Europa bárbara: entre Hitler y Stalin

Neal Ascherson reseñó en The Guardian uno de los volúmenes más esperados e impactantes: Bloodlands: Europe between Hitler and Stalin, de Timothy Snyder. Para los curiosos o incluso para los lectores de este blog, el análisis de Snyder no será nuevo, pero la primicia es la definitiva aparición de su libro. Así lo revisa Ascherson:

Se encontró pisando algo “sin fondo, una tierra inestable”, plagada de pequeñas moscas. El novelista Vasili Grossman, entonces un soldado del Ejército Rojo, estaba caminando por el aún firme yermo en el que nueve meses antes había estado el campo de exterminio de Treblinka. Como escribe Timothy Snyder, Grossman “encontró los restos: fotografías de niños en Varsovia y Viena; un trozo de un bordado de Ucrania; un saco de pelo, rubio y negro”. La tierra suelta, removida por los campesinos en busca del oro judío, seguía expulsando “huesos, dientes, ropa y papeles triturados”.

La historia de la Europa moderna, y especialmente la de su temible siglo XX, es como ese campo: inestable bajo los pies del estudioso. Materiales olvidados se abren camino hasta la superficie. Algunos historiadores usan detectores de metales para arrebatarle algo llamativo. Otros hacen paciente arqueología, deteniéndose en el más pequeño objeto de cada estrato, en su contexto. Snyder es del segundo tipo.

En este libro, el autor parece haberse impuesto tres tareas. La primera fue reunir la enorme cantidad de nuevas investigaciones -algunas de ellas suyas- sobre los asesinatos soviéticos y nazis, para producir algo así como un recuento final y definitivo. (Desde la caída del comunismo, han seguido abriéndose archivos y los testigos -polacos, ucranianos y bielorrusos, especialmente- han seguido rompiendo el silencio). Pero, el segundo propósito de Snyder era limitar su propio alcance, por materia y por lugar. No está escribiendo sobre el destino de los soldados o el de las víctimas de los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial, y tampoco quiere limitarse al Holocausto judío.  Su tema es el deliberado asesinato en masa de civiles -judíos y no judíos- en una zona concreta de Europa y en un momento determinado.

El tiempo que trata está situado entre alrededor de 1930 -inicio de la segunda hambruna de Ucrania- y 1945. La zona es el territorio que se encuentra entre el centro de Polonia y, más o menos, la frontera con Rusia, que cubre el este de Polonia, Ucrania, Bielorrusia y las repúblicas bálticas. El término que usa Snyder, “Bloodlands”,  es molesto, un título que esas hermosas tierras y los que ahora viven allí no se merecen. Pero es cierto que en esos años y en esos lugares, un total inimaginable de 14 de millones de seres humanos inocentes, en su mayoría mujeres y niños, fueron fusilados, gaseados o intencionadamente asesinados por hambre.

El tercer objetivo de Snyder es corregir, radicalmente, la manera en la que recordamos lo que pasó. Para empezar, el público de  los países occidentales tiende a asociar los asesinatos en masa con los “campos de concentración nazis”, y con Auschwitz en particular. Se cree que Stalin mató a muchas más personas que los nazis mediante el envío de millones de personas al gulag. Pero ninguna suposición es correcta.

Ahora parece que en la Unión Soviética,  aunque alrededor de un millón de hombres y mujeres perecieron en los campos de trabajo, sobrevivieron nueve de cada 10 presos en los gulags. La gran matanza de Stalin no tuvo lugar en Siberia, sino en las repúblicas soviéticas occidentales, sobre todo en Ucrania, donde en los años 30 al menos cuatro millones de personas murieron en las hambrunas provocadas por el hombre y en la masacre del campesinado “kulak”.

En los campos de concentración del Tercer Reich un millón de prisioneros padecieron muertes miserables durante el período nazi. Pero otros diez millones  que nunca entraron en los campos fueron fusilados(la mayoría judíos), se les mató deliberadamente de hambre (en su mayoría prisioneros de guerra soviéticos) o fueron gaseados en “centros de exterminio” especiales, que no eran campos. En Auschwitz, la mayor parte de los judíos fueron llevados directamente a las cámaras de gas a su llegada. Y Auschwitz, con lo terrible que fue, constituyó una especie de coda al Holocausto judío. En el momento en que las principales cámaras de gas entraron en funcionamiento en 1943, la mayoría de las víctimas judías de Europa ya estaban muertas.

