El libro digital

El portal nonfiction publica un especial sobre este asunto. En él se incluyen:

* Une introducción de Rémi Mathis  (“Le mépris du lecteur“) sobre la reacción del lector común.

* Un análisis jurídico del contrato de edición, a cargo de  Lionel Maurel.

* Una reflexión de Mathieu Pérona sobre el precio de esos libros.

* La razonada queja de Constance Krebs, en cuya opinión es una lástima que el soporte digital sea una simple copia del libro en papel y no aproveche  las bondades interactivas de las nuevas tecnologías.

A todo ello hay que añadir una reseña del volumen de Alain Jacquesson Google Livres et le futur des bibliothèques numériques (París, Cercle de la librairie, 2010).

La reseña la realiza Vincent Giroud, lo cual es garantía de calidad:

No sólo es normal, sino saludable e incluso esencial, que el ambicioso proyecto de biblioteca digital universal anunciado por Google a finales de 2004 provocara el debate. Lamentablemente este debate  inmediatamente tomó en Francia un giro polémico atizado por un anti-americanismo furioso en el que políticos y altos funcionarios franceses recaen con demasiada frecuencia. Por tanto, damos la bienvenida a la publicación de un libro no partidista cuyo propósito es informar a los lectores acerca de la historia del proyecto, elaborar un balance provisional y presentar los problemas -técnicos, conceptuales, legales- que plantea. No había nadie mejor calificado para llevarlo a cabo que Alain Jacquesson: ex director de la Escuela de Biblioteconomía de Ginebra, de su red de bibliotecas municipales  y finalmente de la biblioteca de la ciudad, ha dedicado varios libros a la cuestión de la informatización de las bibliotecas y las bibliotecas digitales.

Como el autor señala acertadamente, Sergey Brin y Larry Page, fundadores de Google, son investigadores e inventores antes de empresarios: la compañía que fundaron en 1998 –  cuyo nombre , nos recuerda, es resultado de la confusión ortografica sobre “googol”, término fantástico acuñado en 1938 por el joven sobrino del matemático Edward Kasner para designar el número uno seguido de cien ceros – salió de sus proyectos de tesis en ciencias de la computación en la Universidad de Stanford. La idea misma de la biblioteca digital universal brota naturalmente del objeto de Google: “organizar la información mundial y hacerla universalmente útil y accesible”. Esta enorme ambición, que ojalá se cumpla, tiene la ventaja de contar con unos medios técnicos y un diseño global que supera, al margen de sus méritos individuales,  todos los proyectos previos de biblioteca digital -el Proyecto Gutenberg, que comenzó en la década de 197o-, los cuales ha estudiado Jacquesson con más detalle en su libro Bibliothèques et documents numériques (París, Éditions du Cercle de la Librairie, 1999). Por tanto, con pleno conocimiento de causa y con una herramienta más poderosa, Larry Page tuvo un primer contacto en 2002 con la biblioteca de su alma mater, la Universidad de Michigan. Se negociaron silenciosamente contratos con Stanford y Harvard, y luego con la Bodleian y con la biblioteca pública de Nueva York, antes de que fuera formalmente difundido en un comunicado de prensa de diciembre de 2004, que se llamaba entonces, no muy claramente, “Google Print for Libraries”, antes de convertirse en Google Books.

Inmediatamente denunciado por Jean-Noel Jeanneney, el entonces presidente de la Biblioteca Nacional de Francia, en un artículo en Le Monde en enero de 2005, y luego en un folleto con tintes  gaullistas del que nos ocupamos aquí, como una empresa del imperialismo cultural destinada a imponer a través de Internet una “visión estadounidense del mundo,” la colección de libros de Google ya cuenta con socios en varios países: Alemania, Bélgica, España, Francia, Italia, Japón, el Reino Unido. La propia BNF, ahora dirigida por Bruno Racine, entró en conversaciones con Google, con la bendición, al parecer, de Christine Albanel, aunque no haya sido anunciado oficialmente el acuerdo tras haberse hecho cargo del asunto el gabinete de Frédéric Mitterrand.

Uno de los temas principales de cualquier biblioteca digital, si no el más imporante, se llama control bibliográfico, es decir, la calidad, la exactitud, la precisión, la exhaustividad y (criterio importante para una biblioteca global) la coherencia de los llamada “metadatos” que están detrás de cada imagen y que permiten identificar con seguridad todo lo que buscamos y nada más que lo que buscamos. Es probable que Google ha subestimado la magnitud y la complejidad del problema. Lo resolvió parcialmente aliándose en 2008 con el catálogo colectivo OCLC (WorldCat), alimentado inicialmente por las bibliotecas de EE.UU., para crear un vínculo entre sus registros y los libros de Google. Pero hay que reconocer que Google – ncluso OCLC, precioso instrumento pero no  perfecto- todavía tiene un largo camino por recorrer para controlar un problema que las grandes bibliotecas del mundo están lejos de haber dominado, como se muestra, por ejemplo, en la insuficiencia crónica de las búsquedas por materia en el catálogo online de la BNF.

