El pueblo: su historia en Francia

Jean-Yves Granier analizó  en Libération el volumen de Deborah Cohen La Nature du peuple. Les formes de l’imaginaire social (XVIII-XXI):

¿Qué es el pueblo en el siglo XVIII? Durante mucho tiempo, al menos hasta la década de 1760, estuvo ausente de los libros y discursos, salvo para afirmar su sumisión al rey. “Las elites no ven al pueblo”, escribe Deborah Cohen, es “una mirada predeterminada”. Y este saber se alimenta de un a priori radical según el cual la pobreza, o la pertenencia al pueblo,  no es un fenómeno social, sino un hecho de la naturaleza, querido por la providencia. Ser mendigo vagabundo o  ladrón  se considera como propio de una naturaleza de la que uno no se puede escapar. No hay necesidad de buscar identidades singulares, pues las personas de condición baja no tienen personalidad propia, sólo cuentan como miembros de un grupo. Para quienes dominan “no hay hombres ni mujeres del pueblo, sólo masas, grupos, agregados, a menudo eamotinados”. El pueblo es visto en su totalidad así, incapaz de pensamiento político. Por tanto, su naturaleza no puede ser más que  sediciosa. Entre la elite, el temor a una revuelta  es profundo. Sin embargo, no se produce ningún gran levantamiento  durante el siglo XVIII antes de 1789.

Jerarquía. Desde mediados de siglo, la representación del pueblo deviene menos abstracta y el esquema teológico se desvanece parcialmente en favor de una descripción más concreta del paisaje social. Esta evolución se explica por el imporante lugar que ocupa el sentimiento, el deseo de sentir una emoción ante personas reales, en una generación que está marcada por la lectura de Jean-Jacques Rousseau. La providencia divina no explica el orden social,  es el valor moral el que ahora determina la jerarquía. Cuando un individuo salido del pueblo da muestras de virtud, no hace más que expresar una queja por una pertenencia social errónea. En cuanto al resto,  los únicos que reciben favor a los ojos de los dominantes en la literatura, son los que aceptan el orden tal como es y se someten. La lección extraída por Deborah Cohen de ese paso de una ley de la naturaleza a un enfoque más empírico es que hay pocos cambios en la consideración que el pueblo merece a las elites. Y cuando los primeros economistas hagan aceptar las leyes para liberalizar el comercio de granos, y se multiplique la sedición contra el alza del precio del trigo  (la “guerra de las harinas” de 1775), ven este movimiento irracional de la multitud “la fantasía de una multitud ignorante, aterrorizada”, en palabras de Condorcet.

Imaginario. Tras la mirada de las élites, el libro examina la representación que el pueblo tiene de sí mismo,  cuestión delicada pues las autobiografías populares son raras. Deborah Cohen muestra sutilmente cómo esta representación oscila entre una internalización del orden deseado por las élites y los intentos por escapar de su destino social. Lo más espectacular es el cambio de identidad, como ocurre con esa “dama de Brulle“, que en realidad es hija de un barbero, pero que proclama ser la viuda de un aristócrata antes de acabar en la Bastilla, donde escribirá sus memorias en 1761. Cambiar así los roles es manifestar la incapacidad de la movilidad social, pero también supone afirmar,  contra del discurso naturalista de la elite, que una mujer o un hombre surgidos del pueblo pueden parecerse, y hasta confundir, a un aristócrata.

Deborah Cohen también se pregunta acerca de las similitudes entre el mundo de ayer y el de hoy. Los siglos XIX y XX  han abordado al pueblo a través de la “cuestión Social”, una reflexión sobre el proletariado y la promesa republicana de una posible promoción. A comienzos del siglo XXI  está en regresión, y se asemeja en muchos aspectos al XVIII.El mismo bloqueo del ascenso escala social, la misma inseguridad y, sobre todo, las mismas explicaciones que estigmatizan a los pobres y los hacen responsables de su situación.

Al igual que en el siglo XVIII, el grupo popular ha estallado, ha perdido la relativa unidad que le podía ofrecer la sensación de pertenecer al mundo del trabajo. Se convierten en excluidos, inmigrantes, jóvenes de los suburbios, desempleados sin derechos … Esta dispersión da del pueblo una definición negativa. Como antes de 1760, el imaginario prevalece sobre el análisis empírico. Y del imaginario a las fantasías angustiosas, sólo hay un paso.

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Por supuesto, una obra de gran interés y que toca, además, un asunto siempre actual, el de la identidad. Algo en lo que Natalie Zemon Davis ya demostró su sutileza estudiando a Martin Guerre.

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