Antropología: entre ciencia y literatura

Nicolas Journet reseña en Sciences Humaines el L’Adieu au voyage. L’ethnologie française entre science et littérature, de Vincent Debaene (Gallimard, 2010, 515 pág.).

Desde que la profesión existe, más de un antropólogo ha dado el paso de publicar, además de textos académicos, un “segundo libro” en el que, de forma más libre, da cuenta de su experiencia. Muchos de estos títulos han sido olvidados, otros (L’Afrique fantôme de Michel Leiris o Tristes tropiques de Claude Lévi-Strauss) se han convertido en clásicos. Vicent Debaene se pregunta sobre esa historia y sobre por qué este tropismo literario es tan característico, al parecer, del medio francés.

Ante todo, esta tentación de escritura descansa en una larga tradición de belles lettres que pretende ese “conocimiento del hombre” puesto en cuestión, a principios de siglo, por una sociología ávida de hechos. En la década de 1930, se requiere de los antropólogos que trabajen sin adornos, pero también se les invita a restituir, para un público más amplia, la “atmósfera” de las sociedades que están visitando: ¿de qué modo, si no es con una escritura más flexible? De ahí la creación de colecciones abiertas a los “segundos libros”, saliendo de la escritura científica pero también del relato de viajes,  odiado por todos. El interés en los círculos literarios a menudo es recíproco: los surrealistas se apasionan con el arte “primitivo”, la magia y la mística exótica. Entre el arte y la ciencia, se extienden puentes (como el Colegio de Sociología), que a menudo no son estables ni apacibles.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el contenido de las colecciones cambia: es el fin de las colonias, y la antropología también se quiere más teórica, menos empírica. El segundo libro  es de tipo crítico (Afrique ambiguë, George Balandier) o desencantado (Tristes tropiques), mientras que la serie “Terre Humaine” abre sus páginas a biografías de los nativos y a otros recuerdos, que se avecinan ahora junto con los escritos de los científicos .

En la década de 1970, veremos aparecer relatos intimistas que rompen con el presente etnográfico (Chronique des Indiens Guayaki de Pierre Clastres) y testimonios sobre el reverso de la investigación (La Mort sara,  Robert Jaulin). Más tarde,  como efecto del postestructuralismo, se exportará al ámbito anglosajón.

El estudio de la V. Debaene, académico y reflexivo a un tiempo, no se contenta con tirar de este hilo: da cuenta con bastante amplitud de los debates sobre la recepción de las humanidades en el ámbito académico y examina con detalle el elogio final de Roland Barthes a la literatura. El autor no toma partido en la rivalidad entre letras y ciencias, pero rechaza que se pueda reducir a una mera disputa de reconocimiento público: los segundos libros de los antropólogos responden, dice, a una necesidad propia,  la de  “pagar un tributo por esa violencia de haber querido constituir a otros hombres como objetos”.

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Y así empieza Debaene su introducción:

Entre 1925 -fecha de la fundación del Institut d’ethnologie de Paris- y los años 70, los intercambios entre literatura y la antropología han sido innumerables en Francia. En muchos aspectos, estas décadas constituyen el “momento etnológico de la cultura francesa”. En primer lugar, porque los antropólogos escriben -de antropología, por supuesto, pero también “hermosos libros” más difíciles de clasificar: Mexique, terre indienne, L’Île de Pâques, Tristes tropiques, Afrique ambiguë, Chronique des Indiens guayaki… En segundo término, porque, a su vez, escritores, poetas e intelectuales leen a los etnólogos: los surrealistas están entusiasmados con La Mentalité primitive de Lucien Lévy-Bruhl (antes de que pase de la rúbrica “Lisez”  a la de  “Ne lisez pas” en la parte posterior del catálogo de publicaciones surrealistas);  en el otoño de 1937, Georges Bataille funda con otros un “Colegio de Sociología”, “comunidad moral” para promover una “sociología sagrada” y ampliar a las sociedades modernas “el análisis de las estructuras de las llamadas sociedades primitivas”.  Doce años más tarde, el mismo Bataille y Simone de Beauvoir reseñan las Structures élémentaires de la parenté de Claude Lévi-Strauss en Critique y en Les Temps modernes, antes que Barthes y Gilles Deleuze comenten La Pensée sauvage y la “Introduction à l’œuvre de Marcel Mauss” de Lévi-Strauss. Algunos de estos escritores se hinchan de antropología: en 1938, Roger Caillois, que ha asistido al curso de Mauss en el Institut d’ethnologie, presume de pensamiento antropológico general en Le Mythe et l’Homme; en 1947, Bataille ve “generalizarse” el Essai sur le don en La Part maudite. Otros juegan con las formas convencionales del discurso etnológico o se inspiran en él: Henri Michaux propone una etnografía imaginaria en su Voyage en Grande Garabagne; Georges Perec imita Tristes tropiques en su La Vie mode d’emploi. A veces, la reacción es hostil:  André Breton arremete contra “la mirada con demasiada frecuencia fría del etnógrafo”;  Aimé Césaire, que en su Discours sur le colonialisme defiende a Michel Leiris y Lévi-Strauss contra los ataques de Caillois, se burla de los “etnógrafos metafísicos y dogones” [referido a los especialistas en el pueblo africano “dogón”].

Las formas de arte circulan: después de Blaise Cendrars, que desde la década de 1910 había estado ensayando con los “poemas negros”, Bréton escribe, alrededor de 1945, los poemas “xenófilos”, donde retoma materiales míticos de los maoríes o de la isla de Pascua; en los años de entreguerras, La Nouvelle Revue française puede publicar los proverbios malgaches y los “textos indígenas de la Argentina” al mismo tiempo que selectas páginas de La Mythologie primitive de Levy-Bruhl. Se crean dos colecciones, que dicen estar “a caballo” entre la literatura y la etnología: “L’Espèce humaine”, de Gallimard, dirigida por Alfred Métraux y Michel Leiris; “Terre humaine”, de Plon, dirigida por Jean Malaurie. Algunas revistas son lugares de convergencia, como Documents (1929-1930), dirigida por Bataille, en cuyo índice uno encuentra  dos firmas de científicos del “Muséum” junto a surrealistas disidentes, que acaban de romper con Bréton. En Martinica, la revista Tropiques (1941-1945), fundada por Aimé y Suzanne Césaire, sitúa muy explícitamente a la etnografía entre sus preocupaciones. Otros periódicos, que quieren a ser intersecciones de la vida intelectual, abren sus columnas a los antropólogos: Arnold Van Gennep tendrá la columna “Ethnologie, folklore” en el Mercure de France desde 1905 hasta su muerte en 1949; desde 1934, La Nouvelle Revue française tiene una sección de  “Sociologie” (pero, de hecho, es de Etnología). Los hombres, en fin, circulan: Leiris, Bataille, Métraux, Lévi-Strauss, Barthes – todos estos nombres encarnan la permeabilidad entre los modos de pensar y los tipos de discurso, que parecen remitir a veces a la ciencia y a veces a la literatura. En un sentido, por otra parte, aparecen como una extensión de una tradición específicamente francesa que, de Montaigne a Rousseau pasando por  Montesquieu, siempre ha mezclado la reflexión filosófica, la curiosidad por lo exótico, la introspección y la meditación sobre la naturaleza humana.

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En fin, un recuento impresionante. De momento, y por si acaso, recomiendo releer a Clifford Geertz:  El antropólogo como autor. Paidós, 1997.

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