Robert Darnton: tres jeremiadas

Este blog, como ya saben sus seguidores, tiene a Robert Darnton entre sus estandartes, por muchas razones. Algunos dirán que lo exprimimos en demasía, pero es que no para, está continuamente agitando y combatiendo en favor de unas cosas y en contra de otras. Ahora vuelve de nuevo sobre su última iniciativa, la de una biblioteca pública digital en los EE.UU..  Ya nos referimos a ello hace unas semanas, y ahora vuelve sobre el mismo asunto con otro envoltorio: “The Library: Three Jeremiads” (NYREV, 23/11/2010):

Cuando miro atrás y sopeso la difícil situación de las bibliotecas de investigación norteamericanas en 2010, me siento inclinado a lanzar una jeremiada. De hecho, quiero repartir tres jeremiadas, porque las bibliotecas de investigación se enfrentan a la crisis en tres frentes, aunque en vez de profetizar una condena, espero llegar a un final feliz.

Puedo incluso comenzar felizmente, al menos en la descripción de la situación de la biblioteca de la Universidad de Harvard. Es cierto que la crisis económica nos golpeó duro, tan duro que hemos de hacer alguna reorganización de fuste, pero podemos tomar medidas para conseguir una biblioteca más grande y podemos situar nuestras dificultades actuales en una perspectiva histórica.  Iniciada en 1638 con los 400 libros de la colección de John Harvard, ahora se han acumulado casi 17 millones de volúmenes, 400 millones de manuscritos y documentos de archivo dispersos a través de 45.000 colecciones distintas. Podría engordar las estadísticas de forma indefinida. Recopilamos en más de 350 idiomas y muchos formatos diferentes. Tenemos 12.8 millones de archivos digitales, más de 100 mil series, casi 10 millones de fotografías, registros en línea de 3.4 millones de especímenes zoológicos y otras colecciones especiales infinitamente ricas, incluyendo la biblioteca más grande de obras chinas fuera de China (con la excepción de la Biblioteca del Congreso ) y más títulos ucranianos de los que existen en la propia Ucrania.

Queremos hacer posible que otras personas consulten las colecciones, digitalizando una gran parte de ellas y poniéndolas a su disposición gratuitamente para el resto del mundo desde un repositorio en línea. Agrupamos los materiales en torno a temas como mujeres trabajadoras, inmigración, epidemias y control de la enfermedad, patrimonio islámico y exploraciones científicas -2.3 millones de páginas en total. Este Open Collections Program, que es como lo llamamos, es parte de una política general de apertura al mundo exterior de nuestra biblioteca y de distribución de nuestra riqueza intelectual. El último proyecto está dedicado a la lectura, a sus prácticas y a su historia. Se trataba de la digitalización de más de 250 mil páginas de manuscritos y libros raros, incluyendo obras ricamente anotadas,  como la copia de Melville de los ensayos de Emerson y la que tenía Keats de Shakespeare.

Hay pocos lugares, aparte de las bibliotecas de investigación, donde  libros raros y electrónicos puedan estar juntos. En Harvard, los combinamos para la enseñanza y la investigación. Ahora imparto un seminario sobre historia del libro en nuestra biblioteca de libros raros. Comienza con Gutenberg. Los estudiantes investigan los orígenes de la impresión mediante el examen de una Biblia de Gutenberg, la auténtica, y no sólo la miran desde una respetuosa distancia, sino que se les invita a hojear (con cuidado) sus páginas para poder apreciar la variedad de rubricas y diseños tipográficos. El seminario termina en un laboratorio de alta tecnología en la planta baja de la Biblioteca Widener, donde los expertos en digitalización explican cómo ajustar los matices de color durante la exploración de los manuscritos medievales.

Por tanto, a pesar de la presión financiera,  estamos avanzando en dos frentes, el digital y el analógico. La gente suele hablar de libros impresos como si fueran una especie extinguida. He sido invitado a tantas conferencias sobre “La Muerte del Libro”  que sospecho que está muy vivo.

