El historiador ante el conflicto: Israel y Palestina

La revista Esprit (noviembre de 2010) se plantea cómo es el trabajo del historiador cuando su objeto aún no se ha “enfriado”.   ¿Qué hace para abordar, por ejemplo, el conflicto entre Israel y Palestina? Para dar respuesta a esas cuestiones ofrece una entrevista a dos voces con Henry Laurens, especialista en Palestina, y Avi Shlaim, especialista en Israel, quienes explican cómo realizan su tarea sobre un tema tan políticamente sobrecargado. ¿Cómo se distancian del objeto? ¿Qué herramientas de interpretación emplean? ¿Cómo entienden su responsabilidad cívica?

Esprit: Ustedes trabajan sobre el conflicto palestino-israelí, cada uno con su propio enfoque. Esto plantea en principio un problema metodológico, ya que están trabajando en temas muy sensibles que remiten a situaciones dramáticas, donde las sensibilidades están a flor de piel,  y a cuestiones políticas, con una retórica nacionalista muy fuerte, sobrecargada de connotaciones. Además, las representaciones antagónicas de los actores en conflicto son difícilmente compatibles. ¿Cómo escapar a todos estos problemas?

Henry Laurens: Antes de responder a esta pregunta, quiero señalar la admiración que tengo por Avi Shlaim. Tengo un gran respeto por su trabajo que he leído aomliamente, anotado y citado. Considero que su aportación al conocimiento del tema es esencial, incluso aunque a veces no esté totalmente de acuerdo.

En cuanto al método, trabajao constantemente en ampliar el tema para estar menos sujeto a presiones internas, al sufrimiento y la pasión que envuelven el conflicto. Es en este sentido que he elegido hablar de la “Cuestión de Palestina”, en lugar de la historia de Palestina o de la historia del conflicto árabe-israelí. Esta extensión me permite integrar con éxito tanto la multiplicidad de actores – local, regional o internacional … –  como las cuestiones territoriales, que constituyen uno de los principales aspectos de esta cuestión. De hecho, estas cuestiones, que  a primera vista pueden parecer insignificantes – al fin y al cabo, Palestina e Israel representan un área equivalente a dos departamentos franceses-, son  fundamentales en el plano internacional, hasta el punto de que hay que  ir a la Casa Blanca para contemplar una perspectiva de acuerdo.

No podemos pasar por alto, por supuesto, las víctimas y el sufrimiento asociado a este conflicto. Pero uno puede pensar que lo que sucede en otras partes de África, en Darfur o en Kivu, no es menos grave. Estos conflictos no producen, desde una perspectiva geopolítica mundial,  interacciones tan fuertes como la cuestión de Palestina. Escoger una expresión más genérica me permite mitigar las dimensiones  pasionales, poniendo de relieve la multiplicidad de actores, y a la vez mostrar cómo el objeto interactúa a nivel internacional, que no es el caso de otros dramas contemporáneos donde el número de víctimas es mucho mayor.

Avi Shlaim: En primer lugar, devolver el cumplido: Henry Laurens es universalmente admirado tanto por su erudición como por la calidad de su trabajo académico sobre Oriente Medio, y estoy muy contento con esta oportunidad para discutir nuestros intereses comunes.

La mayoría de los historiadores occidentales estudian la historia de Oriente Medio como un elemento de la política exterior de EE.UU.,  de Europa o, durante el período de la Guerra Fría, como un componente de la política soviética. El punto de entrada es a menudo las acciones de las grandes potencias sobre el Oriente Medio. Mi enfoque es distinto porque, aunque mi campo de trabajo se centra en las relaciones internacionales, creo que hemos de reconocer la importancia de los poderes locales. Tenemos dos tipos de actores: los locales y los externos. En general, se habla de este conflicto como si los actores locales fueran sólo troncos  a la deriva que flotan en el océano de la política mundial. Ahora bien, creo que es muy importante reconocer que tienen una capacidad de acción y una lectura de la situación propias. Por tanto, es necesario tenerlas en cuenta al studiar su discurso, sobre todo lo que dicen el uno del otro. Debemos ir más allá de las acciones de las potencias extranjeras e integrar el debate que se desarrolla entre esos actores.

Al mirar la historia de Oriente Medio desde 1945, tenemos que entender cómo las fuerzas locales han manipulado a las potencias extranjeras más que a la inversa. La relación entre Israel y los Estados Unidos es un ejemplo elocuente a este respecto. Israel ha tenido una influencia mucho mayor sobre la política exterior de EE.UU. en el Oriente Medio de la que los EE.UU. tienen por sí mismos. Creo que deberíamos empezar desde el centro del conflicto, no estudiarlo como un apéndice de la elección de las grandes potencias. Por otra parte, por tratar específicamente de mi área de trabajo, el conflicto árabo-israelí descansa sobre dos narrativas nacionales fuertes, la narrativa judía sionista y la de los nacionalistas palestinos. Formo parte de un pequeño grupo de historiadores colectivamente llamados los “nuevos historiadores” o “historiadores revisionistas israelíes”, porque ponemos en duda la narrativa nacional israelí sobre el conflicto. No nos llaman “nuevos historiadores”  porque nuestro método sea nuevo. En cambio, los métodos siguen siendo los mismos, es el contenido el que aparece como nuevo. Mi propio método es de lo más tradicional. Hago con la historia del Oriente Medio lo mismo que los historiadores han hecho durante generaciones con las guerras y conflictos. Tomo en consideración las historias elaboradas por ambos lados, busco en los archivos, me informó de las pruebas fácticas y, en mi trabajo,  establezco unas conclusiones.

Lo que me parece más sorprendente en la narrativa sionista es que se trata de una visión nacionalista de la historia y, por tanto, de una distorsión de la realidad. Ernest Renan dijo: “Falsificar su historia es fabricar una nación”.  Del mismo modo, las narrativas nacionalistas sirven a un doble objetivo político: primero,  unir al pueblo con el régimen y, en segundo lugar, proyectar una imagen positiva ante el resto del mundo. Con este fin, las narrativas nacionalistas son simplificadas, selectivas, interesadas y apologéticas. Como crítico historiador, no puedo aceptar esta visión de la historia sin examinarla. Someto las afirmaciones de los historiadores sionistas a la luz de la evidencia empírica, y saco mis conclusiones.

