Sociología de la investigación universitaria

Eric Aeschimann, escritor y periodista de Libération, nos presenta un reciente volumen del sociólogo francés Geoffroy de Lagasnerie: Logique de la création (Fayard). Tras una muy breve presentación, es el propio Lagasnerie quien presenta su libro, con un tono a la vez épatant y refrescante:

La obra de Geoffroy de Lagasnerie, dice Aeschimann,  se puede leer de dos maneras. En frío, es la reflexión de un sociólogo sobre las condiciones propicias para la innovación intelectual. Lagasnerie parte de Bourdieu y de su homo academicus: el universitario que, habiendo alcanzado su posición social gracias a su dominio del conocimiento académico, busca perpetuarla. Por contra, tenemos el homo non-academicus (el inventor, el creador, el hereje), que se emancipa de los dogmas y se sitúa (más o menos) al margen de la institución. Este fue el caso de Sartre, Barthes, Foucault o Deleuze, constatación que podría conducir a la nostalgia. Lagasnerie prefiere recurrir a los argumentos para denunciar la sumisión voluntaria en materia académica de los investigadores de hoy. Un panfleto contra la “ideología de la investigación”, la obsesión de darse a conocer entre los suyos, el miedo al juicio externo. Esta es, en caliente,  la otra dimensión de este ensayo.

Dice Geoffroy de Lagasnerie:

“Estaba escribiendo este libro cuando se desarrollaron las movilizaciones contra la reforma universitaria. Me llamó la atención la alarmante alianza entre todas las fracciones del mundo de la investigación, de la extrema derecha a la extrema izquierda, para denunciar la amenaza que los proyectos de gobierno representaban para la autonomía del saber, sometiendo la universidad a normas externas y por tanto ilegítimas: económicas, estatales, políticas.  Ciertamente podemos estar de acuerdo con esta auto-defensa, pero hay que señalar que las normas que blandieron son igualmente peligrosas para la creatividad, y nadie las critica nunca: la profesionalización, la consolidación de los marcos disciplinarios, revisión por pares como único reconocimiento legítimo…  Valores contra los que se definieron todos los pensadores que han contado entre los años 50 y 70, como Lévi-Strauss, Bourdieu y Derrida, y todos los lugares entonces atípidos que les dieron cobijo. Recordemos que en 1974 Michel Foucault quería que su trabajo sobre los sistemas disciplinarios pudiera “servir a un educador, un vigilante, un magistrado, un objetor de conciencia” ¿Qué investigador de hoy definiría su trabajo diciendo que escribe para los guardias de prisiones? Los últimos veinte años ha impuesto una ideología de la investigación obsesionada por la idea de mantener una frontera entre lo interno y lo externo, los profesionales y los profanos… Ahora bien, esta frontera tiene el efecto de destruir la idea misma de dirigirse a otros públicos y de construir su pensamiento en interacción con el espacio social”.

“Podemos lamentar la pérdida de influencia de los intelectuales y añorar la efervescencia de los años 70. Pero debemos recordar que la fecundidad y el impacto de su trabajo estaba relacionado con su deseo de inventar modos de escritura, formas de pensamiento y áreas de discusión que hicieran añicos la censura ejercida por la definición académica de investigación. Hoy en día, la mayoría de los que reclaman el legado de Bourdieu, Foucault, Deleuze y Derrida se esfuerzan en hacer reinar  un orden universitario en el que sus “héroes” no habrían podido desarrollar sus ideas. La palabra “académico”, que era un insulto en las controversias de los años 70, se ha convertido en un término muy valorado. Aquello a lo que remitía ha cambiado: el ideal del yo no es ser un intelectual, sino un “investigador”, es decir, la integración profesional en la disciplina, la publicación en revistas con comité de lectura (pero sin lectores) …”

“Es cierto que los pensadores de los 70 tienen su parte de responsabilidad. Por ejemplo, cuando comenzaron a criticar el periodismo. La  cuestión era sobre todo denunciar el poder mediático de los “nuevos filósofos” y el poder de la televisión. Pero debemos tener cuidado en no convertir esos enunciados estratégicos en dogmas, y uno puede encontrar en ellos muchas ideas sobre el periodismo como instancia alternativa a la universidad que permite el surgimiento de nuevos problemas. De hecho, de Barthes a Foucault, estos grandes innovadores se apoyaron en la prensa para superar la hostilidad que su trabajo encontraba entre sus compañeros.

“El tema del periodismo nos remite en realidad a la cuestión de la audiencia: ¿para quién escribimos? No podemos ignorar al público y quejarnos de que nos ignora. Me parece, en este sentido, que el ensayismo mediático y la ideología de la investigación por la investigación son solidarios: cada uno se queda en su mundo, el espacio público para el primero, la universidad para el segundo. La profesionalización de la investigación deja el campo libre a ensayistas, haciéndole el juego a lo que afirma combatir. Por el contrario, los enfoques verdaderamente creativos se definen por su deseo de dirigirse a públicos diversos, indeterminados y especialmente futuros”.

Anuncios