De hecho, cada año se producen más libros impresos  que el anterior. Pronto habrá un millón de nuevos títulos publicados cada año en todo el mundo. Una biblioteca de investigación no puede ignorar esta producción sobre la base de que nuestros lectores son “nativos digitales” que viven en una nueva “era de la información”. Si la historia del libro enseña algo es que un medio no desplaza a otro, al menos no a corto plazo. La publicación de manuscritos continuó prosperando durante tres siglos después de Gutenberg, porque era a menudo más barato producir una pequeña edición contratando amanuenses que imprimirla. El códice -el libro con páginas que se pueden pasar que sustituye al pergamino que hay que desenrollar-  es uno de los grandes inventos de todos los tiempos. Ha ofrecido un buen servido durante dos mil años, y no está a punto de extinguirse. De hecho, puede ser que la nueva tecnología utilizada en la impresión bajo demanda insufle nueva vida al códice -y lo digo con el debido respeto al Kindle, el IPAD  y todo lo demás.

Pero sin dejar de lado nuestras colecciones de libros impresos, debemos seguir adelante por el otro frente, el digital. En Harvard, la adquisición de recursos electrónicos aumentó un 25 por ciento el año pasado. Estamos ampliando nuestro enorme Digital Repository Service en una campaña no sólo para recopilar  textos digitales, sino para ayudar a resolver el problema de la preservación de los mismos. Un nuevo laboratorio bibliotecario  investiga técnicas digitales para consultar y preservar el correo electrónico, los sitios web y los archivos nacidos digitales. Nuestro repositorio de acceso abierto, DASH, esta ofreciendo en línea artículos que elaboran profesores de Harvard, gratuitos para todo el mundo. Y tenemos la intención de colaborar con el MIT en la construcción conjunta de colecciones digitales. En resumen, estamos mirando a largo plazo en el siglo XXI y esperamos ayudar a dar forma a la sociedad de la información del futuro.

Sin embargo, no se puede ocultar el hecho de que las bibliotecas de investigación están pasando por tiempos difíciles, tiempos tan duros que están causando graves daños en todo el mundo del saber. Nos enfrentamos a tres problemas especialmente difíciles, que me gustaría discutir recurriendo a mi propia experiencia, narrada en forma de tres jeremiadas.

Primera Jeremiada

En 1998 tuve mi primer encuentro con un problema que ahora domina el mundo académico. Puede ser descrito como un círculo vicioso: la escalada en el precio de las revistas fuerza a las bibliotecas a recortar la compra de monografías;  la caída en la demanda de monografías hace que las editoriales universitarias reduzcan su publicación; y la dificultad de publicar crea barreras en las carreras de los estudiantes de posgrado. Aunque los bibliotecarios han vivido con este problema desde hace décadas, los profesores son sólo vagamente conscientes de su existencia -no es de extrañar, las bibliotecas pagan las revistas, pero los profesores no.

Cuando reparé  por primera vez en este problema era presidente del comité de la biblioteca de Princeton, en la década de 1980. En aquel momento,  el precio de las revistas ya había aumentado mucho más que la tasa de inflación, y la diferencia se ha mantenido hasta hoy. En 1974 el coste medio de la suscripción a una revista era de 54.86 dólares. En 2009 llegó a 2.031$  para un título norteamericano y de 4.753 $  para uno de fuera, un incremento superior a diez veces el de la inflación. Entre 1986 y 2005, los precios de las suscripciones institucionales a revistas aumentaron un 302 por ciento, mientras que el índice de precios al consumidor subió un 68 por ciento. Frente a esta disparidad, las bibliotecas han tenido que ajustar sus presupuestos para adquisiciones. Por regla general, solían gastar cerca de la mitad de sus fondos en publicaciones periódicas y la otra mitad en monografías. En el año 2000 muchas bibliotecas estaban gastando tres cuartas partes de su presupuesto en revistas. Algunas habían recortado casi por completo la compra de monografías o la habían eliminado en determinados ámbitos.

