Internet cambia nuestra forma de pensar

Is the Internet Changing the Way You Think?,  editado por John Brockman (Harper Perennial). Christine Rosen expone un resumen del libro:

A mitad del siglo XX, el sociólogo francés Jacques Ellul [El Siglo XX y la técnica: análisis de las conquistas y peligros de la técnica de nuestro tiempo] puso 76 “cuestiones razonables” que pensaba que debíamos plantearnos acerca de cualquier nueva tecnología. Entre ellas había cuestiones morales, tales como “¿Qué valores fomenta su uso?” y “¿Qué perdemos con su uso?”, y sociales, como “¿Cuáles son sus efectos en nuestras relaciones?” Hoy, al apresurarse a abrazar los últimos dispositivos y aplicaciones, nos limitamos a preguntar: “¿Qué hacer?”

Por suerte, John Brockman, el fundador del portal sobre ciencia y tecnología Edge.org, decidió plantear una pregunta clave a un grupo variado de 150 escritores, artistas, académicos, científicos y expertos: ¿Está cambiando internet la forma en que pensamos? ” El resultado es una difusa pero provocadpra muestra de las formas con las que vivimos con la tecnología actual y reflexionamos sobre sus efectos.

Aunque las ciencias están muy representadas entre los colaboradores de Brockman, el volumen va más allá de los sospechosos habituales (por ejemplo, el omnipresente Clay Shirky) para incluir a artistas visuales, arquitectos y músicos cuyas voces están demasiado a menudo ausente de los debates sobre la tecnología y la cultura contemporánea.

Sean poetas o programadores, los participantes en el libro escriben desde la perspectiva no de “nativos digitales”, sino de personas de mayor edad que han tenido que adaptarse a los cambios producidos por internet. Como miembros de una generación de transición, están preparados para hacer frente a los temas prácticos y filosóficos.

La mayoría de los contribuyentes están entusiasmados con las recompensas que ofrece internet, en particular en la investigación científica, la comunicación global y la expresión personal. De hecho, varios colaboradores son despectivos con quienes cuestionan los costes de internet, rechazándolos como “neofóbicos” o “cascarrabias y trogloditas”. Sin embargo, algunos escritores desmienten esa fácil caricatura. El neurocientífico Joshua Greene sugiere, en una metáfora contundente pero oportuna, que internet, a pesar de su pretensión revolucionaria, es “nada más y nada menos, que un muy útil y mudo mayordomo.”

Hay un tema que surge con frecuencia por igual entre entusiastas y escépticos: Precisamente porque son tan vastos los almacenes de información en internet, la capacidad de sacar tiempo para la reflexión continua y concentrada puede llegar a ser la habilidad más importante que se puede perfeccionar. “La atención es la alfabetización fundamental”, escribe Howard Rheingold, autor de “Multitudes inteligentes“.

Como observa el dramaturgo Richard Foreman a propósito del tiempo que pasa conectado:  “No puedo dejar de recordar al filósofo griego que atribuía su larga vida a evitar las fiestas para cenar. Si tan sólo pudiera evitar por igual la distracción de internet, que, en su promesa de conexión y conocimiento ampliado, es realmente un fenómeno social sustitutivo”.  Thomas Metzinger, un filósofo, sostiene que internet no está cambiando la manera en que pensamos, sino que está exacerbando el problema aparentemente simple de “gestión de la atención”. “La atención es un bien finito, y es absolutamente esencial para vivir una buena vida”, argumenta. La forma en que utilizamos actualmente internet representa “no sólo un ataque organizado en el espacio de la conciencia en sí, sino también una forma leve de despersonalización…. Yo lo llamo ensueño público”

Estos no son los lamentos de los tecnófobos. A Rodney Brooks, profesor del MIT y experto en robótica, le preocupa que internet “esté robando nuestra atención. Compite en ello con todo lo que hacemos”. El neurocientífico Brian Knutson imagina un futuro cercano en el que “internet puede imponer una “supervivencia de lo enfocado”, en la cual los individuos dotados de cierta capacidad natural para permanecer en el centro del asunto, o que se exciten con suficientes  estimulantes, sigan adelante, mientras que el resto de nos quedemos indefensos en un vórtice de atención basado en la Web”.

La sustitución de lo real por lo virtual es otro tema común. El paleontólogo Scott Sampson se preocupa por “la pérdida de la experiencia íntima con el mundo natural”.  Y elinformático Jaron Lanier, padre de la realidad virtual, dice que Internet ha “convertido en presa de una ideología que niega la realidad”. Varios de los colaboradores del libro, en particular artistas y arquitectos, presentan argumentos sólidos sobre la importancia de las experiencias no mediadas para proceso creativo.

Unos pocos participantes se muestran totalmente alterados por la posibilidad de un futuro virtual. “Juegos comunitarios a gran escala como Second Life se convertirán de forma desconcertante en adictivos para mucha gente común que entiende poco de lo que sucede en la sala de máquinas”, predice el biólogo evolutivo Richard Dawkins. “Y no seamos snobs al respecto. Para muchas personas de todo el mundo, la realidad de la “primera vida” tiene pocos  encantos, e incluso para los más afortunados la participación activa en un mundo virtual es más estimulante intelectualmente que la vida de un teleadicto hundido en la ociosa esclavitud de Gran Hermano”.

Brian Eno, pintor y músico pop, ofrece una evaluación más convincente de los costes de oportunidad que plantea internet: “Me doy cuenta de que el deseo de lo colectivo es lo suficientemente fuerte para que millones de personas pertenezcan a comunidades totalmente ficticias, tales como Second Life y World of Warcraft”, escribe. “Me preocupa que esto pueda ocurrir a expensas de la Primera Vida”. Para Eno, como para muchos participantes en el mundo online, la capacidad de internet para darnos música, imágenes e información ha incrementado más que reemplazado el deseo de una experiencia auténtica, sea la que sea.

Al final, los ensayos más llamativos de Is the Internet Changing the Way You Think? nos animan a mirar hacia atrás en lugar de hacia delante. Somos buenos en el almacenamiento en línea del pasado -el pasado efímero, trivial, así como el pasado distante, rico en información de historia investigada-  ¿pero hemos mejorado nuestra capacidad de aprender de él? El libro de Brockman sugiere que hemos de hacer un recuento honesto de las muchas maneras en las que  hemos usado la tecnología, tanto para bien como para mal. Uno no tiene que ser un troglodita que reconocer que no hay una aplicación para eso.

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