Construir la memoria: el museo

ADN, el suplemento del rotativo argentino La Nación, nos adelanta parte del volumen El museo en escena, que publicará pronto la editorial Paidós.

Por Américo Castilla

Los museos son artefactos tecnológicos producidos por las culturas más diversas. A su vez, la cultura es una suma de acciones y estados que requiere de personas que las hagan circular, lo que muchas veces resulta en una política explícita o implícita. […]

La cultura tiene como materia propia la producción y transmisión social de identidades y significados. También comprende el modo de vida de distintos grupos humanos, sus códigos de comportamiento, su vestimenta, cocina, idiomas, artes, ciencia, tecnología, religión, rituales o tradiciones. Como puede verse, la cultura es tanto el medio como el mensaje y está lejos de ser esa imagen vulgarizada y decorativa a la que, según algunos, la sociedad podría recurrir una vez que ha resuelto sus necesidades básicas. Por el contrario, la cultura es esa necesidad básica que aporta significado a toda la actividad social.

(…)

(…) En sus colecciones se encuentran las evidencias materiales de todos los enunciados que componen el cuerpo de la cultura, sus indicios y sus marcas. A partir de la producción intelectual, sensorial y comunicacional que elaboremos con ellos, pondremos en escena los procesos culturales e induciremos a la interpretación de sus posibles significados.

Esta última conclusión nos lleva a considerar el discurso de los museos, que no debe ser confundido con los objetos o el conjunto de colecciones que los integran. Esos objetos, como si se tratara de reliquias, pueden adquirir estado sacro como suma de las reverencias y rituales que se les dedican, pero no significan ni comunican ese estado por sí mismos, sino que requieren de la reflexión crítica que les permita acceder al intercambio de experiencias con el eventual visitante. Debería ya asumirse que la aparente sacralidad del objeto (el sable del Libertador, el bastón presidencial, el cuadro de altísimo valor económico, el fósil del megaterio) no es hoy un punto de partida que invite a la interrogación, sino más bien el punto de llegada de un prejuicio que no espera sino más actos de reverencia por parte del espectador.

[…] Ese discurso y esas reverencias formaban parte del repertorio de los primeros museos, si bien moderado por la intención educativa que se esperaba de esos ejercicios. En verdad, en sus comienzos, los museos demostraron hasta qué punto podían ser constitutivos de un proyecto mayor, diríamos de una utopía política que muchas veces se enfrentaba con una sociedad civil aún lejos de adoptarla como propia. Así como para exaltar su poderío los museos europeos se apropiaban de objetos de pasadas civilizaciones de Roma, Egipto o Persia con un significado establecido como cultural, los primeros museos de nuestra región intentaron legitimar su existencia con colecciones de restos paleontológicos, arqueológicos o simplemente exóticos del propio país o de donde pudieran obtenerse, los cuales eran trasladados a la metrópoli -Buenos Aires, Ciudad de México o Río de Janeiro, entre otras- para ser exhibidos ante la admiración del sector de la sociedad que más importaba: la de los pares en esa misma metrópoli y, en todo caso, la de los cenáculos científicos europeos. El resto del territorio, y sus habitantes, en tanto no fueran capaces de crear sus propios centros de erudición, eran vistos más bien como simples proveedores de algunos de esos bienes.

Esa voluntad política constitutiva de la república, o al menos de la clase dirigente que se reconocía con la misión de instaurarla, se hizo evidente hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, pero fue perdiendo peso en la medida en que la sociedad se tornó más compleja y las demandas sociales de un número mayor de habitantes prefiguraron nuevas y más variadas prioridades. Esos inicios, sin embargo, fueron los que habilitaron una historiografía de la sociedad y su memoria aparente, con sus batallas y predominios de clase, que se mantiene hasta el presente en muchos de los museos de la región.

La concepción del museo como repositorio de bienes y aparentes valores -que estarían yaciendo en ellos, como los reyes egipcios en sus tumbas- tiene su explicación en los orígenes de los museos europeos, los cuales también estuvieron fundados en contradicciones. Si bien el mérito de estos últimos estuvo en facilitar el acceso a las colecciones antes sólo reservadas a ciertos nobles, todos los primeros museos intentaron construir un propio proyecto político en torno a ellos. Ese proyecto se formuló como científico y vagamente educativo, pero también sirvió para proponer al grueso de la población una adhesión pasiva y despolitizada a la construcción de poder que allí se ponía en escena.

La crisis de cambio insaciable que requieren los museos se explica por la tensión entre los principios que dicen cumplir y su efectivo desempeño. Por un lado, la retórica del museo indica invariablemente que está abierto para todos los habitantes y que expresa y educa acerca de las distintas características de la población y sus hallazgos; por otro, pareciera disciplinar a un conjunto diferenciado de personas en torno a un comportamiento hegemónico. A la vez que se pronuncia como inclusivo, excluye a determinados sectores y evita mencionar procesos conflictivos de la sociedad. Foucault observaba que las formas modernas de gobierno construyen nuevas tecnologías para la regulación de la conducta de los individuos y las poblaciones -la prisión, el hospital y el asilo, por ejemplo-, y que los museos parecen convivir en el tiempo con un doble discurso similar. Algunos autores continúan ese razonamiento hasta indicar que los museos habrían servido para encapsular contenidos tal como lo hacen las prisiones. Algunos museos, aún hoy, parecen darle la razón.

La disociación entre una idea del pasado y la sociedad del presente e incluso del futuro es una cuestión central para los museos. Esa asincronía revela una zona de conflicto, más rica y con mayor potencial narrativo justamente por eso. Para enfrentarla, es indispensable tomar conciencia de cuál es la misión de cada museo e incorporar un pensamiento crítico en todas sus áreas. En su mayoría, los museos del siglo XX se caracterizaron por proveer una información unidireccional y una voz institucional que no podía ser confrontada, mientras que los nuevos prototipos propician múltiples voces e interpretaciones. El foco estaba puesto en la presentación de los objetos y casi no se tenía en cuenta la recepción, mientras que hoy el compromiso y la experiencia del público resultan fundamentales. Según el viejo paradigma, los museos y sus directivos actuaban de un modo independiente y tomaban decisiones unipersonales. En la actualidad se valora la participación y la colaboración múltiple en la toma de decisiones. Los museos del siglo XX tomaron poco en cuenta a la sociedad en que estaban insertos y no aprovecharon sus iniciativas. Hoy, esa inserción y sus respuestas a las necesidades de esa sociedad específica son valoradas prioritariamente.

Copyright 2010 SA LA NACION

Anuncios