Otra regla de oro solía prevalecer entre las mejores editoriales universitarias. Se podía contar con que las bibliotecas de investigación compraban en torno a   ochocientos ejemplares de cualquier nueva monografía. En el año 2000 esa cifra había caído a trescientos o cuatrocientos, a veces menos, una cifra insuficiente  en la mayoría de casos para cubrir los costes de producción. Por tanto, las editoras abandonaron temas como América Latina y África coloniales. Se volvió a libros sobre el folclore local o la cocina o las aves, obras que se ajustaran a nichos concretos o pudieran ser comercializadas para un público más amplio, pero que tenían poco que ver con la investigación académica. Y los estudiantes de posgrado fueron víctimas del conocido síndrome de publicar o perecer.

Presidiendo en 1999 la American Historical Association, pensé que podía hacer algo, al menos a pequeña escala, para invertir esta tendencia. Convencí a la Fundación Andrew W. Mellon para financiar un programa, llamado Gutenberg-e, que premiará a las mejores tesis doctorales en las áreas más amenazadas. El dinero del premio sería para subsidiar el coste de la conversión de las tesis en libros, pero libros de una nueva clase, libros electrónicos que se aprovecharían de la nueva tecnología para incorporar todo tipo de nuevos elementos -clips de películas, grabaciones, imágenes y colecciones completas de los documentos. La originalidad y la calidad de estos e-libros legitimarían una nueva forma de comunicación académica y harían revivir la monografía.

Una de las primeras preguntas que la gente de Mellon me hizo fue “¿cuál es su plan de negocios?” Aunque yo nunca había oído hablar de un plan de negocios, pronto comencé a apreciar las condiciones económicas del trabajo académico. Columbia University Press desarrolló un programa para vender e-libros a las bibliotecas de investigación en un paquete con un precio de suscripción moderado. Las bibliotecas respondieron favorablemente, pero los expertos tuvieron dificultades en producir sus libros a tiempo, así que el conducto se obstruyó y la tardía salida estropeó las ventas. Al final, después de siete años de lucha, hemos producido una serie de treinta y cinco libros y  hemos empezado a cubrir costes. Pero Columbia, al igual que muchas editoriales universitarias, fue objeto de presiones financieras severas. Decidió que no podía continuar la serie  una vez que la suvención de Mellon se hubiera agotado. Los libros pasaron al programa Humanities E-Book desarrollado por el American Council of Learned Societies y todavía están disponibles en línea. Pero Gutenberg-e no abrió una vía de escape a los problemas de sostenibilidad que infestaban la vida académica.

Segunda Jeremiada


Unos años más tarde, la “sostenibilidad” se había convertido en una palabra de moda y la espiral inflacionista de los precios de las revistas había continuado sin cesar. En 2007 me convertí en director de la Biblioteca de la Universidad de Harvard, una posición estratégica desde la que captar las restricciones comerciales en la vida académica. Aunque las condiciones económicas habían empeorado, la comprensión que tenía el profesorado no había mejorado.

¿Cuántos profesores de química pueden dar ni siquiera una estimación aproximada del coste anual de suscripción a Tetrahedron (actualmente 39.082 $)? ¿Hay alguien en la facultad de medicina que tenga la más remota idea del precio de The Journal of Comparative Neurology (27.465 $)? ¿Qué físico puede hacer una conjetura razonable sobre el precio medio de una revista de  física (3.368 $)  y quién en humanidades puede compararlo con el precio medio de una revista de lengua y literatura (275 $) o de filosofía y religión (300 $ )?

