El truco de los historiadores

Confieso: mi deseo oculto no es ninguna perversión, es ser inglés. No porque desee vivir allí, de ninguna manera,  o admiré en especial a aquel pueblo.  Simplemente es que, dado que soy historiador, envidio a rabiar la facilidad de escritura que tienen aquellos colegas, su descaro (bien entendido)  y lo bien que hacen su trabajo por lo general.  Pero, en fin.

Puestos a escoger, por qué no transmutarse en Keith Thomas, por ejemplo.  Si pudiera ser, sería yo quien firmaría (con alguna corrección) el artículo que apareció a principios del verano en la sección Diary de la London  Review of Books:

En el caso de los historiadores, en nada ayuda hablar mucho sobre sus métodos de trabajo. Porque así como el conjuro del mago desaparece si el público sabe cómo realiza el truco, de igual modo la credibilidad de los académicos pueden quedar muy disminuida si los lectores lo aprenden todo acerca de cómo llegaron exactamente a escribir sus libros. Con demasiada frecuencia, tales revelaciones disipan la impresión de una omnisciencia segura y fiable; a su vez, sugieren que las historias son urdidas por seres humanos expuestos a errores que ensamblan los resultados de una investigación incompleta a fin de construir un relato cuya fuerza retórica compensará, o así lo esperan, las lagunas en la argumentación y las deficiencias en las pruebas.

Tal vez por eso muy pocos historiadores nos dicen cómo se las apañan con su tarea. En su reciente y espléndida autobiografía, History of a History Man,  Patrick Collinson revela lo que le sucedió en una entrevista de trabajo cuando era joven. El medievalista Geoffrey Barraclough le preguntó por su método de investigación, y lo único que pudo decir era que trataba de examinar todo lo que era remotamente relevante para su objeto: “Yo no tenía ningún método, sólo un cajón de sastre de materiales seleccionados más o menos de todas partes”.  La mayoría de nosotros diría lo mismo.

Pero, ¿cómo tratamos con el contenido de ese cajón de sastre una vez reunido? No lo podemos mantener todo en nuestras cabezas. Macaulay afirmaba que su memoria era lo suficientemente buena como para escribir todo El paraíso perdido. Sin embargo, al preparar su Historia de Inglaterra, tomó extensas notas en una multitud de libretas de distinta forma y color.

Los estudiosos siempre han tomado notas. La forma más primitiva de absorber un texto es escribir sobre el propio libro. Era común que los lectores del Renacimiento marcaran pasajes clave subrayándolos o que pusieran líneas o señales en los márgenes -el equivalente en la Edad Moderna del resaltador fluorescente de hoy. John Brinsley, erudito jacobita que escribió sobre la educación, decía que “los libros preferidos de los hombres más doctos  y de los más notables estudiantes estaban repletos de pequeñas líneas arriba o abajo o de algunas llamadas o notas o marcas que pudieran ayudar mejor a señalar algo digno de ser recordado”. Newton utilizó para ello las esquinas de las páginas de sus libros destacando el pasaje exacto que deseaba recordar. J.H. Plumb me mostró en cierta ocasión una serie de obras de Swift que le había dado GM Trevelyan; habían pertenecido originalmente a Macaulay, que había trazado una línea hasta el final del margen de cada página que había leído, sin duda para recordar todo el conjunto. Los puntos a lápiz en el margen de muchos libros en la Biblioteca Codrington en All Souls son evidencia cierta de que A.L. Rowse estuvo allí antes. Mi viejo tutor, Christopher Hill, se servía del lápiz para anotar en las guardas de sus libros una lista de las páginas y de  los temas que habían llamado su atención. Borraba sus apuntes si vendía el libro, pero no siempre de forma minuciosa, por lo que uno normalmente podía reconocer un volumen que le hubiera pertenecido.

