África descolonizada

Norbert  N. Ouendji entrevista a Achille Mbembe para el portal Mediasfreres. El motivo: la aparición de su libro Sortir de la grande nuit. Essai sur l’Afrique décolonisée (La découverte, 2010).

Usted convoca al continente a “salir de la gran noche.” Su estado de somnolencia le preocupa. Y a lo largo de su nuevo libro se une a Fanon invitando a los africanos a “mirar más allá” de Europa si “quieren ponerse de pie y caminar” …

Se trata simplemente de señalar que ante nuestros ojos está tomando forma unnuevo escenario mundial. Europa ya no es el centro de gravedad, aunque sigue siendo un jugador importante en la vida internacional. Plagada de narcisismo y herida en su orgullo perdido, ahora se vuelve sobre sí misma, y los africanos  pierden el tiempo si quieren erigirla como modelo o se enfrascan con ella en disputas de otra época.

Por contra, en la propia África donde deben redescubrir los recursos de su regeneración, su centro, su columna. Eso no es el equivalente aun retorno a no sé qué antiguas costumbres. África necesita para reconstituirse en tanto fuerza propia. Es desde su propia fuerza que negociará con ventaja consigo misma y con el mundo – condición para crear algo nuevo, que sea una señal para la humanidad en su conjunto.

¿China tendrá algo que decir? Lo digo porque usted destaca que uno de los principales hechos del próximo medio  siglo será la presencia en África, del Imperio del Centro, muchas de cuyas inversiones ya son visibles en varios países africanos.

Para que las relaciones sino-africanas se conviertan en un factor positivo de su historia es necesario que los africanos pongan cuerpo y espíritu. Por ahora, este proyecto tiene una lógica de trueque, puramente extractiva, cuyo efecto es reforzar las bases materiales de los potentados locales y de las clases que los apoyan.

Usted desarrolla muy bien esta lógica en su libro. Entendemos que usted está hablando de los potentados locales son inertes frente a la gran África soñolienta que usted describe y denuncia. Pero lo que interpela al lector es la relación que establece entre esta situación y la colonización.

No ha ayudado. Desde todos los puntos de vista, el legado de la colonización fue mediocre. Sin embargo, los poderes poscoloniales no han hecho mucho más,  esos cuya pobreza de espíritu recuerda en muchos aspectos la de los maestros coloniales.

En este sentido, no es muy amable en lo relativo a Francia. Usted entiende que esta antigua potencia colonial “descoloniza sin auto-descolonizarse”.

La colonización francesa terminó y, de algún modo, se llevó a cabo una transferencia de poder. Esto no es lo mismo que “descolonización” , al menos si entendemos pos “descolonización” una propuesta radical de nuevo comienzo. Por otra parte, la colonización era una forma primitiva de dominación racial y uno no puede decir que ha descolonizado si, además, no ha desmantelado en su propia casa  la armadura psíquica y las estructuras materiales e institucionales que alimentan el racismo.

Sin embargo, precisamente la Francia de hoy – como de hecho gran parte de Europa – está atrapada en el torbellino de una gran lógica racial que no se avergüenza de declararse como tal.  El viejo país de los “derechos humanos” está poseído por un turbio deseo de provincialización y, tengo que decirlo aunque suene muy fuerte, por el espíritu de un demonio que todos conocemos -el demonio del apartheid. ¿Cómo comprender de otro modo este sueño loco de una comunidad pura, integrada por “nativos”, replegada sobre sus “tradiciones” y despojada de sus “extranjeros”? La instrumentalización desvergonzada del Islam, el tipo de guerra social emprendida contra los jóvenes franceses no blancos en los suburbios, la suerte de culturalismo grosero que se utiliza para dar cuenta de los problemas de discriminación, el odio cultivado contra los inmigrantes, las deportaciones de los más débiles y vulnerables, los proyectos de privación de la nacionalidad – todo eso, literalmente, apesta.

Las elites africanas siguen de cerca estos acontecimientos desafortunados  y yo no sé quién querría, en pleno siglo XXI, vivir bajo un régimen de constante acoso e intimidación diaria como el que fue el apartheid.

En su opinión, la descolonización es un proceso inacabado, así como la democratización. Usted habla incluso de una descolonización “ficticia”, dando la impresión de que los africanos tienen un largo camino por recorrer para contribuir positivamente a lo que llama  “la declosión del mundo”.

