¿Tienen futuro las humanidades?

Frank Donoghue, profesor de inglés en la Ohio State, escribió hace unas semanas una necrológica de las humanidades en The Chronicle. Donoghue ya ha pasado por esta bitácora, a propósito de su The Last Professors: The Corporate University and the Fate of the Humanities (2008). Veamos:

Hace más de una década, durante mi reconocimiento físico anual, tuve una conversación con mi médico de cabecera sobre el libro de Bill Readings The University in Ruins (1997). Reproduje  el argumento del libro y recibí una respuesta sorprendente. “La universidad está en buena forma”, me dijo mi doctor. Se explayó diciendo que su puesto como miembro de la de la facultad de medicina de la Ohio State University le proporcionaba flexibilidad horaria y un buen sueldo, su práctica privada lo complementaba y, más importante aún, sus estudios sobre la hipertensión, patrocinados por el gigante farmacéutico Pfizer, eran muy lucrativos.

La conversación, y la revelación de que mi colega veía la universidad principalmente como un medio por el cual él podía trabajar para una gran corporación, tuvo un efecto duradero en mi forma de pensar y en mis posteriores escritos sobre  la educación universitaria. Me quedé con la sospecha, que aún sostengo hoy, de que los humanistas con demasiada frecuencia usan los términos “humanidades” y “universidad” como si fueran equivalentes. La universidad no está más en ruinas ahora que cuando Readings publicó su libro.

Sin embargo, la ecuación es omnipresente: lo atestigua la reciente iniciativa, la “Academy in Hard Times“, que anunció Rosemary Feal, directora ejecutiva de la Modern Language Association. Feal dijo: “No hace falta que te diga que la academia está pasando por uno de los períodos más difíciles de su historia”. Portavoz de varios campos importantes en las humanidades, Feal simplemente parece suponer que “la academia” y “las humanidades” son sinónimos y que, como tales, ambos necesitan protección en la economía actual.

De hecho, las humanidades y la universidad no son lo mismo. Desde la década de 1970, todas las disciplinas humanísticas han sufrido de falta de recursos presupuestarios y de la ausencia de un mercado de trabajo. Pero eso ocurre sólo en las humanidades. Ohio State recientemente remodeló por completo su biblioteca y construyó un centro recreativo de última generación (ahora parece que ninguna universidad lo es verdaderamente sin un muro de escalada), así como un espléndido sindicato de estudiantes. Los sueldos de los profesores de business y de derecho reflejan la valoración que la universidad tiene de sus docentes: un profesor atiempo completo de business gana un salario promedio anual de 208.000 dólares; uno de derecho, 180.000, mientras el titular de una cátedra de artes y humanidades gana un promedio de 108.000. Otras universidades pueden contar historias similares: la Indiana University de Pennsylvania construyó no hace mucho la mayor residencia universitaria del país. Los buenos tiempos corren en la educación superior.

Lo que ha ocurrido es que el centro de gravedad en casi todas las universidades se ha desplazado tan lejos de las humanidades que la respuesta más pertinente a la pregunta “¿Las humanidades sobrevivirán en el siglo XXI?” no es “sí” o “no”, sino “¿a quién le importa?”

Tenemos que empezar con la pregunta “Si las humanidades y la universidad no son la misma cosa, ¿cuáles son las consecuencias para las humanidades?” Si la  conversación que tuve con mi médico es un indicador, las consecuencias para las humanidades no son buenas, lo que debería llevarnos a formular preguntas adicionales. Lo más importante es que tenemos que examinar nuestras disciplinas en el contexto de una historia institucional más amplia de lo que solemos hacer. Para los estudiantes de 1910, la pregunta “¿Las humanidades sobrevivirán al siglo XX?” se habría podido responder. Casi todo el mundo habría respondido: “Por supuesto”. Andrew Carnegie, quien pronunció la célebre frase de que la educación en artes liberales capacitaba a un graduado de la universidad para “la vida en otro planeta”, lo más probable es que añadiera “Sí, pero qué lástima”. Sólo puedo pensar en una persona, Thorstein Veblen, que aunque no  automáticamente habría dicho: “Sí, por supuesto”. Avancemos rápidamente un siglo: nadie está seguro del todo sobre la supervivencia de las humanidades.

Para evaluar el futuro de las humanidades, examinemos en primer lugar el plan de estudios. Sorprendentemente (al menos para mí), el plan de estudios de 1910, aunque ha cambiado mucho, todavía se percibe en la actualidad. Casi todos los clásicos han desaparecido. Desde que Harvard y Yale eliminaron el griego como requisito a fines del XIX, el interés de los estudiantes decayó rápidamente. En 1907, el 98 por ciento de los estudiantes que ingresaban en Yale tenían  conocimientos previos de griego. En 1921, justo 14 años después, los tenían el 50 por ciento de todos los estudiantes que ingresaban, pero, una vez en Yale, sólo el 8 por ciento decidía continuar su estudio. El hecho es que el plan de estudios se mantuvo bastante durante el siglo XX, pero a medida que más universidades ofrecían cursos optativos e introdujeron el concepto de especialización académica, los estudiantes dejaron poco a poco de estudiar humanidades.