HL: Comparto esta reflexión sobre la autonomía de los actores locales en relación con las grandes potencias. Por ejemplo, las entrevistas publicadas recientemente en los Estados Unidos entre Anatoly Dobrynin, embajador soviético en Washington desde 1962 hasta 1986, y Henry Kissinger ilustran perfectamente los límites de la influencia de dos grandes potencias que ambos representan. Por un lado, Kissinger trata de que los soviéticos intervengan en la política de Hanoi en Vietnam del Norte, pero los soviéticos no son capaces de hacerlo porque, sobre el terreno, son los norvietnamistas los que controlan la situación. Por otra parte, Dobrynin trata de que los estadounidenses actúen en la política israelí, pero en realidad Washington no dispone de los medios. Los actores externos manipulan tanto como son manipulados.   En general, la gran potencia está más prisionera de sus aliados locales que a la inversa. Es por eso que he intentado, más allá del caso de Oriente Medio, teorizar este problema llamándolo el “problema de la inderencia y de la implicación” para mostrar cómo los actores locales actúan sobre los poderes externos en la región, a través de sus actos, sus discursos y  de las molestias que pueden generar. También comparto la opinión de Avi Shlaim sobre la metodología: lo que utilizamos para abordar el conflicto árabe-israelí es totalmente convencional. Mi trabajo a veces sigue los acontecimientos día a día, porque rápidamente me di cuenta de que el conflicto funcionaba con secuencias cronológicas muy estrechas, que pueden durar días o semanas, antes de entrar en una nueva secuencia. Si uno no se ocupa de los hechos de esta manera, es decir, secuencia a secuencia, se puede caer en un contrasentido y perderse en malas interpretaciones históricas. Por tanto, es necesario establecer estas secuencias, porque lo que ocurre entre el 15 de mayo y el 8 de junio no es lo mismo que ocurre entre 8 y el 29 de junio, y así sucesivamente. Este enfoque requiere una interpretación de los acontecimientos día a día y a veces hora a hora, incluso aunque a menudo el ejercicio comporte una serie de principios, de recurrencias o de claves explicativas.  Sobre todo ha que que respetar la cronología de forma muy escrupulosa.

Esprit: En su libro, El Muro de Hierro, procede también según esa manera cronológica, con grandes fases que son reagrupadas. ¿Está de acuerdo con esa descripción?

AS: Estoy totalmente de acuerdo en la importancia de la cronología. Para prepararme para mi último libro, dedicado al rey Hussein de Jordania, lo primero que hice, antes que nada, fue establecer una cronología sobre el tema [Lion of Jordan: The Life of King Hussein in War and Peace. Londres, Allen Lane/Penguin Books, 2007]. Del mismo modo, para El muro de hierro, he compilado una cronología de los cincuenta primeros años de existencia de Israel, de 1948 a 1998, dividida en capítulos. Cada capítulo está dedicado a un presidente de Gobierno, a cada gobierno, procediendo en orden cronológico. Esto hace que la escritura sea más fácil, especialmente para mí! Porque cada cosa sigue a otra, de forma lógica antes que forzosamente mecánica. La razón es que necesitamos escribir una narrativa histórica que permita desafiar las ideas establecidas y cuestionar las afirmaciones comúnmente aceptadas. Un ejemplo: la opinión predominante en Israel, en particular en el mundo científico, es que lo que Israel ha hecho siempre no ha sido más que responder a los ataques y a las provocaciones de los países árabes, reaccionar y defenderse. Había  en Israel un historiador erudito, antiguo  director de inteligencia militar, Yehoshafat Harkabi. Representó el consenso intelectual de los años 1960 y 1970. En un libro de 1977  [Arab Political Strategies and Israel’s Response. Nueva York, Free Press, 1977], explicó que Israel era un actor completamente pasivo que solo actuaba en respuesta a los desafíos planteados por los árabes. Mis estudios sobre el conflicto árabe-israelí me llevaron a concluir exactamente lo contrario: Israel es el actor dominante en este conflicto, del que es responsable y que no ha hecho más que empeorar desde 1948. Desde 1948 y particularmente desde 1967,  la política de Israel se basa en gran parte en los militares.

El Muro de Hierro es un libro extenso y detallado, pero se puede resumir en una sola frase: desde el comienzo, Israel ha demostrado una resistencia notable a entablar negociaciones significativas con sus vecinos árabes para resolver sus conflictos y siempre ha estado dispuesto a utilizar la fuerza militar para imponer sus puntos de vista. Esta degradación de la acción diplomática en favor de la acción militar llegó a su punto culminante durante la guerra de Gaza en diciembre de 2008. Lo que surge de la lectura de la cronología de los acontecimientos es que Israel es el que controlas el juego, el desarrollo de la situación en la región, mucho más que otros actores.

HL: En efecto, es importante la interacción de los actores, tanto locales como internacionales. Es imposible tomarlos individualmente. Se trata de una interacción profunda. Por otra parte, al analizar una crisis,  se tiene la impresión de que esta interacción está llena de errores de cálculo. Los mejores estudios sobre los orígenes de la guerra de junio de 1967, por ejemplo, insisten ahora en estos errores de apreciación por todas las partes. Hoy en día, cuando se discute la cuestión de la responsabilidad de los actores en la producción de una crisis, tendemos a ver una suma de errores acumulados de todos los actores,más que una voluntad de los actores en provocar una crisis.

Esprit: Ustedes destacan la importancia del método tradicional, sobre todo el recurso a los archivos. Ahora bien, ¿no hay una asimetría en los archivos? En El Muro de Hierro, Avi Shlaim se basa en particular en los archivos oficiales israelíes que, en una tradición que según dice procede de Gran Bretaña, se abren al pasar treinta años, una liberalidad que no es común.  En el caso de Palestina, ha sido tenido durante mucho tiempo una situación pre-estatal. Y los actores locales, como Hamas, no dejan ningún archivo. ¿Cómo hacer frente a esta asimetría de recursos de información disponibles?

HL: Yo puedo responder con respecto a las fuentes árabes. Hay formas de superar este problema de falta de archivos estatales. En primer lugar, las biografías políticas en la literatura árabe son muy abundantes. Obviamente, si un régimen árabe es políticamente muy estable,  muy conservador y autoritario, la cantidad de fuentes disponibles disminuye. Tenemos una gran cantidad de fuentes sobre el Egipto de Nasser y Sadat, simplemente porque ya no están ahí. Desde su muerte, muchos actores, que han ocupado puestos de responsabilidad en sus gobiernos, han publicado sus memorias. En cuanto al régimen de Mubarak, la libertad de expresión está mucho más limitada, pero podemos esperar una avalancha de publicaciones el día en que el presidente egipcio ya no esté en el poder. También en Siria las fuentes autobiográficas son raras, debido a la rigidez del régimen. Todos estamos a la espera de la publicación -que se anuncia próxima- de las memorias de Abdel Halim Khaddam, ex ministro de Exteriores, que se supone que nos ofrecerán importantes informaciones sobre la época en la que ejerció sus funciones. Lo importante es que en el mundo árabe no pasa una semana sin que se publiquen libros  de memorias.