Un segundo y gran problema, técnico y no intelectual esta vez, es pasar las imágenes escaneadas a modo de texto, antes de la indexación de su contenido. Ahora bien, si el proceso de reconocimiento óptico de caracteres (OCR) es muy fiable en obras recientes, cuanto más se retrocede en el tiempo más sorpresas se acumulan. Jacquesson  cita un ejemplo revelador, y particularmente desastroso, relativo a la tercera edición del Théâtre d’agriculture de Olivier de Serres (pág. 172). Se observa a primera vista que el mas reciente software utilizado por Google es incapaz de distinguir entre una  “s” larga y una “f”. Para una biblioteca universal que tiene como principal riqueza, teniendo en cuenta las cuestiones jurídicas,  su fondo antiguo, una deficiencia tan grave es inquietante. Para los proyectos basados en la transcripción de documentos antiguos -el Text Creation Partnership de la Universidad de Michigan, en conexión con la base de datos Early English Books Online-, la pregunta es quién puede creer seriamente que carecerán de errores. En ese sentido, la digitalización no es tan diferente de las migraciones de un soporte a otro a lo largo de la historia (del papiro al pergamino, del volumen al códice, de los manuscritos unciales a la minúscula carolingia, del libro manuscrito al libro impreso …).

El problema jurídico es, obviamente, el que hace correr más tinta (y enrique a un buen número de abogados).  Jacquesson presenta de forma simple esta cuestión compleja, que no trataremos de resumir aquí.  Se trata de dos conceptos diferentes sobre la protección de las obras publicadas. En la tradición anglo-americana, la de la Copyright Act de 1710 y de la Constitución de los EE.UU., lo más importante es el progreso de la ciencia y las artes, y la disponibilidad y la libre circulación de obras promovida por Google Books en esta dirección . Ciertamente, bajo la presión de los principales editores de Nueva York, por un lado, y los productores de cine californianos, por el otro, el Congreso estadounidense amplió en 1998 la duración de la protección, pasando de 50 a 70 años tras la muerte del autor  (95 años para películas, musicales y otros), pero los Estados Unidos ponen en 1923 el límite a partir del cual cesa la protección [es decir, lo publicado antes de 1923 no está protegido por derechos de autor], mientras que en Europa eso se fija en 1868. Característica es la reacción de Robert Darnton, ahora director de la biblioteca de Harvard, y muy crítico frente a Google, pero que aboga por un corto plazo de protección. En Europa, sin embargo, está claro que la cosa va en dirección opuesta, situación complicada por la adición de la “excepción cultural” como derecho moral, supuestamente perpetua y fuente de mucho abuso. Hay una diferencia filosófica fundamental, que no lleva camino de resolverse y que también subyace en la controversia jurídica a ambos lados del Atlántico, sobre el estado de las llamadas obras huérfanas, aquellas cuyos propietarios han desaparecido o cuyo paradero se desconoce. En el estado actual de cosas, Google funciona a dos velocidades: los usuarios de EE.UU. tienen acceso a una multitud de documentos que, en Europa, brillan por su ausencia. Y en términos de investigación son, de nuevo, los europeos los que pierden.

En un mundo en donde todo cambia cada vez más rápido, obviamente, nadie puede predecir qué lugar ocupará Google Libros dentro de diez o veinte años. Como subraya Jacquesson, primero debemos reconocer que este gran proyecto -aunque ahora esté generando, hay que admitirlo, más frustración que satisfacción-  ha estimulado y renovado completamente la percepción de la naturaleza y los problemas de la biblioteca digital. Es legítimo preocuparse por una posible situación de monopolio de hecho, cuya principal preocupación sería que Google no cumpliera o se convirtiera en un servicio de pago si fallaran sus ingresos publicitarios.  En cualquier caso, y antes de indignarse, Francia haría  bien en recordar que el acceso a la Biblioteca Nacional, aunque subvencionado por el contribuyente, está lejos de ser gratuito (a diferencia de la Biblioteca del Congreso o la Británica). ¿Y quién sabe qué harán los usuarios? Google domina el campo, pero no es -nos recuerda Jacquesson- la única biblioteca digital (p.e., Hathi Trust Digital Library). A mayor competencia, Google se verá obligada a mantener la competitividad con la calidad y la gratuidad de sus servicios. En este ámbito como en otros, el mercado es infinitamente más beneficioso para los investigadores que el proteccionismo cultural.

Solo podemos evocar, aunque brevemente, las principales cuestiones que plantea este libro,  una lectura recomendada para cualquiera que desee una presentación objetiva de uno de los grandes debates de nuestro tiempo.

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Una respuesta a “El libro digital

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