Académicos del mundo, uníos!

Lo dice Anthony Grafton, lo cual es siempre signo de relevancia. En realidad, el ya nuevo preseidente de la AHA reitera para los Estados Unidos lo que él mismo comentaba para el caso inglés. Quien quiera abundar en ello, incluyendo una mejor versión de este último texto, puede consultar el postrer número de la revista Pasajes, dedicado a “Universidades en transición”.

Veamos lo que expone en esta ocasión. Se trata de una reseña para The National Interest en la que evalúa dos recientes volúmenes:  el de Andrew Hacker y Claudia Dreifus, Higher Education? How Colleges Are Wasting Our Money and Failing Our Kids—and What We Can Do about It (Nueva York, Times Books, 2010); y el de Mark C. Taylor, Crisis on Campus: A Bold Plan for Reforming Our Colleges and Universities (Nueva York, Alfred A. Knopf, 2010).

Desde los años de Reagan, académicos y periodistas han sacrificado a  la universidad americana una y otra vez. Allan Bloom, un conocido defensor de la educación clásica, elaboró uno de los primeros proyectos individuales en su Closing of the American Mind;  Charles Sykes, Martin Anderson y otros profetas de la desaparición de la torre de marfil enriquecieron su análisis con detalles vívidos  -o al menos la decoraron con anécdotas groseras. Los profesores, argumentaron estos escritores, están obsesionados con la producción de investigación altamente especializada para atender las prioridades de sus disciplinas, escleróticas y auto-obsesionadas. Escribimos más y más sobre menos y menos, produciendo artículos y libros moldeados con una jerga impenetrable, parloteando entre nosotros en innumerables conferencias, noventa mil al año solo para las artes liberales.

Peor aún, formamos a nuestros estudiantes de posgrado para que hagan lo mismo, a pesar de que nunca encontrarán puestos de trabajo fijos (tenure track). De esta manera los condenamos a una vida sin esperanza, estancada, que pasarán tratando de ejercer su pedantería mientras van de un trabajo a tiempo parcial a otro. No enseñamos nada a los estudiantes de grado, a pesar de que descaradamente les cobran cientos de dólares por una hora de nuestro tiempo. Se lo dejamos a los alumnos de posgrado y a los adjuntos. Sin embargo, eso puede no ser tan malo. Porque en las raras ocasiones en que entramos en el aula, no ofrecemos a los estudiantes encuentros cercanos con poderosas formas de conocimiento, nuevas o viejas. Por el contrario, hacemos que dominen nuestras “teorías” -sistemas de interpretación tan complicados y mecánicos como máquinas de embutidos.  Por ricos y variados que sean los ingredientes que van en la tolva, todo lo que sale parece y sabe igual: filosofía y poesía, historia y oratoria, todo es deconstruido, y resulta que es eurocéntrico, logocéntrico y todos los otros céntricos que una mente académica pueda inventar. En tanto que los profesores no renuncien a sus necias formas, la universidad está condenada a fallar a  los estudiantes y a los padres de familia con cuyos ahorros y préstamos se soporta. Es una imagen hogarthiana: profesores opulentos, ebrios de autosatisfacción, arrellanados en sofás satinados, con estómagos prominentes, mientras sus harapientos estudiantes van dando tumbos hacia una vida miserable.

En dos nuevos libros, Andrew Hacker y Claudia Dreifus -un politólogo y una periodista- y Mark Taylor -profesor de religión-  montan acusaciones similares, convenientemente actualizadas para reflejar los salarios actuales y los costes de matrícula. Es cierto que su énfasis difiere en ciertos aspectos. Hacker y Dreifus estudian una serie de problemas, incluyendo el papel corruptor de los deportes y las preferencias de admisión para los hijos de antiguos alumnos y  donantes -de lo que Taylor no se ocupa. Hacker y Dreifus, por otra parte, visitaron un gran número de centros, incluyendo community colleges, liberal-arts colleges estatales y universidades con ánimo de lucro. Taylor, por el contrario, se limita a las instituciones de élite, como Williams y Columbia, donde ha enseñado. Hacker y Dreifus rechazan a los autores y los enfoques apreciados por los “teóricos” de las humanidades. Taylor los ve como valiosos y ha escrito sobre ellos en profundidad, aunque sus prioridades parecen haber cambiado en los últimos tiempos. Hacker y Dreifus dejan claro que han encontrado valiosas iniciativas en muchos niveles del sistema -no sólo en la mayoría de las elitistas universidades de investigación. Taylor ofrece la institución que él mismo ha creado como solución a los problemas generales. (¿ Dudan los profesores en aprender las herramientas digitales? En ese caso, crea  un centro como el que Taylor ha construido en Williams, donde los estudiantes pueden guiar a los torpes dedos de sus mentores en el teclado y el ratón. ¿Que los profesores tienen dificultades para llegar al público en general? Pues se crea un programa como el que Taylor ha desarrollado en Columbia, que reúne a profesores y medios de comunicación locales). Sólo un viaje virtual por el MIT Media Lab -un lugar adepto a las innovaciones y más aún a la publicidad victoriosa- basta para transformar su loas en energías creativas.