En cuanto a los movimientos políticos subnacionales como Hezbolá o Hamas, en general no tenemos acceso a sus documentos internos. Pero la escasez de fuentes escritas se compensa con una presencia considerable sobreel terresno por parte de especialistas en ciencias sociales y políticas que están haciendo un trabajo tremendo entrevistando a activistas de estas organizaciones. Así, tenemos a investigadores que trabajan sobre Hamas desde el nacimiento de este movimiento: conocen perfectamente a us líderes, a los que se les pide periódicamente que se manifiesten… Pienso, por ejemplo, en los trabajos de campo de Bernard Rougier sobre los islamistas en los campamentos palestinos en el norte de Líbano. Se trata de un trabajo de primera mano, ya que durante años llevó a cabo investigaciones en estos campos. Estos trabajos de campo nos permiten tener un conocimiento bastante bueno de estos movimientos políticos, al menos dentro de las ciencias sociales europeas, ya que, debido a las tensiones con los Estados Unidos, los investigadores de los EE.UU. no tienen fácile realizar estudios sobre el terreno con tanta profundidad.

El hecho es que existen lagunas, sobre todo del lado sirio, debido a la opacidad del régimen baazista. Pero en Jordania no es el caso, y en Egipto tampoco.

AS: Cualquier estudiante que trabaja en el conflicto árabe-israelí se enfrenta con el problema de la gran disparidad de fuentes disponibles. En el mundo árabe, no hay archivos nacionales comparables a lo que tenemos en Occidente,  donde los documentos son sistemáticamente conservados y accesibles en virtud de unas normas de acceso. Israel, por su parte, adoptó el modelo británico, que hace que los documentos estén disponibles al pasar treinta años. Este modelo, aplicado de forma muy liberal, debe ponerse en el haber de Israel, pues es lo que permite escribir una historia crítica como la que he hecho. Estoy muy agradecido por esa libertad otorgada a los investigadores.

De hecho, se me ha reprochado en Israel que me baso en gran medida en documentos israelíes, que no había consultado los documentos árabes. Si hubiera sabido de fuentes árabes, probablemente me habría compuesto un dibujo más sombrío de las políticas árabes. Mi respuesta fue decir que un historiador sólo puede escribir sobre documentos o fuentes que estén abiertos, no sobre fuentes ocultas o inaccesibles. Cuando mis estudiantes de doctorado vienen a verme porque se encuentran en un callejón sin salida, porque  se desaniman al no tener acceso a los archivos, les digo que nunca podrán encontrar todos los documentos. Debemos hacer todo lo posible con lo que tenemos. Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad. Sin embargo, aunque los Estados árabes no tienen archivos abiertos, o se abren de forma privilegiada a los que apoyan al régimen, tenemos una amplia gama de fuentes primarias, tales como autobiografías de políticos y militares,  que  suponen una cantidad bastante considerable de información al alcance de los historiadores.

Esprit: Su último libro es sobre Jordania, tras la biografía del rey Hussein. ¿Cómo lo ha hecho?,  ¿ha tenido problemas de fuentes en este trabajo?

AS: Este trabajo es un buen ejemplo de la asimetría de fuentes disponibles. En un país como Jordania, gobernado por una dinastía, debe hacerse una distinción entre la historia del conflicto y la de la familia gobernante. No hay archivo nacional de Jordania, hay solamente archivos reales de los Hachemitas. Y la correspondencia entre Hussein y los líderes árabes y occidentales es privada: nadie, ni siquiera los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores de Jordania, puede acceder.

Ya me había encontrado este problema antes. En 1998, publiqué un libro sobre la actitud de Jordania en relación al conflicto israelo-palestino [Collusion Across the Jordan: King Abdullah, the Zionist Movement, and the Partition of Palestine. Nueva York, Columbia University Press, 1988]. Mi argumento era que, en la escalada previa a la guerra de 1948, hubo un acuerdo tácito entre los hachemitas y los sionistas para la partición de Palestina, para dividirse el territorio entre ellos, a expensas de los palestinos. Yo no había tenido acceso a los archivos de Jordania (p hachemitas), pero sí a los documentos israelíes sobre las reuniones entre los líderes sionistas y el rey Abdullah. Pude reconstruir ampliamente esta diplomacia secreta a partir de las fuentes israelíes, completándolas a veces con documentos británicos y estadounidenses.

Para la biografía del rey Hussein de Jordania, tuve el mismo problema de fuentes. Esta vez, no tenía documentos israelíes, ya que aunque habían transcurrido treinta años, las conversaciones secretas con Hussein fueron consideradas demasiado sensibles para hacerlas accesibles. Sin embargo, tuve la oportunidad de conocer a la hija del Dr. Yaacov Herzog, quien inició y mantuvo conversaciones con Hussein en aquel momento. Ella me facilitó amplios dossiers que contienen los informes que hizo su padre de las reuniones secretas con Hussein. Así fui capaz de reconstruir todas estas reuniones entre Hussein y los dirigentes de Israel sobre la base de documentos israelíes de primera mano. Luego llené los huecos de las fuentes árabes con entrevistas. Hice ochenta entrevistas con funcionarios jordanos, una docena con israelíes y otra docena con estadounidenses. Me permitió construir una base de datos que he usado profusamente.

Yo creo firmemente en la historia oral. Por el contrario, mi colega  Benny Morris  y la mayoría de los historiadores israelíes, más positivistas, sólo creen en los documentos escritos. Estoy de acuerdo en que los documentos escritos son más fiables, pero también me parece útil complementarlos con fuentes orales. Para mi libro, el propio rey Hussein me concedió una entrevista de dos horas en la que habló, por primera vez oficialmente, de sus reuniones secretas con funcionarios israelíes, de sus motivaciones, de los considerables riesgos que tomaba ante la Liga Árabe y de la evolución de las relaciones jordano-israelíes. Una vez más, he recopilado toda la información que he podido para reconstruir este diálogo fascinante entre las líneas.

