Anthony Grafton: ataque a la Historia

Anthony Grafton, nuevo presidente dela AHA, empieza su mandato con un artículo sobre la profesión aparecido en la revista Perspectives (enero):

No es fácil pensar con claridad, ni siquiera es fácil pensar,  cuando te atacan. Y los historiadores -al igual que muchos otros humanistas- han recibido más espinas que flores en las últimas décadas. De Allan Bloom a Mark Taylor, de Charles Sykes y Anderson Martin a Andrew Hacker y Claudia Dreifus, los críticos de dentro y fuera de la academia han asentado una rica y aparentemente plausible acusación contra nosotros.

La academia en su conjunto es corrupta, nos dicen. Los profesores están aprisionados en disciplinas escleróticas, obsesionados con una investigación altamente especializada. No sabemos  escribir si no es en una jerga abstrusa y sólo  nos dirigimos a estudiantes esotéricos, asegurándonos así una audiencia nula. Formamos a nuestros estudiantes de posgrado para que hagan lo mismo, a pesar de que, a diferencia de nosotros, no serán recompensados por ello con un puesto de trabajo (tenure track). Por lo general, no somos nosotros los que adiestramos a nuestros estudiantes, ya que la enseñanza de nivel inferior se la dejamos a profesores adjuntos y ayudantes. Y cuando nos dignamos a pasar un tiempo con ellos, no les ofrecemos formación rigurosa en crítica de fuentes, análisis literario y argumentación, sino que los adoctrinamos en nuestro propio punto de vista izquierdista sobre la política, las artes, etcétera.

A pesar de sus diferencias sobre los detalles, casi todos los críticos están de acuerdo, tanto en los síntomas como en sus causas. Han encontrado al enemigo, y somos nosotros. Los profesores hemos descuidado nuestra responsabilidad básica, la enseñanza, en favor de la investigación. En lugar de educar a ansiosos jóvenes en las artes liberales, durante nueve o doce o quince horas a la semana, apenas entramos en el aula.  Estamos fuera del campus, aislados en casa o en una biblioteca o un archivo, con la investigación especializada. Cada año escribimos más y más sobre menos y menos, llenando bibliotecas con libros y artículos que nadie lee, además de nuestra cháchara en congresos inútiles.  Y cada año somos recompensados por este abandono con salarios más altos y mayores privilegios.

Esta abundante y proteica acusación aparece, en todas sus variadas formas, en muchos lugares -desde libros de gestión que producen los propios profesores, think tankers y periodistas, hasta artículos periodísticos y entradas de blogs. La cosa resuena, reverbera y al final resulta ensordecedora,  como la conversación en un restaurante de moda. Y a menudo se expresa con memorable ferocidad. Dejemos que los profesores se paguen sus propias vacaciones en la Toscana, escribien Hacker y Dreifus, sugiriendo sin ambajes que los viajes de investigación son lujosas excursiones a lugares soleados.

Lo más grave, desde el punto de vista de la American Historical Association, es que este bombardeo se dirige a nosotros y a nuestros vecinos más cercanos en las humanidades y las ciencias sociales. La mayoría de los críticos no sostienen seriamente que las ciencias de la vida o las ingenierías se hayan convertido en demasiado técnicas. Como todos, esperan beneficiarse de los nuevos medicamentos y de las tecnologías que se incuban en los laboratorios y departamentos especializados. Muchos de ellos se interesan claramente por los resultados de los economistas y psicólogos, demógrafos y científicos políticos -artículos todos altamente especializados, sin los que no existirían los libros y artículos de David Brooks y Malcolm Gladwell.

