La Declaración Balfour y sus consecuencias

Los asuntos relativos a Israel y Palestina siempre están de actualidad, y más cuando hay negociaciones de por medio. En mayor medida en los Estados Unidos, que son parte particularmente interesada. Por eso, los libros que lo abordan suelen ser muy leídos y comentados, como ocurre con uno reciente sobre la celebérrima “Declaración Balfour”, sobre la que ya hemos hablado aquí. En este caso, la novedad es el volumen es de Jonathan Schneer titulado The Balfour Declaration. The Origins of the Arab-Israeli Conflict (Random House, 2010). A este respecto, les recomiendo la recensión del historiador y periodista Tom Segev en The New York Times. De todos modos, nos quedaremos con la más académica de Eugene Rogan, que enseña historia moderna y del medio Oriente en Oxford,  para el Washington Post.

El 2 de noviembre de 1917, el Ministro de Asuntos Exteriores británico, Arthur James Balfour, transformó el futuro de Oriente Medio en 19 palabras: “El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío”.

Antes de esa fecha, el sionismo era un movimiento marginal que dividía a los judíos y era rechazado por los gentiles. Tras la Declaración Balfour, el proyecto nacional judío contó con el apoyo de la primera potencia imperial de la época. Aunque no lo sabía entonces, el Ministro de Asuntos Exteriores sentó las bases del Estado de Israel y del conflicto entre árabes y sionistas que, casi un siglo después, sigue sin resolverse.

El historiador británico Jonathan Schneer ha producido un libro notable sobre un tema complejo y disputado. Su Balfour Declaration está, además, bien escrita y añade imparcialidad a un asunto muy manido. La novedad del libro radica en la forma en que cuenta esa historia. Schneer sitúa la lucha sionista en favor de su reconocimiento en el contexto de las contradictorias promesas de Gran Bretaña a árabes, judíos y aliados europeos como parte de su desesperado intento por derrotar a Alemania en la Primera Guerra Mundial. Gran Bretaña apoyó estos movimientos más por provecho propio en su esfuerzo bélico que por convicción.

El movimiento árabe fue el primero en obtener el apoyo británico. Cuando los otomanos entraron en guerra junto a Alemania en noviembre de 1914, los alemanes presionaron al sultán otomano para que declarara una yihad – una guerra religiosa contra británicos y franceses. Alemania esperaba provocar de ese modo levantamientos internos en la India y en África del Norte que debilitarían a Gran Bretaña y a Francia y acelerarían su derrota en la guerra. La llamada otomana a la yihad causó una honda preocupación en los círculos gubernamentales británicos, que buscaron un influyente aliado musulmán para hacer frente a esta amenaza.

Sharif Hussein, emir de La Meca, gozaba de amplio respeto como descendiente del profeta Mahoma y como principal figura religiosa en la ciudad más sagrada del Islam. Poco después de la llamada otomana a la yihad, el gobierno británico se dirigió a Sharif para animarle a liderar una revuelta árabe contra los otomanos. El estadista árabe manejó esta difícil negociacióny se aseguró la promesa de Gran Bretaña de remitir armas, granos y oro para sostener una revuelta, así como el reconocimiento de un gran reino árabe bajo su mando en el caso de que el movimiento tuviera éxito. En junio de 1916, Sharif declaró su propia jihad, esta vez contra los otomanos,  activando una alianza estratégica con los británicos.

Para los sionistas fue más difícil atraer el interés de los funcionarios británicos en un primer momento. En fecha tan tardía como 1913, el jefe de la diplomacia de la Organización Sionista Mundial, Nahum Sokolow, pudo conseguir una audiencia, pero no superó el nivel de los secretarios privados de los funcionarios del Ministerio de Asuntos Exteriores -y con pocos resultados. Como informó a su asistente un responsable del Ministerio después de una reunión con Sokolow, ” es mejor no intervenir  en apoyo del movimiento sionista”.

Además , el sionismo dividía a los  judíos británico. La élite judía de los negocios y la política, conocidos como el “Cousinhood” (primazgo), abogaban por la asimilación social como solución al antisemitismo. Rechazaban la reivindicación sionista de una identidad nacional judía, pues creían que alentaba la opinión secular de que los judíos siempre eran ajenos a su lugar de nacimiento. “No es de extrañar que todos los antisemitas sean sionistas entusiastas”, reflexionaba Claude Montefiore, uno de los principales miembros del Cousinhood.

Chaim Weizmann resultó esencial para asegurar el apoyo al sionismo entre los poderosos miembros del Cousinhood y los líderes políticos británicos. Nacido en Rusia en 1874 , huyó del antisemitismo zarista para estudiar química en Alemania y Suiza, trasladándose a Inglaterra en 1904 para ocupar un puesto en la Universidad de Manchester. No se convirtió en súbdito británico hasta 1910.

Schneer capta brillantemente el ascenso de Weizmann, quien utilizó sus contactos sociales con la influyente familia Rothschild y sus debates con el  liberal C.P. Scott, editor de periódicos, para conseguir reunirse con Balfour en diciembre de 1914 y con el “Minister of Munitions”, David Lloyd George, en enero de 1915.

