Los males de internet

El afamado escritor Nicholas Carr acaba de sacar su esperado The Shallows: What The Internet is Doing to Our Brains,  publicado por Norton (USA) y Atlantic (UK). Se preparan ya diversas traducciones, entre las que, de momento, no está la española. No faltan tampoco las reseñas de todo tipo y condición. Entre ellas, podemos recomendar la de Slate, pero nos quedaremos por esta vez  con la de TNR, a cargo del polifacético crítico Todd Gitlin, que dice así:

El lúcido aunque tendencioso libro de Nicholas Carr mejora su ensayo de hace un par de años en The Atlantic,  que de forma memorable y engañosa estaba titulado con una pregunta que conllevaba la respuesta:  “¿Google nos hace más estúpidos?”. El artículo de Carr era tanto más interesante porque no era obra de un humanista decadente y cascarrabias, sino de un escritor comprometido con la tecnología y antiguo editor ejecutivo de la Harvard Business Review. Estaba exponiendo en voz alta una pregunta que muchos tenían en mente. The Shallows es un título menos pegadizo y más preciso a la hora de dar la voz de alarma, que en este caso resulta tener poco que ver con Google. Es mucho más que eso.

Carr nos sacude para insistir en que la llamada sociedad de la información podría ser descrita más exactamente como sociedad de la interrupción. Pulveriza la atención, el más escaso de todos los recursos, y llena la mente con trivialidades. Nuestros mensajes de texto, IM-ing, iPhoning, Twitter, lo que hacemos con ayuda de los ordenadores -o las redes informáticas de auto-asistencia-  son tan fácilmente desviados que nuestro propio modo de pensamiento cotidiano ha cambiado, ha cambiado completamente, degradado desde una linealidad “calmada, centradada y sin distracciones”  a “un nueva clase de mente que desea y necesita para tomar y repartir información breve, inconexa, a menudo compuesta de ráfagas inconexas”. Las búsquedas de Google  también  rompen nuestra concentración, lo que sólo empeora las cosas: “Google está, literalmente, en el negocio de distracción “, escribe Carr. Dado que siempre estamos rozando una superficie tras otra, los recuerdos no se consolidan ni duran. Así pues, vivimos en un presente en el filo de la navaja. Pasamos a lo que el dramaturgo Richard Foreman llamó “pancake people (gente superficial) – nos desplegamos a lo largo y ancho en tanto nos conectamos con la vasta red de información accesible con el simple toque de un botón”.  Recolectamos bits y los bits nos recolectan.

Peor aún, nadie nos ha arrastrados a lo superficial. Nadie nos obliga. Nosotros somos nuestros propios verdugos, porque anhelamos interrupción. Cuando enviamos mensajes de texto cada pocos minutos, el legato, que ahora se siente como una eternidad, cede ante el staccato. En un descanso que me tomé durante la redacción de esta reseña, mientras veía un partido de los playoffs entre Lakers y Suns, observé un par de mujeres sentadas tras el banquillo de los Suns dándole al pulgar en sus BlackBerries mientras la cámara las enfocaba. Tal vez estaban bloqueando en vivo o negociando en los mercados asiáticos.

Con tantas interrupciones y tan fáciles, señala Carr, no es de extrañar que no podamos concentrarnos o pensar con claridad, ni siquiera divagar. Donde la lectura profunda alienta la complejidad  del pensamiento, el torrente electrónico en el que vivimos-o que vive en nosotros-  nos convierte en nodos nerviosos a la Twitter. Cuantos más enlaces en nuestra lectura, menos retenemos. Somos lo que clicamos. Ya no leemos, pasamos por encima. Con la Wikipedia a un clic de distancia, ¿estamos más informados? ¿Somos más eficientes? La multi-tarea, dice Carr citando al neurocientífico David Meyer,  “es aprender a ser diestro en un nivel superficial.”

Al fin y al cabo, el cerebro que ha sido recableado en línea también nos gobierna en línea. Cuanta más multi-tarea, más distraídos somos. ¿Pero no somos más sofisticados en “habilidades visuales-espaciales”? Seguro, pero al precio de “un debilitamiento de nuestras capacidades para el tipo de  “procesamiento profundo”  que apuntala la adquisición de conocimiento consciente, de análisis inductivo, del pensamiento crítico, la imaginación y la reflexión”, concluye Carr, citando a un artículo de Science que revisaba más de cincuenta estudios sobre el tema.

Y así  inexorablemente devenimos “ratas de laboratorio presionando constantemente palancas para obtener bolitas diminutas de alimento social o intelectual”. Estas cositas dulces están pudriendo los dientes mentales. Esto es así, sostiene Carr, porque “la red ofrece precisamente el tipo de estímulos sensoriales y cognitivos -repetitivos, intensivos, interactivos y adictivos-  que han demostrado producir alteraciones fuertes y rápidas en los circuitos y funciones cerebrales”  y que, en consecuencia, “con excepción de los alfabetos y los sistemas numéricos, la Red puede ser la tecnología más poderosa para alterar la mente que jamás hayamos tenido a nuestro alcance”.

Es innegable que algunos de los análisis que he citado son exagerados y excesivos. Carr no duda en sumergirse de cabeza en declaraciones extravagantes. “La pantalla del ordenador derriba nuestras dudas, con sus recompensas y conveniencias”. “Nos convertimos en consumidores mecánicos de datos”.  “La strip-mining de contenido pertinente sustituye a la lenta extracción de significado”. Tal vez consciente de esta tendencia, en otros momentos Carr se aleja del borde del abismo con condicionales, tales como “bien puede ser”, como en: “Las consecuencias [de la multitarea en línea] para nuestra vida intelectual pueden resultar  letales “. Bien, de acuerdo, pero lo que puede resultar mortal también puede no ser mortal.