Entiendo por descolonización “ficticia” una descolonización sin democratización o, en el caso del África austral, sin “desracialización”. Es el tipo de descolonización en el que el dueño te da la casa pero se queda con el manojo de llaves.

Dicho esto, hoy la cuestión no es tanto luchar contra el ocupante extranjero como contra uno mismo. Por supuesto, las estructuras de explotación y de desigualdad a escala mundial todavía están ahí. Pero sus consecuencias son aún más desastrosas porque, a nivel interno, África es blanda y gelatinosa. Sus fuerzas se dispersan y su energía se disipa por la crueldad, el despilfarro y los desórdenes internos. Por lo tanto, debe construir su propio centro si quiere completar la descolonización. Este trabajo se ha de hacer en un contexto particular y arriesgado -el del fin de la globalización y el inicio de una balcanización progresiva de nuestro mundo.

Si, como usted dice, la descolonización ha sido “ficticia”, ¿cómo podemos justificar la celebración, en este año 2010, del quincuagésimo aniversario de la independencia?

Desde mi punto de vista, no hay nada que celebrar. En 1960, algunos países africanos se adelantaron a Corea del Sur. ¿Dónde estamos ahora, cincuenta años más tarde? Si estás desnudo, no engañarás a nadie tapándote con cuatro trapos.

Su trabajo aparece precisamente en el momento de esta celebración. ¿Es una contribución al debate o una mera coincidencia?

Se requiere un pensamiento crítico si queremos reabrir los caminos del futuro. Esta tarea fundamental no la hará nadie por nosotros. Mi libro es una contribución a este esfuerzo. Mi voz no es la voz de un maestro. Es la mía. Al mismo tiempo, apela a una tradición cuya herencia reivindica.

Esto explica también su indignación por el hecho de que, en muchos países, los nombres de algunos personajes importantes que lucharon por la “independencia” sigan siendo censurados en el discurso oficial. ¿Por qué no podemos dedicar un “lugar a los vencidos”, como en Sudáfrica?

Estamos gobernados por una especie de depredadores nativos cuyos comportamientos y acciones están en consonancia con las tradiciones de poder que existían en África en la época del comercio de esclavos. Los que nos gobiernan se comportan ante su país como ocupantes extranjeros. Tratan a su país como botín de guerra. Tienen una manera de comportarse en la vida cotidiana -una manera de hablar, una manera de vestir, de comer y beber, de mostrarse en público, de experimentar sensaciones, de disfrutar, de dilapidar su ingente riqueza, de encolerizarse, de tratar a sus enemigos – que muestra en todos los aspectos las cualidades de la bestia salvaje. La colonización alimentó en todos los aspectos esta tradición de salvajismo.

Es esta tradición de salvajismo la que, históricamente, explica la relación de los Estados negros con la muerte en general y, especialmente, con la muerte de aquellos que, a través de la lucha, han representado otras posibilidades de vida;  la posibilidad de una emancipación radical.

Ee el caso de Ruben Um Nyobe y de muchos otros que usted persigue. También diceque si usted está espiritualmente lejos de Camerún en gran parte se debe a que no quiere reconocer la existencia del cráneo de un pariente muerto o, dicho de forma general, por “el rechazo a dar sepultura y el destierro de los muertos que cayeron durante la lucha por la independencia y la autodeterminación”.

No es sólo el cráneo de Um, sino el de todos aquellos que murieron durante la lucha -Pierre Yém Mback, Félix Moumié, Abel Kingué, Osendé Afana, Ernest Ouandié, y una larga lista de personas que carecen de nombre y a veces de sepultura. Añadamos a los que han vivido bajo el signo de exilio y el destierro, que nuestro país no ha reconocido y ha perseguido en su momento  -Ndeh Ntumaza Abel Eyinga, Mongo Beti, Jean-Marc Éla y muchos otros.

No debemos, en medio de todo esto, olvidar a los que, a pesar de todo, han vivido de pie, dueños de sí mismos, a menudo en los márgenes, aquellos cuyo modelo de existencia, en medio de la niebla y el humo, siguen dando testimonio de lo que hubiéramos podido  ser.  Pienso por ejemplo en Fabien Eboussi Boulaga, una figura única cuyo pensamiento tendrá durante mucho tiempo su propio peso en la vida africana del espíritu.

