De cómo Tocqueville descubrió América

Uno de los clásicos preferidos en tierras americanas es, como no podía ser de otro modo, Alexis de Tocqueville. De ahí que Leo Damrosch, profesor de literatura en la Harvard University, haya conseguido que su Tocqueville’s Discovery of America (Farrar, Straus & Giroux, abril, 2010) sea ampliamente comentado: Chicago Tribune, New Yorker, Books & CultureSlate, New York TimesNewsweek o Boston Globe.

En esta ocasión, no obstante, nos quedaremos con la reseña de American Prospect. El texto es de Sean Wilentz, profesor de historia en Princeton.

Cuando los enérgicos y jóvenes aristócratas liberales franceses Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont viajaron por Estados Unidos entre 1831 y 1832 para estudiar las cárceles de Estados Unidos, sus mentes acabaron dirigiéndose a menudo, lo cual no es sorprendente, hacia temas más seductores. “Además de una biblioteca muy buena, nuestro anfitrión tiene dos hijas encantadoras con las que nos llevamos muy bien”, le escribió Tocqueville a su cuñada desde una confortable vivienda en Canandaigua, Nueva York. “Baste con decir que incluso las miramos más gustosos que a los libros de su padre”. Los visitantes encuentran a las jóvenes del Nuevo Mundo más audázmente coquetas que sus homólogas francesas, pero también ferozmente reacias (de nuevo, a diferencia de las francesas) a seguir adelante. Para agravar el problema, Beaumont y Tocqueville no se quedan en ningún lugar durante demasiado tiempo, lo que les da muy poco tiempo ya sea para dejar u obtener una fuerte impresión. “Ocurre exactamente lo mismo con todas las bellezas que me encuentro, y vemos un montón de ellas en la sociedad”, observó Beaumont. “Nos vemos arrastrados por ellas tres o cuatro días a la semana, incitándonos unos a otros, pero siempre con caras nuevas y – ¡Dios me perdone – creo que siempre les decimos lo mismo, a riesgo de cumplimentar a una morena por su pálida tez y a una rubia por su pelo de color ébano”. Con amplia ironía, despacha las bromas sexuales como “una bagatela” de escaso interés para “dos hombres de la política que se dedican por completo a las especulaciones de primer orden”.  Tras varias semanas de viaje, Tocqueville – descrito por Leo Damrosch como un redomado mujeriego que, en los últimos años, se convirtió en un reiterado marido infiel- señaló que su virtud y la de Beaumont se mantuvieron intactas, pero tuvo que confesar que echaban un vistazo a todas las mujeres  “con un descaro que no es el apropiado en personas que estudian el sistema penitenciario”.

Humanizar e historizar al joven Tocqueville que estaba descubriendo América es el principal logro del nuevo libro de Damrosch, tan conciso como absorvente. A falta de algo parecido a una sostenida explicación teórica  formal de la democracia americana temprana, aparte de los Federalist Papers, los académicos, los periodistas e incluso funcionarios públicos han convertido a La Democracia en América de Tocqueville en  la segunda mejor opción. El teórico político Sheldon S. Wolin bien pudo haber estado en lo cierto cuando afirmó, en un importante y provocador análisis de Tocqueville publicado en 2001, que “se puede decir con total certeza que hoy en día la obra maestra de Tocqueville se invoca con más frecuencia en apoyo de alguna interpretación de la política actual norteamericana que el Federalist, aunque este último sea comúnmente aceptado como el pensamiento de los Padres Fundadores”.

Por desgracia, la reverencia descomunal que se ha fijado a La Democracia -ampliada y agravada después por la propia inclinación de Tocqueville a las grandes generalizaciones aristotélicas, por su talento para la elaboración lúcida, sus epigramas omnímodos- ha acabado convirtiendo con demasiada frecuencia al propio hombre en una abstracción. El Tocqueville de “como dijo Tocqueville”  acarrea una enorme autoridad, pero saber quién fue y lo influyente de sus juicios son cosas que con demasiada frecuencia siguen siendo oscuras. Hay estudios valiosos, como el  de George Pierson (publicado en 1938) y, más recientemente, el de James T. Schleifer, sobre la elaboración de La Democracia. La exhaustiva aunque algo árida biografía de André Jardin ha estado disponible en inglés desde 1988. El monumental estudio de su vida, a cargo de Hugh Brogan, publicado hace tres años, presenta La democracia como su armadura y explora  los orígenes intelectuales y emocionales de la obra. Damrosch ha trabajado sobre un marco más pequeño que Brogan, pero con una mejor comprensión de las recientes investigaciones sobre la historia de EE.UU. Desde esa perspectiva, se esfuerza por entender los escritos de Tocqueville en sus contextos biográfico e histórico. Su nuevo libro, pues,  debería permitir una apreciación más matizada tanto del hombre como de su gran obra, haciendo todo eso accesible a un amplio número de lectores.

El relato del viaje de Tocqueville y Beaumont, narrado en estricto orden cronológico, es a menudo tan divertido como instructivo, más allá de las descripciones de los dos viajeros con sus miradas lascivas a las hijas de anfitriones y amigos. Al salir del bosque en el Territorio de Michigan, Tocqueville y Beaumont se sobresaltan viendo correr a un hombre que se parece a un indio, pero que habla francés, uno de los mestizos locales de sangre franco-india. Se desarrolla entonces una extraña escena simbólica, con Tocqueville viajando en canoa con un extraño por un río, una brillante media luna de verano suspendida sobre el horizonte desierto y la piragua desplazándose lentamente a través de los tupidos matorrales del Nuevo Mundo, mientras el mestizo canta una antigua canción francesa : “Entre Paris et Saint-Denis/Il était une fille ….”. Cinco meses después, después de las idas y venidas entre el este y el oeste, Tocqueville y Beaumont cruzan el río Tennessee metidos en el hielo – el invierno de 1831-1832 fue uno de los más fríos de principios del siglo XIX- y llegan a una ciudad con nombre egipcio, de grandes resonancias.  “Memphis! Del tamaño de Beaumont-la-Chartre!” grita Beaumont, en referencia a la ciudad ancestral de su familia. “¡Qué decepción! Nada que ver, ni las personas ni las cosas”.

