¿Para quién escribimos historia?

Ya se ha expuesto en varias ocasiones  el deseo de recuperar textos que, por distintas razones, habían quedado rezagados, en el cajón. Ahora le toca el turno a Dipesh Chakrabarty. Su contribución se une a las ya mencionadas aquí de Lynn Hunt y Gordon Wood, aparecidas todas en la excelente columna “The Art of History” que publica la revista Perspectives on History.  El de Chakrabarty se titula “Crafting Histories: For Whom Does One Write?“:

Los historiadores a menudo -y a menudo lo hacen con razón- se quejan de colegas o estudiantes cuya prosa parece “ampulosa” o recargada con la jerga de la “teoría”. En la India, donde buena parte del debate académico tiene lugar en los artículos de opinión que publican los periódicos en lengua inglesa, esta queja llega a veces a extremos ridículos. Cuando se publicó en 2006 el libro de William Dalrymple, The Last Mughal,  un muy legible y bien documentado libro, provocó, de forma un tanto previsible  y creo que algo estimulado por el autor, una pregunta que algunos historiadores de la India ya se habían planteado antes: ¿No deberían todos los historiadores escribir en un estilo que sea accesible y atractivo para los lectores profanos?  Por supuesto, este debate particular en la India es una versión extrema del problema,  pero muestra cuán lamentable y simplista es esa dualidad  -prosa accesible frente a inaccesible–, es decir,  cualquier respuesta dogmática nos conduce  a un callejón intelectual sin salida. Cuando alguien escribe explícitamente dirigiéndose a un público lector genérico, sólo tiene sentido escribir en una prosa accesible para todos. Pero no sería muy inteligente insistir en que todas las historias académicas tuvieran que ser escritas en prosa comprensible para todos. Tomemos el  libro de Amartya Sen sobre las hambrunas, en el que que trata sobre la ocurrida en Bengala en 1943.  Sin duda, es un libro muy inteligente -y también es una especie de historia , ya que aborda algo que sucedió en el pasado-,  pero su matemática o lógica no puede ser de interés para un lector profano o inexperto. ¿Debería Sen haber escrito su libro como una novela de suspense? La célebre obra maestra de Irfan Habib sobre la historia agraria mogol podría ser otro ejemplo.

A veces escribimos sobre temas históricos en los que nuestros lectores, entre el público en general o dentro de la profesión, ya tienen un interés verdadero y profundo. Todas las historias nacionales o locales tendrán versiones que podrían servir de ejemplo, pero permítanme dar algunos referidos a la historia sudasiàtica. La partición de la provincia de Bengala en 1947 entre el Estado indio de Bengala Occidental y el Estado paquistaní de Pakistán Oriental fue precedida por algunos horrendos asesinatos étnicos en la ciudad de Calcuta. Nacido en Bengala Occidental tras la independencia y de familia hindú,  siempre me crié oyendo el relato de que el primer ministro musulmán de la provincia, H.S. Suhrawardy, contenía a la policía durante los disturbios para asegurarse de que la violencia musulmana contra Pakistán pudiera continuar durante un tiempo. Ahora bien, ¿verdaderamente Suhrawardi controlaba a la policía durante los disturbios de Calcuta de 1946? Ésta es una pregunta que todavía se hacen en Calcuta. O está también el misterio, ya antiguo, que se cierne sobre la muerte del líder nacionalista indio Subhas Chandra Bose, conocido popularmente como Netaji. ¿Murió realmente Netaji en un accidente de avión? Hay muchos lectores que aún están interesados en conocer la respuesta a este particular enigma. Si un historiador pudiera escribir un libro sobre este tema que se leyera como una novela policíaca, él o ella tendría un clamoroso éxito de ventas en los aeropuertos y estaciones de ferrocarril de la India. Del mismo modo, algunas partes de nuestro pasado nacional tienen un valor histórico intrínseco: por ejemplo, la Guerra Civil de los Estados Unidos o la Gran Rebelión de 1857, a menudo llamada motín, en la India. Esta última era en realidad el objeto del libro de Dalrymple. Los acontecimientos de 1857 han inspirado varias películas, novelas e historias populares a través de generaciones. Dalrymple no es seguramente la primera persona que produce una narración legible del motín. Tuvimos a Michael Edwardes, Saul David, Andrew Ward y a muchos otros antes que él, y a otros antes que ellos. Pero no todos los aspectos de nuestro pasado disfrutan de tal popularidad. El libro de Anil Seal sobre el nacionalismo, un análisis pionero que contribuyó a hacer de la historia moderna de la India una materia académica, estaba muy bien escrito.  No creo que consiguiera gran popularidad entre los lectores de la India en ningún momento. ¿Debería Seal haber cambiado su estilo?