En el fondo, sin embargo, los dos planteamientos tienen mucho en común. Ambos señalan -con considerable justicia- que la situación financiera de las universidades americanas es en el mejor de los casos precaria, mucho más de lo que la mayoría de los académicos creen. Los Estados han reducido su apoyo, que rara vez llega a más del 15 por ciento del presupuesto de una universidad pública de bandera. Las dotaciones -que los administradores y el resto de nosotros, llevados por el éxtasis de las colocaciones privadas, prevíamos ver subir como los ascensores, año tras año, hasta el próximo milenio- se colapsaron junto al resto de la economía en 2008. Los ingresos familiares están estancados excepto para los ricos. Sin embargo, el coste de un año de estudio en un colegio o una universidad aumenta año tras año.

Sin embargo, ¿cuán bueno es este caro producto? Las tasas de deserción son alarmantemente altas: menos de la mitad de los que ingresan en la universidad van a obtener un associate’s degree a los tres años o un BA en seis (algo así como diplomatura y licenciatura). Por otra parte, incluso los que terminan a menudo salen de la universidad con deudas asombrosas, sin cualificación técnica ni conocimientos básicos. En 2003, la última National Assessment of Adult Literacy reveló que:  “Sólo el 41 por ciento de los estudiantes de grado analizados. . . podrían clasificarse como “competente” en prosa -leer y comprender la información contenida en un texto breve-, lo cual supone un porcentaje diez puntos peor que en 1992. De los graduados universitarios, sólo el 31 por ciento fueron clasificados como competentes”.

En estas circunstancias, dicen los críticos, se necesitan medidas radicales: medidas que reduzcan los costes y hagan a la vez que la educación sea más valiosa.

Algo que Hacker y Dreifus tienen en común con Taylor es una notable cantidad de arrogancia. Tratan de mostrar cómo las instituciones multitudinarias, algunas de ellas ricamente dotadas, todas ellas fundamentales para la sociedad y la cultura americanas, deben ser reformadas. Sin embargo, ambos libros son también notablemente superficiales. Los autores denuncian confiados todo el actual trabajo académico al que tildan de falto de valor en sí mismo e irrelevante o dañino para el tipo de enseñanza que los estudiantes necesitan. “El así llamado trabajo de vanguardia se hace más y más sobre menos y menos”, dice Taylor. Él no cita ninguna prueba para apoyar la afirmación, como si una sola persona pudiera evaluar la calidad del trabajo de una sola disciplina, y mucho menos de todas. Hacker y Dreifus quieren que los científicos transformen sus cursos básicos, pasando de  experiencias duras y exigentes a introducciones accesibles a “las esperanzas del campo elegido y los objetivos de la ciencia en su conjunto”.  Sin embargo, nunca explica cómo la ciencia americana podría sobrevivir una vez que las propias universidades abandonaran la investigación científica y cambiaran “Física y Química” por “Ciencias para Poetas”. A pesar de que adopten tonos convenientemente apremiantes, estos aspirantes a reformadores han leído y reflexionado menos sobre la universidad que escritores previos, como David Damrosch de Harvard y David Kirp de Berkeley. Se muestra.

Para situar sus panaceas para la educación superior, digamos que los dos tratados dependen en gran medida -como sus escasas notasrevelan- de artículos de periódicos y del Chronicle of Higher Education -no es precisamente una muestra de que los autores hayan escarbado a fondo para comprender la cuestión. Y ambos ofrecen juicios rápidos y sugerencias fáciles que un momento de reflexión  -por no decir usando Google diez minutos- habría reformulado o eliminado. Hacker y Dreifus indican que en 2008 Williams se gastó 70.316 dólares en cada estudiante, mientras que recaudó sólo 23.468 dólares de media con la matrícula. Esto lo encuentran excesivo: “En cambio, visitamos Linfield College, en el vinícola Oregon, donde encontramos qiue se ofrece una excelente educación en artes liberales por 26.603 dólares”. Williams, en su opinión, “lo puede hacer igual de bien con sus alumnos con los 26.603 dólares de Linfield. Pero gasta 70.316 porque los puede conseguir”. Linfield puede ofrecer una excelente educación. Pero si se comparan los sitios web de ambos colegios, se ve que Williams ofrece formación en más idiomas que Linfield -en particular en ruso, que ese pequeño colegio del noroeste del Pacífico aparentemente no ofrece, y árabe, en el que Williams ha creado un area especializada (major);  que su biblioteca es varias veces mayor que la de Linfield, y que la ratio estudiantes/profesor es de siete a uno (en Linfield es de doce a uno). Williams gasta más que Linfield no porque su presidente y sus administradores estén llevando a cabo algún tipo de extraño ritual potlatch, sino porque puede ofrecer a los estudiantes una gama más amplia de recursos y posibilidades.

