Tony Judt: lamento general en tiempos difíciles

Los lectores del malogrado Tony Judt se multiplican, y las reacciones también. La Australian Book Review, por ejemplo, nos informa de la recepción en nuestras antípodas. Así lo expone Bruce Grant reseñando sus dos últimos libros:

Estos dos libros  fueron escritos en las últimas etapas de una enfermedad mortal.  Lo notable de ellos es su equilibrio. No muestran signos de angustia, ira o remordimiento.  Nos recuerdan la disciplina de una  mente entrenada y responsable, ágil y fiel a su vocación hasta el final. En 2009,  en su última aparición pública,  Tony Judt utilizó la Remarque Lecture en la New York University para llamar la atención sobre la socialdemocracia, oponiéndose por igual a libertarios y defensores del libre mercado. Amplió esa conferencia en Algo va mal. El refugio de la memoria es un conjunto de  ensayos memorialísticos, compuesto en su cabeza durante largos períodos de soledad forzada,  y dictados a continuación, cuando su voz finalmente le falló, y transcrito a través de  un dispositivo electrónico. (…)

Su estilo  es templado más que polémico, alusiva más que dogmático. No es  fácil de precisar. Sospecho  que, como Michael Oakeshott,  no cree en las conclusiones, y prefiere la conversación para  serpentear según la calidad  de los participantes. El lector  se queda con las impresiones y sugerencias, empujándose unas a otras buscando nustra atención. Evita  estridencias y generalidades centelleantes que pasan para debate en el mundo cibernético de hoy.   (…)

La preocupación central de Judt emerge en ‘La insoportable levedad de la política”, uno de los capítulos de Algo va mal,  donde combina la comunidad, la sociedad y el Estado. (Dicho sea de paso, ninguno de ambos libros tiene índice, por lo que es prudente tener papel y lápiz a mano), A lo largo de este libro, y no muy por debajo de la superficie del otro, está la idea de que durante los últimos treinta años (desde finales de la Guerra Fría), “nosotros” (es decir, las democracias occidentales) “hemos hecho virtud de la búsqueda material del propio interés”. Él trae la discusión a un punto crítico con el argumento de que la privatización de bienes públicos ha producido una “sociedad eviscerada”, una “membrana delgada” de interacción entre individuos, sin otra cosa que la autoridad y la obediencia vinculante del ciudadano al Estado”. El giro en la lógica de Judt, que lo sitúa en conflicto con los bandos de la Guerra Fría, es que, si bien esto puede haber sido la ambición (o una consecuencia no deseada) de los defensores de las libertades y del libre mercado, “nunca debemos olvidar que fue  primero y sobre todo el sueño de los jacobinos, los bolcheviques y los nazis:  si no hay nada que nos una como comunidad o sociedad, entonces somos totalmente dependientes del Estado”. Esta gran declaración necesita pruebas, que Judt proporciona en sus escritos históricos, pero no aquí. Más bien, cita la crítica de Edmund Burke a la Revolución Francesa: una sociedad que destruya el tejido del Estado pronto “se encontraría desconectada hasta llegar a ser sólo polvo y cenizas de la individualidad”.

(…)

Lord Warden (BR/Sealink: 1952-1980)

Para un  lector australiano, Judt  es a la vez encantador y estimulante,  pero muestra poco interés hacia nuestra parte del  mundo – China, Japón, Indonesia y la región de Asia-Pacífico como poder productivo del  siglo XXI. Su interés en la India lo es principalmente a través de la conexión británica.  En cuanto a Australia,  parece no haber oído hablar de ella. Menciona a  Nueva Zelanda y Canadá,  pero la reputación igualitaria de Australia y la búsqueda tenaz de los mecanismos de la democracia,  tales como el voto obligatorio y preferencial,  parece no ternerlos registrados.  En sus memorias aparece The Lord Warden, que era el  nombre del barco insignia de los ferrocarriles británicos que a su familia le gustaba usar en los viajes a Europa,  rebautizado después como Lord Warden of the Cinque Ports – cinco asentamientos costeros a la que la Corona Inglesa otorgó libertades especiales en 1155.  Cuando Robert Menzies se retiró  de la política en 1966,  recibió este cargo ceremonial  -para sorpresa de la mayoría de los australianos, que nunca antes habían oído hablar de él- y lo mantuvo hasta  su muerte en 1978.  Judt no dice nada al respecto.  ¿Por qué habría de hacerlo? Él  tenía asuntos más importantes en su cabeza.

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