El medio es McLuhan

Nicholas Carr, escritor del que ya nos hemos ocupado, reseña Marshall McLuhan: You Know Nothing of My Work!, de Douglas Coupland (Atlas, 2010)

Uno de mis vídeos favoritos de YouTube es un clip de un programa de televisión canadiense de 1968 con un debate entre Norman Mailer y Marshall McLuhan. Los dos hombres, héroes ambos de los años 60, no podrían ser más diferentes. Inclinándose hacia delante en su silla, Mailer es combativo, animado, comprometido. McLuhan, abstraído y sonriendo lánguidamnte, parece estar con el piloto automático.  Reitera enigmas enlatados. “El planeta ya no es  naturaleza”, declara ante la mirada de incomprensión de Mailer, “ahora es el contenedor de una obra de arte”.

Viendo a McLuhan, uno no puede decidir si era un genio o le faltaba un tornillo. Resulta que ambas impresiones son válidas. Como sostiene Douglas Coupland en su nueva yconcisa biografía, la mente de McLuhan se encuentra probablemente en el final amable del espectro autista. También sufrió un par de grandes traumas cerebrales. En 1960, tuvo un ataque tan grave que se le dio la extremaunción. En 1967, pocos meses antes del debate con Mailer, los cirujanos extirparon un tumor del tamaño de una manzana de la base de su cerebro. Más tarde se supo que McLuhan tenía una arteria extra que bombeaba sangre a su cabeza.

Entre el golpe y el tumor, McLuhan logró escribir un par de extravagantes libros originales. La Galaxia Gutenberg, publicada en 1962, exploró las consecuencias culturales y prsonales de la invención de la imprenta, argumentando que el invento de Gutenberg dio forma a la mente moderna. Dos años más tarde, Comprender los medios de comunicación amplió el análisis a los medios electrónicos del siglo XX, que, como señaló McLuhan, estaban destruyendo la ética individualista de la cultura impresa y convirtiendo al mundo en una aldea global fuertemente conectada.

McLuhan era un especialista en literatura, con un doctorado en Cambridge, y su interpretación de los efectos intelectual y social de los medios de comunicación era ricamente alusiva y erudita. Pero lo que sobre todo galvanizó a la opinión pública fue la extrañeza ante su prosa. Tal vez por su mente excepcional, que le confería un don para escribir frases que sonaban a la vez clínicas y místicas. Sus libros se leen como relatos de viajes alucionójenos escritos por un burócrata. Ese estilo caleidoscópico, casi psicodélico, lo convirtió en favorito de la contracultura –con la barba y las sandalias tenía pinta de gurú-, pero lo alejó de sus colegas en el mundo académico. Para ellos, McLuhan era un charlatán en busca de celebridad.

Ni sus fans ni sus enemigos lo captaban claramente. El hecho central de la vida de McLuhan, como Coupland deja claro, fue su conversión al catolicismo a los veinticinco años y su entrega posterior a sus rituales y principios. Aunque nunca lo discutió, su fe constituye el telón de fondo moral e intelectual de toda su obra de madurez.  Lo que queda en el almacén, creía McLuhan, es la atemporalidad de la eternidad. Las concepciones terrenales del futuro, el pasado y el presente eran, en comparación, de poca importancia. Su papel como pensador no era celebrar o denigrar el mundo, sino simplemente entenderlo, reconocer los patrones que permiten descubrir los secretos de la historia y, por tanto, proporcionar pistas del diseño de Dios. Su trabajo no fue diferente, como él lo veía, del del artista.

Esto no quiere decir que McLuhan careciera de ambición secular. En los albores de la era de  los medios de comunicación de masas,  tenía muchas ganas de ser famoso. “No tengo afecto por el mundo”, le escribió a su hermano a finales de 1930, al inicio de su carrera académica. Pero en la misma carta le revela el “gran sueño” que albergaba, el de  “deslumbrar a los hombres.” Los medios de comunicación modernos necesitan su propia voz, que explicaría su poder transformador en el mundo, y él lo sería.

La tensión entre el deseo de McLuhan de atención terrenal y su alienación del mundo material no se resolvería. A pesar de que llegó a ser adorado como un vidente tecno-utópico en los años 60, ya había perdido toda esperanza, según Coupland, de “que el mundo pudeira llegar a ser un lugar mejor con la nueva tecnología”. Anunció la aldea global, y se emocionó genuinamente por su inminencia, pero también vio su llegada como el toque de difuntos de la cultura literaria que reverenciaba. La sociedad conectada electrónicamente no sería el marco para el florecimiento de la civilización, sino más bien para el regreso del tribalismo. El desprendimiento intelectual que caracteriza al pensador solitario y que fue el sello distintivo del propio trabajo de McLuhan sería reemplazado por la excitación de lo que tenemos llamamos “interactividad”.

“Muchas personas parecen pensar que si se habla de algo reciente es quese  está a favor de ell”, explicó McLuhan durante una entrevista inusualmente franca en 1966. “Todo lo contrario es cierto en mi caso. Cualquier cosa de la que hable es casi seguro que será algo sobre lo que estoy decididamente en contra, y me parece que la mejor manera de oponerse a ella es entenderla, y luego uno ya puede apagar el botón”. Aunque los fundadores de la revista Wired nombrarían póstumamente a McLuhan como “santo patrón” de la revolución digital,  McLuhan fue más un ludita que un tecnófilo. Habría encontrado aberrante la banalidad colectiva de Facebook y deotras redes sociales, aunque también le habría fascinado.

En el otoño de 1979, McLuhan sufrió otro golpe importante, pero este fue uno del que no se recuperaría. Aunque recuperó la conciencia, quedó incapacitado para leer, escribir o hablar hasta su muerte, ocurrida poco más de un año después. Amante de las palabras -su libro favorito era Finnegans Wake– murió sin poderlas utilizar. Había cumplido con su propia profecía y devino físicamente posliterario. “La vida de Marshall”, concluye Coupland, “nos muestra la majestuosidad del cerebro humano en todas sus imperfecciones, pliegues y maravillas. También nos habla de una ventana determinada en el tiempo, ya cerrada hace mucho, cuando las reglas se estaban reescribiendo … y el futuro era de manera clara y maravillosa como un lugar al que algún día uno esperaba visitar, como Roma o Nueva Zelanda”.

En el relato de la peripecia de McLuhan, Coupland comete algún traspié ocasional, pero son los menos. Este es un retrato cariñoso, incluso irónico, que proporciona una perfecta introducción a uno de los pensadores más influyentes e incomprendidos de los últimos tiempos.

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