Humanidades en clave digital

El impacto de las nuevas tecnologías sobre las humanidades es ya tan evidente que hasta el New York Times ha decidido reparar periódicamente en ello. La periodista Patricia Cohen es la encargada. A mediados de noviembre pasado, por ejemplo, inauguró una nueva serie de artículos sobre el particular:

Una historia de las humanidades en el siglo XX podría ser la crónica de los “ismos” -formalismo, freudismo, estructuralismo, poscolonialismo-, grandes catedrales intelectuales de las que penden distintas interpretaciones de la literatura, la política y la difusión de la cultura.

¿Cuál es la próxima gran idea sobre el lenguaje, la historia y las artes? Los datos.

Los miembros de una nueva generación de humanistas digitales sostienen que es hora de dejar de buscar inspiración en el próximos “ismo” político o filosófico y empezar a explorar cómo la tecnología está cambiando nuestra comprensión de las artes liberales. La última frontera tiene que ver con el método, dicen, con el uso de tecnologías poderosas y de grandes almacenes de materiales digitalizados que las humanidades antes no tenían.

Estos investigadores están cartografiando digitalmente los campos de batalla de la Guerra Civil americana para entender el papel que la topografía desempeñó en la victoria, utilizando bases de datos de miles de jam sessions para medir cómo las colaboraciones musicales influyeron en el jazz, buscando a través de un gran número de textos y libros científicos para saber dónde surgieron inicialmente los conceptos y cómo se difundieron, y combinando animación, gráficos y documentos primarios sobre los viajes de Thomas Jefferson para crear nuevas formas de enseñar historia.

Esta alianza de geeks y poetas ha generado ansiedad y euforia. Las humanidades, al fin y al cabo, tratan con cuestiones elusivas que tienen que ver con la estética, la existencia y el significado, las palabras que nos hacen llorar o la melodía que pone la piel de gallina. ¿Son elementos que se puedan medir?

“Las humanidades digitales hacen cosas fantásticas”, dijo el eminente historiador de Princeton Anthony Grafton. “Soy un creyente en la cuantificación. Pero no creo que la cuantificación pueda hacerlo todo. Gran parte del trabajo humanista tiene que ver con la interpretación”. “Es fácil olvidar que lo digital es un medio y no un fin”, agregó.

Los académicos que practican las humanidades digitales también se enfrentan a una prueba más práctica: ¿Qué conocimientos pueden producir que sus predecesores no pudieron? “Yo lo llamo ‘¿Dónde está la chicha?“, dice Tom Scheinfeldt, director gerente del Center for History and New Media de la George Mason University.

Con la esperanza de encontrar la “chicha”, la National Endowment for the Humanities se asoció el año pasado con la National Science Foundation y otras instituciones de Canadá y Gran Bretaña  para crear Digging Into Data Challenge, un programa de becas destinado a impulsar la investigación en estas nuevas direcciones.

Como explicó Brett Bobley, director de la oficina de la dotación de las humanidades digitales,  el análisis de cantidades de datos sin precedentes  puede revelar patrones y tendencias y plantear preguntas inesperadas para el estudio. Puso el proyecto del genoma humano como ejemplo de cómo se puede transformar un área de estudio: “La tecnología no sólo ha hecho la astronomía, la biología y la física más eficiente. Ha permitido que los científicos hagan una investigación que simplemente no podían hacer antes”. Bobley dijo que el campo emergente de las humanidades digitales se entiende mejor como un término genérico que cubre una amplia gama de actividades, desde la conservación en línea y la cartografía digital a la minería de datos y el uso de sistemas de información geográfica.

Algunos esfuerzos pioneros comenzaron hace años, pero la mayoría de profesores de humanidades siguen sin conocerlos, no tienen interés o no están convencidos de que las humanidades digitales tengan mucho que ofrecer. Incluso los historiadores, que ya han utilizado las bases de datos, han tardado en sumarse a la tendencia. Sólo uno de los cerca de 300 principales paneles programada para la reunión anual del próximo año de la American Historical Association abarca cuestiones digitales. Sin embargo, las universidades, asociaciones profesionales e  instituciones privadas dedican  una porción cada vez mayor del pastel al campo.

“Las humanidades y las ciencias sociales son las áreas emergentes para el uso de computadoras de alto rendimiento”, dijo Peter Bajcsy, un científico investigador en el National Center for Supercomputing Applications at the University of Illinois, Urbana-Champaign.

En Europa 10 países se han embarcado en un proyecto a gran escala, a partir de marzo, con planes para digitalizar datos sobre artes y humanidades. El verano pasado Google otorgó  un millón de dólares para profesores que hacen investigación en humanidades digitales, y el año pasado la National Endowment for the Humanities se gastó 2 millones en proyectos digitales.

Uno de los becados es Dan Edelstein, profesor asociado de francés e italiano en la Universidad de Stanford, que está trazando el flujo de ideas durante la Ilustración. La era de los grandes pensadores -Locke, Newton, Voltaire-  supuso el intercambio de decenas de miles de cartas; sólo Voltaire escribió más de 18.000. “Se podría dar un sentido impresionista a la forma y el contenido de una correspondencia, pero en realidad nadie puede conocer todo el panorama”, dijo Edelstein, quien, junto con colaboradores de Stanford y la Universidad de Oxford en Inglaterra, está utilizando un  sistema de información geográfica (GIS) para trazar los viajes de las cartas.  “¿Dónde iban estas redes? ¿Tenían la amplitud de la que la gente solía jactarse, o estaban funcionando de una manera diferente? Somos capaces de hacer nuevas preguntas”.