HL: Para el último período – por ejemplo, desde principios de 1990 con los acuerdos de Oslo – tenemos una porción de la historia contemporánea especialmente bien documentada. De hecho, el número de libros publicados ya sea por los propios actores, o bien por periodistas de investigación  que han tratado con las autoridades de la época, es considerable – para no mencionar los numerosos estudios sociológicos, económicos y políticos. Esta abundancia de fuentes tiene pocos paralelismos con otros acontecimientos contemporáneos. Por ejemplo, la información disponible sobre Indonesia o África es en realidad mucho más reducida.

Obviamente, por lo demás, esta información está sujeta a la metodología clásica de los historiadores sobre lo verdadero, falso, el cómo, el por qué, la confrontación … La exactitud de los datos, la pertinencia de las interpretaciones.

Esprit: Pero también pensando en categorías, tales como las nociones de imperio, imperialismo y antiimperialismo, por ejemplo, sobre las que han reflexionado directamente [L’Empire et ses ennemis. La question impériale dans l’histoire. París, Le Seuil, 2009]. También hay que llevar a cabo un trabajo conceptual. ¿Cómo articular este trabajo sobre los conceptos con el establecimiento de los hechos y las secuencias de acontecimientos que usted ha mencionado?

HL: En los últimos años hemos sido testigos en Occidente, especialmente en Europa, de la contaminación de los procedimientos judiciales sobre la interpretación histórica. Sin embargo, la “judicalización” implica un razonamiento en términos de responsabilidad y un sistema de referencia causal. Esto es una reminiscencia de la historia como se hacía en Francia hasta Lavisse,  antes de la profundización metodológica del siglo XX. La reflexión histórica actual trabaja pensando mucho menos en las nociones de responsabilidad que en las nociones de proceso. En otras palabras,  son los procesos y las dinámicas, en los que los actores del conflicto se hallan a menudo aprosionados, que están en juego.

Desde una perspectiva programática, uno no puede sino deplorar la incapacidad de los actores de salir de estos mecanismos que van más allá de su conciencia. Pero tal como está, nuestro trabajo como historiadores debe reflejar esta realidad al restituirla.

AS: Estoy de acuerdo, porque yo no creo en la objetividad de los trabajos históricos, al igual que en todas las disciplinas de las humanidades. Todos somos productos de un entorno, todos tenemos afiliaciones o simpatías que afectan a nuestros juicios y a nuestro trabajo. No reivindico una objetividad total. Mis orígenes son judíos e iraquíes:  nací en Bagdad, crecí en Israel, donde hice el servicio militar, y mi historia personal afecta a mi escritura. Es indudable. Sin embargo, no tengo intenciones políticas. Cuando me critican en Israel, me acusan de tener intenciones políticas, de querer desacreditar el sionismo y el Estado de Israel y de tratar de generar simpatías en todo el mundo en favor de los palestinos. Rechazo estas críticas en su conjunto, porque creo que no hay nada que pueda probarlo en mis textos. Mis intenciones son sólo estudiar la historia del conflicto árabe-israelí con la mayor exactitud posible, hacer un trabajo histórico completo e interesante de leer.

Esprit: ¿Pero no es necesario un marco interpretativo, es decir, conceptos que describan la situación? Por ejemplo, ¿se trata de una situación colonial, imperial? ¿Cuáles son las categorías pertinentes?

AS: Esa pregunta es fundamental porque nos lleva al corazón del conflicto. Mi opinión es distinta de la de mi colega “nuevo historiador” Ilan Pappe – y de la de otros amigos.

Según Pappe, el sionismo es una extensión del colonialismo europeo en Oriente Medio y, por tanto, el Estado de Israel, reducido a un producto colonial, no tendría legitimidad. En su lógica, la única medida justa y posible ante los palestinos sería desmantelar el Estado de Israel y crear un estado para todos sus ciudadanos.

Mi comprensión del conflicto es muy diferente. Él parte del postulado de que los judíos son un pueblo y una nación que, como tal, no tiene más, diríamos que menos que más, derecho a la autodeterminación que cualquier otra nación. Isaiah Berlin decía: “Los judíos son como todas las demás naciones, si no más que las otras”.  No es de extrañar que quieran un estado de pleno derecho. El movimiento sionista fue un movimiento genuino de liberación nacional del pueblo judío, y consiguió sus metas en 1948, con la creación de un Estado judío independiente en Palestina. En 1949, Israel firmó una serie de acuerdos de armisticio con todos sus vecinos. Las fronteras fijadas en estos acuerdos son las únicas internacionalmente aceptadas, y las únicas que se consideran legítimas. Todo cambió en junio de 1967, cuando Israel, tomando territorios de todos sus vecinos, creó un imperio. A partir de esa fecha, Israel se ha convertido en una potencia colonial que impone  sus reglas a amplias poblaciones árabes. En resumen, mi posición es que Israel era legítimo antes de 1967, pero que la ocupación de territorios, lo que sigue constituyendo la principal causa de conflicto, lo hizo ilegítimo.

HL: Yo diría primero que los historiadores no hacen juicios de valor porque su vocación no es ser fundadores de la legitimidad. Si se quiere abordar científicamente la cuestión de Palestina, hay que hacer abstracción de la cuestión de la legitimidad, sea cual sea nuestra posición personal. No es el  mismo juego intelectual. La cuestión de la legitimidad no puede ser resuelta por el historiador: pertenece al discurso del derecho, la moral y la política, aun cuando los historiadores aportan elementos para el debate sobre la legitimidad.

Los modelos teóricos no son incompatibles entre sí. La contradicción puede estar en la historia real, pero no en los conceptos. Quiero decir, es perfectamente legítimo describir el sionismo como un movimiento de liberación nacional del pueblo judío de los horribles sufriientos que se le han aflijido en el siglo XX. Pero no es la primera vez en la historia que un movimiento nacional está involucrado en otros fenómenos que apuntan a la colonización. Por un lado, tanto antes como después de 1948, tienes el problema derivado de “la actividad de asentamientos”, que incluye rechazo de los primeros pobladores por otros. Esto no es un juicio de valor, simplemente es una declaración de hecho. En segundo lugar, Israel no habría sido posible, ni el movimiento sionista, si no se hubiera construido en interacción con fuerzas políticas globales más grandes. Por tanto, antes de 1914, el sionismo no habría sido posible si, sobre el terreno, no hubiera existido interacción con el dominio colectivo de las potencias coloniales europeas en el Imperio Otomano, a través del sistema de las capitulaciones, de la protección consular, etcétera. Del mismo modo, el hogar nacional no habría sido posible si no hubiera existido un mandato británico sobre Palestina. Esto no quiere decir, y estoy de acuerdo con Avi Shlaim sobre este punto, que sean las potencias europeas las que hayan creado el sionismo antes de 1914 o que fueran los británicos quienes crearon el movimiento sionista en el momento de su mandato sobre la región. El campo de acción del sionismo no puede inscribirse sino en los sucesivos marcos exteriores: la dominación colectiva europea, el mandato británico y, en un período más reciente, las estrategias de EE.UU. en la región -que por lo demás vienen dadas  más por razones de política interior americana que por intereses estratégicos.

