Mujeres con poder

Catherine Achin analiza el la vie des idées el volumen de Sylvie Schweitzer: Femmes de pouvoir. Une histoire de l’égalité professionnelle en Europe (XIX°-XXI° siècle) ( Payot, 2010).

El reto de  Sylvie Schweitzer es sustancial, nos dice: resumir en 200 páginas más de dos siglos de igualdad entre sexos en el ámbito profesional y de toma de decisiones en toda la Europa occidental. La bibliografía utilizada es por eso impresionante y reúne multitud de trabajos sobre el tema en francés e inglés procedentes de diferentes disciplinas (historia, sociología, economía, antropología, ciencias políticas, etc.). En su trabajo anterior (Les femmes ont toujours travaillé. Une histoire du travail des femmes aux XIX° et XX° siècles. París, Odile Jacob, 2002), la autora ya había socavado la idea de que la feminización del mercado laboral era un hecho social reciente. Había restituido la escala y la diversidad del trabajo de las mujeres desde la revolución industrial, insistiendo en mecanismos que favricaban su invisibilidad. Se trata, pues, de ampliar este análisis haciendo hincapié en su dimensión comparativa, centrándose más ahora  en las posiciones de poder que otorgaban las profesiones oo el acceso a los espacios políticos o a los centros religiosos.

Una historia de resistencias a la igualdad en el trabajo

La historia de la igualdad profesional entre sexos hay que verla más bien como una historia sobre la resistencia a largo plazo a la igualdad de género, sobre cómo se reproducen, se desplazan o se transforman las representaciones sociales de lo femenino o masculino para justificar la distribución jerárquica y desequilibrada de actividades entre sexos. La autora opta por hacer hincapié en las principales etapas de este proceso, marcado por la eliminación de las prohibiciones legales sobre el acceso a la formación y a las profesiones más elevadas y la as posiciones de prestigio que conllevan. Huelga decirlo: el sesgo de Sylvie Schweitzer es insistir sobre los cambios, las luchas feministas, los movimientos y la maleabilidad de las normas y asignaciones sexuales dentro de un contexto de cambio estructural, más que en los mecanismos que conducen a la reproducción de la dominación masculina. Y esta atención a la historicidad de género es fundamental: incluso aunque la persistencia de las resistencias que describe puede proporcionar al lector una impresión de estancamiento o de impotencia (bastante desalentador), la autora se de tiene en subrayas los grandes e indudables en cuanto a la posición de la mujer en estos ámbitos, revelando los trucos del lenguaje que legitiman una renovada marginación de las mujeres, reduciéndolas a menudo todavía a su “naturaleza insuperable”, a su fisiología (“tota mulier in utero”). Tras la increíble redundancia de los “stocks du prêt à penser” para diferenciar los sexos y así poder conservar mejor las posiciones masculinas, las fronteras de las desigualdades acaban por moverse.

Recordemos: en las sociedades de Antiguo Régimen, las mujeres son en su mayoría excluidas del conocimiento y el poder, y esta exclusión no suele ser un problema en tanto se da en un orden social completamente estructurado por la naturalización de la desigualdad social y sexual. La Revolución Francesa, sin embargo, trastorna la justificación de la distribución del poder  económico y político: si los límites entre las clases sociales aparecen borrosos por las promesas de igualitarismo republicano, las existentes entre hombres y mujeres se endurecen. La exclusión de las mujeres de la ciudadanía política, del derecho al trabajo, de la educación, del ejercicio de las funciones públicas (y, para las esposas, del derecho de  propiedad y de la gestión de los bienes) se construye y se legitima como una concesión necesaria a la “naturaleza” y no como una contradicción con las pretensiones universalistas de la democracia. A raíz de otras grandes crisis políticas, como las revoluciones de 1848, la diferenciación entre lo femenino y masculino se desplaza: aún excluidas de la ciudadanía política, a las mujeres se les concede el monopolio de ciertos oficios (educación infantil, cuidados, etc .)  mientras se refuerza la distinción entre esfera pública-privada, sobre todo a través de discursos centrados en la maternidad y / o debilidad patológica de las mujeres.

La feminización progresiva de las profesiones más cualificadas

La autora distingue tres secuencias principales en las que los discursos que definen a las mujeres y los lugares que les están permitidos son constantemente reorganizados. De 1860 a 1920, con leves diferencias temporales entre países, la educación superior y algunas profesiones que requieren alta formación (medicina, abogacía, educación secundaria, inspección de Trabajo o de las escuelas) se abren a las mujeres. Como analizó Juliette Rennes en Le mérite et la nature. Une controverse républicaine : l’accès des femmes aux professions de prestige 1880-1940 (París, Fayard, 2007),  esta “historia de transgresiones es compleja y repetitiva”:  aprovechándose de cierto vacío legal, un puñado de mujeres se presentan al acceso a medicina o abogacía. Reclaman los valores republicanos y la meritocracia, escapan a su lugar asignado en el orden social (para ser madres, esposas o en “oficios de mujeres”), pretendiendo integrarse   en instituciones formalmente no sexuadas. En respuesta, los representantes de esas instituciones proclaman de forma explícita la defensa profesional o del prestigio académico sin mixturas, en nombre del orden natural de los sexos. Estas resistencias son removidasuna a unay, en un periodo posterior, entre 1920 y 1970, las mujeres entran en profesiones más elevadas (judicatura, ingeniería, universidad, alta dirección, etc.) en las que, no obstante, su lugar sigue estando limitado y contestado. Por último, en el tercer período, desde 1970 hasta hoy, la división sexual del trabajo se altera sustancialmente y este movimiento acelerado se acompaña de “cambios legislativos”: la mixtura profesional se instala en todos los sectores, incluyendo a los militares o a la policía investigada por Geneviève Pruvost (Profession : policier. Sexe : féminin. París, Ed. de la Maison des sciences de l’homme, 2007), mientras las mujeres se convierten en mayoría en algunas profesiones prestigiosas, como la medicina y el poder judicial, donde se enfrentan una vez más a la “barrera invisible”. (…)

Las tres etapas de la entrada de la mujer en una profesión

Uno de los análisis originales de Sylvie Schweitzer es superponer a esta triple secuencia temporal una cronología más detallada por profesión que pone de relieve la sucesión de tres “círculos” de mujeres activas, cuyos perfiles corresponden al estado de feminización de la profesión en cuestión. El primer círculo, el de las exploradoras, es el primero en abrir, en pequeñas cantidades, las puertas de un sector profesional y en afrontar la resistencia violenta que cuestiona sus propias habilidades para hacer este trabajo. En respuesta, despliegan la mayoría de las veces actitudes y las reivindicaciones feministas, “reflejos pioneros”. El segundo círculo está formado por mujeres que ingresaron en gran número dentro de una profesión, viendo su ethos profesional caracterizado por cierta “masculinización”: se trata de mezclarse en el modelo hegemónico, esforzándose por difuminar lo “femenino” que se supone que les define. Finalmente, el último círculo  reúne a las mujeres que trabajan en una profesión mixta equilibrada, que se caracteriza por reclamaciones igualitarias y una relativa incomprensión sobre la persistencia de la discriminación sexual. (…)

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