Mujeres representativas: historia del feminismo

La reputada Martha C. Nussbaum reseña para The Nation el reciente volumen de Christine Stansell: The Feminist Promise 1792 to the Present.  Así se expresa:

The Feminist Promise. 1792 to the Present. Modern Library, 528 págs.

Durante gran parte de su existencia, el movimiento feminista en los Estados Unidos ha visto como una coalición de advenedizos e insurgentes hacía causa común en torno a una lista renovada de asuntos: el sufragio, el acceso al divorcio, los derechos de propiedad, la anticoncepción, la ley contra la discriminación, el acoso sexual, la violencia doméstica, la ley contra la violación y el derecho al aborto, por nombrar algunos. A su vez y al parecer, el feminismo ha hecho que muchos historiadores sintieran que era un tema demasiado tópico y difuso para tener una historia. Al menos ese punto de vista ofrece la explicación más probable para el déficit permanente. Aunque los historiadores estadounidenses han escrito historias incisivas sobre el matrimonio con atención a los intereses de la mujer (Nancy Cott,  Public Vows: A History of Marriage and the Nation; Hendrik Hartog, Man and Wife in America: A History) y haya biografías de referencia de las feministas pioneras (Ellen Chesler sobre Margaret Sanger, Elizabeth Griffith sobre Elizabeth Cady Stanton, Nell Irvin Painter sobre Sojourner Truth), no nos han dado ninguna historia autorizada comparable sobre el movimiento feminista en los Estados Unidos. Pero ahora tenemos una.

The Feminist Promise, el magistral volumen de Christine Stansell,  traza el recorrido de este movimiento desde sus inicios en el siglo XVIII hasta la actualidad,  clasifica sus contracorrientes y ofrece un marco narrativo útil dentro del cual situar sus variadas luchas. Stansell es una académica reconocida que ha trabajado en una variedad de temas dentro de la historia de los EE.UU., desde el Nueva York bohemio de antes de la guerra a las historias de amor y los derechos humanos. Es también una buena escritora, que ha perfeccionado su estilo en numerosos ensayos y reseñas con sobre múltiples publicaciones de interés general. Aunque impecablemente denso y documentado, The Feminist Promise es un libro lúcido, accesible y bien organizado. Será un punto de referencia durante algún tiempo, aunque, como veremos, tiene una deficiencia significativa.

Aquí hay que hacer una pausa para plantear una cuestión relativamente menor sobre la exposición y la perspectiva. Aunque el título del libro podría llevar a pensar que Stansell va a tratar los movimientos feministas en distintos países, y aunque la narración de vez en cuando atiende a su evolución en Europa (en particular en Gran Bretaña) e incluso, con menor frecuencia, en Japón y la India, Stansell centra su proyecto de la historia del feminismo en los Estados Unidos. Sin embargo, no debe entenderse que afirme que los Estados Unidos fueron el único ni el principal soporte del feminismo. En su excelente capítulo final y sobre el feminismo mundial, Stansell se resiste con razón a la idea de que el feminismo sea una exportación estadounidense a los países en desarrollo. Nos enteramos, por ejemplo, de que la India tiene su propio movimiento feminista, inspirado más en las luchas locales que en las ideas provenientes del extranjero. (Aunque Stansell no traza la historia previa de ese movimiento, sus raíces están en el siglo XVIII, como las de su contraparte en EE.UU.). Así que, en última instancia, el libro no induce a error. Sin embargo, desearía que Stansell hubiera explicado al principio y con mayor énfasis el alcance de su proyecto  –concediendo mientras tanto que el feminismo tiene múltiples raíces y ramas, algunas de ellas consecuencia de las revoluciones democráticas, y que su libro va a ignorar la mayoría de ellas con el fin de centrarse en la historia de los Estados Unidos.

