Robert Darnton: historia cultural

Transcurridas dos décadas desde su aparición, la editorial FCE nos acaba de obsequiar con la traducción de este volumen recopilatorio de Robert Darnton. Así explica el historiador norteamericano el origen del título: El beso de Lamourette: Reflexiones en historia cultural

“El 7 de julio de 1792, Antoine Adrien Lamourette, un diputado por Rhône-et-Loire, les dijo a los miembros de la Asamblea que sus problemas provenían de una sola fuente: el enfrentamiento de las facciones. Necesitaban mayor fraternidad. Después de ello, los diputados, que hasta hacía un momento habían estado discutiendo violentamente, se pusieron de pie y empezaron a abrazarse y a besarse unos a otros como si sus divisiones políticas pudieran desaparecer en una ola de amor fraternal.

El “beso de Lamourette” ha sido obviado con unas cuantas sonrisas indulgentes por los historiadores, conocedores de que un mes después la Asamblea habría de caer ante el sangriento levantamiento del 10 de agosto. ¡Qué infantiles fueron aquellos hombres de 1792 con su oratoria inflada, su ingenuo culto de la virtud, las consignas simplonas sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad! Pero si somos condescendientes con la gente del pasado, tal vez pasemos algo por alto. La emoción popular de la fraternidad, el más extraño en la trinidad de valores revolucionarios, arrasó París con el poderío de un huracán en 1792. A duras penas somos capaces de imaginar su fuerza porque vivimos en un mundo que está organizado de acuerdo con otros principios, como estabilidad laboral, sueldo neto, balances y quién le reporta a quién”.

Justificado lo anterior, podemos recuperar algunos fragmentos de la introducción:

“Así que, en pocas palabras, éste es un libro sobre la historia, los medios y la historia de los medios. Tiene cuatro propósitos: primero, mostrar cómo opera el pasado como una corriente oculta en el presente (Primera parte); segundo, analizar la operación de los medios a través de estudios de caso específicos (Segunda parte); tercero, perfilar una disciplina en particular, la historia del libro, la cual ofrece una dimensión histórica a los estudios de los medios (Tercera parte); y cuarto, moverse de esas consideraciones hacia una discusión más amplia de la historia misma y de las disciplinas vecinas de la historia en el interior de las ciencias humanas (Cuarta parte y Quinta parte)”.

“Exponerse al pasado altera la noción de lo que se puede conocer. Uno se enfrenta todo el tiempo con misterios: no simplemente con la ignorancia –un fenómeno familiar–, sino con la impredecible extrañeza de la vida entre los muertos. Los historiadores regresan de ese mundo como los misioneros que alguna vez se propusieron conquistar culturas extrañas y que luego volvieron convertidos, ganados por la otredad de los otros. Cuando resumimos nuestras tareas cotidianas, en ocasiones arengamos al público con nuestros relatos. Pero pocos se detienen a escuchar. Al igual que el viejo marinero, hemos hablado con los muertos, pero nos cuesta trabajo hacernos escuchar entre los vivos. Somos aburridos hasta la médula”.

“El monografismo ha invadido la historia académica y la ha confinado a un rincón de nuestra cultura, donde los profesores escriben libros que van dirigidos a otros profesores y los comentan en publicaciones que están restringidas a los miembros de la profesión. Escribimos de un modo que nos legitimará a los ojos de los profesionales y que tornará nuestro trabajo inaccesible a todos los demás”.

“Llámesele historia. Historia sin notas al pie de la página, o sin muchas notas, pues sólo unos cuantos de estos ensayos informan sobre hallazgos en los archivos. La mayoría se refiere al estado de la cuestión en diversos sectores de la historia social, cultural e intelectual. Así, son artículos de comentarios, o historiografía, o historia como reportaje. ¿Y por qué no? ¿Por qué la historia no puede ser tan interesante como el homicidio? Espero informar al lector sobre lo que sucede en mi turno y sobre lo que está en juego en los debates sobre temas que pueden parecer arcanos pero que, en realidad, representan un esfuerzo por entrar en contacto con la mayor parte de la humanidad, esto es, con la gran mayoría de la raza humana, que se ha desvanecido en el pasado, a diferencia del pequeño número de sus descendientes que actualmente caminan por el mundo.

Las variedades de la historia más excitantes e innovadoras son las que tratan de escarbar debajo de los acontecimientos con el fin de poner al descubierto la condición humana tal y como la experimentaron nuestros predecesores. Estas variedades reciben diversos nombres: historia de las mentalidades, historia social de las ideas, historia etnográfica o sólo historia cultural (mi nombre favorito). Pero cualquiera sea la etiqueta, la ambición es la misma: entender el sentido de la vida, no a través del vano esfuerzo por proveer respuestas definitivas a los grandes acertijos filosófi cos, sino ofreciendo el acceso a las respuestas que otros han dado siglos atrás, tanto en las rondas diarias de sus existencias como en la organización formal de sus ideas”.

“Este libro no ofrece un manual para la Einfühlung [identificación] romántica, tampoco filosofa sobre la metafísica de la narratología y del hecho. En cambio, registra dos impactos al sistema: mi propio asistemático sistema para ir de un tema a otro, lo cual puede ser sintomático de los procedimientos en la historia como un todo.

El primer impacto se dio en Newark, Nueva Jersey, cuando me enteré de que las noticias no son lo que sucedió en el pasado inmediato sino más bien el relato de alguien sobre lo que sucedió. La lección me pareció convincente; pero todos los días veo historiadores profesionales, hombres y mujeres mayores en posesión cabal de sus facultades, que tratan los periódicos como repositorios de hechos reales en lugar de como colecciones de relatos.

Mi propia experiencia con las noticias me llevó por la pendiente resbalosa de la narratología. Con la ayuda de los teóricos literarios empecé a ver relatos por todas partes, desde el Credo Niceno hasta los gestos de los policías de tránsito. Pero si uno actúa como si toda la conducta fuera un texto y como si todos los textos se pudieran deconstruir entre ellos, en breve estará atrapado en un laberinto de espejos, extraviado en una tierra de la fantasía semiótica, agobiado por adivinanzas epistemológicas”.

“Para visitar a los muertos, el historiador necesita algo más que una metodología, algo que sea como un salto de fe o como una suspensión de la descreencia. Por escépticos que podamos ser sobre la vida futura, ante las vidas que ya han sido no podemos sentir sino humildad. No es que yo defienda el misticismo, o el culto a los ancestros. Tampoco estoy disputando la validez de la semiótica y de la narratología. Estoy convencido de que debemos pensar muy seriamente sobre lo que hacemos cuando tratamos de darle sentido a la vida y a la muerte en el pasado. ¿Pero cómo podemos hacerles justicia a los muertos? Espero que si alguna vez me llego a recostar en la satisfacción de haberlo hecho bien, un impacto inesperado me devuelva a la realidad, como el beso de Lamourette”.

Princeton, Nueva Jersey, mayo de 1989

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