Usted vivió en Francia, luego descubrió los EE.UU. y finalmente depositó sus maletas en Sudáfrica a finales del siglo XX. Sus mirada sobre cada uno de estos tres países es a veces apasionada y en ocasiones sorprendente. ¿Qué posos le han quedado? ¿Qué tipo de relaciones tiene en estos momentos con Camerún?

Sigo viviendo en la frontera entre Sudáfrica, los Estados Unidos y de vez en cuando Francia. he pasado la mayor parte de mi vida recorriendo el mundo. Me deslicé por cada uno de los lugares que he habitado con cierta reserva, de distancia y sorpresa. Eso es lo que me permitió asumir la cartografía inestable y movible de mi vida. De aquí para allá, me encontré con otra gente, otras lenguas, otros sonidos y otros mundos. Nacido en algún lugar, no pertenezco a ningún lugar como tal. He pasado la mayor parte de mi  vida abrazando la parte fragmentada de mi propia existencia, tomando desvíos y adoptando cosas a veces poco probables, para operar en los intersticios con el fin de dar una expresión común a cosas que a menudo se disocian. A Camerún lo  llevo conmigo, por una relación filial con los personajes que mencionamos hace un momento, convencido de que algún día, en el futuro, se hará justicia a su nombre y a lo que escribieron.

A la luz de ese testimonio que da a su libro un tinte autobiográfico,  ¿se puede decir que usted es el símbolo del ciudadano afropolitano cuya emergencia celebra en la mayoría de sus discursos?

Siemplemente es algo que me llega a partir de la experiencia obtenida en varios lugares. Cada uno de estos lugares es urdido en el tejido mismo de mi vida. Todo el mundo me ha dejado huellas que no puedo borrar. Cada una pudo haber sido, por sí misma, el mediodía y el atardecer de mi vida. Pero, en realidad, no me he acercado a nimguna más que desde el distanciamiento, la erección de una falla que necesito cuando la intento superar. ha sido en ese camino que aprendí a ser,  no “Negro”, sino simplemente un hombre-en-el-mundo.

Usted habla de una África que está ahora “en su mayoría poblada por transeúntes potenciales”. Usted dice que están tentados por la difícil aventura hacia  otro lugar donde sueñan con “reinventarse y volver a arraigar”. ¿Cómo triunfar en este escape frenético ante el proceso de una globalización que es, para millones de personas, “el tiempo infinito de la circulación”?

Uno de los signos más dramáticos de la quiebra de las independencias es el hecho de que si se les diera la opción a cientos de millones de africanos no vivirían en casa, sino en otros lugares. Este deseo generalizado de defección es un verdadero desastre. Pero también me estoy refiriendo a las tendencias de la evolución social del Continente – pronto más de mil millones de personas; el surgimiento de una civilización urbana sin precedentes en la historia de la región; una nueva ola de migración interna;  consolidación de nuevas diásporas, en particular a los Estados Unidos; la llegada masiva de chinos en las grandes metrópolis del Continente. La pregunta es cómo acompañar estos cambios estructurales. Tenemos que volver a imaginar las instituciones de acuerdo con la Cumbre África-en-movimiento, una África en circulación, una cultura fluida y muy abierta al mundo y a la novedad; esa constelación criolla que yo llamo “afropolitana” .

Volvamos sobre las causas de este abandono del continente por sus dignos hijo e hijas. Usted apunta en particular a la mala gestión de los recursos naturales por parte de un poder rapaz.  La gente se va, de alguna manera, porque ya no quiere vivir bajo “cacicazgos enmascarados”

La gente también toma  decisiones personales y no todo está relacionado con la desastrosa situación política de nuestros Estados. Hablo de la nueva fase de la migración en masa, la relacionada con la supervivencia económica o las situaciones de  guerra y conflicto. Afectan a millones de personas, algunos de las cuales van de un campo a otro. Pero también hay un proceso de desplazamiento de fronteras, sean físicas, culturales o de cultos. Desde este punto de vista, no hay más que observar el tipo de reajuste mental que tiene lugar en las iglesias pentecostales que crecen por todo el Continente de un modo casi capilar.