Un método más brutal es cortar las páginas del libro e incorporarlas a un cuaderno de notas. Más de un erudito renacentista cortaba y pegaba de esta manera, a veces incluso de los manuscritos. Eso les permitía acumular material que les habría llevado meses transcribir. Hoy en día, tienen menos incentivos para despedazar los libros, porque tenemos fotocopiadoras y cámaras digitales y podemos descargar material de internet. Pero los historiadores aún hacen recortes de periódico. En el desayuno, a menudo cojo las tijeras y las uso con la LRB, el TLS o la New York Review of Books.

Otra ayuda para la memoria es la libreta de bolsillo en la que caben los pensamientos errantes y las observaciones: lo que los isabelinos llamaban “tablets”. John Aubrey nos dice que Hobbes “siempre llevaba un libro de notas en su bolsillo, y tan pronto como le asaltaba un pensamiento lo incluúia de inmediato en el libro de notas o, de lo contrario, temía perderlo. Había dispuesto el libro en capítulos, etcétera, de modo que podía encontrar cualquier cosa”.  La National Portrait Gallery tiene una excelente fotografía (tomada por Colin Matthew), del historiador de la arquitectura Howard Colvin en las ruinas de la abadía de Godstow: con las gafas subidas sobre la frente y la cámara colgando de una mano, mira hacia abajo con atención mientras escribe una entrada en el cuaderno que acaba de sacar de su bolsillo. Siempre me han impresionado los académicos que pueden aguantar impasibles una compleja conferencia que ofrece algún visitante ilustre sin que crean necesario tomar ni una sola nota, aunque sea furtiva, en la parte trasera de un sobre. Quedarían desprestigiados, sin duda, si se les viera agacharse para anotar algo, como un estudiante de primer año.

Al final, todos tenemos que hacer resúmenes de los libros y documentos que leemos. En los siglos XVI y XVII, los académicos tendían a leer libros de forma extrapolada, seleccionando pasajes a memorizar o copiar en cuadernos de citas (commonplace books). A veces guardaban sus resúmenes en el orden en el que se los encontraban. Más generalmente, tratataban de organizarlos bajo determinados epígrafes:  virtudes y vicios tal vez, o ramas del conocimiento. Bien organizada, una buena colección de resúmenes siempre es una reserva de citas y aforismos que podrían utilizarse para apoyar un argumento o adornar una composición literaria. Como señaló el historiador Thomas Fuller: “Un cuaderno de citas contiene muchas nociones dispuestas como en una guarnición, de donde el propietario puede sacar un ejército al campo como alerta competente”.

Estas compilaciones no eran necesariamente una preparación para escribir, pero podían convertirse en fines en sí mismas. Fueron las predecesoras de las antologías de refranes memorables, anécdotas, chistes, pasajes elocuentes y  joyas de autores clásicos en las que los editores aún confían para Navidad. Pero también permitían a los alumnos organizar y recuperar sus datos. El arte de hacer resúmenes (ars excerpendi) fue una técnica académica esencial.

La gran limitación del cuaderno de citas era su inflexibilidad. Dado que cada extracto se anotaba en el cuaderno bajo un único encabezamiento, luego ya no se lo podía mover.  Noel Malcolm ha descrito el sistema inventado por el clérigo rural Thomas Harrison, quien se lo explicó a Carlos I durante una conversación de dos horas en 1638. Se trataba de escribir fragmentos en pequeños trozos de papel, que luego eran clavados en ganchos sujetos a placas de metal en las que había encabezamientos por materia. Éste fue un gran avance, porque significaba que los pasajes podían ser reorganizados repetidamente para adaptarse a diferentes esquemas conceptuales. En su libro sobre las nota al pie, Anthony Grafton cita una carta de Jacob Burckhardt, el gran historiador suizo especialista en el Renacimiento, informando que acababa de cortar sus notas sobre Las vidas de Vasari en setecientos papelitos y los había reorganizado para pegarlos  en un libro, organizándolos por temas.