Christine Stansell

El material que Stansell ha organizado es difuso, ya que el feminismo ha sido de hecho un conjunto diverso de movimientos, debido a marcadas diferencias de raza, clase y región. Sin embargo, ella coordina sabiamente la amalgama de hechos en torno a una sola y clara tesis narrativa, la de dos tipos básicos de feministas, a los que llama de “madres” e “hijas”. “Las madres” son las feministas más bien conservadoras. Les encanta la familia tradicional y les gusta exaltar las virtudes del cuidado y la compasión que las mujeres supuestamente cultivan más que los hombres. Cuando las madres abogan por determinados cambios sociales, lo hacen en nombre de estas virtudes femeninas. A menudo, su feminismo tiene una dimensión religiosa. Sus demandas son fuertes, pero no  profundamente radicales, pues quieren que a las mujeres se les conceda la igualdad política para que puedan poner sus virtudes a trabajar, mejorando la esfera pública, pero dejan inalterado el statu quo en cuanto a la naturaleza del matrimonio, la sexualidad y la familia. Las “hijas”, por el contrario, son radicales y ruidosas. Quieren sacudirlo todo. Exigen una reconsideración general del papel de la mujer en el mundo, de la distinción entre el género masculino y femenino y de la naturaleza del matrimonio y la sexualidad.

La esencia del argumento de Stansell es que el feminismo americano ha avanzado siguiendo una serie de etapas desiguales y llenas de bandazos, alternando períodos con ascendiente de las madres y otros con predominio de las hijas. No obstante, incluso en momentos como la década de 1950, cuando parecía que las madres estaban  firmemente arraigadas, el feminismo continuó seguiendo hacia  adelante, a menudo de manera más tranquila, pero con un claro progreso. Madres e hijas han estado de acuerdo sobre una faceta de la “promesa feminista”:  la lucha por alcanzar la justicia y la igualdad en la esfera pública. Las hijas, sin embargo, insisten en su rebeldía y afirman que esta “promesa” no puede cumplirse sin cambios radicales en el ámbito doméstico que, además, no son sólo asuntos estratégicos sino aspectos fundamentales de justicia. Madres e hijas difieren acerca de las estrategias, pero también, más profundamente, acerca de las metas.

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Stansell empieza con la Revolución Americana, momento en el que siempre se presupone, y sólo rara vez se cuestiona, la subordinación de las mujeres. Sin embargo, Stansell sostiene que con el tiempo las promesas abstractas de la nueva democracia de América “ofrecían un santuario a las aspiraciones de las mujeres”, ofreciendo un fundamento sobre el que las feministas más tarde construirían. Una cepa más radical del feminismo surgió durante el movimiento contra la esclavitud, cuando las mujeres abolicionistas hicieron audaces afirmaciones acerca de poner fin a la servidumbre de la mujer. El movimiento abolicionista fue heterogéneo, y algunas las feministas cristianas eran conservadoras; pero en última instancia, afirma Stansell, el abolicionismo generó una profunda reformulación de la posición de la mujer en la sociedad. La parte radical del feminismo abolicionista se fortaleció a través de alianzas con una variedad de movimientos utópicos, como el socialismo de Fourier y Owen y el trascendentalismo de Nueva Inglaterra;  y la época fundadora de la convención de Seneca Falls de 1848 se centró más en las nociones radicales sobre los derechos naturales que en la doctrina cristiana.

Tras la Guerra Civil, radicales como Elizabeth Cady Stanton quedaron cada vez más aisladas, como grupos de madres, incluyendo la Women’s Christian Temperance Union, y su líder, Frances Willard, aumentó su influencia al insistir en que la mujer debían avanzar disciplinando y avergonzando a los hombres dentro de matrimonio tradicional en lugar de hacerlo mediante la alteración de los términos y la naturaleza del matrimonio mismo. Willard sentimentalizó el matrimonio e idealizó la feminidad; Stanton protestó que “la mujer de verdad no está en las nubes, ni entre las estrellas, sino aquí en la tierra … esforzándose y trabajando para mantenerse”.  Pero las protestas Stanton resultaron ineficaces, y a su debido tiempo las madres encabezaron la batalla por el sufragio de la mujer, haciendo hincapié en que las supuestas virtudes especiales de las mujeres las equipaban para el voto.