Esta oscilación de la geografía, del imaginario y de las formas de movilidad es un factor clave en la reconstrucción en curso. Acompañar de manera creativa estas recomposiciones exige la abolición de las fronteras heredadas de la colonización; que se abran grandes espacios de circulación, sin los cuales no tendremos importantes centros regionales de crecimiento económico y de creación intelectual,  cultural y artística. Hay que abrir en África amplias zonas de libre circulación. Este esfuerzo debe ir de la mano de la reforma de las normas sobre la nacionalidad. Que se conceda, por ejemplo, la ciudadanía a las personas de ascendencia africana que lo dessen, procedan de diásporas antiguas o recientes. Que se establezca a nivel continental  el “derecho de retorno” para aquellos que deseen pertenecer al Continente.

Este discurso recuerda al proyecto de los Estados Unidos de África  que soñaba Marcus Garvey y más tarde Kwame Nkrumah. Hoy en día  líderes como Gadafi intentar promover esta idea dentro de la Unión Africana, que es oficialmente consciente de la necesidad de concretarla. Más allá de los discursos, ¿podemos ser optimistas sobre el asunto teniento en cuenta la actual generación de jefes de Estado?

Es un vasto horizonte de futuro y una nueva imaginación de futuro la que se debe abrir. Este imaginario debe ser acorde con los desafíos planteados por el tumultoso presente. El discurso sobre la globalización apenas oculta el hecho de que hay en marcha una gran “partición” del mundo. El proceso de balcanización del mundo se refleja en el aumento de los miedos, el regreso de los muros, el intento de reducir la política a las pulsiones más primarias, el cálculo emtre sueño y  razón, el regreso abierto y atrevido de las lógicas raciales que se creían obsoletas.

África no puede hacer frente a un mundo más feroz que nunca con una retahíla de micro-Estados sin nombre, sin voz ni peso propio. Debe establecer redes si  quiere construir una fuerza autónoma, capaz de abarcar el mundo y actuar a su altura. Esta idea de una “nacionalidad africana”, de la “ciudad africana”, viene de lejos. Es inseparable de la aparición de la modernidad en África. Incluye dimensiones políticas, filosóficas, estéticas y económicas. Para reactivarla positivamente en las condiciones actuales, hay que ponerla en manos de las sociedades civiles africanas y convertirla en un gran movimiento cultural.

En su dialéctica, la mayoría de nuestros líderes parecen desesperados por “mantenerse en el poder de por vida”.  Usted establece una relación entre las prácticas sexuales de algunos de ellos y la gestión del poder en la era posse pcolonial, donde se pone en marcha una “máquina del disfrute”. ¿Cómo funciona exactamente este mecanismo? Además, ¿cuáles son los países donde es más evidente?

Esto no es una cuestión de liderazgo. Es toda la relación entre el Estado y la sociedad la que debe ser cuestionada. Cada sociedad tiene a los dirigentes que se merece. Dicho esto, la cultura autoritaria poscolonial -de la que diría que extrae algunos de sus resortes del ethos de la trata de esclavos- es una cultura machista. La falocracia es el gobierno del padre o del viejo. Funciona sobre la base de la creencia de que todo pasa por el el falo. Todo acontecimiento sucede en y por el  falo. En efecto, el falo, vaya acontecimiento! Y el poder es el esfuerzo que despliega el falo sobre sí mismo para convertirse en figura y estructura. No es una estructura de producción, sino un conglomerado de sujetos dedicados al consumo sin objetivo, al más frenético despilfarro, al gasto sin medida, en definitiva, a la venalidad y la corrupción. Eso es lo que yo llamo “la máquina del disfrute”. Estas “máquinas ded disfrute” están en marcha en países como Camerún, ambos Congos, Nigeria, Angola, Gabón, las dos Guineas, el Chad y Kenia. Impresiona el porcentaje de senilidad que hay en casi todos los países africanos

Usted muestra que el déficit de la democracia es uno de los denominadores comunes de los países afectados. De paso, sostiene que para que la democracia “arraigue en África la tendría que traer las fuerzas sociales y culturales organizadas;  instituciones y redes surgidas del talento, de la creatividad y sobre todo de las luchas cotidianas de las propias personas y de sus mismas tradiciones solidaridas “.  Es decir, un replanteamiento radical de los intentos de lucha que se han llevado a cabo desde principios de 1990.

En la mayoría de los casos, las luchas impulsadas desde 1990 no han dado lugar a una democratización radical de la política africana. En los Estados de habla francesa, en particular, seguimos amañando las elecciones, como en los buenos viejos tiempos de la colonización. Los ciudadanos aún no pueden elegir libremente a sus dirigentes. La única forma de alternancia es la alternancia en la muerte. Las sucesiones, ahora, son de padre a hijo.