Algunos -los judíos de Polonia en especial-  habían sido gaseados en los tres centros de exterminio establecidos en territorio polaco: Belzec, Sobibor y Treblinka. Pero la mayoría habían recibido un disparo y habían sido lanzados a fosas comunes por las unidades de policía alemanas que operaban en el lejano este, en Ucrania, en los países bálticos y en Bielorrusia, por esa Einsatzgruppen que se trasladaba de pueblo en pueblo trás las líneas del frente.

Snyder muestra convincentemente cómo surgió el Holocausto. Hasta la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941, el pensamiento de Hitler todavía se centraba en la deportación: cuando la URSS fue conquistada, todos los judíos serían conducidos a su vastos páramos a trabajar y a morir de hambre y enfermedad. Pero Himmler, impaciente, puso a la Einsatzgrupp tras los talones de la vanguardia del ejército, para comenzar la masacre. A finales de 1941, habían tiroteado a un millón de judíos soviéticos.

En diciembre de 1941, cuando el Ejército Rojo finalmente detuvo a la Wehrmacht a las afueras de Moscú, la política nazi cambió. Sin la conquista del espacio soviético, la deportación era imposible. Así que se tomó la decisión de resolver lo que quedaba del  “problema judío” con el asesinato en masa. Como dice Snyder, “la solución final como asesinato en masa `se fue extendiendo hacia el oeste’ “. Pero se adoptaron métodos “modernos”. Se construyeron tres centros con cámaras de gas en la Polonia ocupada, y  otro a continuación en Auschwitz-Birkenau, que se diseñaron para exterminar a toda la población judía de Europa occidental de la antigua frontera polaco-soviética. Al este de esa línea, en las tierras donde la mayoría de los Judios de Europa habían vivido, el trabajo ya lo habían hecho los Einsatzkommandos.

Todo esto modifica nuestra visión de este período terrible. Los británicos, que liberaron Belsen, centraron en un primer momento la masacre en “los campos de concentración”. Más tarde, cuando se difundió lo ocurrido en Auschwitz, llegó la imagen del asesinato “impersonal” industrializado. Ahora queda más claro que al menos la mitad de las masacres fueron cualquier cosa excepto industrializadas; las cometieron seres humanos individuales apuntando con sus armas a otros seres humanos desnudos e indefensos.

Snyder refuerza todo eso alineando el Holocausto con el destino de los prisioneros de guerra soviéticos. Apiñados en enormes recintos rodeados de alambradas,  con escaso o ningún alimento ni refugio, los dejaron morir intencionadamente. Sólo en la Polonia ocupada por Alemania, medio millón de prisioneros soviéticos murieron de hambre. Contando las víctimas del hambre en el Leningrado sitiado, este método más primitivo de asesinatos en masa se cobró algo así como cuatro millones de vidas en el curso de la guerra.

Snyder insiste en que las colosales atrocidades en sus “bloodlands” han de ser situadas en un marco histórico único. Verlas por separado -por ejemplo, ver los crímenes de Hitler como algo “tan grande que está fuera de la historia”, o los de Stalin como un dispositivo monstruoso para lograr la modernización- es dejar que los dos dictadores “defininan sus propias obras para nosotros”. Éste, por lo demás, es un terreno pantanoso para los historiadores. En la guerra fría y después, afirmar que “Stalin era peor que Hitler” o que “el comunismo y el fascismo vienen a ser lo mismo”, generaba más calor que luz. Pero Snyder no cae en estas trampas. Lo que dice es que ambos tiranos identificaron esta desafortunada parte de Europa como el lugar donde, sobre todo, debían imponer su voluntad o ver fracasar sus gigantescas visiones.