Los objetivos reales de las invectivas son las disciplinas que crean y enseñan formas cualitativas de interpretar el pasado y el presente, arte y literatura,  religión y sociedad. Nosotros somos los parásitos, que no aportamos grandes donaciones externas que contribuyan a financiar otros departamentos y disciplinas. Nosotros somos los pedantes, que no producimos nada que pueda ayudar a la sociedad a resolver sus acuciantes problemas. Somos hombres y mujeres superfluos, a quienes los acuciados administradores de las universidades tienen que apoyar a pesar de nuestras politizadas investigación y docencia, que han conducido a una caída desastrosa de la matrícula de estudiantes, y ni ellos ni quien pone el dinero ni absolutamente nadie aciertan a ver por qué han de continuar haciéndolo. “¿Quién -pregunta Marcos Yudoff, presidente de la Universidad de California, “va a pagar los sueldod del Departamento de Inglés?” Lo mismo podría haber dicho del de historia.

La historia tiene su propio lugar especial en estas acusaciones. Los críticos reprochan a los historiadores que extraigan conclusiones politizadas de sus investigaciones, e incluso, en algunos casos notorios, que distorsionen o inventen de forma deliberada las evidencias para apoyar sus propios puntos de vista de izquierdas. Critican a los autores de libros de texto y a los historiadores públicos por subvertir el patriotismo, afirmando que destacan la violencia, la desigualdad y la opresión en la vida de Europa y América a costa de señalar las cualidades positivas, y por argumentar que Estados Unidos libró la guerra no sólo para defenderse, pero también para ocupar el terreno poseído por los demás, y que ha hecho la guerra con especial ferocidad contra los opositores que no eran blancos. Una serie de episodios canónicos, repetidos inadecuada e indefinidamente  -las controversias sobre los National History Standards, Enola Gay y Arming America. Mientras tanto actores políticos de variada estirpe reformulan la historia para apoyar sus programas -y denuncian a los profesionales para hacer lo que pueden para ocultar o encubrir lo que ellos identifican, a veces violentamente, como la verdad.

Es bastante fácil refutar los puntos concretos de esta acusación. La proporción de estudiantes que cursan licenciaturas en humanidades e historia ha caído de más del 17 %  en 1967 al 8% actual, como Tamron Hall señaló recientemente al entrevistar a Drew Gilpin Faust, historiadora, humanista y presidenta de Harvard, en MSNBC. Pero esta disminución, como los estudiosos, de Michael Bérubé a Robert W. Connor, han señalado- en realidad tuvo lugar en la década de 1970 y principios de 1980. Desde finales de 1980, la matrícula en nuestros campos han sido constante -a diferencia, por ejemplo, de informática, que perdió casi un tercio de sus cursos entre 2000 y 2007-08- y  es de suponer que no es  porque sus profesores mezclen demasiado la teoría y la política en sus algoritmos.

En cuanto a la cuestión de quién nos paga: Texas A & M recientemente sometió las distintas disciplinas y su profesorado a un riguroso examen público. Cada profesor fue acreditado asignándole con un ingreso proporcional por cada estudiante inscrito en sus clases y según los ingresos por subvenciones, y esto a su vez fue comparado con los sueldos. El profesorado halló errores y omisiones en este estudio. Sin embargo, reveló que los departamentos de idiomas extranjeros, historia e inglés no sólo se pagan a sí mismos -al parecer, resulta que enseñamos!- sino que producen más ingresos de lo que consumen, subsidiando a química y otros departamentos en los que la investigación es más costosa. Incluso aquellos años sabáticos escandalos terminan, en muchos casos, ahorrando a las universidades un poco de dinero, obteniendo apoyo a la financiación -y que los profesores puedan llevar a cabo una investigación que forma parte de sus obligaciones contractuales y es vital para mantener su enseñanza fresca y viva.

Pero la acusación es una hidra de varias cabezas, y la mayoría de ellas son más feroces que la que he cortado. El verdadero meollo de la crítica no es financiero, sino académico y ético: es que nuestra investigación y nuestra enseñanza no son más que búsquedas estériles de mentes adormecidas con futilidades, tediosos y predecibles ejercicios en pensamiento de grupo, o ejercicios politizados que despliegan las pruebas para demostrar conclusiones predeterminadas. Si no podemos responder a estas críticas de manera convincente, vamos a perder en todos los frentes: las plazas de historia van a desaparecer, y también en  los departamentos vecinos en idiomas extranjeros y otros campos, sin los cuales no podemos funcionar.