Sin embargo, en 1900 una generación más joven de mujeres había transformado el movimiento sufragista, “convirtiendo un movimiento cortés, propio de una dama, en confrontación, en contencioso”. Estas hijas diferían obviamente de la mayoría de las madres en las tácticas y el estilo, lo que favorecía las protestas callejeras y un estilo desafiante contra el modo victoriano de vestir; también difirían ideológicamente, haciendo causa común con el movimiento sindical y exigiendo la igualdad  mucho más allá que en el simple voto. (Ejemplar en este sentido fue Margaret Sanger, quien puso en marcha el movimiento de control de la natalidad). Para las hijas sufragistas, “el feminismo significaba una huida frontal de la vida de sus madres”, escribe Stansell.

La lucha por el voto unió a las feministas más allá de las  muchas divisiones regionales y de clase. Después de ganar esa gran batalla  en 1920, la unidad se disipó, y nunca ha sido totalmente restaurada. Sin embargo, la historia de esas etapas alternas de madres e hijas ha seguido, con el período posterior a la Segunda Guerra Mundial señalando una vuelta a la domesticidad y marcando el comienzo del quietismo infame de los años 50. Incluso aquí, sin embargo, Stansell muestra los progresos que se pudieron conseguir en algunas cuestiones: la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA), enmarcado en la década de 1920, fue defendida durante los años 50, y la Organización Nacional de la Mujer (NOW), creada en 1966, hizo importantes contribuciones a los avances de la mujer en una amplia gama de cuestiones, incluso sin dejar de ser una organización un tanto conservadora de madres. Las hijas regresaron a la vanguardia en los años 60 y 70, y Stansell discute la efervescencia feminista de estos años con eficacia. La lucha por los derechos de la anticoncepción y del aborto, la lucha por redefinir el matrimonio y la batalla para el tratamiento jurídico adecuado de la discriminación sexual y su enfoque  (dedica poca atención a la cuestión de la orientación sexual o a la conexión entre el feminismo y la lucha por la justicia para gays y lesbianas). “Los beneficios fueron notables, y también fueron inestables”, escribe Stansell. La derrota de la ERA minó la energía del movimiento, y muchos de sus logros siguen siendo profundamente impugnados, a medida que el antifeminismo ha ganado poder político. Sin embargo, Stansell es optimista sobre las perspectivas del feminismo: muchos caminos se han abierto, y todo lo que se necesita es el coraje de seguir contra la adversidad y seguir aprovechando el legado del pasado, “la tarea de hacer buena la promesa democrática del feminismo “.

Un inquietante hilo que atraviesa el relato de Stansell es el racismo de muchas feministas blancas. En repetidas ocasiones, la causa de la mujer se defendió diciendo que era absurdo dar el voto a los hombres afroamericanos, mientras se negaba a las mujeres, mucho más inteligentes y cultivadas. Incluso algunas de los más grandes feministas, como Stanton, no estaban libres de la mancha del racismo. Stansell muestra que fue por esta razón por la que las feministas afroamericanas se mantuvieron por lo común al margen de las feministas blancas, decididas a defender tanto la igualdad racial como de género. Stansell indica que cualquier feminismo adecuado para el futuro debe estar atento y ser respetuoso con las diferencias de raza y de clase, así como con las luchas de otras minorías. No es la primera en decirlo, pero lo dice con fundamento.

En el último capítulo, sobre el feminismo mundial, Stansell muestra que dificultades similares amenazan a los crecientes compromisos de las mujeres estadounidenses con los movimientos feministas en los países en desarrollo. Da ejemplos inquietantes de la condescendencia y el sesgo, con feministas americanas sermoneando sobre la ilustración a mujeres de otros lugares como si fueran meras víctimas y estuvieran engañadas. En general, sin embargo, como Stansell muestra de forma persuasiva y correcta, el feminismo global se ha convertido en una calle de dos direcciones, con consejos y conocimientos que viajan en ambos sentidos. Documentos cruciales sobre los derechos humanos, como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), se han elaborado en plena cooperación entre las mujeres de Occidente y las de los países en desarrollo de diferentes orígenes, y desde luego sin la ayuda de los Estados Unidos, que, junto con Irán, Sudán, Somalia y un puñado de estados pequeños e insulares, no ha ratificado la CEDAW. Stansell también muestra cuánto deben determinados progresos (en cuestiones como la mejora del acceso de las mujeres al crédito y a la educación, o la eliminación del aborto selectivo según el sexo)  a los movimientos de mujeres indígenas que actúan en el ámbito local en una amplia gama de países, mujeres que no tienen acceso “a las simpatizantes occidentales”. Al igual que el resto del libro, el capítulo sobre feminismo global es matizado, sensato y edificante.