Así,  Carr alerta y alarma, se enfrenta, y también su lector, al clásico problema del humo y el fuego. Su alarmas vienen sonando en casi todas las páginas. ¿Qué hacer con ellas? No se pueden despachar como murmullos de un anciano obsoleto -Carr acaba de superar los cincuenta años. A su favor, por otra parte, hay que decir que se detiene en aclarar algunas objeciones que sepueden presentar a su línea de argumentación -por ejemplo, el sorprendente y fundamentado hallazgo de que las puntuaciones de CI (Cociente Intelectual) han ido subiendo en casi todas partes  desde hace un siglo a la par que  los medios de distracción se han multiplicado de manera exponencial. “Si somos tan tontos”, subraya,  “¿por qué somos cada vez más inteligentes? “

Pero no lo somos, sostiene Carr -al menos no de una manera simple. La idea de que la inteligencia nos llega de un solo modo  es demasiado simple. Las preguntas de los tests son mixtas. Algunas habilidades se han incrementado a medida que los ordenadores se extienden,  pero las “pruebas de memorización, vocabulario, cultura general  e incluso de aritmética básica han mostrado poca o ninguna mejoría”.  Peor aún, hay algunas señales recientes de que hay cierta pérdida. Si bien las puntuaciones en matemáticas se han mantenido estables durante la última década, las verbales han caído. Entre 1992 y 2005, algo que se llama la “aptitud de lectura literaria” se redujo en un 12 por ciento. Un escéptico podría dudar del valor de esas conclusiones, pero ocurre que algo real se está midiendo  y que, sea lo que sea, se está perdiendo. Las estadísticas pobres no son pruebas infalibles, como tampoco lo son las anécdotas que cualquier lector puede suministrar sobre ese embrutecimiento. Pero no son nada.

Desafortunadamente, Carr no admite la posibilidad de que internet proporcione regalos inesperados. No se pregunta si el pensamiento asociativo -pensamiento que salta horizontalmente, que conecta puntos que antes estaban separados o “aislados”- en realidad podría  beneficiarse de las múltiples tareas  incensantes en las que un centro de conciencia se ve constantemente apelado por fragmentos de periferia. ¿Podría ser que el gran torrente electrónico de bits, bytes y  zumbidos no sólo convierta a la mente  en vertedero de datos a corto plazo?, ¿podría promover también un discernimiento creativo de patrones donde antes no eran evidentes? Me parece una pregunta sin respuesta, y no inútil,  incluso aunque sólo se puedan contestar si revertimos  los matices equívocos.

Uno podría ser más propenso a hacer esas preguntas si se prestara más atención al hecho de que no son completamente nuevas. Carr cita a TS Eliot, quien en 1935 se anticipó a lo referido sobre las BlackBerriers (“Sobre las tensas caras hendidas por el tiempo/Perturbadas en su perturbación por la perturbación/Llenas de caprichos y vacías de sentido”). Un escritor inglés cacareó en cierta ocasión sobre el desagradable desarrollo al que se había llegado, según el cual “la lectura tiene que hacerse con fragmentos” -y eso fue en 1890 (Henry James). “Poco falta para que la larga meditación turbe la conciencia”, señaló Nietzsche en 1882 (La Gaya Ciencia, 329). Tal vez la diferencia entre 1882 y 2010 es que la conciencia de tomarse el tiempo necesario se ha ido. La modernidad no es más que una larga aceleración, con el mundo persiguiendo a perros cada vez más rápidos. Mucho sobre lo que Carr avisa, o los miedos, ya exisitía, y acelerado, mucho antes de internet. Fue un alarmado y antimoderno Henry Adams quien primero meditó la idea de “la aceleración de la historia” allá por el 1907 -aunque posiblemente la historia de hoy está haciendo girar sus ruedas.

Carr, sin duda, replica que una alarma que se repite no es necesariamente una falsa alarma, y tendría razón. Hay una buena razón, después de todo,  porque estamos viviendo una especie de reacción contra el frenesí de la dispersión de atención, una reacción en la que el libro de Carr se convertirá en canónico. El ingeniero-promotor Jaron Lanier, quien acuñó el término “realidad virtual”, ha sacado un libro titulado You Are Not a Gadget: A Manifesto, denunciando “la mente- colmena” de Internet y declarando que la “práctica generalizada de la comunicación fragmentaria e  impersonal ha degradado la interacción interpersonal”. Incluso los capitalistas de la vieja escuela se oponen, aunque no siempre por las razones de Carr. En otro reciente libro, Googled: The End of the World As We Know It, el periodista económico Ken Auletta cita al magnate de los medios Barry Diller recordando que en una reunión con el cofundador de Google, Larry Page, éste “no levantó la cabeza de su PDA”. “Una cosa es que estés en una habitación con veinte personas y alguien use su PDA”, le dijo Diller a Auletta. “Le dije a Larry, ¿te aburre?'”  “No. me interesa. Es que siempre hago esto “, dijo Page. “Bueno, pues no puedes hacelo “, dijo Diller. “Escoge”. “‘Voy a hacer esto”, dijo Page con total naturalidad, sin levantar los ojos de su dispositivo de mano.  Ese es el nuevo poder de los medios de comunicación: poder para ofender a Barry Diller.

Así que vale la pena escuchar a Carr, a pesar de sus toxinas. Yo no soy el único profesor que en estos días tiene una idea bastante clara de lo que los dedos inquietos de los alumnos hacen cuando parecen tomar notas, y  estoy a punto de prohibir los ordenadores portátiles de mis clases, después de haber visto cómo en mi seminario un graduado le daba continuamente a la tecla  durante un semestre completo. Las artes contemplativas han  sido difíciles de practicar durante siglos, pero eso no es motivo para hacerlas más duras.

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