Los bibliotecarios que compran estas suscripciones para el uso de profesores  y estudiantes nos pueden inundar con estadísticas. En 2009, Elsevier, la gigante editorial de revistas académicas con sede en los Países Bajos  tuvo unos beneficios de 1.1 billones de dólares en su división editorial; sin embargo, 2009 fue un año desastroso para los presupuestos de las bibliotecas. Las setenta y tres bibliotecas de Harvard redujeron sus gastos en más del 10 por ciento y otras bibliotecas han sufrido mayores reducciones aún, pero los editores de revistas no estaban impresionados. Muchos de ellos aumentaron sus precios un 5 por ciento y a veces más. Este año, los editores de las distintas revistas del grupo Nature anunciaron que aumentaban los gastos de suscripción para las bibliotecas de la Universidad de California en un 400 por ciento. Los márgenes de beneficio de los editores de revistas en los campos de ciencia, tecnología y medicina estuvieron recientemente entre el 30 y el 40 por ciento. Sin embargo, los editores añaden muy poco valor al proceso de investigación, y la mayor parte de la investigación en última instancia está financiada por los contribuyentes estadounidenses a través de los Institutos Nacionales de Salud y otras organizaciones.

Las bibliotecas universitarias tienen poca defensa contra los precios excesivos. Si se cancela una suscripción, los profesores protestan por quedar aislados de la circulación del conocimiento y los editores imponen drásticas tasas de cancelación. Esas tasas están en los contratos, a menudo cubren paquetes de revistas, a veces cientos de ellas, durante un período de varios años. Los contratos contemplan incrementos anuales en el coste del paquete, a pesar de que el presupuesto de una biblioteca puede disminuir, y los editores suelen insistir en mantener los términos en secreto, de modo que una biblioteca no puede negociar tarifas más baratas apelando a una rebaja obtenida por otra. Un reciente caso judicial en el estado de Washington hará que posiblemente los editores ya no sean capaces de impedir la circulación de información sobre sus contratos. Pero siguen vendiendo suscripciones en paquetes. Si en la negociación de la renovación de un contrato una biblioteca intenta desagregar la oferta a fin de eliminar las revistas menos deseables, los editores comúnmente elevan tanto los precios de las otras revistas que el coste total sigue siendo el mismo.

Mientras  los precios continuaban su espiral, los profesores quedaron atrapados en otra especie de círculo vicioso, sin darse cuenta de las consecuencias imprevistas. Reducida en lo esencial, es la siguiente: los académicos nos dedicamos a la investigación; escribimos nuestros resultados en forma de artículos para revistas;  evaluamos los artículos en un proceso de revisión inter pares; estamos en los consejos editoriales de las revistas; ejercemos también de editores (todo esto sin cobrar, por supuesto); y luego volvemos a comprar nuestro propio trabajo a precios ruinosos -no en forma de suscripciones a publicaciones periódicas que tengamos que pagar nosotros mismos, por supuesto, sino que esperamos a que nuestra biblioteca pague por ello y, por tanto, no tenemos conocimiento de nuestra complicidad en un sistema desastroso.

Los profesores esperan esos servicios de sus bibliotecas, incluso aunque nunca pongan un pie en ellas y consulten Tetraedro o The Journal of Comparative Neurology desde los ordenadores de sus despachos.  Unos pocos, sin embargo, han mirado de frente al problema y han cogido el toro por los cuernos. En 2001, científicos de Stanford y Berkeley distribuyeron una carta abierta solicitando a sus colegas que sólo presentaran artículos a las revistas de libre acceso, es decir, revistas que ponen sus repositorios digitales a libre disposición, ya sea inmediatamente o tras un plazo determinado.

La eficacia de tales revistas había quedado probada por BioMed Central, una empresa británica  que había estado publicando algunas desde 1999. Dirigida por Harold Varmus, premio Nobel que ahora es director del National Cancer Institute, investigadores estadounidenses aliados con la Public Library of Science fundaron su propia serie en 2003, a partir de PLoS Biology. Hubo fundaciones que proporcionaron financiación para la puesta en marcha, y los costes de publicación fueron cubiertos por las becas de investigación de los autores de los artículos. Gracias a la rigurosa revisión por pares y al prestigio de los autores  las publicaciones de PLoS fueron un gran éxito.

De acuerdo con los índices de citas y estadísticas de accesos, las revistas de acceso abierto se consultan con mayor frecuencia que la mayoría de las publicaciones comerciales. En 2008, cuando los Institutos Nacionales de la Salud requirieron a los destinatarios de sus subvenciones para que pusieran su trabajo en acceso abierto, aunque con una demora de hasta doce meses,  el monopolio comercial de la publicación en ciencias médicas empezó a resquebrajarse por por todas partes.

