Rusia revisa su historia

Anatol Lieven acaba de regresar de Rusia y nos ofrece una breve mirada sobre el uso de la historia en aquel país. Lo hace en  The National Interest, una publicación del ámbito conservador, pues no en vano la patrocina el Nixon Center. Lieven es profesor en el  War Studies Department del King College londinense. Entre sus obras:  America Right or Wrong: An Anatomy of American Nationalism (Oxford University Press, 2004).  Su texto se titula Reexamining Russian History:

Uno de los asuntos principales que trata el Valdai Club este año es el de llegar a un acuerdo sobre la historia rusa del siglo XX, o más bien sobre el terrible período que trascurre entre la revolución de 1917 y la muerte de Stalin en 1953. Esto forma parte de una campaña por parte de los liberales del stablisment ruso que apoyan al presidente Dmitri Medvedev para impulsar las reformas en Rusia y lograr una clara ruptura con el pasado soviético.

Recordar los crímenes del estalinismo fue también un acompañamiento natural en nuestro viaje en barco a lo largo del canal del Mar Blanco, construido por los presos políticos bajo Stalin en la década de 1930, con un coste terrible en vidas humanas, con sufrimiento, frío, hambre y ejecuciones en masa. Ésta y otras atrocidades masivas cometidas bajo Stalin y Lenin tienen un reconocimiento oficial muy limitado en la Rusia actual,  aunque fueron rusas la mayoría de sus víctimas.

Éste es un tema sobre el cual quienes no son rusos tienen un derecho moral limitado a hablar, a menos que sus propios compatriotas se encontraran entre la masa de víctimas (como en el asesinato en masa de Stalin de los prisioneros polacos en Katyn), e incluso entonces se debe tener mucho cuidado, reconociendo tanto que se trataba de un crimen de un Estado comunista y no de un Estado nacional de Rusia como que también hubo inmuerables víctimas entre los rusos. En cuanto a Rusia, la falta de conmemoración pública o de su recuento va más allá del estalinismo, incluso aunque la inmensa escala de los crímenes del estalinismo lo convierte en el asunto más grave de la historia moderna de Rusia ahora mismo. Así,  los dos millones de rusos que murieron en la Primera Guerra Mundial tempoco  tienen ningún monumento público, a pesar de que la nostalgia por el pasado prerevolucionario es muy común en el cine ruso contemporáneo, por ejemplo.

Incluso para muchos fervientes anticomunistsa rusos, cuyas propias familias padecieron el estalinismo, el pasado comunista es a menudo un tema muy difícil, sobre todo por dos razones, con las que me vine tras la segunda parte de mi estancia, que incluyó una visita a la ciudad de Yaroslavl, donde el gobierno de Rusia ha organizado un foro internacional anual que esperamos se convierta en la versión rusa de Davos. Mirando por la ventanilla del tren, mi atención quedó atrapada por una estatua blanca, situada aparentemente en solitario en un claro del bosque. Entonces me di cuenta de que la estatua era la de un soldado, y que detrás de ella había hileras de lápidas grises, tumbas de soldados soviéticos caídos en la Segunda Guerra Mundial, presumiblemente procedentes de un hospital militar, ya que el avance alemán se detuvo por el oeste en Yaroslavl en noviembre de 1941 ante el contraataque soviético que en el mes siguiente les hizo retroceder.  El régimen que organizó la resistencia, que les hizo retirarse y salvó a Rusia de la destrucción fue, por supuesto, comunista y estaba dirigido por Stalin. Separar esta victoria gloriosa, que salvó a Rusia y a Europa de los nazis, de los atroces crímenes nacionales e internacionales del estalinismo, no es, por decirlo suavemente,  fácil.

La otra razón  tiene que ver con las casi cuatro décadas de gobierno soviético, mucho más suave, que siguió a la muerte de Stalin, durante las cuales casi dos generaciones crecieron, se casaron y tuvieron sus propios hijos, épocas que produjeron tanto la gris y limitada opresión del gobierno de Brezhnev como los períodos reformistas de Kruschev y Gorbachov, así como la eventual destrucción del sistema por los rebeldes comunistas de Yeltsin; y, por supuesto, a partir de entonces, el ascenso al poder de un exoficial de inteligencia soviético, Vladimir Putin.

En otras palabras, esto no fue en absoluto como la ruptura clara y súbita de alemanes con el nazismo causada por la derrota y la conquista de 1945. Esta historia ha producido una situación en la que, en Yaroslavl, monasterios, catedrales y palacios de la época imperial primorosamente restaurados, a menudo demolidos o destruidos bajo Lenin y Stalin, están en calles que se llaman todavía  “Sovietskaya”  y “Andropova” (él era de la provincia de Yaroslavl).

El peligro para los liberales rusos, por tanto, es que al denunciar los crímenes cometidos bajo Lenin y Stalin pueden parecer fácilmente -o serlo- como un grupo que condena la totalidad del período soviético, por el que muchos rusos mayores sienten algo de nostalgia, no tanto por razones imperiales, como porque representaba una vida segura, o simplemente por la razón humana que fue el país de su infancia y juventud. A su vez, puede alentar a los liberales a hacer algo que todos ellos son muy propensos a hacer, que es expresar un abierto desprecio elitista hacia los rusos corrientes y hacia la propia Rusia como país. No me corresponde a mí decir si está o no justificado. Una cosa que debería ser obvia -y que he señalado a los liberales rusos en una conferencia en Suecia a principios de este verano-  es que hablando así en público acerca de sus conciudadanos no hay manera de que uno resulte elegido, sea en Rusia o en los Estados Unidos.

