Mitterrand y el colonialismo: Argelia

Leo trabajosamente en estos días un texto del historiador de las ideas Michael Azar, un texto titulado “The stranger, the mother and the Algerian revolution.  A postcolonial reading of Albert Camus” y aparecido en la revista sueca Glänta. Por fortuna, está disponible en el magnífico portal Eurozine.  Ese ensayo me hace recordar uno de los libros de la temporada en Francia, al menos en cuanto discusión o chismorreo público:

François Mitterrand et la guerre d’Algérie, de François Malye y Benjamin Stora (Calmann-Lévy, 300 págs., 17 euros). Hay una película con el mismo título y a partir de este material, aunque realizada por Frédéric Brunnquell, que se pasó por France 2 el pasado 4 de noviembre.

Sin poder ojear el libro, mejor quedarnos con los extractos y la reseña aparecida en Le Point y que firma Laurent Theis:

El 12 de junio de 1957 no fue un buen día para François Mitterrand: Maurice Bourges-Maunoury, su antiguo correligionario en el gobierno de Guy Mollet, es elegido para presidir el Consejo de ministros.   El ex ministro de Justicia esperaba que el presidente Coty le escogiera. Con esa perspectiva, había soportado las tormentas que tenían lugar en Argelia.  Porque tenía el ojo puesto en Matignon, explican François Malye y Benjamin Stora (un efectivo acoplamiento de periodista e historiador), Mitterrand se aferró a la Place Vendome a veces más allá de lo razonable. Para apoyar su tesis, y disipar la sombra que se cierne sobre un momento poco glorioso de la carrera del futuro presidente, los autores no carecen de argumentos ni les faltan documentos.

Ministro del Interior en el estallido de la insurgencia argelina, Mitterrand le había tomado la medida al acontecimiento, organizando una represión en toda regla, pero tratando de evitar la brutalidad policial. Al entrar por undécima vez, el 1 de febrero de 1956, en un gabinete ministerial, el entonces Ministro de Justicia, de 39 años, cercano a Pierre Mendès France, podía encarnar la figura liberal que mantendría la autoridad francesa en Argelia. Ahora bien, observan los autores, a partir de ahí  todo cambia. No sólo el tercer cargo en importancia dentro del gobierno se suma públicamente a todas las decisiones adoptadas por el Presidente del Consejo, Guy Mollet, sino no es el último en exigir rigor en las deliberaciones ministeriales. Se acepta que, para juzgar a los responsables de los crímenes cometidos en Argelia, los tribunales civiles den paso a la justicia militar, allanando el camino a procedimientos más expeditivos.

45 decapitaciones

Sobre todo, y esta es la gran revelación del libro, el Ministro de Justicia acepta sin pestañear que los nacionalistas argelinos vayan a la guillotina si han cometido delitos de sangre: 45 decapitaciones en 500 días. Los informes se preparan en la Cancillería, donde el Ministro de Justicia da un aviso de peso. René Coty  rechaza 45 veces la gracia sobre la que Mitterrand sólo se pronuncia en 8 ocasiones.  Entre los guillotinados, un nombre aparece como una mácula junto al de  Mitterrand: Fernand Iveton, el activista del Partido Comunista Argelino ejecutado el 11 de febrero 1957.

A partir de marzo, el Ministro de Justicia se distancia de las prácticas ilegales de los militares en Argelia. Había pensado en dimitir, dirá más tarde. Se quedó hasta el final. ¿Dualidad o duplicidad? En 1981, siendo Presidente de la República, impulsó la abolición de la pena de muerte;  en 1982  impone la amnistía para los generales golpistas de Argel en 1961. “¿Se perdonaba François Mitterrand los pecados, morales y políticos  que había cometido durante esos 500 días?”, se preguntan los autores. Diríamos más bien que se había comportado como los políticos habituales de aquel tiempo, a remolque de acontecimientos que les sobrepasaban.

Extractos:

En el clan de los duros

Argelia es el principal asunto discutido por Guy Mollet, el 15 de febrero de 1956. El presidente del Consejo, líder del SFIO, el Partido Socialista, está sentado a la derecha de René Coty, que preside la mesa en forma de U donde están los otros quince miembros del gobierno presentes, ministros y secretarios de Estado. A la izquierda del Presidente de la República está Pierre Mendès France y luego se sienta Jacques Chaban Delmas, Ministro de Antiguos Combatientes.  Por último, a la derecha de Guy Mollet, Francois Mitterrand. Esta posición no es casual, ya que es la tercera figura del gobierno. (…) Ante él, ha dejado un informe (…)

Mientras tanto, es Max Lejeun el que está hablando. Secretario de Estado para la Defensa nacional,  a cargo de la guerra (es decir, de las operaciones en Argelia), es uno de los quince socialistas del gobierno. Es un duro, un firme partidario de la Argelia francesa. (…)

Max Lejeune da entonces las cifras que François Mitterrand, como ministro de Justicia, acaba de leer en el informe.  Doscientas cincuenta y tres penas de muerte han sido dictadas contra nacionalistas argelinos, entre ellos 163 están condenados en rebeldía. Noventa de ellos están en lo que mucho más tarde se conocerá como  el “corredor de la muerte” de las principales cárceles de Argelia. “Las sentencias de 55 de ellos, insiste Max Lejeune, han sido confirmadas por el Tribunal de Casación de Argel. Las sentencias deben ser ejecutadas”, dice con voz firme. Bajo esta frase subrayada por Marcel Champeix, con la que empieza la séptima página de sus notas, los comentarios de los ministros implicados caben en pocas palabras.

Defferre (Ministro de Ultramar), en contra.

Pierre Mendès France, “en contra también.”

Alain Savary (Secretario de Estado de Relaciones Exteriores a cargo de Túnez y Marruecos), en contra.

Maurice Bourges-Maunoury, a favor.

El último en pronunciarse es François Mitterrand. “A favor”, dice.

Olvido

Muchos años después de la independencia de Argelia, cuando la izquierda comienza su inexorable marcha al poder, Mitterrand dirá en 1977 que, si hubiera permanecido en el poder, probablemente habría terminado dando la independencia a Argelia: “Fracasamos porque no era el momento. De Gaulle había retrasado la hora, pero no faltó a la cita.  No osaría contradecir al calendario. Sólo diría que no se puede juzgar lo ocurrido en 1954 con los datos conocidos a partir de 1977 y decir: “¿Cómo es que los izquierdistas que estaban en el poder en 1954, cómo Mendès o Mitterrand,  no decretaron de inmediato la independencia de Argelia?”  (…)

¿Con 40 años en 1957 y siendo ya un político experimentado,  no malofró François Mitterrand la gran cita de la descolonización de Argelia?

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