El movimiento sionista es un actor autónomo, pero está, como hemos visto, en interacción con las coyunturas y las fuerzas políticas presentes. Si la Unión Soviética hubiera sido la fuerza dominante en la región durante la década de 1940, probablemente el movimiento sionista habría construido una alianza estratégica con los rusos -que también fue técnicamente posible en 1948. No hay que pasar por alto el oportunismo del actor, que a menudo actúa según el equilibrio de fuerzas regional.

Dejando de lado la cuestión de la legitimidad – porque no me corresponde a mí decir si ese actor es legítimo o no- lo que puedo decir, a partir de los datos, de hecho, es que la única solución razonable es la restauración de Israel dentro de las fronteras de junio de 1967. Hay que pasar necesariamente por ahí para salir del conflicto. Además, no olvidemos las sentencias de la Corte Internacional de Justicia que definen las fronteras de Israel que son conforme a derecho y las que no lo cumplen. Pero estos juicios recaen en el campo del derecho y no son el dominio propio del historiador.

AS: El conflicto palestino-israelí es esencialmente un conflicto entre dos movimientos nacionales en el mismo territorio. Una razón por la cual los sionistas han triunfado alló donde los palestinos no lo han hecho es que los sionistas han reconocido desde el principio que, para un movimiento de liberación,  es esencial  contar con apoyo exterior, con una gran potencia.

Los sionistas lo han comprendido, lo cual no es el caso de los palestinos, en la persona del Gran Muftí de Jerusalén. Este último cortó con los británicos y se fue engañado con la Alemania nazi. Esta es una de las razones del triunfo del sionismo y del fracaso del nacionalismo palestino, que no ha logrado ser independiente ni crear un Estado.

En cuanto a la legitimidad de los movimientos nacionales, he explicado por qué el sionismo es un auténtico movimiento nacional de liberación. Ahora quiero centrarme en el movimiento nacional palestino. Algunos estudiosos sionistas niegan al movimiento palestino la legitimidad de actor diciendo que este movimiento no existía en el siglo XIX y que sólo nace como respuesta al proyecto sionista. Histórica y  cronológicamente es cierto. Pero eso no disminuye la autenticidad del movimiento palestino,  porque  por regla general un movimiento nacional surge precisamente en respuesta a la adversidad. En este sentido, el movimiento nacional palestino es totalmente legítimo, tanto como los demás, y tiene el mismo derecho a la autodeterminación que siempre. El problema hoy es que Israel se ha vuelto tan poderoso en el plano internacional que ha logrado convencer a los Estados Unidos y a la Unión Europea de no reconocer un gobierno palestino que incluya a Hamas. Aquí se trata de una situación de confrontación entre dos movimientos nacionales débiles,  que termina con la supremacía total, incluso militar, e uno de los dos.

Esprit: Usted ha evocado las perspectivas de salida del conflicto. ¿Piensan que sus trabajos puede ser una contribución que favorecería la aparición de una solución razonable al conflicto o bien el trabajo histórico está inevitablemente despegado del juego de los actores?

HL: La primera cosa que hay que tener siempre en cuenta es la modestia del ejercicio que hacemos. La historia no es más que la parte científica de la memoria. Y la memoria es mucho más amplia. Por ejemplo, no es sorprendente que la lectura histórica de junio de 1967 esté en contradicción con la memoria de un israelí que ha vivido esta guerra. Es normal. Del mismo modo, el trabajo de los historiadores sobre Francia durante la ocupación no se corresponde necesariamente con las experiencias de las personas que han vivido este período. Pero más allá de esta primera restricción, podemos preguntarnos cuál es la resonancia social de la labor de los historiadores.

Por un lado, podemos decir que es muy baja. Pero, por otro lado, el conocimiento de los historiadores profesionales  se propaga lentamente, a través de complejos mecanismos que nosotros mismos discernimos mal. Incluso aunque mis libros hayan vendido sólo unos pocos miles de ejemplares en Francia, por ejemplo, ahora se utilizan para la formación integral de los estudiantes, de académicos, de funcionarios, de personas que van a trabajar en la región de parte francesa. Avi Shlaim es mucho más conocido a nivel internacional y es obvio que cualquier persona que se pone a trabajar, pensar o actuar en la región, ha leído al menos uno de sus libros. La dispersión de nuestros conocimientos es difícil de medir. La traducción de un libro a un idioma dado puede servir como  indicador. En ese sentido, mi libro La Question de Palestine, traducido al árabe, sirve ahora como referencia en los círculos cultos de Egipto. Ofrece una lectura alternativa del conflicto árabe-israelí, que se eleja del tipo de discurso habitual dominante en la literatura árabe.

Esprit: ¿No hay un debate en Israel en los libros de texto y la escuela histórica que ustedes representan?

AS: La “Nueva Historia” surgió a finales de los ochenta con la publicación de los libros de Benny Morris, Ilan Pappe y el mío en el contexto de la guerra israelo- libanesa de 1982. Durante este período, llovían las críticas sobre la responsabilidad de Israel en este conflicto y aumentaban las disensiones políticas  sobre la forma en que Israel llevó a cabo la guerra. El consenso nacional finalmente estalló en torno a la teoría de ausencia de alternativa, la de que Israel no tenía más remedio que intervenir de ese modo para salvaguardar su seguridad. Este clima ha abierto una brecha para examinar el pasado de Israel, su historia. Nuestros libros se publican. La primera reacción fue muy hostil. La gente estaba conmocionada. Se hacían dos cargos principales contra los nuevos historiadores. Una criticaba la metodología utilizada en nuestros libros: se nos acusó de utilizar fuentes poco académicas. Otra nos acusaba de no haber cumplido con las convenciones universitarias y guiarnos por objetivos políticos. El título del libro publicado por el intelectual  israelí Efraim Karsh resumió la crítica: habíamos fabricado la historia [Fabricating Israel’s History: The New Historians. Londres, Frank Cass and Co, 1997].