A veces, una vez más, hay cuestiones concretas que sólo tienen sentido para los especialistas en historias particulares. Hubo un encendido debate en la historia soviética hace una o dos décadas sobre el número de personas que habían sido asesinados por las purgas de Stalin y las hambrunas en la década de 1930. Robert Conquest calculó una cifra que era mucho mayor (que de todos modos se contaba por millones) que  la ofrecida por el joven historiador Stephen Wheatcroft. Como persona ajena a ese campo de estudio,  en cierta ocasión le planteé una cuestión muy profana a Wheatcroft. “¿Por qué sutiliza sobre si eran ocho o doce o veinte millones? ¿Acaso unos cuantos miles no habrían bastado para afectar a la reputación de la Revolución?” Dado que sabía muy poco sobre las complejidades de la historiografía soviética, mi pregunta “lega” era esencialmente de carácter moral. La respuesta de Wheatcroft me hizo ver cómo el interés de los especialistas  podía de hecho ser diferente del del lector común. Dijo que una cifra muy alta haría muy difícil explicar ciertas características del mercado de trabajo en la Unión Soviética y, por tanto, plantearía algunas dificultades fundamentales en la historia de la industrialización soviética. De lo que se trataba no era de la inaccesibilidad de la prosa o de los debates posmodernos sobre los hechos. Apreciar los hechos en sí mismos requiere un cierto entrenamiento en la historia académica soviética que yo no poseía.

Por otra parte, la cuestión de llegar a una amplia audiencia tampoco es  siempre una cuestión escribir con prosa sencilla. Las historias de Foucault sobre el encierro o la clínica o el asilo no fueron escritas en un estilo que muchos historiadores animarían a adoptar a sus estudiantes. Pero tuvieron un enorme éxito, tanto a nivel académico como de ventas. La historia francesa de la lectura y la escritura, un cierto momento en la historia global de la teoría social y política occidental, y el genio propio de Foucault se combinaron para hacer de sus obras un “éxito”.  La inaccesibilidad por parte de un autor menor que escribe en otro momento de la historia puede no tener el mismo gancho. Pero no hay aquí  ningún argumento intrínseco sobre una prosa sencilla que genera un público más amplio.

A menudo veo que más bien me hago dos exigencias a mí mismo en mi vida profesional. Pero ambas son importantes, no mutuamente excluyentes. Al desempeñar el papel de profesor, considero que mi tarea es hacer fácil de entender lo que parece complejo y amenazadoramente difícil. Pero cuando trabajo como investigador de las sociedades y de su pasado, lo que necesito es desafiarme intelectualmente. Así que leo a personas que ayudan a hacer las cosas tan complejas y difíciles como sea posible, cuando son aparentemente fáciles  (la complejidad, la claridad y la sutileza pueden coexistir en el mismo texto). Éstas son las personas a las que recurro cuando siento la necesidad de desafiar mis prejuicios. A veces estos problemas surgen de hechos nuevos, muchas veces del trabajo sobre ideas desconocidas y difíciles. En la historia de la India y en mi caso particular, D.D. Kosambi y Ranajit Guha  han desempeñado a menudo ese papel. Nunca se me ocurriría exigir a tales autores que escribieran siempre en una prosa que pudiera consumir ociosamente.

Me pregunto por qué los autores y periodistas que escriben burlonamente sobre los historiadores profesionales y que insisten en que todos debemos escribir al estilo de un Dalrymple (nadie le cuestiona el mérito por lo que ha logrado) olvidan que lo que le da a cualquier campo la fuerza y la capacidad de prosperar es la diversidad –diversidad de enfoques, temas, métodos y estilos expositivos. Un sano espíritu de competencia es aquel que abraza la diversidad como valor.

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Dipesh Chakrabarty es Lawrence A. Kimpton Distinguished Service Professor en los departamentos de historia y de lenguas y  civilizaciones sudasiáticas en el College de la Universidad de Chicago. Es autor, entre otros, de Al margen de Europa (Tusquets, 2008) o El humanismo en la era de la globalización (Katz, 2009). Ahora mismo está trabajando en dos libros que aparecerán en la University of Chicago Press: “Presentism and the Predicament of Postcolonial History” y “The Climate of History: Four Theses”, asunto este último del que ya hemos hablado aquí y del que existe un breve avance en castellano.

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