El imperio del trauma: la víctima

Thomas Laqueur reseña para la LRB el volumen The Empire of Trauma: An Inquiry into the Condition of Victimhood, de Didier Fassin y Richard Rechtman (Princeton University Press). El libro apareció en inglés hace ahora un año, en julio de 2009, y ha tenido un largo recorrido en lo tocante a reseñas. Como lo había tenido con anterioridad, desde que se editó en francés en 2007 (L’Empire du traumatisme. Enquête sur la condition de victime, Flammarion). Podemos acudir, por ejemplo, a la que Fred Inglis hizo a finales del pasado año para el Times of Higher Education:

Las formidables olas de la globalización, nos dicen los historiadores de la economía, tienen más de un siglo, pero sus revueltas aguas -con remolinos, contradictorios e incontrolables- exigen nuevas formas de pensamiento y comprensión por parte las ciencias humanas sin precedentes, si es que la razón y la compasión han de tener futuro.

Desde el clásico ensayo de Clifford Geertz de 1983, “El modo en que pensamos ahora: hacia una etnografía del pensamiento moderno”, los intelectuales académicos han estado acudiendo a las  respectivas lavanderías disciplinarias esforzándose por encontrar y limpiar un uniforme con el que  patrullar el mundo y hacer el bien. Didier Fassin y Richard Rechtman acaban de hacer una contribución a este modelo de esfuerzo colectivo en favor de la comprensión y la mitigación de la infelizidad mundial.

Están muy cualificados. Fassin acaba de ocupar la plaza que dejó vacante Geertz en el Instituto de Princeton y ha sido uno de los líderes de esa concepción inmaculada que es  Médicos Sin Fronteras; Rechtman, no menos comprometido, es director del Institut Riviére, antropólogo y “psiquiatra de “lo intolerable“. Su sosegado e imponente libro es nada menos que una (staccato) historia del sufrimiento militar y civil desde 1914.

Sin embargo, no es una mera crónica de ese tipo atrocidad cuyas estadísticas acaban abrumando nuestro propio juicio. En cambio, el libro propone, en la serena y bella prosa de la traductora, Rachel Gomme, que el deber supremo del investigador inquisitivo es compilar la historia de una idea del mundo alterado que  podemos captar y que, al hacerlo,  forma parte de una cambiante sensibilidad moral que impregna a innumerables personas.

La idea relevante es la del trauma,  una cicatriz imborrable afligida en la individualidad y en el alma por un terrible acontecimiento, claramente identificable. Llevar la cicatriz es ser una víctima. Lo que se debe a una víctima es, en primer lugar, compasión y cuidado, y  luego, dar testimonio ante el mundo de los daños causados. La víctima es su propio testimonio, por supuesto, pero la lesión requiere de un mediador. Éste es el psiquiatra-humanitario, vestido con la librea del ejército de ayuda, que viene a escuchar y luego a decir, a aconsejar,  pero no, de ningún modo, a reprochar.

Fassin y Rechtman gestan el concepto contemporáneo de víctima. Encuentran su origen entre los desertores y soldados traumatizados en la Primera Guerra Mundial – hay muchos contaminados por los principios de culpa en relación con la cobardía y el fingimiento de enfermedades. Los autores muestran la emancipación gradual de la víctima ya  su o sus protectores psiquiátricos en la Segunda Guerra Mundial, señalando  la sustitución gradual de la neurosis originaria por un suceso letal en la etiología del traumatismo.

Sitúan el momento decisivo en la guerra de Vietnam cuando los profesionales llegan al acuerdo -un acuerdo firmado con un público estadounidense que aún quería igualar el patriotismo y la idea de una guerra justa en su horror y magnitud- de que tanto el Cuerpo de Marines como el Vietcong pueden ser víctimas.

A su vez, abordan los ataques terroristas en París y un accidente industrial en Toulouse para plantearse la urgente y sumamente difícil cuestión de la indemnización a las víctimas, señalando que es en este punto donde el victimismo y los derechos humanos quedan necesariamente enredados. La justicia social reemplaza a la piedad en el centro de la historia.

A su manera, concluyen con la infinita confusión moral y horrible injusticia que se dan en Palestina. Esto les pone al día con un relato que apenas comienza, pero apasionante, angustiso y a veces ilegible. Quizá hubiesen podido solicitar ayuda de una santa laica francesa, Simone Weil, que,  expresando su insatisfacción por lo inclusivo del lenguaje del derecho,  escribió: “En el fondo del corazón de cada ser humano, desde la infancia más temprana hasta la tumba, hay algo que continúa esperando indómitamente, a pesar de toda experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y presenciados, que se hará el bien y no el mal. Esto es lo que, por encima de todo, es sagrado”.

La historia que este espléndido libro nos ofrece puede ser leída por el optimista como la llegada a la epifanía en el confuso y caótico mundo de la política de esta verdad profunda.

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