A partir de esta práctica de tomar notas en hojas de papel separadas surgió lo que se convirtió en una herramienta indispensable para el historiador hasta la era electrónica: el fichero. Mediante el uso de tarjetas de tamaño uniforme, agujereadas en el margen y asignándoles categorías diferentes según el orificio, fue posible, con la ayuda de una aguja de tejer, localizar todas las tarjetas que contenían material referido a una categoría en particular.

Estas diferentes técnicas se codificaron en las guías de la investigación que proliferaron con el auge de la escritura histórica  académica. En una de las más influyentes, la Introducción a los estudios históricos de 1898 de los historiadores franceses Charles Langlois y Charles Seignobos, los autores advierten que la historia está más cargada de detalles que cualquier otra forma de escritura académica y que los que escriben deben tenerlos bajo control. La mejor manera de proceder, dicen, es recoger el material por separado en trozos de papel (fichas), cada una descrita con una indicación precisa de su origen; además, se debe mantener un registro separado de las fuentes consultadas y de las abreviaturas empleadas para identificarlas en los papelitos. Si un pasaje es interesante desde varios puntos de vista diferentes, entonces debería ser copiado varias veces en diferentes notas. Antes de que apareciera la Xerox, se trataba de una intensa labor en la que uno había de rozar la perfección, por lo que no es de extrañar que muchos de los grandes historiadores del siglo XIX emplearan a copistas profesionales.

Prescripciones de este tipo llegaron a su apoteosis en el pequeño ensayo sobre “The Art of Note-Taking” que Beatrice Webb incluyó en My Apprenticeship (1926).  Propuso la famosa doctrina de “solo un hecho en cada hoja de papel”. En su deliciosa autobiografía, Memories Migrating (2009), el fallecido John Burrow registra su perplejidad cuando su tutor de posgrado, George Kitson Clark,  le transmite ese mandamiento: “Yo meditaba sobre este tema. ¿Qué era un hecho? ¿Qué hace que sea un hecho? Seguramente la mayoría de los hechos son compuestos. ¿Cómo puedo saber si había llegado al lecho rocoso, al último e individible  hecho atómico?”

Nadie me dio instrucciones de este tipo cuando empecé la investigación en la década de 1950. No leí ni a Beatrice Webb ni a Langlois y Seignobos hasta muchos años después, por lo que en aquel tiempo mis hábitos de trabajo estaban petrificados. Cuando lo hice, sin embargo, me tranquilicé al ver que, de forma un tanto particular, había llegado a algo vagamente parecido a esas prescripciones. En el camino había cometido todos los errores característicos del principiante. Empecé por cometer el error básico de escribir mis notas en las dos caras de una hoja. Pronto aprendí a no hacer eso, pero seguí copiando fragmentos en cuadernos de notas en el orden en el que me los encontraba. Mucho más tarde, descubrí que era preferible poner los pasajes dentro de los encabezamientos pertinentes. Con el tiempo, me di cuenta de que las notas deben ser conservadas sueltas, de forma lo suficientemente flexible como para permitir cualquier reordenación. Pero deseché las fichas uniformes: hacía mis resúmenes en formas y tamaños diversos, pues veía las fichas como algo excesivamente mecánico.  Desde la descripción que hacía Anatole France en La isla de los pingüinos del erudito ahogado por una avalancha de sus propias fichas, me ha sido difícil tomarlas en serio. Todavía me molesto cuando los críticos dicen que todo lo que he hecho ha sido verter mis fichas a la página.

Cuando voy a las bibliotecas o a los archivos, tomo notas de forma continua en hojas de papel, poniendo el número de página y el título abreviado de la fuente al lado de cada pasaje extraído. Cuando llego a casa, copio los detalles bibliográficos de las obras que he consultado en un libro que tiene un índice alfabético, de modo que puedo citarlas en mis notas al pie. Luego corto cada hoja con un par de tijeras. Los fragmentos resultantes son de tamaño variable, dependiendo de la longitud del pasaje transcrito. Estas piezas cortadas de papel se acumulan en el suelo. Periódicamente, las archivo en sobres viejos, dedicando un sobre por separado a cada tema. Junto a ellas van recortes de periódico, listas de libros y artículos que aún no he leído y notas sobre cualquier otra cosa que me pueda ser útil cuando me ponga a pensar en el tema de forma más analítica. Si las notas sobre un tema en particular son especialmente voluminosas, las pongo en una caja o en un archivador  de cartón o en un cajón del escritorio. También mantengo un índice de los temas sobre los que tengo un sobre o un archivo. Puedo tener miles de sobres.