La forma en la que Stansell presenta la compleja historia del feminismo es clarificadora, pero también distorsionadora. Por ejemplo, al sugerir que los primeros años del siglo XX fueron una época en que las hijas radicales tomaron la iniciativa,  resta importancia al continuo liderazgo de las madres en el movimiento por la sobriedad (temperance movement), que en última instancia condujo a la prohibición. Su relato de los medios de comunicación en los años 50, aunque en gran medida es exacto, es demasiado monolítico y sombrío. “Las mujeres que actuaban en televisión y dejaron huella parpadeante en el subconsciente colectivo fueron, inevitablemente, solteras y cómicas solitarias”, escribe, señalando a la Miss Brooks que interpretó Eva Arden como ejemplo, pero omitiendo a Mr. Boynton, su ignorante aunque muy agradable novio. No menciona mi programa favorito de la época, Perry Mason (1957-1966), que ofreció una larga relación sexual extramatrimonial entre Raymond Burr (Perry) y Barbara Hale (Della Street), una secretaria, sin duda, pero muy poderosa y que participaba en las investigaciones, llevando siempre ropa elegante y sexy. La propia serie queda, adelantada a su tiempo, como muestra de los valores de los sesenta. (Burr, por su parte, era un homosexual no muy oculto que vivía con una pareja masculina). En 1960, cuando William Talman, el actor que interpretó al fiscal de distrito Hamilton Burger, fue detenido y acusado de fumar marihuana en una fiesta nudista, Burr le defendió y se aseguró de que no perdiera su trabajo. (Mi consternación por las palabras “carga moral” en los reticentes periódicos de aquellos días quedó a un lado lado cuando supe que Talman no había hecho nada realmente inmoral). La serie fue silenciosamente subversiva gracias a su atractivo dramático: era el único programa que mi padre, un  abogado muy conservador, nos permitía ver en la mesa, y aunque él señalaba todos los errores legales, yo no podía dejar de notar la elegante y coqueta conducta de Barbara Hale. Sigue en activo a los 88 años y está, sin duda, en mi panteón feminista.

Otra distorsión que me toca de cerca es la representación que hace Stansell de las principales escuelas legales de EE.UU.. Según Stansell,  a las hijas post-50 les costó abrir las puertas de las principales escuelas a las mujeres. Mientras que su descripción de la Harvard Law School es correcta, pues no admitió mujeres hasta 1950 y hubo muy pocas al menos hasta la década de 1970 (treinta y dos de cada 565 en la promoción que empezó en 1967),  no menciona  que la Law School de la Universidad de Chicago admitió mujeres desde su creación en 1902. La conocida activista social Sofonisba Breckinridge, quese graduó en el Wellesley College en 1888, estuvo en la primera promoción, la de 1904, de la escuela de leyes. Breckinridge se convirtió en miembro del colegio de abogados de Kentucky en 1894, y recibió un doctorado en Ciencias Políticas por la Universidad de Chicago en 1901.

Loa tiempos de Breckinridge en la Universidad de Chicago son un recordatorio de que en muchos aspectos, aunque seguramente no en todos, el medio oeste era más igualitario que el estirado Este. La primera mujer abogada en los Estados Unidos fue Arabella Mansfield, admitida en el colegio de Iowa en 1869. En su reciente dictamen sobre la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, la Corte Suprema de Iowa recuerda a los residentes de Iowa que el Estado ha estado siempre a la vanguardia de los movimientos impopulares por la justicia social. Y el tribunal estaba en lo cierto, incluso sobre el papel desempeñado por Iowa en el campo del derecho en el Medio Oeste. A pesar de que Missouri se unió a Iowa en admitir a las mujeres a la abogacía en 1870, y un grupo de otros Estados del medio oeste rápidamente siguieron su ejemplo, la  Corte Suprema de los EE.UU. confirmó la exclusión de las mujeres en Illinois en 1873; Myra Bradwell, la demandante original en el caso, fue admitida para ejercer la abogacía en Illinois en 1890 y ante la Corte Suprema en 1892. Los Distritos de Columbia y Maine admitieron a las mujeres en 1872, mientras el resto de los Estados en la costa este hicieron lo mismo hacia 1890. Estas diferencias regionales apenas figuran en el relato de Stansell, pero son fascinantes, y alguien debería investigarlas más a fondo.