Sin embargo, tras esta reacción hostil inicial, prevaleció una actitud más matizada. Nuestros libros fueron revisados  y muchas de nuestras reivindicaciones han sido asimiladas en la discusión general. Lo que se consideraba inicialmente subversivo ahora forma parte de los conocimientos compartidos. Si la revelación de Benny Morris, a saber, que en 1948 Israel expulsó a los palestinos, fue recibida inicialmente como una herejía, con el tiempo es admitida. Morris ha mostrado pruebas convincentes y nadie podía desafiar sus afirmaciones. A partir de entonces,  se han escrito nuevos libros siguiendo la dirección de los nuevos historiadores.

La nueva historia ha tenido un impacto modesto en cuatro ámbitos. En primer lugar, permitió a los israelíes a comprender cómo los árabes veían a Israel y su pasado. En segundo lugar, ha dado a los árabes, especialmente los palestinos, una historia real, documentada y fiable, en contraposición a la propaganda tradicional de la víctima que prevalecía antes. En tercer lugar, ha servido para alentar el surgimiento de una nueva historia palestina, ejemplificada por el trabajo de Rashid Khalidi, que ha revisado la historia de Palestina durante el período del mandato británico con la misma metodología y los mismos archivos que los nuevos historiadores israelíes. En cuarto lugar, se ha creado en ambos lados  un clima propicio para avanzar en el proceso de paz mediante la promoción de la comprensión del pasado y del reconocimiento mutuo, así como de una mayor comprensión del sufrimiento de los palestinos.

Después del fracaso de las negociaciones en Camp David, en las que Ehud Barak forjó un nuevo mito -el de la ausencia de un socio palestino para negociar la paz- la opinión pública israelí se ha vuelto menos receptiva a nuevas interpretaciones. Regresamos a las posiciones fundamentalistas y chauvinistas en las que prevalecen dos soluciones: o los expulsamos o nos expulsan. Esta polarización, en última instancia, margina  y deslegitima  a los nuevos historiadores, a los que ahora se ve como enemigos del estado.

Personalmente, no me siento preocupado por este ostracismo. Uno de los objetivos de mi trabajo como historiador es influir en la opinión pública, y aunque mis interpretaciones acaben por no interesar a nadie, voy a seguir estudiando la historia de la misma manera. Por otra parte, creo que la relación entre la historia y la política no es estática ni simple. Es móvil y caótica. Por tanto, de la misma manera que la primera guerra del Líbano fomentó un clima receptivo a la nueva historia de Israel, creo que en el futuro, cuando ambas partes estén en paz, podrán surgir nuevas interpretaciones de la historia. Hoy en día, cuando la crisis en Oriente Medio se ha convertido en real y endémica, es importante escuchar las voces divergentes. Mientras Israel se niega aún categóricamente a reconocer los derechos nacionales de los palestinos, esas voces deben continuar siendo oídas, para preservar la posibilidad de una futura reconciliación.

HL: Yo añadiría que muy a menudo un acuerdo político se acuerda en términos políticos, es decir, en términos de territorio, de acceso a los recursos, de  seguridad militar … En general, un tratado político no incluye una interpretación del pasado. Por ejemplo, cuando el Tratado de Versalles hizo responsable a Alemania de la Primera Guerra Mundial, la acusación se entendía más en términos de responsabilidad jurírica que en términos de responsabilidad histórica, simplemente porque los negociadores eran abogados.

Sin embargo, la cuestión de la historia me parece ahora inseparable de la solución política. Las conversaciones de Taba de enero de 2001 ilustran claramente este hecho: por primera vez se utilizaron relatos históricos en el contexto de una discusión política. Las actas de Taba, tal como las registró el representante europeo, estipulan específicamente que no hubo acuerdo sobre los relatos concurrentes de 1948,  incorporando la idea de que una solución política debe abordar la cuestión del pasado .

Creo que la solución política, si llega algún día, deberá seguir este camino, es decir, reconocer que muchos acontecimientos ocurridos en 1948 han afectado a los actores. Obviamente, no es que la política tenga que dictar la labor de los historiadores. Pero es igualmente obvio que los historiadores tienen un papel que desempeñar en la solución política, en la medida en que proporcionan los materiales necesarios previos al acuerdo. Esto vale más en general para los intelectuales. No están ahí para dictar las acciones de los políticos -un viejo sueño del filósofo-rey desde Platón- sino para darles ideas, conceptos e instrumentos. A los políticos corresponde usar estos materiales. Nuestros campos de acción son diferentes.

AS: Estoy totalmente de acuerdo con este punto de vista del papel de la historia, de los historiadores y de los intelectuales. Estos últimos aportan ideas, amplian el marco conceptual, lo que contribuye tanto a identificar mejor los problemas como a ofrecer soluciones concretas.

Puedo recordar una anécdota que ilustra este punto de vista. Una vez le pregunté a mi amigo Shlomo Ben Ami, ex profesor de historia en la Universidad de Tel Aviv, negociador en Camp David y Taba y ministro del gobiernode Ehud Barak, si pensaba que los nuevos historiadores habían ejercido alguna influencia en las negociaciones. Me contestó que habían desempeñado un papel importante en ambos lados, ya que durante las negociaciones en Camp David y Taba, la delegación palestina había traído bajo el brazo  las pruebas históricas halladas por los nuevos historiadores sobre la Nakba, es decir, la expulsión de los palestinos en 1948. Dado el contexto de los acontecimientos de 1948, los miembros de la delegación consideraron que lo que pedían no era irrazonable ni escandaloso. Yasser Arafat solía decir: “No estamos pidiendo la luna”. El trabajo de los nuevos historiadores alimentó los argumentos de los palestinos exigiendo justicia.

Del mismo modo, los hechos presentados por los nuevos historiadores estaban presentes en las mentes de los israelíes. Lo admitan o no, los responsables israelíes presentes en Camp David y Taba estaban influenciados por su trabajo y por el clima intelectual que propició.

HL: Yo añadiría que la influencia de la escuela histórica israelí, entre los que Avi Shlaim es uno de sus representantes más eminentes, es bien conocida en el Oriente Medio. En primer lugar, porque los árabes, muy abiertos al bilingüismo con el inglés, e incluso trilingües con el francés, leen sus libros -además, muchos se han traducido al árabe, en ediciones piratas.