Lloyd George y Balfour creían que su apoyo al sionismo fortalecería la posición británica en el conflicto. Pensaban que los judíos americanos  alentarían a su gobierno a entrar en la guerra, y que los judíos rusos apoyarían los esfuerzos del zar para asegurar la derrota de Alemania y la creación de un hogar nacional judío bajo el patrocinio británico. Además, creían que el apoyo al nacionalismo judío podía promover las ambiciones territoriales de Gran Bretaña en Palestina. Si bien en 1916 había acordado en secreto con Francia colocar Palestina bajo una administración internacional, Balfour vio la oportunidad de utilizar el sionismo para concitar el apoyo internacional a su idea de situar Tierra Santa bajo dominio británico.

Sin embargo, aun cuando hubieran obtenido el apoyo británico para su causa, los sionistas trataron de entenderse con los árabes. Teniendo en cuenta el cuidado con que Schneer desarrolla las lineas paralelas de las políticas sionista y arabista, es sorprendente que no mencione las negociaciones directas que hubo entre ambos bandos hacia el final de la guerra. El incansable Weizmann viajó desde Europa para reunirse con Emir Faisal, que estaba al mando de la revuelta árabe, en Transjordania, en junio de 1918, y más tarde firmó un acuerdo formal de apoyo mutuo entre un futuro ” Estado árabe” y una “Palestina” judía. Con los árabes y los judíos tratando de descubrirse, el apoyo de Gran Bretaña era poco fiable. Con el ejército británico varado en un feroz punto muerto en el frente occidental, Lloyd George (ahora primer ministro) persiguió activamente una paz por separado con los turcos que dejara el mundo árabe bajo nominal dominio otomano. En efecto, Schneer documenta no menos de cinco iniciativas diferentes para asegurar una paz anglo-otomana, ninguna de las cuales hubiera rechazado los objetivos de arabistas y sionistas.

Autores anteriores han argumentado que, en función de sus intereses durante la guerra, Gran Bretaña había prometido Palestina a tres bandos distintos  -a los árabes, a los judíos y a las autoridades internacionales. Schneer demuestra de forma convincente que, si los británicos hubieran conseguido que los otomanos se separaran de Alemania,  les habría complacido dejarla en sus manos. Clara y equilibrada, ésta es la exposición más original de la Declaración Balfour hasta la fecha.

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Quienes repasen la reseña de Segev advertirán que es más crítica. Por ejemplo, señala: “La otra parte, que Schneer descuida explorar, fue la genuina admiración  que sentían muchos de los líderes británicos, entre ellos el primer ministro David Lloyd George y el propio Balfour, por los judíos y por su historia. Estos hombres eran cristianos sionistas profundamente religiosos. Habían crecido con la Biblia, la Tierra Santa era su hogar espiritual. El sionismo moderno, creían, supondría cumplir con una promesa divina y permitiría el reasentamiento de los judíos en la tierra de sus antiguos padres”.

O bien: “Según Schneer, los árabes eran tan invisibles para los primeros sionistas como los africanos lo habían sido para los Boers en Sudáfrica, o los indios para los colonos franceses e ingleses en América del Norte. Pero, de hecho, algunos de los primeros sionistas eran muy conscientes del vehemente rechazo de los árabes a sus aspiraciones nacionales. Ya en 1899, el mismo Theodore Herzl, padre del sionismo político, se carteó con el alcalde árabe de Jerusalén,  Yusuf Dia al-Khalidi, que le instó a encontrar un hogar nacional para los judíos en otro parte del mundo. El conflicto palestino-israelí parece haber tenido su origen en el comienzo mismo del sionismo”.

En fin, así termina: “La declaración Balfour encuentra, pues, su lugar entre una multitud de infructuosos proyectos y fantasías indulgentes, excepto, por supuesto, que en este caso y sorprendentemente los británicos cumplieron en general con su palabra. Durante al menos dos décadas permitieron que el movimiento sionista llevara cientos de miles de inmigrantes judíos a Palestina, y los recién llegados crearon cientos de asentamientos, incluyendo varias ciudades, así como la infraestructura política, económica, militar y cultural del futuro Estado de Israel. Pero si la existencia de Israel se originó con los británicos, también lo hizo la tragedia de los palestinos. La declaración Balfour fue sólo el primer capítulo de una historia aún sin terminar”.

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2 Respuestas a “La Declaración Balfour y sus consecuencias

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  2. Se debe agregar al artículo que el territorio llamado Palestina, era la tierra ancestral del pueblo judio y que el imperio romano bajo el gobierno de Adriano, cambió el nombre de Judea a Palestina o Provincia Syria-Palestina en el año 135 d. C., como forma de borrar toda memoria judía de la región, tras salir victorioso en la rebelión de Bar Kojba. Y que mediante intereses mediados o no, un pueblo retornó a su tierra natal.

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