Taylor, por su parte, argumenta que ya no tiene sentido mantener disciplinas separadas  -tener estudiantes, por ejemplo, que se pasen el grado con el dominio de una lengua y literatura, en lugar de en un solo departamento de literatura. Su “audaz” propuesta (el término es de Taylor) aboga por la creación de “zonas emergentes”: espacios especiales en los que las disciplinas se unan para llevar a cabo tareas específicas, y los estudiantes puedan aprender a manejar varias actividades a un tiempo. Sin embargo, no hay nada audaz en estas ideas. Aparentemente, Taylor no se ha dado cuenta de que su universidad de origen, Columbia, cuenta con un Centro del Genoma donde -como en otras universidades de primer nivel- los estudiantes pueden hacer doctorados en el “Integrated Program in Cellular, Molecular and Biomedical Studies”. El profesorado “pertenece a distintos departamentos académicos, como Física Aplicada, Matemática Aplicada, Bioquímica, Biofísica Molecular, Ciencias Biológicas, Informática Biomédica, Informática, Ingeniería Eléctrica y Farmacología”. Y a pesar de que los estudiantes de grado se pueden beneficiar de programas de literatura comparada, religión y otros campos, Taylor parece haber olvidado que para que un estudiante realmente domine un idioma extranjero y su literatura eso exige que siga cursos múltiples con distintos expertos. A pesar de que ya insiste en sustituir las especializaciones tradicionales con programas de “Agua” y “Espacio”, como hizo en el editorial del New York Times que precedió a la aparición de su libro hace más o menos año y medio, su  bosquejo de cómo las universidades deben recortar y gestionar las disciplinas muestra poco aprecio por su riqueza histórica y estética. En muchos campos ya hemos aprendido a hacer un trabajo razonablemente bueno a la hora de conjugar distintas disciplinas -como cuando es necesario para un trabajo en particular. Reunimos psicólogos, informáticos, matemáticos y físicos para interpretar las imágenes fMRI. Y unimos a los ingenieros químicos con los físicos y similares para estudiar las propiedades eléctricas de las sustancias que podrían utilizarse en dispositivos electrónicos de estado sólido. (Estos son sólo dos ejemplos de los muchos de mi propia universidad, Princeton, basados respectivamente en el Center for the Study of the Brain, Mind and Behavior y en el Center for Complex Materials).  Ponerlos a todos los demás juntos por decreto causaría confusión, no creatividad, y socavaría mucho del sólido aprendizaje existente.

A la postre, estos autores ponen sus esperanzas en el mismo mesías académico. Si los rectores de las universidades tuvieran poder para actuar como directores generales, podrían cortar los nudos gordianos. Así que vamos a darles el poder de destituir a los profesores que cobran en exceso y siguen en su puesto más allá de sus fechas de caducidad, y hacer que los demás impartan cuatro o cinco cursos. Sólo hay que llevar la universidad como una corporación educativa, en otras palabras, y todo irá bien. Quitemos las plazas fijas, con lo que la vigente legislación constitucional que protege la libertad de cátedra y de ocupar una plaza no tiene otra función. Cortemos los sueldos excesivos y neguémonos a apoyar la investigación con licencias sabáticas y becas. Luego, los profesores se pueden poner a trabajar en el aula, el único lugar al que realmente pertenecen, ofreciendo un justo día de trabajo a cambio de una modesta paga. La universidad hará una vez más su trabajo propiamente dicho, dando a los estudiantes abilidades básicas y los valores cívicos, haciéndolos leer a los clásicos (Hacker y Dreifus) o  preparándoles para competir en un mundo caliente y plano, ayudándoles a aprender a abandonar los viejos y cansados argumentos lineales en favor de las yuxtaposiciones multimedia y las posibles digresiones en el trabajo digital (Taylor). A excepción de los incorregibles, se supone que los profesores estarán encantados de colaborar en la construcción de nuevos planes de estudio para cumplir con sus nuevas circunstancias. (Ninguno de los libros explica por qué  gente capaz querría convertirse en profesor en estos nuevos sistemas, que reducirían sus puestos de trabajo a versiones glorificadas de la enseñanza secundaria).

