Feliz Navidad!

Felicidad y Navidad deben rimar. Así que, ante tal obligación, nos ponemos a reflexionar sobre el asunto. Tom Jacobs, por ejemplo, señala cómo los científicos sociales han venido documentando, analizando y comentando la mercantilización de la fiesta, ligada al consumo masivo. Ya en un texto de 1962, el historiador social John Alfred Ralph Pimlott lo llamaba “la paradoja de la Navidad”.  Russell Belk, profesor de la York University, es probablemente quien más ha investigado sobre el tema, señalando en 1993 que al menos cuatro de los pecados capitales que el cristianismo criticaba son hoy venerados en las celebracione:  gula,  lujuria,  envidia  y avaricia.   Sin embargo, agrega,  hay poca amenaza real a la condición sagrada de la Navidad, principalmente debido a la interconexión creciente entre los valores cristianos y los de los patrocinadores comerciales: amor,  familia y generosidad se predican desde el púlpito y se incorporan en la publicidad.

Jib Fowles, profesor en la Universidad de Houston-Clear Lake, va más lejos. En un libro publicado en 1996 argumentó que la Navidad no fue muy celebrada en el ámbito anglosajón hasta la industrialización del Ochocientos.   Cuando la fiesta resurgió  fue utilizaba para regalar los bienes que se tenían a mano -los manufacturados.  La no celebración inicial en los Estados Unidos se remonta a los puritanos. La colonia de Massachusetts declaró en 1659 que cualquier persona que se tomara tal fiesta estaría sujeta a una multa.

A medida que las actitudes occidentales se extendieron por todo el mundo, los estudiosos musulmanes empezaron a preocuparse también por la comercialización del Ramadán. En un estudio realizado en 2006, Ozlem Sandikci y Sahver Omeraki (Universidad Bilkent, Ankara) examinaron el asunto y no encontraron ninguna razón para alarmarse. En cambio, publicaron un estudio en Advances in Consumer Research señalando la emergencia de un híbrido de tradiciones turcas y occidentales  que combina distintos símbolos, valores y creencias religiosas con la ética del consumo mundial. Por supuesto, la figura de Santa Claus se lleva la palma.

Importantes son también las coloridas decoraciones, que despiertan sentimientos navideños:  calor, alegría y, por supuesto, desdén por lo pegajosas que son  las clases bajas.  Al menos  ese es el caso de Gran Bretaña, según los geógrafos Tim Edensor y Steve Millington de la Universidad Metropolitana de Manchester. En un texto de 2009 titulado “Illuminations, Class Identities and the Contested Landscapes of Christmas” afirman que encadenar luces multicolores en el exterior de las casas – una práctica muy popular en los EE.UU. desde los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial – se ha extendido al Reino Unido en las últimas dos décadas.

“Mientras los distritos residenciales de clase media se iluminan de forma modesta con elegantes luces blancas y azules, el colorido extravagante invade los de la clase trabajadora”. Elementos festivos como “estrellas, trineos, muñecos de nieve, campanas y paquetes” han “transformado el paisaje nocturno urbano británico, causando una gran controversia, que se refleja en el término despectivo Chav bling” (una especie de roñoso y bronco proletario).

Para estos “chavs”, tales decoraciones les proporcionan “un estatus y un sentido positivo de identidad social” dentro de sus comunidades. Y de la comunidad es de lo que esta práctica trata a ambos lados del Atlántico.  Como Brian Murray señaló en 2006 las luces de Navidad se convirtieron en populares en gran parte debido a su capacidad de transmitir una sensación de  pequeña comunidad dentro de una ciudad hostil llena de extraños. De ahí el éxito de los concursos de decoración luminosa,  muy populares en la década de 1950,  que proporcionaban una oportunidad única de obtener un sentimiento de participación dentro de sus grandes e impersonales  comunidades.  Y esa dinámica sigue funcionando.

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Pero, ¿es eso la felicidad? ¿Navidad, felicidad, banalidad? Todas riman. Fendrich Laurie se pregunta incluso si eso no ha llegado igualmente a las ciencias blandas, con estudios que rayan en lo banal.  Tomemos, dice, a dos psicólogos de Harvard cuyo estudio ha sido reseñado por John Tierney en The New York Times. En su trabajo, utilizan una aplicación para el iPhone llamada “trackyourhappiness”, con la que recopilan datos sobre lo que hace feliz a la gente. Su investigación abarca un enorme número de respuestas de más de 2.000 personas a las que se preguntaba cómo se sentían, lo que estaban haciendo y lo que estaban pensando. Visto así, el resultado no era de extrañar: tener relaciones sexuales ganó por un amplio margen, con una puntuación de 90 (de 0 a 100). Desplazarse y trabajar obtuvieron las puntuaciones más bajas.

Los investigadores no se contentaron con dejar las cosas como estaban. Decidieron llegar a la gran conclusión de que ser feliz viene de la concentración humana. La persona  que le da por pensar en otras cosas, en lugar de centrarse en la actividad inmediata, es infeliz. La persona que se centra en lo que están haciendo, por el contrario, está contenta. De acuerdo con John Tierney, “fuera lo que fuera lo que estaba haciendo, ya fuera practicar el sexo o leer o ir de compras, la gente tendía  a ser más feliz si se centraba en esa actividad en lugar de pensar en otra cosa”. Por supuesto, añade Laurie, el hecho de que el tipo de felicidad que se baraja en estos estudios se asemeje al tipo de felicidad de un niño de guardería, que la encuentra en comer galletas, no parece molestar a los investigadores.

Moraleja: si te gusta lo que estás haciendo lo suficiente para centrarte en ello, serás más feliz que si no te gusta lo que estás haciendo lo suficiente para centrarte en ello. Y el resto, ¿deberíamos alarmarnos?  No se preocupen. Hay otros psicólogos de nuestro lado. Por ejemplo, Jonathan Schooler, de la Universidad de California en Santa Bárbara, cuya investigación demuestra que “la felicidad momentánea no es la única razón para hacer algo”. Ahí tenemos un pensamiento para reflexionar.

Todas estas obvias conclusiones sobre la felicidad me hicieron muy infeliz, añade Laurie, lo cual le hizo divagar hasta llegar a Aristóteles. El filósofo ofreció unas palabras sobre la felicidad que, en su humilde opinión, los psicólogos harían bien en tener en cuenta. Comienza con la sencilla perogrullada de que el objetivo de la vida humana es la felicidad. A continuación, se pregunta por lo que nos hace diferentes de las bestias, concluyendo que lo que nos hace humanos es nuestra mente. De ese modo, el ser humano más feliz  es el que ejercita su mente de la mejor forma posible. Aristóteles explora otras grandes verdades, como la importancia de la amistad para la felicidad, el enigma de si una vida feliz que termina en trágica pérdida se puede decir que sea feliz  y el hecho de que somos lo que hacemos. La felicidad, entonces, proviene de cultivar hábitos excelentes -o, como Aristóteles dice: “porque una golondrina no hace verano, ni un solo día, y así tampoco hace venturoso y feliz un solo día o un poco tiempo” (Ética a Nicómaco).

Estoy muy feliz ahora mismo, reconoce finalmente Laurie. Debido a que mi mente vagaba mientras leía los novedosos estudios en el campo de la psicología, mi tristeza se ha disipado. Por suerte, me acordé de Aristóteles.

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Pues eso, felicies fiestas navideñas!

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