Una revelación sorprendente del proyecto Mapping the Republic of Letters fue la escasez de intercambios entre París y Londres, señala Edelstein. La narrativa común es que la Ilustración comenzó en Inglaterra y se extendió al resto de Europa. “Se podría pensar que si Inglaterra era este manantial de tolerancia y  libertad religiosa”, añade, “habría habido ahí un interés más continuo de  lo que muestra nuestro mapa de la correspondencia”. Edelstein expone que muchos de sus colegas senior ver su trabajo como caprichoso, el resultado de jugar con juguetes tecnológicos. Pero él sostiene que tales juegos pueden conducir a descubrimientos.

En opinión de Scheinfeldt, el ámbito académico se ha movido a una “era post-teórica”. Este “momento metodológico”, dice, es similar a lo ocurrido a finales del siglo XIX y  principios del XX, cuando los eruditos estaban preocupados por la clasificación y catalogación del flujo de información proporcionado por las revoluciones en la comunicación, el transporte y la ciencia. Los aspectos prácticos de la construcción de la disciplina, de reunir una bibliografía comentada, de definir la agenda de investigación y lo que significaba ser historiador “fueron los principales trabajos de un gran número de académicos”, señala.

Averiguar cómo recoger, almacenar y conectar más de 350 años de erudición es lo que motivó a Foys Martin K.  Este medievalista de la Universidad Drew en Madison, Nueva Jersey, creó un mapa digital del tapiz de Bayeux, un bordado gigantesco del siglo XI que está en un museo en Bayeux, Francia, que representa la Batalla de Hastings, cuando los normandos conquistaron Inglaterra. Con 68 metros de largo, alrededor de dos tercios de la longitud de un campo de fútbol, este tapiz es a la vez una obra de arte y un documento histórico que mezcla texto e imagen. “Es casi imposible estudiarlo tradicionalmente”, dice Foys. Una sola persona no puede digerir la enorme cantidad de material de la obra, y ninguna impresión podría hacerlo con precisión”, por lo que  Foys creó una galardonada versión digital con comentarios que los estudiosos podían ver. Esta cartografía digital tiene el potencial de transformar los estudios medievales, señala Foys.

Su último proyecto, que dirige con Shannon Bradshaw, un científico informático de Drew, y Asa Mittman Simon, un historiador del arte de la Universidad Estatal de California-Chico, es una red en línea de mapas y textos medievales sobre la que los estudiosos pueden trabajar en forma simultánea. Una vez que las áreas específicas de los mapas son identificadas y etiquetadas con información, es posible analizar y comparar datos cuantificables sobre las imágenes y las fuentes, explicó, agregando: “Tenemos un nuevo conjunto de herramientas que no está dominado por la palabra escrita”.

La red en línea de mapas es distinta de la mayoría de los esfuerzos académicos en otro aspecto: es comunitaria. El modelo tradicional del solitario profesor de humanidades, trabajando duro en un año de archivo o componiendo un tratado filosófico o una obra histórica se sustituye en este proyecto por la colaboración de una comunidad global de expertos. “La facilidad con que una comunidad puede colaborar en la investigación es algo que está cambiando fundamentalmente la forma en que hacemos nuestro trabajo”, dice Foys, cuyo libro de 2007, Virtually Anglo-Saxon, trata sobre la influencia de la tecnología en el tranajo académico.

Las humanidades digitales son algo tan nuevo que sus practicantes suelen sorprenderse de sus resultados.  Cuando la obra completa de Abraham Lincoln se publicó en línea hace algunos años, el director de los Papers of Abraham Lincoln, Daniel W. Stowell, dijo que esperaba que los historiadores fueran los visitantes más frecuente de su sitio. Pero se sorprendió al descubrir que el grueso de usuarios venía de Oxford University Press;  los editores del Oxford English Dictionary había estado buscando los papeles para localizar la primera aparición de determinadas palabras. “La gente va a utilizar estos datos en formas que ni siquiera podemos imaginar”, dijo Stowell,  “y creo que este es uno de los desarrollos más interesantes en las humanidades”.

Ejemplos:

Rome Reborn (University of Virginia): un modelo digital en 3D sobre el desarrollo urbano de la antigua Roma.

Railroads and the Making of Modern America (University of Nebraska in Lincoln): los cambios entre 1850 y 1900 a través del ferrocarril, el telégrafo, los barcos a vapor, etc.

The Dante Project (Princeton): un texto electrónico anotado con una base de datos repleta de comentarios, lecturas, grabaciones, imágenes, etc.

The Spatial History Lab (Stanford):  produce mapas visuales a partir de todo tipo de datos, entre los cuales está la geogrfía del Holocausto.

The Valley Project (University of Virginia): el referente por antonomasia entre los contemporaneístas, la vida de dos comunidades (del sur y el norte) durante la guerra civil.

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Patricia Cohen dedicó su segunda entrada sobre estos asuntos a otro proyecto financiado por Google, el de Dan Cohen y Fred Gibbs (Reframing the Victorians).

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3 Respuestas a “Humanidades en clave digital

  1. Interesante artículo, que ofrece una posible respuesta a los interrogantes que plantea el futuro de las humanidades. Uno de los aspectos que más me interesan últimamente y sobre el cual encuentro escaso desarrollo en España es el uso de la tecnología digital para la enseñanza de la historia. Creo que es una herramienta poderosísima y hoy poco (o mal) explotada.
    Saludos cordiales.

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