La estructura de la civilización

Antes de dar por finalizada esta temporada del blog, repaso las novedades del año que han quedado por el camino. Entre ellas, me detengo en el nuevo volúmen del imprescindible filósofo John Searle: Making the Social World: The Structure of Human Civilization (OUP). De hecho, aún no hace mucho, Simon Blackburn repasaba también ese volúmen en las páginas de TNR. En esta ocasión, no obstante, me quedaré con otra reseña anterior, la de Jane O’Grady en el Times. Con ella les dejo, con el convencimiento de que los calores del verano acaso se puedan combatir con una densa ración de pensamiento crítico:

“¿Cómo pasamos de los electrones a las elecciones o de los protones a los presidentes?” Ésto, dice Searle, es el principal, y olvidado, problema de la filosofía actual, y Making the Social World se extiende y revisa las respuestas que él mismo daba en su anterior libro de 1995: The Construction of Social Reality. Es falso, señala, negar que el dinero, el matrimonio, los gobiernos y las fiestas existen como hechos objetivos -hay consecuencias en la vida real para aquellos que se apropian del dinero de otros, o van a una fiesta sin ser invitados.

Pero mientras que algunos hechos objetivos son “hechos brutos” (la composición química de un billete de 20 euros, por ejemplo), otros son “hechos institucionales” (que podamos conseguir algunas de las cosas que queremos a cambio deun billete). Y los hechos institucionales existen sólo a causa de nuestras actitudes subjetivas. Searle dice: “Con la importante excepción de la propia lengua, toda la realidad institucional y por tanto, en cierto sentido, toda la civilización humana, es creada por los actos de habla”.  Junto a los actos de habla que pretenden emparejarse con una realidad independientemente existente (“la nieve es blanca», por ejemplo), hay actos de habla que tienen como objetivo cambiar la realidad -a éstas las llama “Status Function Declarations”, en las que «X se considera como Y en el contexto C “: una hilera de piedras puede convertirse en una frontera;  Barack Obama se ha convertido en presidente de los EE.UU..

Esta subjetividad creativa, sin embargo, es más colectiva que individual. No es sólo una opinión el que una hoja de papel sea un billete de 20 euros, sino una cuestión compartida y en constante “reconocimiento” (el nuevo término de Searle permite una aceptación renuente).  La pregunta es cómo esas extraordinarias “Status Function Declarations” cuajan en “actos de habla permanentes”, formando una red implícita de reglas constitutivas. Éstos a veces requieren que el ejercicio del poder (la policía, el derecho, la desaprobación pública) se ponga de manifiesto, pero la mayoría de las veces se acaba dando por sentado. Lo que comenzó como convenciones arbitrarias acaba tomando cuerpo, otorgando a los participantes derechos y deberes específicos, y dándoles “razones para la acción independientes del deseo”;  de ahí el carácter compulsivo de las reglas morales.

Searle desea ser, como Gottlob Frege con la filosofía del lenguaje, el iniciador de una nueva rama de la filosofía: “la filosofía de la sociedad”. Muy en contra de la corriente de su época, ha pasado de ser un filósofo del lenguaje al constructor de un gran sistema filosófico unificado que lo abarca todo, desde los quarks al fútbol y al libre albedrío. ¿Su gran fortaleza es la forma en que trata de capturar exactamente lo que es sólido y atractivo en los dualistas, naturalistas y constructivistas a los que se opone? ¿Es la cuadratura del círculo?

De su relato de la realidad, supuestamente “continuo”, podría decirse que contiene más tipos de entidad que el de Descartes -social, así como física y mental. Searle puede despachar tales críticas, diciendo que los hechos institucionales sobrevienen a los hechos brutos. Sin embargo, igualmente parece que dependen para su existencia de lo mental, que los crea y mantiene. Searle insiste en que su teoría emergentista de la mente puede traducir de forma satisfactoria la conciencia, la intencionalidad y lo mental en términos de una “biología esponjosa”, pero, de hecho,  ¿no se basa en los poderes no-físiosa, casi sobrenaturales, que estas entidades problemáticas ( incluso en su “naturalismo biológico”) parecen poseer de forma tan obstinada?

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