Los experimentos más avanzados siguen siendo débiles por falta de arraigo de las instituciones y estructuras. Hay una brecha enorme entre la forma de conducir la lucha y las formas de creatividad social y cultural en general, ya sea en el lenguaje, las instituciones, las formas de organización o los modos de legitimación. Se necesita una segunda generación de lucha por la democracia en África. Para tener éxito, la segunda generación de lucha necesitará establecer un puente entre las formas, de un lado, y la cultura, del otro.

¿Qué significa eso concretamente?

Debemos considerar muy cuidadosamente las muchas maneras en que operan las lógicas sociales y culturales. ¿Cómo hacen comunidad las personas en la práctica cotidiana, ? ¿Cómo se organizan para ejercer la solidaridad? ¿De qué tipo de instituciones se dotan cuando buscan alcanzar metas trascendentales? ¿Con que lenguaje hablan de cosas cotidianas, o de fines últimos? ¿Cómo cantan o rezan? A través de qué formas expresivas tratan de comunicar la alegría, la queja o el lamento? ¿Cómo articulan lo próximo y lo lejano? ¿A qué formas de reapropiación someten lo que es nuevo? Todo esto es el capital cultural sin el cual no hay aquí una acción eficaz. Si se quiere afianzar la democracia en África tenemos que desplegar este capital cultural y estos depósitos simbólicos como principales recursos de la lucha. Tenemos que traducir la idea de la democracia a las lenguas de la gente. Por desgracia, este trabajo intelectual, también táctico y organizativo, no está hecho.

Los actuales partidos de oposición ¿tienen legitimidad y credibilidad para apoyar este proyecto?

Los partidos de oposición están lejos de haber hecho el trabajo intelectual del que acabo de hablar. Deben ofrecer un imaginario que le hable a la gente a partir de las condiciones concretas de la vida cotidiana. Este retorno a las situaciones cotidianas ha de ir de la mano con la articulación de un horizonte de esperanza, alguna propuesta en el futuro. Pero, además, debe hacer revivir la conciencia de clase, si desea escapar de las trampas del etnicismo.  Esto requiere una enorme capacidad de creatividad y traducción. Es significativo, por ejemplo,  que las iglesias pentecostales consigan redefinir los contornos de la comunidad y del individuo a partir de lenguajes que podrían ser utilizados por los partidos políticos de oposición. Es posible proponer nuevas visiones de la comunidad que no sean necesariamente biológicas, inventando nuevas formas de parentesco que trasciendan el linaje o tribu. Es este tipo de imaginario el que hay que saber abrir.

En el caso particular de Camerún ¿cómo puede usted, en perspectiva, resumir su situación, un año antes de la elección presidencial prevista para octubre de 2011?

De enquistamiento. El país está bajo el control de cerca de medio millar de viejos que, en todas las escalas de la vida pública, se apuntaban y no quieren morir solo. Ellos están decididos a llevarse con ellos todo lo que vive y respira. El primero de ellos, el Sr. Paul Biya, pronto cumplirá 80 años. Golpeado por la senilidad, su lucidez dura unas pocas horas al día, como  la gente de su edad. Poco importa que haya estado en el poder durante 28 años. No soltará el hueso. Cuando llegue el momento, se presentará para un nuevo mandatro. Está desesperado por alcanzar y superar a Fidel Castro. Desea morir en el cargo.

¿Cómo evitar este naufragio? Usted nos transmite la impresión de que la alternancia no es posible en las condiciones actuales.

La relación entre la sociedad y el Estado son tales que, en las condiciones actuales, no puede haber una alternancia pacífica. No hay actores que pudieran conducir una revolución social radical. La sociedad está anquilosada. Sin embargo, la necesidad de una revolución social radical nunca ha sido mayor que hoy.

En este sentido, ¿cuál es su opinión sobre las acciones que actualmente  llevan a cabo algunos miembros de la diáspora?

Debemos buscar cualquier cosa que ayude a desbloquear el estancamiento. Pero hay que reconocer que está muy lejos. El espectro de Haití se cierne sobre África.

Entrevista con Norbert N. OUENDJI 06/10/2010

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Recomendación: los podcast de Africa Past & Present; El genocidio como superlativo, de Pablo Mediavilla.

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