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Un libro de este tipo, por amplio que sea, no puede abordarlo todo, y la crítica de lo que sigue está, sin duda, determinada por mi propio trabajo en filosofía, derecho y políticas públicas. No obstante, parece claro que Stansell es indiferente al papel que las ideas, sobre todo las ideas filosóficas y económicas, han jugado en la historia del feminismo. Muchos de sus protagonistas son escritores y teóricos, y sin embargo dedica poca atención a sus teorías. A Mary Wollstonecraft se le concede al menos cierta consideración por sus ideas acerca de los derechos humanos en Vindicación de los derechos de la mujer, pero se omiten los argumentos de peso con los que los expuso, por lo que no queda claro por qué la gente debería haberla escuchado.  El sometimiento de las mujeres de John Stuart Mill se menciona como un hito feminista, pero sus argumentos centrales no son examinados.  El segundo sexo de Simone de Beauvoir es la única obra teórica de la era moderna que merece una lectura, aunque sea tan superficial que ignora sus raíces en las ideas existencialistas de la libertad y en la autorepresentación. Catharine MacKinnon, la principal artífice intelectual del feminismo jurídico moderno, que reorientó la manera de pensar sobre la igualdad y la discriminación, es tratada en un par de frases, y estrictamente como activista antipornografía. Las ideas que llevaron a MacKinnon a elaborar su teoría de  la pornografía, así como la más influyente sobre el acoso sexual, son ignoradas. De hecho, en una mirada muy extraña, Stansell no aborda el tema del acoso sexual en el lugar de trabajo, una preocupación constante de las feministas de finales del siglo XX. Mis colegas legales, sea cual sea su orientación política, citan habitualmente el Sexual Harassment of Working Women de MacKinnon como uno de los libros más influyentes en los estudios legales en los EE.UU. En la época de su publicación, en 1979, la politóloga  Susan Moller Okin y la economista Nancy Folbre reorientaron mucho del pensamiento y de las políticas sobre la justicia dentro de la familia; Stansell no menciona a ninguna de ellas.

¿Qué es lo que echo de menos cuando estas ideas se pasan por alto? Las ideas no sólo son importantes en sí mismas, sino que también tienen gran importancia para la práctica del feminismo y para el éxito de sus esfuerzos en el cambio social. Tomemos tres ejemplos. En El sometimiento de las mujeres, Mill se esfuerza por mostrarnos que la dominación masculina ha conformado no sólo las oportunidades de la mujer, sino también sus deseos y hábitos emocionales (un tema ya abordado por Wollstonecraft y que resultaría fundamental para MacKinnon y Andrea Dworkin). Así, el respeto y la timidez que las mujeres despliegan ante los hombres no son indicativos de una naturaleza femenina inmutable, como muchos alegaban en tiempos de Mill.  Más bien, estas características son una prueba de que la jerarquía de género, al igual que la jerarquía feudal, deja profundas huellas en el espíritu humano.

Esta idea tiene enormes consecuencias para las teorías del desarrollo social y la  medición de la “calidad de vida”. Los modernos economistas feministas, como Amartya Sen (Premio Nobel en 1998 por su trabajo sobre el desarrollo) han argumentado que ninguna teoría del desarrollo basada en la satisfacción de las preferencias de la gente  nunca puede ser normativamente adecuada: tal teoría sería siempre un cómplice involuntario de un statu quo injusto. La lucha por encontrar un reemplazo para las teorías basadas en preferencias no es una cuestión ociosa, ya que tales teorías se utilizan en todo el mundo para medir el bienestar social. Si las mujeres dicen que están satisfechas del nivel educativo que han logrado alcanzar, entonces se está  haciendo muy bien -aunque en muchos casos  sus preferencias se han formado por las normas sociales sobre las ocupaciones femeninas apropiadas. Por tanto, la visión de Mill, años más tarde, determina el curso de millones de vidas de mujeres  -o, más a menudo, no lo hace.