Y no es fácil encontrar respuestas simples y convincentes. Algunos argumentan, como Martha Nussbaum ha considerado en un reciente libro, que los humanistas les enseñan a sus alumnos el compromiso cívico y otras lecciones morales. Pero muchos historiadores estarán de acuerdo con Antony Beevor, quien argumenta en The Guardian que los historiadores no “tienen un papel moral. Yo nunca diría que los historiadores o los profesores de historia tienen una función moral. Su obligación principal es entender la mentalidad de la época y  transmitir esa comprensión: no es aplicar los valores del siglo XXI en retrospectiva.  Tampoco hemos de simplificar el efecto moral. . .    Por supuesto, la historia nunca debe ser usada para inculcar la ciudadanía virtuosa. Sin embargo, ofrece la más rica fuente imaginable de ejemplos y dilemas morales, que a su vez son la esencia de la gran ficción, del gran drama  y de la vida misma”.   Este argumento cargará de razones a los que están de acuerdo en que la educación debe mostrar grandes sucesos y ejemplos a los estudiantes. En un momento en que las autoridades que gobiernan en todo el mundo parecen unidas en su insistencia en que la educación superior funciona sólo como preparación para la carrera,    tendrá poco impacto entre los que realmente toman las decisiones de financiación.

Podemos argumentar de manera convincente -como Barbara Metcalf hizo en este espacio, en abril de 2010- que lo que hacemos, de hecho, es descubrir el conocimiento que resulta ser útil. Lo que los miembros de una generación veían como una investigación puramente académica sobre el Islam en el sur de Asia  resultó ser para la siguiente generación una fuente de la iluminación sobre el origen de los talibanes. Los historiadores, ya analicen la la sequía en el antiguo Egipto o la economía de la China moderna, de hecho tienen un conocimientosignificativo -basado en el conocimiento a partir de un minucioso análisis de las fuentes, que transmiten a estudiantes y lectores de la manera más clara y apasionada que pueden. Tenemos que defenderlo, a menudo y con claridad.

También se puede argumentar -como Arnita Jones a menudo hizo mientras dirigió la Asociación- que los historiadores ofrecen una gran cantidad de nuevos conocimientos al pueblo estadounidense. La investigación realizada en las universidades y enseñada en sus cursos enriquece y se enriquece a su vez por la extraordinaria labor de los historiadores públicos de Estados Unidos. Ver en el Servicio de Parques Nacionales los sitios para los indios Pueblo, las plantaciones del sur y los campos de batalla de la Guerra Civil es ver a un nuevo pasado -uno con el que se tropiezan más estadounidenses de los que jamás an leído las publicaciones universitarias, y que no existiría sin la investigación histórica. La Universidad y los historiadores públicos tienen que trabajar juntos, y dejar claros, tan a menudo como sea posible, la gran importancia y el impacto profundo de sus proyectos en común.

Pero hemos de exponer otro argumento, uno que resulta difícil de articular de forma que coherente y precisa a la vez , pero que es  esencial: el argumento de que la academia importa. Al hacer historia de la mejor manera que podemos, vamos en busca de un conocimiento preciso, y al enseñar a los estudiantes, de pregrado y postgrado, hacemos lo mismo. Modelamos una investigación honesta, de primera mano. Esa búsqueda austera, basada en principios, del conocimiento importa: es más importante que nunca en el mundo de los medios actuales, en los que las mentiras  sobre el pasado, como sobre el presente, se mueven más rápido que nunca. El problema es que es una búsqueda sin Grial. Los mejores conclusiones que podamos extraer, escudriñando nuestras pruebas y nuestras inferencias tan feroz y escrupulosamente como sea posible, serán provisionales. Estaremos en desacuerdo con nuestros contemporáneos, y la próxima generación reemplazará nuestras conclusiones, y las suyas, por otras nuevas. Pero el hecho de que la búsqueda continúe -y el vigor y la integridad que los investigadores ponen en ella-  importa profundamente, por la salud de nuestra cultura.