No es una idea nueva. Como Frank Donoghue mostró en The Last Professors, algunos de los empresarios que crearon grandes negocios en los Estados Unidos de las décadas de principios del XX consideraban que las universidades debían ser administradas como fábricas, con una disciplina severa y sin titularidades. Tampoco es una buena idea. El modelo corporativo de América parece algo abollado por el momento, mientras que las universidades estadounidenses se han convertido en paradigmas de aprendizaje al que aspira todo el mundo. ¿Realmente tiene sentido reformar la Universidad de Harvard a imagen de la GM o BP? A pesar de sus problemas, la titularidad de una plaza ha demostrado su valor con el tiempo -y no sólo, ni principalmente, como una forma de proteger la libertad de expresión. A veces, la investigación básica en humanidades, ciencias sociales y ciencias naturales produce rápidamente  resultados en el mundo real. Más a menudo, sin embargo, se necesita una generación o más para ver sus implicaciones prácticas. Por ejemplo, eso es lo que costó, a una nueva investigación (la mayoría hecha en las universidades) que mostró lo central que era la esclavitud tanto para la vida del Sur como para el estallido de la Guerra Civil,  transformar la manera en la que los historiadores públicos presentaban el pasado de América en los sitios históricos. Ese es el tiempo que probablemente le costará a la investigación genómica actual tener un impacto práctico en el tratamiento médico. La investigación básica no engorda inmediatamentelos balances, ni siquiera en el trimestre fiscal en el que se anuncian los resultados. Muchas empresas han reducido o retirado su apoyoa tal fin,  por motivos estrictamente económicos. En décadas anteriores, AT & T (más tarde Lucent Technologies), RCA, Xerox y otras empresas industriales hicieron una gran cantidad de investigación básica. Los laboratorios de AT & T Bell, por su parte, crearon el transistor y la célula fotovoltaica,  montaron la primera televisión y las transmisiones por fax. Pero el financiamiento se reduce y las prioridades de las empresas cambian –y se ha reducido en todos los sentidos desde entonces. Sólo un millar de empleados transitan por los pasillos oscuros de los Laboratorios Bell, frente a un total de treinta mil en 2001. Necesitamos universidades y profesores titulares  para llevar a cabo la investigación básica que la mayoría de las empresas han abandonado. Lo que no necesitamos es que las universidades adopten el estilo de gestión que ha hecho naufragar los centros de investigación corporativa.

Con todos sus defectos, ambos libros iluminan algunos rincones oscuros del sistema universitario estadounidense, y merecen que se les reconozca. Pero lo  expesan en una clave polémica y condescendiente que va a ganar pocos admiradores entre los profesores cuyas vidas y actitudes esperan transformar. Sus análisis y propuestas carecen de la profundidad y especificidad que alguien como Kirp alcanzó con detallados estudios de casos de colleges y universidades. Ninguno de los dos afronta -ni siquiera menciona- algunas de las causas básicas de los problemas que hemos identificado: la caída generalizada de la educación secundaria pública, que envía a muchos estudiantes a la universidad sin preparación y convierte a los cursos universitarios en trabajos de reparación, o la desaparición de la idea de que una sólida educación es un bien público que las sociedades deben ofrecer al mayor número posible de sus miembros. Lo más extraño de todo es que estos escritores eruditos muestran poca comprensión por esa riqueza y la variedad intelectual que ha hecho que las universidades americanas sean la envidia de los observadores en todo el mundo -observadores que están horrorizados por nuestras defectuosas infraestructuras, nuestro sistema radicalmente desigual de servicios de salud y nuestra miserable previsión social para los más pobres de nuestros pobres. Como Michael Crow -reformista rector de la Arizona State, muy admirado por Hacker y Dreifus- ha dejado en claro con el ejemplo (como cuando contrató a Kip Hodges, un veterano profesor de ciencias planetarias, de la tierra y de  la atmósfera en el centro-interdisciplinario-creador-por-excelencia del MIT, para poner en marcha una nueva School of Earth and Space Exploration), la manera de mejorar los modelos tradicionales no es abandonarlos, sino ir a uno mejor. La solución consiste en ofrecer a científicos dotados y estudiosos que han demostrado serlo con el antiguo sistema nuevas y mejores formas para hacer su trabajo. Las propuestas más radicales suenan bien, agitan los debates, los calientan una temporada y venden libros. Pero no nos ayudarán a salvar la compleja y delicada ecología de la enseñanza y el aprendizaje de la edad de hielo que ahora nos amenaza.

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