Así, el énfasis ha cambiado de manera significativa. Un fascinante estudio publicado por Stanford University Press en 2006, sobre el seguimiento de las tendencias de contratación en las facultades de la Commonwealth Británica durante el siglo XX, lo confirma en términos abrumadores. El estudio mostró que, entre 1915 y 1995, el número total de puestos de trabajo del profesorado en humanidades se redujo en un 41 por ciento, mientras que en las ciencias sociales aumentó en un 222 por ciento. Las ciencias naturales se redujeron en un 12 por ciento. Si los cambios en los Estados Unidos son aún vagamente comparables (y creo que lo son), entonces la parte que tienen las humanidades en el pastel universitario ha ido disminuyendo desde hace casi un siglo.

La cambiante misión social de la universidad también contribuirá a la contracción de las humanidades a medida que avancemos. A los colleges de 1910 iba una pequeña parte de la población,  sólo los hijos de la elite. El college era,  en la mayoría de los casos,  gratuito o muy barato, pero no servía para nada en la vida de la gran mayoría de los trabajadores. Ahora, una credencial de algún tipo  de la universidad es casi obligatoria para cualquier trabajo en el que se pague un salario digno. Aproximadamente 18 millones estudiantes están matriculados, números que se prevé que sigan subiendo. A primera vista, podría parecer que es un buen augurio para las humanidades, pero en realidad es todo lo contrario.  Las credenciales que esos estudiantes buscan, y las universidades que las conceden, habrían sido imprevisibles en 1910.

Sería difícil imaginar que una importante universidad de investigación se construyera desde cero hoy en día. Más pertinente, se está volviendo prohibitivo  asistir durante cuatro años a universidades y a colleges de artes liberales. Como resultado, la segunda mitad del siglo XX fue testigo de una explosión en el número de colleges de dos años, que siguen siendo baratos (la matrícula anual promedio es de 2.544 dólares por año)  y que exigen menos tiempo a los estudiantes. Los Community Colleges están en auge. En 2009, Lone Star College, una red de instituciones de dos años en Houston, compró un gran edificio de oficinas de Hewlett-Packard para dar cabida a su personal y a unos 62.000 estudiantes, número en crecimiento. Columbus State Community College, en Ohio, alcanzó este año los límites de su campus del centro y tuvo que arrendar salas para clases en la cercana Universidad de Franklin.

El fenómeno de los Community Colleges, que apenas es capaz de soportar el ritmo de inscripciones, ha allanado el camino para la universidad con ánimo de lucro. Aunque ésta es siempre más cara que los Community Colleges (la matrícula anual promedio es de 14.174), es experta en aprovechar el sistema nacional de ayuda financiera para reclutar estudiantes pobres (con familias medias cuyo promedio de ingresos era de 36.000 dólares en 2004, comparado con los 53.000 para los alumnos de los Community Colleges). En la gran mayoría de esos centros con ánimo de lucro los estudiantes asisten a la universidad sin tener que pagar ningún dinero de su bolsillo. Los contribuyentes les subvencionan, lo que sigue demostrando ser un despilfarro muy exitoso.

Estas nuevas y prósperas instituciones prácticamente no tienen compromiso con las humanidades, sino que generalmente se centran en misiones orientadas a la ocupación. Permítanme dar un ejemplo terrible: En todo el 2001, en la industria post-secundaria con ánimo de lucro se graduaron poco más de 28.000 estudiantes con títulos associate y bachelor en business and management, un poco más de 10.000 A.A. y B.A. en ciencias de la salud , y ni uno solo en inglés. A pesar de la progresiva expansión de la población estudiantil en general, las humanidades están perdiendo terreno constantemente. El último año en el que el 50 por ciento de estudiantes se graduó con B.A. en las tradicionales liberal arts -inglés, historia, lenguas, filosofía- fue en 1970, y fue mayor de lo que lo había sido desde hacía tiempo.

Volvamos ahora a los comentarios de mi médico acerca de Pfizer. Hablan mucho de la base material de la nueva universidad. En el clima económico de los últimos 40 años, las universidades tradicionales -no sólo con ánimo de lucro- se están convirtiendo en laboratorios de investigación y desarrollo y puestos de venta para las corporaciones multinacionales. Ese estado de cosas afecta más directamente a las universidades en el sector público, como se documenta en el meticuloso y deprimente estudio etnográfico de Gaye Tuchman, Wannabe U: Inside the Corporate University (University of Chicago Press, 2009). Desde la década de 1970, la educación superior pública ha dejado de ser considerada una responsabilidad cívica y se ha convertido en otro tipo de entidad. James Duderstadt, presidente de la Universidad de Michigan desde 1988 hasta 1996, caracterizó severamente la orientación vivida durante su mandato: “Solíamos ser apoyados por el Estado, a continuación, asistidos por el Estado, y ahora estamos sitiados (state-located)”.  Tiene razón. Hoy en día la Universidad de Michigan recibe cerca de 8 por ciento de su presupuesto de funcionamiento del Estado.

