho hay que distorsionar los hechos para mostrar la cultura política del siglo XIX como algo “actual” y coherente con los valores de nuestra República.

3) El movimiento del Risorgimento está dividido en lo que se refiere a a las propuestas políticas constitucionales y a su vez está unido,  en todos sus aspectos, en torno al moderno concepto político de nación italiana. Es un concepto que no existe en absoluto antes de finales del siglo XVIII y que debe estar animado por unos valores, símbolos, mitos y narraciones tales que lo hacen persuasivo (y este es un proceso que afecta a todo el pensamiento nacionalista occidental, no sólo al italiano, como explican magistralmente George L. Mosse y Benedict Anderson). En el proceso de construcción de la idea de nación italiana tienen una especial importancia algunas figuras simbólicas fundamentales. Dos en particular deben recordarse aquí. En primer lugar, la nación se considera una comunidad de origen, una gran familia, un parentesco, basado principalmente en lazos de sangre, en la posesión de una tierra específica y, por tanto,  una comunidad de cultura y de memoria: en la base de todo eso se sitúan los lazos genealógicos en el marco de una concepción biopolítica de la nación. Segundo aspecto: si la sangre es el cemento fundacional, tal convención encuentra una correspondencia funcional esencial en la idea de sacrificio;  los militantes del movimiento del Risorgimento -digamos los líderes- deben estar preparados para sufrir, incluso dejándose la vida en la batalla, para llegar a ser “mártires” del movimiento. La retórica cristológica y martirológica del nacionalismo italiano del Risorgimento y del post-Risorgimento es esencial para la construcción del discurso nacional-patriótico. Y eso es lo que le confiere un especial aura pararreligiosa. El resultado es una especie de mística general de la sangre que une a los miembros de la comunidad nacional; lo que  redime, libera y vivifica es la sangre derramada por su país. Ahora bien, si mi descripción es errónea, no hay problema, no hay nada más que decir. Pero si es correcta, hay que decir de nuevo, ¿puede un movimiento político como el Risorgimento, movido por esa concepción particuar de la nación, considerarse el fundamento de la vida pública de la moderna República Italiana? Traducido: ¿queremos celebrar todavía un nacionalismo de ese tipo?

4) Pregunta que parece más convincente si se considera -como hago yo- que la idea de nación que se construye en el Risorgimento dibuja una matriz ideológica que permanece intacta en la Italia posterior a la unidad, que anima incluso al nacionalismo  fascista. En este sentido, dos premisas deben quedar claras: no pretendo decir que todo el Risorgimento sea la “causa” del fascismo, lo que sería un disparate: los diversos componentes del movimiento del Risorgimento quieren construir un país con instituciones representativas, esbozando con ello un modelo político que el fascismo rechaza. También está claro que el nacionalismo de fin de siglo o el fascista adquieren una agresividad expansiva que el nacionalismo del Risorgimento no tenía. Pero -y esta es mi posición- las transformaciones que van del discurso nacionalista de 1861 al fascismo, incluidas las leyes raciales, crecen como protuberancias armónicas que resultan de la matriz discursiva fundamental: la sangre, la tierra, los mártires de guerra. Si es así, ¿tiene sentido celebrar la experiencia del Risorgimento? Es decir, ¿tiene sentido celebrar la idea de nación que,  nacida con el Risorgimento, ha atravesado la historia de Italia dándole al fascismo una parte esencial de sus símbolos y valores? Bueno, no tengo ninguna duda, francamente creo que no.

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