Durante el próximo año, voy a poner mi mejor empeño, como mis predecesores, en encontrar maneras de exponer estos puntos de manera pública y efectiva. Espero ue los consejos, críticas y comentarios de los miembros de la AHA y, aún más, ver otros historiadores estudiar estos problemas y proponer soluciones, sea donde sea, desde Perspectives on History a la blogosfera. Hemos de movilizar la inteligencia colectiva formal de nuestra disciplina, a través de las instituciones y las generaciones, para defender y explicar nuestras empresas. El proceso será costoso. Supondrá discusiones entre nosotros mismos y restará tiempo de nuestra investigación y enseñanza, y frustración de muchos tipos. Pero tenemos que intentarlo.

-Anthony Grafton (Universidad de Princeton.) Es el presidente de la AHA.

Copyright © American Historical Association

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4 Respuestas a “Anthony Grafton: ataque a la Historia

  1. Es evidente que Grafton sabrá capear las críticas realizadas (no a la disciplina, en este caso, sino a la función social del historiador). Pero algo es cierto, lo alumnos que quieren ser historiadores sienten desasosiego. la distancia entre el alumno y el formador se subsana con horas de tutorías? Aquí Grafton no dijo nada. No es el problema.

  2. Según Grafton parece que no hay ningún problema. De crítico a los críticos se pasó a apologista del quehacer histórico actual. No alcanzó a justificar el academismo actual, la “elevación” del historicismo a temas esotéricos, creados por el propio discurso académico para académicos y sus iniciados. La reducción de la investigación a Artículos Científicos, modalidad de comunicación de las ciencias “duras”, a despojado de público a la Historia. Las nuevas categorías son “Nº” de artículos publicados; ranking de la revista donde publicas.

  3. A mi juicio no se debe atender los supuestos prejuicios de un supuesto público indeterminado. Para la mayoría de la gente la historia es una de las humanidades, que estoy seguro que le parece más necesaria, que útil, en comparación con oficios como la archivistica. Lo grave es la insatisfacción de los profesionales, que ven como ese rótulo humanístico mantiene a la historia en el campo de las vocacionales, que además de pequeño está acaparado en sus instancias de poder, por una pléyade de abogados aficionados a la historia.
    Lo que los historiadores deberían pensar es en las técnicas adecuadas para que el humanismo necesario se haga funcional, para ampliar el alcance de la disciplina y fortalecer su autonomía. El problema es que a los historiadores nos gusta más discutir o hablar en nuestro microcosmos que con públicos mas amplios.

  4. El artículo es muy bueno aunque se queda a mitad de camino. Ya hace demasiados años Benedetto Croce dijo que la imagen que tengamos del pasado condiciona nuestras decisiones presentes. Parecería que quienes tomaron nota de esa observación fueron los políticos. Ellos se reservaron los programas y las versiones impartidas en los niveles primarios y, en muchos países, también los secundarios. Esa “Historia oficial” es la primera imagen que obtiene la enorme mayoría de la población y, sobre todo, es la única que recibirán en toda su vida. La Historia cívica, o de bronce o de mármol no es historia, es ideología, es algo aburrido que logra apartar de la historia a la mayor parte de la población durante toda su vida.
    Por otra parte, me parece increíble que se siga discutiendo sobre elementos epistemológicos. Todas las ciencias fácticas cambian constantemente. De entre ellas, todas las sociales trabajan con elementos indicios, ninguna puede manejar directamente su objeto de estudio.
    Para finalizar, es cierto que el academicismo encorsetó mucho la historia y las ciencias sociales, pero, precisamente, eso es lo que he desviado a la mayor parte de los académicos hacia la cantidad, en lugar de hacia la calidad, hacia lo que pide la academia porque eso es lo que reditúan mejor retribución económica, los historiadores han sido “comprados” junto con la totalidad del mundo académico. Esto fue muy largo y no puedo seguir con la relación investigación-docencia.

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