Giorgio Agamben: El sacramento del lenguaje

Mientras la editorial Anagrama presenta  Signatura rerum. Sobre el método (Barcelona, 2010),  Adriana Hidalgo editora, que ya había traducido ese otro libro,  nos regala El sacramento del lenguaje. Arqueología del juramento (Buenos Aires, , 2010).

Veamos, por ejemplo, la presentación que realiza María Luisa Bacarlett en Metapolítica:

Giorgio Agamben no se caracteriza por ser un autor fácil. Sus libros suelen mostrar una gran erudición sobre temas del orden más distinto, que son trabajados minuciosamente para venir a apoyar conclusiones que creeríamos lejanas y sin relación alguna con los elementos de base. Por ejemplo, no deja de sorprender la manera en que hurgando en la definición griega de vida (como zōē y bios), el filósofo italiano termina encontrando las bases de la lógica soberana. Lo mismo pasa con su análisis de la gubernamentalidad occidental, la cual hunde sus raíces en las discusiones teológicas de los padres de la iglesia en torno a la Trinidad y la economía divina. Se dirá con cierta razón que no hay nada innovador en tales desarrollos, que tales ideas han sido ya trabajadas por otros filósofos, que Agamben sólo continúa lo que Foucault, Schmitt, Benjamin o Derrida, entre muchos otros, ya habían al menos anunciado. Sin embargo, lo propio del pensamiento agambiano ha sido, en primer lugar, jamás negar tales influencias; en segundo, tal y como lo hace Deleuze con los pensadores en los que gusta apoyarse, Agamben recurre a sus influencias justo para hacerles “un hijo a sus espaldas”, un hijo que bien puede resultar monstruoso o desfigurado con relación al padre, pero tal acto de procreación nunca tuvo como meta dar lugar a un clon o a una calca. De nuevo utilizando un concepto deleuziano, bien podríamos decir que Agamben hace cartografías de los pensadores a los que recorre, no calcas. Hacer cartografías es una manera de desterritorializar un territorio que creíamos familiar y completo. Es una manera de escapar a la cómoda tentación del “ya todo está dicho”, del “ya no hay nada más por decir”.

Las cartografías agambianas no son de fácil lectura, a lo que habría que aunar lo reciente de su obra, lo que nos deja frente a un déficit de interpretaciones e introducciones que pudieran allanar el camino. Pero esta falta es en realidad una gran ventaja: nos evita el triste espectáculo de ver un pensamiento reducido a un grupo de clichés rápidos. Cada nuevo libro abre nuevas perspectivas de pensamiento, otras cartografías que permiten recorrer con nuevos ojos parajes que creíamos ya familiares. Tal es el destino de los dos más recientes libros del filósofo traducidos al español: Signatura rerum. Sobre el método y El sacramento del lenguaje. Arqueología del juramento. Ambas obras están profundamente imbricadas: la primera trata de ser una aclaración del método que el propio Agamben ha seguido en el curso de sus investigaciones, un método que no duda en calificar de arqueológico, pues su objeto es indagar sobre las condiciones de emergencia de las instituciones constitutivas de la política occidental; mientras que la segunda obra es una puesta en marcha de tal método a la luz de la pregunta por las experiencias fundamentales que dieron lugar, en Occidente, tanto al derecho como a la religión.

Ambas empresas se presentan como titánicas, sobre todo la segunda, porque supone un rastreo de aquello que Agamben llama la antropogénesis, es decir, el advenimiento de lo propiamente humano frente al animal. Sin embargo, al comienzo de El sacramento del lenguaje…, el autor aclara que su intención no es ir más allá del mundo greco-romano, es decir, su objeto es indagar de qué manera, en este espacio y tiempo particular, la experiencia del juramento pudo convertirse en la condición de posibilidad del derecho y la religión. Ésta tarea bien puede confundirse con una búsqueda del origen, como si Agamben buscará el momento preciso en el cual ambas instituciones despegaron, se diferenciaron y demandaron para sí un espacio propio. Es trayendo a cuenta a Foucault, y en particular su texto “Nietzsche, la genealogía y la historia”, que Agamben pone distancia frente a tal estrategia: no buscar el origen, sino la arché, el paradigma que pueda hacer inteligibles una serie de fenómenos cuyo parentesco podría escapar a la mirada del historiador o filósofo. Conceptos como homo sacer, campo de concentración o musulmán actúan precisamente como paradigmas, no son datos concretos de la historia que permitirían detectar el origen de algo —del totalitarismo o de la biopolítica—, ante todo son paradigmas que permiten volver inteligible buena parte de la historia política del presente, permiten hacer patente la lógica que subyace a la soberanía y al gobierno en el mundo actual. En este sentido, todo ejercicio arqueológico hace luz tanto sobre el pasado como sobre el presente; el arqueólogo se dirige al pasado para encontrar las archi-huellas que dibujan y hacen comprensibles nuestras prácticas e instituciones actuales. El historiador o el filósofo que procede arqueológicamente es una especie de “ángel de la historia”, que a diferencia del que dibuja Walter Benjamin, se dirige de espaldas hacia el pasado posando su mirada en el presente.

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