Dado que este enfoque, naturalmente, no tiene eco en los círculos conservadores o “estatistas” , continúa vigente el patrón catastrófico mantenido en el siglo XIX y principios del XX  en la relación entre la intelectualidad liberal y el Estado, lo que contribuyó directamente a la catástrofe de 1917 y a la destrucción de ambos por la revolución: básicamente, dos absolutismos morales lanzándose los trastos a la cabeza. La ausencia de liberales en las filas del propio imperio empobreció  gravemente a ese Estado y contribuyó a sus defectos de oscurantismo, reacción, represión innecesaria y estupidez; pero una vez más debe admitirse que la retórica liberal contribuyó a menudo y en buena medida a que el Estado les considerara irresponsables, antipatriotas e indignos de servir en el gobierno.

Un historiador ruso que habló en el Valdai ejemplificó este riesgo, y también demostró que al margen de lo que puedan creer, muchos de los intelectuales liberales de Rusia están a considerable distancia de sus equivalentes occidentales y tienen también una fuerte tendencia a generar sus propias formas de absolutismo espiritual. Este historiador es el editor de una colección de gran prestigio de ensayos revisionistas de la historia rusa del siglo XX, pero su discurso en la Valdai causó un profundo dolor a los historiadores profesionales occidentales que estaban presentes.

Su charla consistió en retroceder en la historia rusa hasta finales  de la Edad Media e identificar un conjunto de “malentendidos” cruciales, arrancados de su contexto histórico,  acompañándolo de hechos cruciales olvidados. Por un lado,  es un proyecto tan antihistórico como pueda imaginar un historiador. Por otra parte, consiguió en efecto destrozar la mayor parte de la historia de Rusia -sobre lo que, de nuevo, no hay manera de conseguir que tu compatriota te escuche.

Por lo que el gobierno ruso se refiere, lo más alentador en relación con su enfoque reciente de la historia ha sido el reconocimiento pleno y abierto de la masacre cometida por la policía secreta soviética de los prisioneros polacos en Katyn por orden de Stalin, que ha dado lugar a una mejora radical en las relaciones con Polonia. Esto fue posible en parte debido a que tanto el gobierno polaco como el ruso reconocieron que en el mismo bosque también están enterradas miles de rusos y soviéticos,  víctimas  de la policía secreta. En otras palabras, se convirtió en una denuncia conjunta del estalinismo, no una denuncia polaca de Rusia.

Parece bastante claro que Medvedev quiere ir más rápido y más lejos que Putin en la denuncia de los crímenes comunistas. En la reunión que mantuvimos con el ahora primer ministro Putin,  estalló de forma muy agresiva cuando se le preguntó por qué Lenin se encuentra todavía en su mausoleo en la Plaza Roja, a lo que repuso preguntándole a un colega británico por qué todavía hay un monumento a Cromwell ante el parlamento de Londres. Uno de mis colegas británicos reaccionó a esto con muy mal humor, pero debo decir que, siendo medio irlandés y  recordando los crímenes de Cromwell contra Irlanda (que hoy sería, sin duda reconocido como genocidio), entendí que no le faltaba razón, excepto, por supuesto, que Cromwell gobernó Gran Bretaña hace 350 años atrás, y no hace 90 años.

Por un lado, la respuesta de Putin refleja una tendencia tan comprensible como contraproducente por parte de Rusia, arremeter contra las preguntas incómodas en lugar de afrontarlas. A este respecto, Medvedev, cualquiera que sean sus otras aptitudes, es de lejos su mejor diplomático. Sin embargo, Putin continuó haciendo una observación razonable, la de  que “cuando llegue el momento, el pueblo ruso decidirá qué hacer con ésto. La historia es algo sobre lo que no nos podemos apresurar”.  La diferencia entre Putin y Medvedev es alentadora en este sentido, porque refleja, en parte, simplemente el hecho de que Medvedev es trece años más joven.

En Yaroslavl, Medvedev habló de los inmensos cambios que Rusia había logrado desde el fin del comunismo, y habló de su gran dificultad para explicar a su hijo de quince años, nacido en 1995, cuatro años después del colapso de la Unión Soviética, lo que era vivir bajo el comunismo, “colas para todo, nada en las tiendas, y nada que ver en televisión, pero interminables discursos de los líderes del Partido”.

Al final, el enfoque de los adolescentes rusos -y, por tanto,  futuros adultos-  frente a su historia probablemente será como el de la mayoría de los adolescentes en Occidente. Por un lado, es una lástima y es peligroso, pues un mayor conocimiento de la historia bien podría ayudar a vacunarlos a todos contra peligrosos errores y crímenes en el futuro. Sin embargo, hablando como profesor, no albergo grandes ilusiones sobre nuestra capacidad para hacer que la mayoría de los adolescentes -sean rusos, británicos, americanos o de Marte-  estudien mucha historia o cualquier otra cosa.

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