Para Stalin, fue en Ucrania donde “la construcción soviética” triunfaría o no;  ese granero de víveres debía ser arrebatado a los campesinos por la colectivización y el terror. Y la influencia extranjera -lo que significa, sobre todo, polaca- debía ser arrancada de la frontera occidental. (Snyder revela el hecho poco conocido de que la minoría polaca estuvo entre las principales víctimas étnicas del gran terror ocurrido entre 1937 y 1938: más de 100.000 fueron asesinados acusados falsamente de “espionaje”).

El inolvidable relato que hay en  este libro sobre la hambruna de Ucrania muestra de manera concluyente que Stalin sabía lo que estaba sucediendo en el campo y optó por dejar que siguiera su curso (unos 3 millones de muertos). Asimismo, para Hitler la incautación alemana de Ucrania y de su producción fue crucial para su nuevo imperio. Y lo mismo se puede decir del golpe a la identidad polaca. Entre ambas, Alemania y la Unión Soviética trataron de decapitar a la élite de la nación, asesinando 200.000 polacos en los primeros 21 meses de la guerra.

Las cifras son tan enormes y tan terribles que el dolor podría dejarnos entumecidos. Sin embargo, Snyder, que es un noble escritor y un gran investigador, lo sabe. Nos pide que no pensemos en números redondos. “Tal vez sea más fácil pensar en las 780.863 personas distintas de Treblinka: donde los últimos tres podrían ser Tamara e Itta Willenberg, cuyas ropas se pegaron unas a otras después de que fueran gaseadas, y Ruth Dorfmann, que fue capaz de llorar con el hombre que le cortaba el pelo antes de entrar en la cámara de gas.  Los regímenes nazi y soviético convirtieron a las personas en números. “A nosotros, como humanistas, nos corresponde convertir nuevamente a esos números en personas”.

*****

Véase asimismo la reseña que Anne Applebaum hizo en la NYRB, en la que incluye también el volumen Stalin’s Genocides (Princeton University Press), de Norman M. Naimark. Igualmente conviene detenerse en el Einsatzgruppen del documentalista Michaël Prazan (Seuil).

Además, entre las muchas reacciones al libro de Snyder, se puede incluir indirectamente: ‘What We Need to Know About the Holocaust’: An Exchange, de  Daniel Jonah Goldhagen con réplica del propio Timothy Snyder

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7 Respuestas a “Europa bárbara: entre Hitler y Stalin

  1. En EEUU llevan intentando demostrar la intencionalidad de la hambruna de los años 30 en la URSS desde hace décadas. El sovietóologo de la Casa Blanca, Robert Conquest con su The Harvest of sorrow que fue muy criticado en su momento. Este libro es el mismo rollo que nos vienen contando desde hace mucho: “la democracia occidental inocente frente a los malvados totalitarismos de Hitler y Stalin que eran naturalmente iguales”. Francia y Gran Bretaña eran Imperios coloniales donde se perpetraron matanzas como las de Katýn como por ejemplo Sétif en Argelia, hambrunas como las de Bengala en 1946.
    Por cierto, este libro que usted trata como novedad no tiene NADA de novedoso. Mark Tauger, Stephen Wheatcroft, R. W. Davies y Mark Harrison que son los mayores especialistas a nivel mundial en la hambruna rusa de los años 30 ya han puesto en duda que en la hambruna hubiera intencionalidad alguna aunque sí hubo responsabilidad. Rusa, y no ucraniana porque afectó a todo el país y aunque en el artículo no se diga, hubo regiones más afectadas como las repúblicas asiáticas.
    ¿Para cuando un Bloodlands sobre Oriente Medio? Iraq no es reponsabilidad de ningún regimen nazi o stalinista o reminiscencias feudales, lo mismo que Vietnam y tantos otros. ¿Cuando sabremos cuanta gente murió de hambre en los años 30 en EEUU?
    Criticar a Stalin o Hitler olvidando los crimenes de las pseudo democracias capitalistas me parece intolerable. Y sí, aunque Stalin de asco, Hitler mató mucho más. Y ya sabe lo mucho que contemporizaron con él las llamadas democracias imperiales…

    • Querido amigo: sólo dos acotaciones. La cita conjunta a Tauger, Wheatcroft, Davies y Harrison me parece adecuada, pero no aclara mucho, sobre todo si tiene en cuenta que los dos primeros han polemizado agriamente sobre el asunto. Por otra parte, la responsabilidad rusa no se expone para exonerar a nadie. En cuanto a las “democracias occidentales”, este blog las ha tratado convenientemente (y Argelia aparecerá en unos días). La última entrada referida a ello lleva por título “El Holocausto en África”.