Pero, ¿qué se puede hacer en las otras disciplinas, especialmente en las humanidades y las ciencias sociales, donde las donaciones no son tan generosas, si es que existen? Varias universidades han aprobado resoluciones en favor del acceso abierto y han establecido repositorios digitales para los artículos, pero la tasa de conformidad de los profesores, a menudo de un 4 por ciento o menos, hizo que pareciera ineficaz. En Harvard se desarrolló un nuevo modelo. El 12 de febrero de 2008 se adoptó un acuerdo unánime, por el cual los profesores de la Facultad de Artes y Ciencias se obligaron a depositar la totalidad de sus artículos académicos futuros en un repositorio de acceso abierto a establecer por la biblioteca, además de dar permiso a la universidad para su distribución.

Este acuerdo tenía una cláusula de salvaguarda:  cualquiera podía negarse a cumplirla obteniendo una exención, que se concedería automáticamente. De esta manera, los profesores conservan la libertad de publicar en revistas de acceso cerrado, que podrían negarse a aceptar un artículo disponible en otros lugares de acceso abierto o podrían exigir un embargo. Este modelo se ha extendido a otras facultades de Harvard y a otras universidades, pero no es un modelo de negocio. Si hemos de romper los monopolios de precios al alza de los editores, necesitamos algo más que repositorios de acceso abierto. Necesitamos revistas de acceso abierto que sean autosostenibles.

Hay un programa complementario en Harvard, que subsidia ahora las tasas de publicación de artículos remitidos a revistas de acceso abierto, hasta un límite anual para cada profesor. La idea es revertir el modelo económico de la publicación periódica cubriendo costes, racionalmente determinados, al producto final en lugar de pagar por un  beneficio exorbitante añadido a los costes de producción al consumo final. Si otras universidades adoptan la misma política y los profesores presionan en los consejos editoriales, las revistas cambiarán, poco a  poco, una tras otra, hacia el acceso abierto. El Compact for Open-Access Publishing Equity (COPE), puesto en marcha este año, es un intento de crear una coalición de universidades para impulsar la publicación de revistas en esta dirección. También prevé subsidios para los autores que no puedan esperar la ayuda financiera proveniente de subvenciones o de sus universidades de origen.

Si COPE tiene éxito podría ahorrar miles de millones de dólares en los presupuestos de las bibliotecas. Pero sólo tendrá éxito a largo plazo. Mientras tanto, los precios de las revistas comerciales siguen aumentando, y los balances de las editoriales universitarias siguen en números rojos. Walter Lippincott, director de la Princeton University Press, predijo en 2003 que veinticinco de los ochenta y dos editoriales universitarias de los Estados Unidos desaparecerían en cinco años. Todavía están vivas, pero colgando apenas de un hilo. Se puede encontrar una segunda vida publicando en línea y aprovechando las innovaciones tecnológicas, tales como la Espresso Book Machine. Permite descargar  un texto electrónico de una base de datos, imprimirlo en cuatro minutos y ofrecerlo a un precio moderado como libro de bolsillo bajo demanda.

Pero justo cuando este rayo de esperanza asomaba en el horizonte, se vio ensombrecido por la innovación tecnológica más potente de todas: los motores de búsqueda según el ranking de relevancia, vinculados a bases de datos gigantescas, como en el caso de Google Book Search, que ya está proporcionando a los lectores acceso a millones de libros. Esto me lleva a la tercera jeremiada.