Este procedimiento es mucho menos meticuloso de lo que parece. La clasificación es una actividad tediosa y los fajos de notas sin clasificar se acumulan. Algunas se sueltan  y vuelan alrededor de la casa, apareciendo meses más tarde debajo de una alfombra o un almohadón. Algunos de mis sobres más valorados han desaparecido por completo. Tengo la firme sospecha de que cayeron al gran cesto que tengo junto a mi escritorio y al que van los papeles descartados, con los que se pueden confundir fácilmente. Mi letra es cada vez más ilegible y a veces no puedo identificar la fuente de la que lo he tomado. Ojalá hubiera prestado más atención a los benéficos consejos que ofrecía otro olvidado manual para estudiantes, History and Historical Research (1928), obra de C.G. Crump, del  Public Record Office: “Nunca tomes una nota para uso futuro de manera … que ni siquiera tú mismo sepas  lo que significa cuando te la encuentres algunos meses más tarde.”

Mis notas son voluminosos porque mis intereses no han sido muy precisos. Mi tema es lo que pienso que es la etnografía histórica de principios de la Inglaterra moderna. Equipado con preguntas formuladas por antropólogos, sociólogos y filósofos, así como por otros historiadores, trato de mirar prácticamente todos los aspectos de la vida moderna, desde el entorno físico a los valores y la actitud mental de las personas de todos los niveles sociales. Lamentablemente, cuestiones tan diversas como la alfabetización, la aritmética, los gestos, los chistes, la moral sexual, la higiene personal o el tratamiento de los animales, aunque son centrales en mis preocupaciones, son difíciles de perseguir de manera sistemática. No pueden ser investigadas en un solo archivo o repositorio de información. El progreso depende de la creación de una imagen a partir de una masa de referencias casuales e imprevisibles acumuladas durante un largo período. Eso hace que sean asuntos  no aptos para una tesis doctoral, que debe ser completada en pocos años. De hecho,  son materia de lectura para toda una vida. Por eso, cuando leo,  me fijo en si hay material relacionado con varios cientos de temas diferentes. Aun así,  a medida que cambian mis  intereses, veo que tengo que volver a las fuentes que leí hace mucho tiempo, con mis nuevas preocupaciones en mente.

Christopher Hill, 1965. (Hulton Archive/Getty Images)

Christopher Hill era partidario de leer todo lo escrito durante un período (a condición de que no fuera manuscrito) y posteriormente todo lo escrito sobre él. Solía comprar cualquier monografía remotamente relevante cuando aparecía, la digería y luego la vendía. Como él, trato de empaparme de los escritos de una época, en particular los que puedo encontrar en mi biblioteca, en las bibliotecas de Oxford o en la Early English Books Online (EEBO) y la Eighteenth-Century Collections Online (ECCO). Por decirlo con las célebre palabras de G.M. Young, mi objetivo es continuar la lectura hasta que pueda oír a la gente hablar. Cualquier cosa escrita aproximadamente entre 1530 y 1770, cualquiera que sea su género, tendrá algo que ofrecer. Si examino una carta del siglo XVII o repaso  una monografía de un historiador moderno, seguramente voy a sacar media docena de indicaciones separadas sobre una variedad de temas diferentes. Dado  que me interesan tanto las actitudes y suposiciones que están implícitas en las pruebas como en las que se articulan de forma explícita con el tiempo, he adquirido el hábito de la lectura a contrapelo. Ya se trate de una obra de teatro o de un sermón o de un tratado jurídico, lo leo no tanto por lo que el autor quería decir como por lo que el texto revela incidental o accidentalmente.