Así, las universidades no han tenido otra opción que funcionar cada vez más como empresas y para formar alianzas con empresas, y este giro de los acontecimientos altera fundamentalmente su dinámica institucional. La investigación fue la primera en sentir los efectos. La Ley Bayh-Dole de 1980 estipula que la investigación que da lugar a patentes financiada por el gobierno federal y realizada por miembros de la facultad no pertenece a los profesores, sino a las universidades que los emplean. Por supuesto, la legislación sólo es relevante para el área de  ciencias aplicadas, como los estudios sobre la hipertensión, por ejemplo. Pero la perspectiva de los productos comercializables (patentes) hace de las universidades, en particular, una inversión atractiva para las empresas, porque esas empresas ahora tienen que negociar sólo con los administradores de nivel superior, y no con una variedad de agentes libres miembros de una facultad.

En términos más generales, la ley Bayh-Dole también inauguró la era de la donaciones corporativas. Eso, a su vez, es importante porque estas fuentes de ingresos son todo lo que mantiene a las universidades estatales a flote. La Ohio State, por ejemplo, ocupa el tercer lugar en el país en atracción de donaciones corporativas. Las universidades privadas de élite, por el contrario, descansan mucho más sobre las donaciones de antiguos alumnos. Principales receptores de esos fondos fueron Washington and Lee University, Bowdoin College, la Universidad de Princeton y la Universidad de Cornell.

El cambio en la base material de la universidad deja a las humanidades completamente fuera. Las corporaciones no hacen donaciones para las humanidades porque nuestra cultura de la investigación es a la vez independiente y absurda. En esencia, le damos los derechos de nuestros artículos académicos y de nuestras monografías a las editoriales universitarias, y luego se las compramos de nuevo, o exigimos que nuestras bibliotecas las recompren, con márgenes exorbitantes. Y entonces nadie las lee. El actual sistema de carrera académica nos obliga a todos producir esas cosas, pero no hay consumidores.

Por tanto, ¿las humanidades sobrevivirán al siglo XXI? Mi conjetura puede sorprender, a la luz de las tendencias que acabo de exponer: Sí.

Se continúan escribiendo novelas populares inteligentes; la no-ficción de los humanistas que desafían la afiliación disciplinaria (Thomas Friedman, Malcolm Gladwell y Garry Wills, entre otros) todavía aparece en las listas de best sellers, y brillantes películas independientes (como Slumdog Millionaire) de vez en cuando consiguen grandes audiencias.

La supervivencia de las humanidades en el mundo académico, sin embargo, es una historia diferente. Las humanidades tendrán su hogar en algún lugar en 2110, pero no será en las universidades. Necesitamos por lo menos entrever la posibilidad de que las humanidades no necesiten instituciones académicas para sobrevivir, pero realmente lo hacen muy bien por su cuenta.

Algunas personas pueden argumentar que, aunque las humanidades florezcan fuera del ámbito académico, algún grupo tendrá que formar a la nueva generación de humanistas públicos en la forma de leer y escribir. Tal vez, pero no veo ninguna razón de peso para que los formadores deban ser profesores universitarios. Hubo muchos grandes poetas, dramaturgos y novelistas en los Estados Unidos mucho antes de 1922, cuando la Universidad de Iowa se convirtió en la primera universidad del país en aceptar proyectos creativos como tesis de grados avanzados. Russell Jacoby, en The Last Intellectuals, dibujó de manera persuasiva la migración de los humanistas desde el mundo de las revistas literarias a la academia. Dado que las condiciones del trabajo universitario en las humanidades se sigue erosionando, ¿qué detendrá una nueva migración de los humanistas?

Cuando nos planteamos responder a la cuestión de si las humanidades sobrevivirán al siglo XXI, realmente nos estamos preguntando, “¿Las humanidades tienen un lugar en el plan de estudios de enseñanza superior en los Estados Unidos?” Ésta no es realmente una cuestión intelectual, sino una de tipo profesional, e interesada,  porque a los humanistas nos gustaría vernos a nosotros mismos como guardianes de los planes de estudio. En realidad, sin embargo, no lo somos, ni lo hemos sido durante las dos últimas generaciones. Los planes de estudios cambian con el tiempo, y las humanidades simplemente no tienen un lugar en el currículo emergente del siglo XXI.

Anuncios

6 Respuestas a “¿Tienen futuro las humanidades?

  1. Demoledor. Evidentemente la realidad estadounidense no es la misma que en europa o en los otros conos, pero el perfil sino es similar por lo menos acusa factores visibles y semejantes.

  2. hello!This was a really fabulous blog!
    I come from milan, I was fortunate to come cross your theme in bing
    Also I obtain a lot in your topic really thank your very much i will come later

  3. Pingback: vv « News Clau & Gistaín·

  4. Pingback: Vida académica: el doctorado « Clionauta: Blog de Historia·

  5. Pingback: Vida académica: el doctorado « Clionauta: Blog de Historia·

  6. Pingback: Académicos del mundo, uníos! « Clionauta: Blog de Historia·

Los comentarios están cerrados.