El Holocausto en África

Tras el libro de Mike Davis sobre los holocaustos en la era victoriana, nadie puede sorprenderse de lo que se pueda contar, pero siempre son bienvenidos libros como el de David Olusoga y Casper Erichsen: The Kaiser’s Holocaust: Germany’s Forgotten Genocide and the Colonial Roots of Nazism (Faber & Faber, 2010).

Así lo analiza Stephen Howe, profesor de historia poscolonial en la Universidad de Bristol, para The Independent.

En 1904, en lo que entonces era el África alemana del Sudoeste, hoy Namibia, los pueblos herero y nama se rebelaron contra el dominio colonial. Esos dos levantamientos no fueron coordinados ni astutamente planificados. Al igual que otros rebeldes en África y Asia, los insurgentes estaban casi inevitablemente condenados al fracaso: desarmados y superados en número.

El pueblo nama, sin embargo, ya muy europeizado, bastante bien equipado y adoptando eficaces tácticas de guerrilla, resistió mucho más que la mayoría. Ambas revueltas, aunque nunca amenazaron realmente con derrocar el gobierno alemán, supusieron una pequeña ola de pánico en Berlín. Los asesinatos de colonos alemanes, aunque pocos si se compararon con las bajas del otro lado, fueron vistos como ejemplo de la incorregible barbarie africana. El clamor inmediato fue que tales bárbaros fueran aplastados rápida y completamente, utilizando cualquier medio que fuera necesario.

Un nuevo responsable militar, el general Lothar von Trotha, tras vencer a la principal fuerza armada herero, persiguió a los sobrevivientes y a sus familias empujándolos al desierto del Kalahari, donde la mayoría murieron de sed o de hambre. Los Nama, que eran menos pero estaban mejor armados, pronto sufrieron un destino similar. Muchos de los herero y nama que quedaron fueron “concentrados” en campos de detención o sometidos a un duro régimen de trabajos forzosos. El número total de muertos no está bien documentado, pero estar en torno a los 60.000 herero -cuatro quintas partes de su población- y los 10.000 nama.

Hasta aquí, todo muy típico de cualquier colonialismo. La resistencia a la conquista europea fue seguida casi invariablemente por una represión feroz. Pocos europeos pusieron en duda el supuesto de que ni el Estado de Derecho ni las leyes de la guerra se aplicaban a la hora de enfrentarse a opositores “no civilizados” .

Los relatos de la masacre se repitieron desde Tasmania al oeste americano,  y en África desde El Cabo hasta El Cairo. Los franceses en Argelia y África occidental, los belgas en el Congo, los portugueses en Angola y Mozambique, los propios alemanes en lo que hoy es Tanzania, los estadounidenses en las Filipinas, así como en su propia Grandes Planicies, y Gran Bretaña a lo largo de su imperio global, establecieron algunas distinciones entre la lucha contra la insurgencia y el asesinato en masa.

Sin embargo, quizá había algo diferente en la historia de Namibia, una especie de exceso monstruoso que no sólo se hacía eco los patrones coloniales, sino que  ofreció un anticipo del terror que ocurriría en la misma Europa 40 años después. Von Trotha y sus jefes políticos, por lo que parece, no sólo se complacieron con una campaña criminal semejante a las de muchos de sus equivalentes imperiales, sino que planearon, propagaron y persiguieron la eliminación total de los herero (la evidencia de una política semejante hacia los Nama no es tanta).

Supervivientes herero

Éste fue, pues, el primer genocidio del siglo XIX. Y fue claramente al estilo alemán,  estableciendo un precedente para el destino de los judíos de Europa con Hitler. Hubo un camino directo desde Namibia a Auschwitz, desde los intentos alemanes en construir un imperio en África a la más vasta y destructiva campaña de  la década de 1940 para formar un imperio en Europa. Como destacan David Olusoga y Gaspar Erichsen, hubo señaladas continuidades en ideología,  métodos, personal, incluso en uniformes, entre el proyecto africano y el de los nazis.

Olusoga y Erichsen han escrito un relatro vívido y poderoso del genocidio de Namibia – aunque controvertido, el término parece ser adecuado- y de las formas en que ha sido olvidado y recordado, ocultado y exhumado. Han hecho un trabajo de archivo fascinante, y ofrecen emotivas evocaciones de los lugares de la masacre, especialmente en la Isla Tiburón, que ahora es un centro turístico, pero que hace un siglo fue el más mortífero de los campos de concentración coloniales. Ofrecen, además, un convinvente bosquejo de las múltiples relaciones existentes entre Namibia y el nazismo.

Nada de esto, sin embargo, es tan nuevo como pueda parecer -aunque sí lo es abrir nuevos caminos en el debate sobre los sanguinarios campos de internamiento.  Antes de 2004-2005, habría sido al menos una verdad a medias hablar de las atrocidades de Namibia como de un “genocidio olvidado “. Sin embargo, el centenario de la revuelta y de su represión produjo una enorme ola de conmemoración y de debates en Alemania y Namibia.

El gobierno de Alemania hizo disculpa pública formal por el genocidio, algo que contrasta con las continuas evasivas de muchos antiguos colonialistas, incluida Gran Bretaña. Aparecieron decenas de obras sobre estos temas, en alemán y en inglés. El suelo que Olusoga y Erichsen pisan ha sido en gran parte reconocido  en los últimos años por -por citar unos pocos de los muchos nombres posibles- Dominik Schaller, Reinhart Koessler, Jürgen Zimmerer, Benjamin Madley y Robert Gerwarth, a partir de los primeros escritos de Hannah Arendt y Horst Drechsler. Es bastante sorprendente que casi ninguno de esos nombres aparezcan en este libro [faltos de traducciones castellanas, además de Mike Davis se puede leer A propósito de resistir: repensar la insurgencia en África. Barcelona, Oozebab, 2008].

Es cierto que algunos de esos libros se han publicado en el ámbito académico, en lugares relativamente recónditos, o principalmente en alemán: pero si eso explica por qué un volumen inglés de historia más “popular”  los ignora, entonces es una lástima. La separación entre la historia académica y otra más divulgativa, que apunta a un público más amplio,  es innecesaria y perjudicial para ambas partes. Y no explica por qué su uso de las fuentes alemanas, sobre todo los más recientes, es tan desigual; como tampoco sus sorprendentes y ocasionales errores en la traducción.

Anuncios