Cuando llega el momento de empezar a escribir, voy a por mi sobres, elijo uno gordo y lo vacío sobre la mesa, para ver lo que tengo. En este punto, por lo común hay un patrón que toma forma. Como bien dijo Beatrice Webb, el mismo proceso de mezclar las notas pueden ser intelectualmente fértil. Nos ayuda a hacer nuevas conexiones y origina preguntas a las que hay que tratar de encontrar respuesta. Así que después de examinar mis pedazos de papel, me pongo a leer de manera más sistemática, descubriendo a menudo que alguien ya ha dicho en algún lugar buena  parte de lo que yo pensaba que había encontrado por mí cuenta. Si no quedo muy desanimado, puedo juntar mis nuevas notas con las viejas y trato de crear algo coherente a partir de estos cientos de pedazos de papel. Esto supone dividir el tema en un gran número de subapartados, poner el nombre de cada uno en la parte superior de una página de tamaño A4, grapar las correspondientes notas a la página adecuada y organizar las hojas en orden consecutivo. Sólo entonces me pongo a escribir. En comparación con el trabajo de tomar, clasificar y organizar las notas, esta parte es relativamente rápida. Pero le sigue una tarea a la que hay que dedicar mucho tiempo:  desplazarse a las bibliotecas para comprobar las referencias de mis notas,  muchas de las cuales, gracias a mi mala caligrafía, al descuido y a una tendencia innata a “mejorar” lo que he leído, resultan ser ligeramente erróneas o fuera de contexto. Me gustaría tener la espléndida despreocupación de David Hume, de quien un amigo escocés dijo: “Porque, amigo, David leía muchísimo antes de ponerse a escribir cualquier parte de su libro; pero su lugar habitual era el sofá, y escribía a menudo con las piernas en alto; y habría sido extrañamente difícil que se hubiera movido por la habitación cuando le asaltaba alguna duda”.

Cuando he resuelto todos mis errores de transcripción, la tarea ha terminado. Meses más tarde, llegan las pruebas, en cuyo transcurso se han publicado más libros  y artículos  y he encontrado varios pasajes más deliciosos que claman por ser incluidos. Para entonces, por supuesto, es demasiado tarde.

Es posible que se tomen demasiadas notas, en ese caso la tarea de clasificación, presentación y asimilación puede durar eternamente,  con lo que no escribimos nada. La terrible advertencia es de Lord Acton, cuyo enorme aprendizaje nunca se tradujo en la gran obra que el mundo esperaba de él. Debemos a Sir Charles Oman una inolvidable descripción del estudio de Acton en Shropshire tras  su muerte en 1902. Había estantes y estantes de libros, muchos de ellos con notas escritas a lápiz en el margen. “Había escritorios y armarios con casilleros repletos literalmente de miles de compartimentos en cada uno de los cuales se ordenaban papelitos blancos con referencias a algún tema en particular, dispuestos de manera (por lo que pude ver) que nadie más que el compilador podría encontrar  fácilmente el sentido”. Y había montones de paquetes de libros sin abrir, que seguían llegando, incluso después de su muerte. “Durante años al parecer había estado tratando de mantenerse al día con todo lo que se había escrito, y trabajar sus resultados en su amplia tesis”.  “Nunca tuve una visión”, escribe Oman,  “que me impresionará más sobre la vanidad de la vida y el aprendizaje humanos”.

Vivir en Shropshire, como hago durante buena parte del año, y seguir una rutina incómodamente cercana a la de Acton, hace que encuentre este relato como algo particularmente penoso. Los libros no leídos se amontonan y sé que no voy a vivir lo suficiente para utilizar todas las referencias que he acumulado. Los que vengan tras de mí es casi seguro que no puedan leer lo que he escrito ni interpretar mis abreviaturas, ni mucho menos descubrir cuál era el principal propósito de mis resúmenes. Como Francis Bacon advirtió hace mucho tiempo, “las notas de un hombre poco aprovecharán a otro”.

