Jacques Rancière: la propiedad no cede

En honor a los muchos seguidores de este filósofo francés,  recuperamos su último volumen: Momentos políticos, editado por la argentina Capital Intelectual.

Aprovechamos un par de fragmentos que difundió e periódico La Nación hace unos meses:

Formas de propiedad e impropiedad

“Las ideas no mueren tan pronto ni con la misma facilidad como con la que lo desearían los editorialistas, especie carnívora que todos los días necesita consumir carne fresca y enterrar pensamientos muertos como, por ejemplo, el comunismo. En nuestras revistas, la palabra apenas evoca hoy historias de represión feroz o imágenes de fábricas en ruinas y dignatarios embalsamados vivos.

Pero una idea nunca define una única realidad posible. El comunismo no era sólo el sueño de un nuevo mundo colectivo al que sólo habría respondido la peor de las pesadillas. También fue una idea determinada, incluso un sentimiento sobre el movimiento de las cosas a las que veía volverse cada vez más inmateriales, y por lo tanto cada vez menos apropiables por individuos, cada vez más asimilables al aire que todos respiran. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”. La propuesta aparentemente menos política del Manifiesto del Partido Comunista bien podría ser la más duradera.

En efecto, aquel sueño sigue su camino. La revolución de los productores realmente no mantuvo sus promesas. Pero dicen que la lógica del Capital que produce sus propios sepultureros habría encontrado una manera mejor de acelerar su propio fin: a saber, la revolución de las máquinas reproductoras.

Se nos dice que gracias a ella toda materialidad hoy se transforma en idealidad para comunicarse instantáneamente con cualquier persona en cualquier punto del universo. Gracias a ella, las ideas, las imágenes y las músicas, digitalizadas de manera similar, corren libremente de pantalla en pantalla burlando a quienes aún pretenden afirmar sobre ellas el derecho de los propietarios.

Hace treinta años, los filósofos habrían declarado la muerte del propietario por excelencia, el sujeto dueño de su propio pensamiento. La revolución informática habría transformado su promesa en realidad. La inteligencia de la máquina automática habría relevado los desvíos de los artistas pop o los collages de los DJs para eliminar no solamente la propiedad de las creaciones, sino también su propio fundamento: la diferencia entre los procesos de la creación y las máquinas de la reproducción. Ahora es la inteligencia-mundo, la máquinamundo o el cerebro colectivo el que multiplicaría libremente hasta el infinito sus palabras, sus canciones y sus imágenes.

Obviamente, todo idilio tiene su lado oscuro. La revolución planetaria de la impropiedad inmaterial tiene, como la otra, sus gulags . Los editores de música o de literatura no renuncian a que los piratas de la descarga paguen. Muchos escritores aún creen lo suficiente en su propiedad como para reclamar que se paguen derechos a quienes se dedican al modesto comunismo de leer en las bibliotecas. Incluso se ve cómo las víctimas de las catástrofes, de las limpiezas étnicas o de las acciones terroristas reclaman, a cambio de sus casas destruidas o sus padres asesinados, derechos sobre la propiedad de las imágenes tomadas por los fotógrafos.

¿Hay que verlo sólo como ecos de otra época? ¿O hay que decir, por el contrario, que el derecho no deja de adaptarse a las nuevas tecnologías, rechazando así las fantasías sobre la muerte del autor y la libre reproducción de pensamientos, imágenes y obras?

Tal vez haya que complicar un poco el asunto, diciendo que hay varias maneras de entender la propiedad y la comunidad, diversas maneras donde cada una puede vincularse con su contrario. De modo que las relaciones entre la política, la técnica, el arte y el pensamiento siempre son un compromiso inestable entre varias formas de propiedad e impropiedad.

Por ejemplo, una opinión admitida supone que la modernidad literaria y artística desde el romanticismo ha estado ligada al desarrollo del culto al autor, que nació al mismo tiempo que los derechos del mismo nombre. Fácilmente podemos deducir que el campeón de la novedad artística era, a pesar de sus sentimientos sociales o, por el contrario, sus repugnancias de esteta, un ícono del orden propietario.

En consecuencia, cualquier cosa que contradiga ese privilegio -desde las imágenes en serie de estrellas o de productos comerciales de la era del pop hasta la piratería digital- se paga a cuenta de una revolución posmoderna que habría destruido, si no los derechos jurídicos de la propiedad, al menos las ilusiones modernistas de la originalidad artística asociadas al mito del autor propietario.

En realidad, la constitución moderna del autor y su propiedad parece haber seguido caminos menos rectilíneos. Digan lo que digan, la consagración del genio literario nació menos de las gestiones de Beaumarchais en favor del derecho de autor que del empeño de los filólogos de su tiempo por desposeer a Homero de la paternidad de su obra, para convertirla en la expresión anónima de un pueblo y de una época.

En suma, el autor nació junto con su sombra, con su desvanecimiento en la palabra anónima. Esto mismo es lo que expresó la contradictoria palabra “genio”: la equivalencia de una propiedad y de una impropiedad.

Por su parte, los representantes más consagrados del culto literario -Flaubert, Mallarmé o Proust- no han dejado de sostener la radical impersonalidad del acto de escribir. Y las nuevas artes nacidas de la técnica, como la fotografía, vieron su dignidad artística vinculada a la promoción como sujetos de arte de cosas insignificantes e individuos cualesquiera.

Así pues, es como si una alianza duradera hubiera puesto a la singularidad artística en la intersección de dos impropiedades: la impersonalidad del autor y la puesta a disposición de la imagen de cualquiera.

Es que esta puesta a disposición suponía por sí misma que cualquiera podía tener -aunque sólo fuera para que se la llevaran- “su” imagen, esa “imagen” que hasta entonces siempre había sido privilegio de los grandes. A cambio ella le daba el poder de retomar simbólicamente el bien robado; daba a todas las hermanas de Emma Bovary el derecho de reapropiarse del producto del sueño del arte puro de un novelista para admirar su vulgar imagen reflejada allí.

La promoción del autor impersonal ha sido relacionada con ese comunismo salvaje, ese comercio no controlado de las imágenes. En relación con esto, la situación contemporánea podría ser más bien compleja, más contradictoria de lo que quisiera la imagen llana del comunismo telemático.

Seguramente, las máquinas de reproducción y el ingenio de los piratas seguirán alimentando simultáneamente por un tiempo el sueño de la libre red planetaria y la imaginación de los juristas encargados de proteger los derechos de la propiedad. Pero lo que al mismo tiempo parece estar destruida es la alianza histórica de la impersonalidad artística con la imagen de los seres anónimos.

Cada vez más hoy la imagen de uno mismo se convierte en una propiedad, más segura, en cierto sentido, que la de las obras o la del propio yo. Cincuenta años atrás, los fotógrafos de la calle hacían arte captando al pasar la imagen de los placeres mediante los cuales cualquiera afirmaba la posesión de una vida propia. Hoy sus sujetos están fundados en refutar ese anonimato que los ha inmortalizado, en pedir, en lugar de su gloria impersonal, derechos sobre la propiedad de su imagen.

Y antes que reapropiarse del texto del novelista, las hermanas de Emma estarían invitadas a reclamarle derechos sobre la propiedad robada de sus vidas y sus sueños. Tal vez sea para conjurar ese riesgo que nuestros escritores ya sólo explotan su derecho a su propia imagen, nos entregan lo que les pertenece, su vida cotidiana y sus pensamientos actualizados. La propiedad, así como el comunismo, no ceden. Cambian. Y el arte y la política con ellos”.

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