Tercera Jeremiada


Google representa lo último en planes de negocios. Controlando el acceso a la información  ha ganado  miles de millones, que ahora invierte en el control de la información en sí. Lo que comenzó como Google Book Search se convierte así en la biblioteca más grande y en el mayor negocio de libros del mundo. Al igual que todas las empresas comerciales, el objetivo principal de Google es hacer dinero para sus accionistas. Las bibliotecas existen para llevar los libros a los lectores -libros y otras formas de conocimiento y  entretenimiento, siempre de forma gratuita. La incompatibilidad fundamental entre el objetivo de las bibliotecas y el de Google Book Search podría atenuarse si Google ofreciera a las bibliotecas acceso a su base de datos digital de libros en condiciones razonables. Sin embargo, las condiciones se desglosan en un documento de 368 páginas, conocido como el “acuerdo“, que pretende resolver otro conflicto: la demanda presentada contra Google por autores y editores por supuesta infracción de sus derechos de autor.

A pesar de su enorme complejidad, la solución se reduce a un acuerdo sobre cómo dividir un pastel, es decir, los beneficios que producirá Google Book Search: el 37 por ciento se lo quedará Google, el 63 por ciento irá a los autores y editores. ¿Y las bibliotecas? No son parte en el acuerdo, pero muchas de ellas han aportado, de forma gratuita, los libros que Google ha digitalizado. Se les pide que compren de nuevo el acceso a los libros junto con los de sus bibliotecas hermanas, en formato digital, a precio de  “suscripción institucional”, que podría subir tan desastrosamente como lo ha hecho el precio de las revistas. El precio de suscripción será fijado por un Book Rights Registry, que representará a autores y editores, los cuales están interesados en un en aumento de los precios. Bibliotecas temen lo que llaman “a precio de cocaína”, una estrategia que empieza con tasas  bajas y, a continuación, cuando el cliente  está enganchado, se incrementa el precio tanto como sea posible.

Para que tenga validez, el acuerdo debe ser aprobado por el tribunal de distrito del sur de Nueva York. El Departamento de Justicia ha presentado dos informes ante el tribunal planteando la posibilidad, de hecho la probabilidad, de que el acuerdo pudiera otorgar a Google tal ventaja sobre sus competidores potenciales que violaría las leyes antimonopolio. Pero la cuestión más importante que se cierne sobre el debate jurídico es de política pública. ¿Queremos resolver las cuestiones de derechos de autor mediante litigios entre particulares?, y ¿queremos comercializar el acceso al conocimiento?

Espero que la respuesta a estas preguntas conduzca a mi final feliz: una National Digital Library o Digital Public Library of America (DPLA), como algunos prefieren llamarla. Google ha demostrado la posibilidad de transformar la riqueza intelectual de nuestras bibliotecas, libros inertes e infrautilizados en los estantes, en una base de datos electrónica que puede ser aprovechada por cualquier persona en cualquier lugar en cualquier momento. ¿Por qué no adaptar su fórmula de  éxito para el bien público?, ¿por qué no una biblioteca digital integrada por casi todos los libros de nuestras más grandes bibliotecas de investigación y ponerla a disposición de forma gratuita para toda la ciudadanía, de hecho, para todas las personas del mundo?

Rechazar este objetivo como ingenuo o utópico sería hacer caso omiso de los proyectos digitales que han demostrado su utilidad y viabilidad a lo largo de los últimos veinte años. Todas las bibliotecas de investigación más importantes han digitalizado partes de sus colecciones. Desde 1995, la Digital Library Federation ha trabajado para combinar sus catálogos o “metadatos” en una red general. Empresas más ambiciosas, como Internet Archive, Knowledge Commons y Public.Resource .Org han tratado de digitalizar a gran escala. Pueden ser eclipsados por Google, pero varios países están decididos a ganarle la partida a Google escaneando de todo el contenido de sus bibliotecas nacionales.

En diciembre de 2009, el presidente francés Nicolas Sarkozy anunció que dedicaría 750 millones de euros a la digitalización del  “patrimonio” cultural francés. La Biblioteca Nacional de los Países Bajos tiene como objetivo digitalizar en diez años todo libro o periódico holandés producido desde 1470 hasta el presente. Las bibliotecas nacionales de Japón, Australia, Noruega y Finlandia están digitalizando prácticamente la totalidad de sus fondos, y Europeana, un esfuerzo para coordinar las colecciones digitales a escala internacional, lo ha  hecho con más de diez millones de objetos -de bibliotecas, archivos, museos y fondos audiovisuales- con acceso libre a finales de 2010.