La verdad es que me he convertido en una especie de dinosaurio. Hoy en día, los investigadores no necesitan leer los primeros libros impresos laboriosamente de principio a fin. Sólo tienen que escribir una palabra elegida en la base de datos adecuada para descubrir todas las referencias sobre el tema que están estudiando. Trato de consolarme con la reflexión de que van a ser menos sensibles al contexto de lo que encuentran y que ellos no van a hacer esos descubrimientos inesperados que uno obtiene de chiripa. Pero la triste verdad es que mucho de lo que me ha llevado toda una vida construir, a costa de una penosa acumulación,  ahora lo puede conseguir un estudiante moderadamente diligente en el transcurso de una mañana. Por otra parte, los historiadores de hoy ya no toman notas en hojas de papel. Tienen programas de ordenador para la presentación y la indexación. Incluso mientras escribo, un mensaje de correo electrónico me informa de que “el software wiki puede ser utilizado para desarrollar una base de investigación personal de conocimiento”.  Mis métodos son una muestra de los de Burckhardt y ahora parecen insufriblemente arcaicos. Pero es demasiado tarde para pensar en transferir esta acumulación en alguna base de datos electrónica. Cuando echo un vistazo a mi sótano, repleto de cajas de cartón y carpetas con las esquinas dobladas, atestado de papeles sueltos que se han liberado de los repletos sobres, envidio a mis colegas que viajan livianos, con sus ordenadores portátiles y sus cámaras digitales. Pero, como dijo Gibbon, donde el error es irreparable, el arrepentimiento es inútil.

Sir Keith Thomas, President, Corpus Christi College, Oxford

Sin embargo, como el camino que escojo pasa por la acumulación de material manuscrito, no me siento deprimido. Los miles de sobres utilizados me ofrecen una buena dosis de placer nostálgico; me recuerdan a los viejos amigos, a instituciones con las que he estado vinculado y a libreros de viejo que me han enviado catálogos con los años. Es cierto, también me recuerdan muchas salidas en falso: temas que empecé, de los que me cansé o sobre los que descurí que otros estaban escribiendo.   Pero eso es un reto para reordenar mis materiales a medida que el mundo se mueve y cambian mis intereses. En su ensayo “Sobre artesanía intelectual“,  perteneciente a La imaginación sociológica (1959), C. Wright Mills observa de manera tranquilizadora que “la manera como cambian esas categorías, abandonando unas y añadiendo otras, es un indice de vuestro progreso y aliento intelectual… Al ordenar un archivo con frecuencia le parece a uno que está dando rienda suelta a su imaginación”.

Siento simpatía por Robert Southey, cuyos extractos de su lectura voraz se publicaron póstumamente en cuatro volúmenes como Southey’s Common-Place Book. En 1822 confesaba:

“Al igual que las personas que frecuentan las subastas y llenan sus casas con compras inútiles, porque es posible que ellos quieran eso que han adquirido en un momento u otro, así hago yo con las colecciones,  almacenando materiales que no usaré hasta las calendas griegas. Y esto lo he estado haciendo durante años y años! Cierto es que puedo deleitarme diariamente con esos tesoros, y me sentiría empobrecido sin ellos, pero la prudencia me dicta que debería estar trabajando ahora sobre estos materiales en lugar de continuar añadiendo cosas inertes”.

De hecho, Southey publicó muchas cosas, incluyendo las historias en tres volúmenes de Brasil (1810-1819) y la Peninsular War (1823-1832), en las cuales, el ODNB (Oxford Dictionary of National Biography) nos dice que “el lector curioso puede encontrar atractivas  anécdotas  e informaciones originales”. Desafortunadamente, de estas obras se dice que tienen un enfoque narrativo deficiente y falta de perspectiva. Porque, sin un plan conceptual claro, una simple acumulación de fragmentos, lo que Milton llamaba “un paroxismo de citas”, puede convertirse rápidamente en un sustituto del pensamiento. “¿Qué importa una cabeza vacía con tal que el libro de notas esté lleno?”, se mofaba Jonathan Swift.