Si en 1967 el desconocimiento de las realidades israelíes prevalecían del lado árabe, eso es menos cierto en la actualidad. Los ejemplos que ilustran esa evolución abundan. Los estantes de las librerías árabes, que por supuesto contienen a veces lo peor -literatura anti-semita- también exponen muchos libros sobre este tema, a menudo traducidos del hebreo o del inglés, escritos a veces por los israelíes. La película Vals con Bashir (Ari Folman, 2008), actualmente prohibida en el Líbano -pues está realizada por israelíes- todavía circula ampliamente en este país en una copia pirata. Todos los académicos franceses u occidentales especialistas en la región del Oriente Medio lo han experimentado: tenemos un montón de preguntas sobre la realidad de Israel de nuestros interlocutores árabes. A lo que hay que añadir que internet ha cambiado dramáticamente las cosas, ya que proporciona un conocimiento de primera mano. Miles de personas visitan el Haaretz y el Jerusalem Post en inglés. Hace diez o quince años no era técnicamente imposible o estaba prohibido políticamente. Hoy en día, muchos periódicos árabes, como el diario libanés An Nahar, ofrecen una revista de prensa de los periódicos israelíes. Algunos incluso abren sus columnas de “opinión” a escritores israelíes   -al menos en la prensa en inglés en el mundo árabe, en Beirut o en el Golfo, aunque no se dice que el autor es israelí. ¿Qué influencia podría tener sobre las representaciones colectivas? Sobre el terreno, es una experiencia cotidiana ver que el gran conocimiento árabe de la sociedad israelí. Este nuevo fenómeno merece atención, aunque en los circuitos árabes  encontremos -sin duda- un poderoso anti-semitismo inspirado en la literatura europea del siglo XX.

Esprit: No son demógrafos, pero ¿creen que la demografía influirá en la situación en Israel y Palestina? Me refiero no solo a las diferencias demográficas entre israelíes y palestinos, sino también al cambio de la demografía israelí, donde hemos visto los efectos de las recientes olas de inmigración, especialmente de Rusia.

AS: La demografía es algo extremadamente sensible en el conflicto árabe-israelí. Combinada con la religión y la política,  puede dar lugar a situaciones explosivas. Se trata de un factor a largo plazo que subyacente al conflicto e  influye en el comportamiento de ambos bandos. En Israel, en especial, la gente tiene miedo de que la tasa de natalidad entre los palestinos sea mucho mayor que la de los israelíes -incluyendo los territorios ocupados. Así, Israel se refiere a menudo a la “bomba demográfica” que supone el crecimiento de la población de los palestinos, lo que podría hacer “explotar” el país. Rechazo ese término, que se refiere a una noción racista. Como israelí, no tengo ningún problema en que los palestinos vivan en sus tierras y tengan tantos hijos como deseen. Esto no es un problema. Pero los israelíes lo consideran una amenaza para el carácter judío de Israel.

Es este miedo a la demografía es lo que llevó a Ariel Sharon a retirarse de la franja de Gaza. En efecto, Ariel Sharon y Ehud Olmert, después de revisar la situación, llegaron a la conclusión de que Israel no podía mantener indefinidamente el control de los territorios ocupados en Gaza, precisamente debido a la demografía palestina. No han abandonado su sueño sionista del Gran Israel, sino que han tratado de limitar sus ambiciones a un proyecto realista a largo plazo. Por otra parte, la construcción del muro que rodea Cisjordania encaja en su lógica realista, porque lo ven como una forma de garantizar la supervivencia de Israel.

Quiero hacer hincapié en algo muy importante sobre la retirada de Gaza en 2005. Esta retirada no fue un acuerdo con las autoridades palestinas, pero una medida unilateral, llevado a cabo para los intereses nacionales de Israel. Fue un preludio para volver a trazar unilateralmente las fronteras del Gran Israel, sin diplomacia, sin acuerdo y sin negociaciones con líderes palestinos.

En resumen, creo que la demografía exige que los líderes israelíes reducido el nivel de ambiciones territoriales de Israel. En 1948, el movimiento sionista consiguió su verdadero estado judío y así permaneció hasta 1967. La victoria de 1967, poniendo el asunto de las fronteras del sionismo, fue un desastre para el movimiento sionista. Este problema de las fronteras y la expansión del sionismo ha secuestrado los valores. La colonización fue un problema para los palestinos, sino que también cambió la sociedad israelí. Cambió para peor. Y ahora estamos en una encrucijada entre un Israel que se mantiene dentro de sus fronteras reconocidas internacionalmente y un Israel que quiere ampliar aún más sus fronteras. Todo lo que sabemos es que este gobierno no reconoce el derecho de los palestinos a la independencia, que prohíbe la solución de dos estados. Nadie lo sabe, además, no lo que quiere de las fronteras de Israel. Así pues, sólo preguntas abiertas hoy, que no sabemos las respuestas.

HL: De acuerdo con la expresión bien conocida de Leví Eshkol en 1967, “quería que Israel la dote, pero no la novia.” La dote era el territorio, la novia, fue la población.

Dicho esto, los estudios demográficos muestran un debilitamiento más reciente de la tasa de natalidad palestina. Al mismo tiempo, indican una tasa de natalidad muy alta en los asentamientos judíos en Cisjordania, debido tanto a los colonos fundamentalistas y por la pirámide de edades, ya que su población es joven. Tenga en cuenta que este fenómeno es independiente de la llegada de nuevos colonos.

Esto plantea la cuestión muy grave, cada vez que uno trata de hablar de un congelamiento de los asentamientos en las negociaciones, la preservación de crecimiento natural. Ahora es el crecimiento natural es ahora la principal fuente de crecimiento de la población de los asentamientos en Cisjordania. Esta inversión del problema demográfico es muy serio punto de vista político.

Tradicionalmente, es comúnmente aceptado que el envejecimiento de la población de un país es menos belicosa, menos centrado en la violencia como un país donde la población es joven. Si Europa tiene una cultura de paz es, probablemente, en aras de la reconciliación histórica, el compromiso de no repetir errores, pero también, simplemente porque la población europea es una población que envejece. En general, hoy en día vemos a personas de Oriente Medio en la transición demográfica va a un envejecimiento más rápido, con variaciones regionales relativamente fuerte. Durante mi primera visita en el Oriente Medio árabe, hay cerca de treinta años, las calles de ciudades como Amman o Damasco enjambre de niños. Pero hoy, veo mucho menos. En última instancia, este envejecimiento que, en diez, veinte o treinta años, reducir el potencial de violencia en la región. La implicación política de estos cambios es otro asunto, ya que cada vez que pasamos la estructura a la situación en las ciencias sociales.