Mi segundo ejemplo se refiere a la igualdad. Hasta la posguerra era común en el derecho estadounidense pensar que la igualdad de trato significaba dar un trato similar, y que posiblemente la “protección igual de las leyes” no era violada cuando  había algún acuerdo simétrico sobre la conducta en asuntos como la raza o el sexo. El principio de igualdad de trato fue utilizado por los jueces de primera instancia, y por algunos teóricos del derecho, para defender las leyes contra la mezcla racial: los negros no podían casarse con los blancos y los blancos no podían casarse con negros. ¿Cómo podían, posiblemente, tales leyes implicar una violación constitucional? El hecho de que recayera sobre los afroamericanos, evidentemente, el mayor peso de estas leyes, y que las leyes fueran inspiradas por el disgusto racial, quedó al margen. Del mismo modo, las leyes que eran simétricas para mujeres y hombres tampoco eran problemáticas, incluso cuando imponían cargas especiales a las mujeres. Si las aseguradoras negaban la licencia por embarazo, no eran culpables de discriminación sexual, pues el argumento era que todas las “personas que no estaban embarazadas” estaban cubiertas, y ninguna embarazada estaba cubierta, sin distinción de sexo! El acoso sexual también fue visto como un asunto de igualdad de oportunidades, que no implicaba discriminación ilícita: al fin y al cabo, las mujeres podían acercarse a los hombres a cambio de favores sexuales, así como los hombres podían acercarse a las mujeres. La jerarquía de poder en el lugar de trabajo fue ignorada por completo.

Con Sexual Harassment of Working Women, MacKinnon ofreció una nueva teoría, más adecuada. Expuso con firmeza que el acoso sexual (y otras negaciones de la igualdad de oportunidades) debe ser visto a través de la lente de lo que ella llama una “teoría de la dominación” de la igualdad en lugar de a través de la vieja “teoría de la diferencia.” Es decir, la posición correcta ante una política problemática es si crea o perpetúa una jerarquía de poder que define las clases de  personas como superiores o inferiores, dominantes o subordinadas. La “protección igual de las leyes” requiere resistencia a tales jerarquías. En efecto,  MacKinnon representa una versión antifeudal frente a la igualdad política. La Corte Suprema de Justicia ya había apuntado al centro de la teoría dominante de  MacKinnon en el ámbito de la raza cuando, en el caso de 1967 Loving v. Virginia, invalidó las leyes antimiscegenation (contra la unión y el sexo interraciales) sobre la base de que fueron “diseñadas para mantener la supremacía blanca”. El hecho de que las leyes fueran simétricas en apariencia era irrelevante. (La invalidación previa de las escualas “separadas pero iguales”,  en Brown v. Board of Education de 1954, se basaba en un análisis similar). MacKinnon, sin embargo, articuló sus teorías con una claridad sin precedentes y las aplicó a la esfera del género, donde la ley no había reconocido que existía una jerarquía ilícita de poder. (En Sexual Harassment of Working Women, MacKinnon demuestra astutamente que se puede llegar a la conclusión de que el acoso sexual es una discriminación, incluso si uno no acepta su controvertida teoría de dominio de la igualdad;  sin embargo, fue su teoría la que finalmente entró en el ánimo judicial, reconfigurando la doctrina jurídica.)

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Mi último ejemplo se refiere a la familia. Durante mucho tiempo, en economía, el concepto reinante de familia era el de que se trataba de una unidad que se mantiene unida por el amor y el altruismo, sin conflictos de cooperación que deban ser tomadas en cuenta. Hace mucho tiempo, Mill sometió esa idea a severas críticas, argumentando que la familia, tal como estaba constituida en su tiempo,  era un bastión de privilegios feudales en medio de un pretendido Estado liberal. Pero nadie tomó en serio las ideas de Mill. En su Tratado sobre la familia gracias al cual (entre otras contribuciones) ganó el Premio Nobel en 1992, el economista Gary Becker sostuvo que,  con fines analíticos, podemos asumir que el “cabeza del hogar” es un benefactor altruista que siempre tiene en cuenta adecuadamente los intereses de todos los miembros de la familia -un supuesto que Becker, con su perspicaz interés en la realidad, criticaría más tarde reconociendo que  motivos como la envidia y la malicia a menudo condicionan la distribución de recursos dentro de la familia.