Es muy fácil utilizar mal los pasajes que uno ha extraído al sacarlos de su contexto original. En mi caso,  lo ideal es que hubiera seguido la técnica, recomendada ya en 1615 por el erudito jesuita Francesco Sacchini, de tomar siempre dos series de notas, una recortada y archivada, la otra en su forma original. De esta manera, podría ver de un vistazo dónde el argumento del autor llevaba al pasaje que quería citar. De no ser así, no se puede hacer otra cosa que volver a la fuente una vez más y comprobar que no la estoy tergiversando. Esto puede suponer visitas a archivos distantes y consumir mucho tiempo.

Incluso cuando han sido tomadas todas las precauciones necesarias, el resultado carecerá aún de precisión científica. Lo que mi método proporciona es una impresión a grandes rasgos de las creencias y el comportamiento durante largos períodos de tiempo. Generalizo, no doy definiciones precisas. Admiro a aquellos que escriben con una fuerte orientación micro sobre episodios o individuos, y me impresiona el tipo de historia cuantitativa, por lo general sobre temas demográficos o económicos, que aspira a la pureza de la física o de las matemáticas. Pero estoy contento de contarme entre los muchos historiadores cuyos libros siguen siendo construciones literarias, conformados por los valores morales y los supuestos intelectuales de su autor. Cuando se escribe historia, hay normas que deben seguirse y pruebas que deben respetarse. Pero no hay dos historias que sean las mismas, mientras que la esencia de los experimentos científicos es que pueden ser infinitamente replicados.

En un informe para el editor, un lector anónimo del manuscrito de mi reciente libro The Ends of Life describe mi forma de trabajar como:

“un método de Oxford, que asocio con la obra de Christopher Hill, así como con Keith Thomas. Siempre hay una línea de argumentación, pero tiende a estar a la vez contenida e ingeniosamente oculta tras un gran número de referencias y citas de una generosa selección de textos y documentos (principalmente impresos), que representan un alto porcentaje del texto. De acuerdo con un criterio estricto e incluso críticamente censor, estos materiales no pueden presentarse como prueba de un argumento cualquiera, pues el lector está en manos del autor y de lo que él ha elegido para servir como, en sentido estricto, ilustraciones de sus propios argumentos, siendo siempre posible, en principio, construir una imagen diferente con la ayuda de ejemplos distintos. Lo último que uno se encuentra en este tipo de historia sociocultural es la evidencia supuestamente demolida de las estadísticas, pero la implicación que queda plenamente justificada es que estas cuestiones se entienden mejor con la ayuda de lo que los científicos sociales y los teóricos alemanes llaman la facultad del verstehen”.

Eso, creo yo, es un informe muy amable de lo que trato de hacer: sumergirme en el pasado hasta que lo conozco lo suficiente de modo que mi juicio de lo que es o no es representativo parezca aceptable sin un debate epistemológico excesivo. Los historiadores son como guías locales fiables. Lo ideal es que conozcan el terreno como la palma de sus manos. Que reconozcan a todos los vecinos y tengan buen ojo para los forasteros y los impostores. Puede que no tengan mucho sentido de la geografía del mundo y probablemente ni siquiera puedan dibujar un mapa. Pero si quieres saber cómo llegar a algún lugar, ellos son los que te llevarán.

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3 Respuestas a “El truco de los historiadores

  1. Pingback: Tweets that mention El truco de los historiadores « Clionauta: Blog de Historia -- Topsy.com·

  2. Saludos:
    Excelente texto.
    Es cierto, cuántas y cuántas técnicas adopta cada quien para tener en orden sus notas, sean de archivo y bibliografía.
    Acá, en México, el gran historiador Luis González y González nos dejó algunas técnicas, sencillas y útiles, para el manejo de estos y otros asuntos, en uno de sus mejores libros: El Oficio de Historiar. Altamente recomendable.

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