      Saludos

  2. Libros como el de Richard Evans “In Hitler’s shadow”(que naturalmente no está traducido porque quitando la editorial PUV y alguna otra editorial pequeña, la política editorial de las grandes es sesgada y mala de por sí) pusieron en evidencia lo absurdo de estas meras analogías entre uno y otro régimen. Usted dice que la responsabilidad rusa no se expone para exonerar a nadie pero en el artículo que pretende resumir los argumentos del libro, se deja claro que se pretende establecer una analogía entre los crímenes de Stalin y los de Hitler. Eso ya es muy antiguo, viene de Nolte, en realidad de la misma época, son argumentos muy antiguos, y no tienen nada de novedosos.
    Por otra parte, explicar el período de entreguerras como una lucha de dos regímenes totalitarios contra la democracia es falso y simplista. Para eso el libro de Luciano Canfora sobre La Democracia viene muy bien, a pesar de su ramalazo stalinista.
    Dice usted que mencionar a Tauger o a Wheatcroft no aclara mucho, pues yo creo que aportan suficientes argumentos como para que la hambruna no pueda ser comparada con el Holocausto, lo mismo que el Gulag no es lo mismo que Treblinka.
    Este libro que usted reseña lo traducirán muy pronto por la carga ideológica que tiene, estoy. Y mientras tanto saber inglés será necesario si uno quiere leer a Moshe Lewin, Stephen Cohen, Ronald Suny, Sheila Fitzpatrick, Lynn Viola y tantos otros…nada menos que los mejores especialistas, o algunos de los mejores. Aquí nos conformaremos con Richard Overy o peores.
    Afortunadamente, las imputaciones del libro que usted reseña ni son novedosas ni tienen mucho peso científico. Y precisamente porque los archivos abiertos no corroboran lo que durante años se dijo.La historiografía ha dejado bien claro que:
    1.El Holocausto es único.
    2.La represión en la URSS de Stalin, con ser masiva y salvaje, es mucho menor de lo que se pensaba.
    3.En la hambruna de 1932 no hubo intencionalidad porque el régimen no ganaba nada con ella y tenía mucho que perder en cambio. Y no afectó solo a Ucrania, eso es un mito nacionalista.

    Por último, comparar la hambruna del 32 con la muerte de millones de rusos durante la II Guerra Mundial es revisionismo de la peor especie, de la de David Irving.Por cierto, el libro de Richard Evans sobre el caso Irving tampoco ha sido traducido.
    De Anne Applebaum que voy a decir, su marido, ministro de exteriores polaco, apoyo la invasión de Iraq, así que mejor haría en divorciarse pronto si tan preocupada está por los derechos humanos. Le debe pasar como a nuestro gobierno, que solo habla de DDHH cuando sale el tema de Cuba pero para el Sáhara se le olvida. Por eso mismo menos cuentos, que con la que está cayendo que todavían nos vengan con estas es de vergüenza, no estamos en 1991, mucho ha llovido desde entonces.
    El libro que usted, con todo el derecho del mundo, ha reseñado se merecía un feroz crítica, porque no es más que la continuidad de los Nolte, Furet, Irving y compañía. Trasnochados y desacreditados.Pero en fin, después de lo de Santos Juliá ya nada puede sorprendernos.