También creo que uno de los mayores problemas se encuentra en la composición interna de la sociedad israelí. Hoy en Israel hay más y más personas que no son ni Judios ni los árabes. Por otra parte, la población de inspiración religiosa tiende a ser más importante, ya que es más hijos que los laicos. Estos cambios serán muy difíciles de tratar para la sociedad israelí.

Estas realidades son igualmente presente en el mundo árabe. Por ejemplo, la cuestión del matrimonio civil se produce tanto en Israel y los países árabes de la región, como el Líbano. Entre sí y se cruzan, de hecho, curiosamente, en Chipre, donde las parejas y las parejas israelí del Líbano se contraerá un matrimonio civil. Estas son las conexiones inesperadas!

El resto todavía está marcada por relaciones de poder, por lo que el poder de fuego, sin relación con el factor demográfico. Los círculos viciosos en su sitio y bloqueo de los actores. Así, Israel cree que necesita un poder de disuasión, pero la barra de rótula constituye una amenaza para sus vecinos árabes. Para compensar este desequilibrio, se arman, dar a Israel un fuerte incentivo para aumentar su poder de disuasión. Por lo tanto la carrera armamentista en la región. Ya no sólo afecta al primer círculo de sus vecinos árabes, sino que se extiende a toda la región, ya que implica el Irán de hoy.

AS: Estoy de acuerdo con la idea de un círculo vicioso. Israel tiene un monopolio nuclear que amenazaba regionales y una vez que Iraq es ahora Irán. Y cuando Irán aspira a tener capacidad nuclear por las mismas razones, Israel dijo que es inaceptable, es un grave peligro para la región, no puede permitir que eso suceda y quiere actuar en la prevención. Tenemos aquí un problema fundamental para la seguridad regional e internacional. Cada una de las dos fuerzas que toca su propia música, con su función de apoyo. Pero el problema es que las potencias occidentales están aplicando una doble moral. Ellos nunca han tomado una posición sobre el armamento nuclear israelí, sino que actuaba en las supuestas armas de destrucción masiva en Irak. Hoy en día, quieren prohibir que Irán posea armas nucleares. Este ejemplo ilustra la capacidad de las potencias occidentales para desestabilizar el juego regional, haciéndose pasar por un árbitro. Pero en el mundo árabe, el papel que se otorga no es aceptado por su complacencia hacia Israel.

En retrospectiva, vemos que Israel es la victoria de hoy porque ha manipulado con éxito por las potencias extranjeras. Desde el colapso de la Unión Soviética, sólo hay una superpotencia. Sin embargo, la superpotencia no es objetivo en su política en Oriente Medio, ya que está influida por Israel y sus amigos en Washington.

Yo diría que todas las guerras desde 1967, y en especial la de junio de 1967, no eran necesarias. Que se iniciaron ya sea por parte de Israel, con el apoyo tácito de Estados Unidos o América, porque ella sentía que era algo bueno para Israel. La última guerra en Irak es un buen ejemplo de este segundo escenario. Estados Unidos fue a la guerra en Irak que todavía no constituyen una amenaza para Estados Unidos, pero esta intervención ha sido muy útil para la seguridad de Israel. En términos más generales, la historia de la región desde la Primera Guerra Mundial muestra cómo la importancia geopolítica dada a Israel en el procheorientale política es desproporcionada.

HL: Me gustaría ser menos categórica acerca de las responsabilidades. Estamos en las relaciones de poder muy complejo. No es el informe de la fuerte a débil, sino también la relación de los débiles a los fuertes. Significa exactamente lo que este conflicto como un conflicto de baja intensidad. ejércitos modernos acumulan colosal poder de fuego totalmente. El hecho es que un guerrillero bien establecido en una población es una vergüenza continua de la seguridad. Estas inversiones son muy característicos de la región.

Esta constatación viene a subrayar la importancia de la labor de los historiadores. El campo de batalla no es sólo entre Palestina e Israel. También incluye la opinión pública del mundo exterior, ya que el sentimiento predominante puede ser una traducción política dentro de grupos de actores fuera de la región. Tenga en cuenta a este respecto que la experiencia histórica puede predisponer a diversos grados de empatía. Por ejemplo, la opinión pública en la Europa continental, que experimentó un episodio de la ocupación y la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, se inclina más a percibir la realidad de las regiones del mundo palestino y otros que no han tenido esta experiencia – como es el caso en Gran Bretaña. Tenga en cuenta también que la presencia de grandes poblaciones de origen musulmán y árabe en Europa creó una intensa interacción con el conflicto árabe-israelí – que no es el caso en América del Norte, por ejemplo. A veces, cuando los políticos están interesados en un electorado musulmán o árabe, esta presencia puede tener políticas de las traducciones. Por el contrario, los Estados Unidos, los políticos reflejan un cierto grado de votantes judíos. En resumen, la opinión pública occidental no sólo son testigos de la historia sino que también son actores que influyen en la política de su país. Hoy en día, cualquier episodio de violencia en Palestina se refleja inmediatamente en Francia. Y el gobierno francés debe reflejar esta realidad, independientemente de los cálculos racionales de las relaciones internacionales. No puede ser pasiva. En este contexto, los libros que producimos como historiadores del conflicto en la opinión pública interactuar y cuando cumplan con una sed relativamente fuerte de los conocimientos sobre el tema. Basta con mirar el número de publicaciones y debates sobre el tema.

AS: Una última observación. Hay un punto de vista, es decir “hacer tabla rasa del pasado” y seguir adelante ahora. Este punto de vista completamente irreales. Es necesario conocer y comprender el pasado para seguir adelante. Desmond Tutu, ha dicho en el contexto de África del Sur: “Tenemos que saber lo que pasó, para saber que debemos perdonar.” Es lo mismo para el conflicto palestino-israelí. Tenemos que entender lo que sucedió en 1948 y después, para seguir adelante.

HL: Yo añadiría que si se organiza como una justicia de transición en Sudáfrica por el momento parece inconcebible en la región de Oriente Medio, el trabajo de los historiadores siguen proporcionando sustitutos y sustituir este tribunal.

Anuncios