Martha C. Nussbaum

La determinación de Becker, en su Tratado, en llevar la teoría económica al dominio de la vida familiar es importante y saludable. Sin embargo, la teoría hizo algún daño. Dada la gran influencia que ejerció la teoría de Becker sobre los economistas del desarrollo, éstos asumieron que el hogar se podía tratar como una sola unidad y así ignoraban los problemas internos de distribución y, en consecuencia, ha sido casi imposible hasta hace poco obtener datos sobre los recursos y las oportunidades disponibles para cada miembro de una familia . Sin embargo, en los últimos treinta años, la opinión dominante sobre la familia dentro de la economía se ha desplazado a otra en la que dominan las ideas de competencia y de posición negociadora socialmente determinada. Este cambio se debe a la labor de economistas feministas tales como Sen, Bina Agarwal y Robert Pollak; la politóloga feminista  Okin; y la importante revista Feminist Economics, que ofrece un espacio para la exploración de tales ideas. Las nuevas ideas han reformulado la manera de recopilar datos, al igual que, al mismo tiempo, las ideas de Nancy Folbre y otros acerca de cómo asignar un valor monetario a las tareas del hogar no remuneradas de las mujeres  (una cuestión muy práctica, como sabrá cualquiera que haya solicitado la indemnización por lesión o fallecimiento de la pareja ocupada principalmente en el trabajo doméstico).

Estas ideas se van abriendo camino en la política nacional, como demuestra el reciente informe sobre la medición de la calidad de vida nacional encargado por el presidente francés Nicolas Sarkozy  y dirigido por Sen y Joseph Stiglitz, con Agarwal y Folbre como miembros de la comisión. La principal conclusión fue que la calidad de de vida de una nación no debe ser medida por el producto nacional bruto per cápita, sino mediante la evaluación  de las “capacidades” de las personas, o en términos de oportunidades sustanciales de elección. Una parte se dedicó a la familia, donde las oportunidades están a menudo desigualmente distribuidas según pautas sexuales. Las teorías económicas más recientes sobre la familia han sido aceptadas como paradigmas de trabajo en la India, un país algo más progresivo, en términos de teoría económica, que los Estados Unidos e incluso Europa, y que tiene a un economista sofisticado, Manmohan Singh, como primer ministro y, a Kaushik Basu, el principal asesor económico,  que es una feminista convencido y actual presidente del Human Development and Capability Association (que fundamos Sen y yo). Tal vez algún día las ideas de la nueva economía feminista podarán emerger en los pasillos del poder en los Estados Unidos, aunque no hago apuestas sobre cuándo sucederá.

Estos casos demuestran que la historia política escrita con aversión a las ideas teóricas es incompleta incluso como historia. Las ideas son importantes para la gente, y hacen que las cosas sucedan en el mundo. El feminismo no debería estar ligado a un tipo de materialismo histórico que niegue esta idea. Muchas feministas han sido materialistas históricas, Stansell no lo es. Pero no tiene interés en la filosofía y la economía, y al parecer cree que contar la historia de las ideas feministas es trabajo para otro libro. Creo, sin embargo, que el relato que presenta con tanta elocuencia queda lamentablemente incompleto sin ellas. Si las feministas de hoy están para hacer realidad las promesas de sus predecesoras, madres e hijas por igual, tienen que estudiar esos argumentos, poniendo a prueba su fuerza y determinando de qué forma estaban vinculados a luchas prácticas para lograr la justicia y la igualdad para las mujeres. Lo que el feminismo ha logrado parcialmente, con el alcance que ha tenido, se debe a la fuerza de sus ideas audaces;  pasar por alto esas ideas es rebajar el feminismo.

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Ya que hablamos del género, una recomendación:  “Gender across the Generations“, de Barbara D. Metcalf, presidenta de la AHA. Elocuentes las imágenes que incluye.

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