  3. Bueno señor Pons, me parece que no voy a seguir porque usted parece utilizar la técnica del “no tendré en cuenta ninguno de sus argumentos salvo uno en el que vea algo a lo que agarrarme, lo deformaré, y sobre ese pequeño punto responderé”.
    Ese pequeño punto es Tauger, me lo venía venir. Pero la cuestión no es que Tauger discrepe de Davies o Wheatcroft, la cuestión es que todos ellos discrepan de Robert COnquest y su obra The Harvest of Sorrow que tiene el mismo argumento intencionalista y étnico que la obra que usted comenta.
    No se puede construir la identidad entre los crímenes nazis y stalinistas por la sencilla razón de que son de naturaleza distinta.
    Tauger, Davies y Wheatcroft no creen que hubiera intencionalidad por parte del gobierno ruso en la hambruna de 1932.Y como ya le dije antes intencionalidad no es lo mismo que responsabilidad. Cosa muy distinta es que para Tauger tampoco hubiese responsabilidad y eso ya es pasarse. Lo que importa es que todos ellos refutan consistentemente la tesis de la intencionalidad, un punto básico del libro que usted comenta.
    Y Wheatcroft tiene un interesante artículo:The Scale and Nature of German and
    Soviet Repression and Mass Killings,1930-45, EUROPE-ASIA STUDIES, Vol. 48, No. 8, 1996 1319-1353.
    La violencia nazi más que una copia de la de Stalin(que más quisiéramos que Hitler hubiese aniquilado al partido nazi) se inspiraba en otras violencias que nada tenían que ver como el racismo, las conquistas coloniales, la eugenesia y el antisemitismo. Todos ellos formaban parte de la tradición de Occidente. En Europa Oriental Hitler quería crear un Imperio germánico, copia del Imperio Británico que tanto admiraba. Para esto In Hitler’s Shadow de Evans y “La violencia nazi. Una genealogía europea” de Enzo Traverso aportan argumentos de sobra sobre la falsa comparación de los crímeens de unos y otros y la verdadera inspiración del nazismo en unas tradiciones occidentales muy anteriores a 1917. Los crímenes de ambos regímenes responden a lógicas muy diferentes y Bloodlands solo pretende absolver al liberalismo, como Furet, COnquest, Nolte y otros tantos.
    Bueno, un saludo, al menos espero haber dejado claro mi punto de vista.

    • También cierro la discusión por mi parte, recordando que este blog sólo pretende informar y promover la reflexión. Se trata, en todo caso, de una recepción diferente del texto de Snyder. Coincido en que este autor tiene una interpretación muy discutible, en cuanto a cuestionar la singularidad del Holocausto, pero la parte empírica parece fundada. De hecho, se diría que es así como se le puede definir, en la más pura tradición británica. Por lo demás, no conozco tanto la polémica concreta que se cita como para ir más allá.

      Por encontrar un terreno común, quedémonos con Traverso y su diferenciación de ambas violencias: “en ambos casos se trata de una violencia de tipo totalitario: se crea un sistema de campos de concentración, por ejemplo, pero aún así, es una violencia que tiene una naturaleza diferente. La violencia del nazismo es dirigida hacia el exterior, la violencia del estalinismo hacia el interior. La casi totalidad de las víctimas del estalinismo son ciudadanos soviéticos, y en su gran mayoría, rusos. (…) Por una parte, hay un sistema que «usa» seres humanos para modernizar Siberia, para construir líneas de ferrocarriles, para electrificar una región, para construir ciudades, para talar bosques, etc. Por otro lado, hay un régimen que utiliza los medios de la modernidad para matar: no se trata de matar para modernizar; se trata de utilizar la modernidad para matar”.

      Entonces, ¿tienen algo en común? En ambos casos se “transforma el progreso técnico, científico e industrial en regresión social, ética, que transforma, en definitiva, la civilización en barbarie y el progreso industrial en progreso de los medios de exterminio”.

      Entiendo la diferenciación entre intencionalidad y responsabilidad, pero no la comparto. Al exterminar a través del trabajo hay también responsabilidad e intención. Es cierto que la lógica, incluso la epistemología, de ambos sistemas es distinta, así como las tradiciones en las que se asientan. Ahora bien, desde un punto de vista ético, como reconoce Traverso, es muy peliagudo establecer una distinción entre las víctimas. Así pues, tendremos que leer con detenimiento el volumen de Snyder, situándolo en el contexto de los debates historiográficos.

      Cierro mi intervención y agradezco los comentarios.

      Para quien quiera continuar la polémica, recomiendo:

      http://bookhaven.stanford.edu/tag/timothy-snyder/

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