Si estos países pueden crear bibliotecas digitales nacionales, ¿por qué no los Estados Unidos? Debido al coste, se podría argumentar. Hay muchas más obras en inglés que en holandés o japonés, y sólo la Biblioteca del Congreso contiene 30 millones de volúmenes. Las estimaciones del coste de digitalización de una página varían enormemente, desde diez centavos (la cifra citada por Brewster Kahle, que ha digitalizado más de un millón de libros para el Internet Archive) a diez dólares, dependiendo de la tecnología y la calidad requeridas. Pero debería ser posible digitalizar todo lo que hay en la Biblioteca del Congreso por menos de 750 millones presupuestados por Sarkozy -y el coste podría ser diferido a lo largo de una década.

El mayor obstáculo es legal, no financiero. Presumiblemente, la DPLA excluiría los libros que se comercializan actualmente, pero incluiría millones de libros que están agotados y siguen cubiertos por derechos de autor, especialmente los publicados entre 1923 y 1964, período en el que la cobertura de los derechos de autor es más oscura, debido a la proliferación de libros “huérfanos” cuyos titulares de derechos de autor no han sido localizados. El Congreso tendría que aprobar una ley para proteger a la DPLA de los litigios de propiedad,  para los libros agotados. Los titulares de los derechos de esos libros tendrían que ser compensados, aunque muchos de ellos, especialmente entre los autores académicos, podría estar dispuesto a renunciar a esa compensación con el fin de dar a sus libros nueva vida y una mayor difusión en formato digital. En los memorandos presentados ante el tribunal de distrito de Nueva York, varios autores han protestado contra el carácter comercial de Google Book Search y han expresado su disposición a que su trabajo esté disponible de forma gratuita.

Tal vez incluso la propia Google podría unirse  a la causa. Ha digitalizado cerca de dos millones de libros de dominio público. Podría entregarlos a la DPLA como  base de una colección que crecería incluyendo libros más recientes -en primer lugar los de la época problemática de 1923-1964, a continuación los cedidos por sus titulares de derechos. Google no perdería nada siendo generosa, pues cada libro digitalizado que entregara, si otros donantes estuvieran de acuerdo, podría identificarse como una contribución de Google, ganando en admiración por su civismo.

Incluso si Google se negara a cooperar, una coalición de fundaciones podría ofrecer fondos para financiar la DPLA  y una coalición de bibliotecas de investigación podría proporcionar los libros. Trabajando de forma sistemática en sus fondos, se podría formar una gran colección. Se cumplirían los más altos estándares en aparato bibliográfico, análisis, decisiones editoriales y compromiso de preservación para el uso de las generaciones futuras.

El acuerdo de Google Book Search no debería ser ratificado por el tribunal. Terminar con ese enredo conduciría a un momento extraordinario en el desarrollo de una sociedad de la información. Hemos alcanzado un período de inestabilidad, incertidumbre y oportunidad. Las cosas se han deshecho, y se pueden combinar de forma nueva, subordinando el beneficio privado al bien público y proporcionando acceso a una comunidad de cultura.

¿La Digital Public Library of America solucionaría todos otros  problemas -inflación de los precios de las revistas, la economía de la publicación académica, los presupuestos desequilibrados de las bibliotecas  y las barreras a las carreras de los jóvenes investigadores? No. Por el contrario, se abriría el camino a una transformación general del paisaje en lo que ahora llamamos la sociedad de la información. En lugar de mejores planes de negocio (no es lo que importa), necesitamos una nueva ecología, basada en el bien público en lugar de en el beneficio privado. No puede ser una conclusión satisfactoria. No es una respuesta al problema de la sostenibilidad. Es una llamada a cambiar el sistema.

23 de noviembre 2010. Copyright © 1963-2010 NYREV, Inc. All rights reserved.

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