La mayoría de los observadores británicos y europeos tendían a percibir tales visiones y sonidos como confirmación de sus ideas preconcebidas acerca de la vida estadounidense, como una mezcla de rudeza, grandiosidad y asfixiante moralismo puritano. Pero en Tocqueville, observa Damrosch, había una preocupación distinta: trató de entender cómo todo lo que veía reflejaba de alguna manera las peculiaridades de la democracia comercial, tan diferente de la suya, la francesa, predominantemente aristocrática. Los lectores pueden imaginar lo exasperante que podía llegar a ser Tocqueville, buscando el más profundo significado social y político en cada aspecto de la vida americana (aunque esto no parece rebajar la admiración de Beaumont, quien describió a su amigo como “un hombre realmente distinguido”). Pero las preocupaciones de Tocqueville le ayudan no sólo a interpretar a América, sino a verse a sí mismo, aunque a veces sutilmente, como un joven del siglo XIX que estaba, como dijo Wolin, “entre dos mundos”. Como aristócrata instintivo que se dio cuenta de que la democracia se apoderaba del mundo privilegiado que había conocido, Tocqueville pudo apreciar plenamente las paradojas de su propia época, incluyendo yuxtaposiciones extrañas como ser llevado río abajo por un montañés medio-indio bajo los acordes de una antigua canción de amor francesa.

Damrosch, haciendo amplio uso de las cartas de Tocqueville y Beaumont a amigos y familiares, cartas aún no traducidas, identifica los defectos y los aciertos de las evaluaciones de Tocqueville. Sus opiniones sobre la política y la sociedad estadounidenses  -desdeñoso para con los “vulgares” hábitos y espítiru comerciales, despreciativo para con los partidos políticos de América como vehículos intelectualmente disponibles para la ambición personal, y despectivo en particular para con el supuestamente bárbaro presidente, Andrew Jackson, y sus seguidores-  fueron las de los brahmanes de Nueva Inglaterra que poblaron y ayudaron a liderar primero el Federalista y luego el Partido Whig. No era simplemente, como algunos escritores han asumido, que Tocqueville fuera confundido por los imponentes salones de Boston; sus gustos, valores y prejuicios también eran esencialmente los suyos.

Desde esta posición, Tocqueville subestima mal el abismo social entre la parte alta y baja de la sociedad en los Estados libres y sobreestima el grado de movilidad social, el enriquecimiento partiendo de la nada. (Irónicamente, fue mucho más fino sobre el sur esclavista, donde pasó poco más de un mes de su estancia de 10 meses.) No tenía conocimiento de cómo los principales partidos políticos estadounidenses, aunque no tan marcados ideológicamente como sus homólogos del viejo mundo, tenían puntos de vista fundamentalmente diferentes sobre el desarrollo social, económico y cultural americano, así como sobre el ámbito correspondiente al gobierno federal. Desconocía cómo funcionaba la política local, especialmente en los puertos marítimos de rápido crecimiento y los florecientes pueblos y ciudades junto a los canales de nueva construcción y las carreteras que aceleraron rápidamente la circulación tanto de personas como de productos. Aunque él y Beaumont visitaron a Jackson en la Casa Blanca -el presidente se preparaba para lo que acabaría siendo un año de reelección agotador y lleno de acontecimientos, les concedió una entrevista superficial de media hora-, Tocqueville fue totalmente incapaz de captar el carisma político de Jackson,  asumiendo como un hecho la habitual propaganda anti-jacksoniana. (En su descargo, Damrosch, un distinguido estudioso de la literatura, señala dónde están las observaciones de Tocqueville más injustas y ofrece una mirada sobre Jackson más equilibrada de la que dan muchos historiadores actuales).

Damrosch también señala con acierto hasta qué punto los malentendidos Tocqueville pueden a veces iluminarnos. No hay otra idea en La democracia más influyente que la de la potencial “tiranía de la mayoría”, por la que Tocqueville entiende los impulsos conformistas que silenciosamente impregnan la política y la sociedad estadounidenses. Sin embargo, Tocqueville tomó el concepto en Boston, del eminente literato Jared Sparks, biógrafo de George Washington y presidente provisional de Harvard, quien lo alertó de la posibilidad de que una mayoría parlamentaria pudiera abusar de su poder y aprobar leyes perjudiciales para la minoría. De hecho, el miedo era antiguo y estaba datado en la década de 1780, con la agitación política que condujo a la elaboración de la Constitución federal.  Sparks se enfureció por la forma en que Tocqueville se apropió del término y cambió su significado: cualquier mayoría que realmente aprobara leyes opresivas, señaló Sparks, “seguramente será sustituida en las próximas elecciones”, mientras que al confundir la mayoría con la opinión pública, dijo, Tocqueville sólo había identificado una mancha común a todos los órdenes políticos.

Sólo muchas décadas después quedaría claro el auténtico valor del malentendido de Tocqueville. Fue una temprana descripción de esa especie de auto-censura que condujo a lo que el periodista y sociólogo William H. Whyte llamaría “pensamiento de grupo” (groupthink), la renuencia a romper filas o a la desaprobación, incluso en ausencia de censura estatal formal. Tocqueville detectó la reticencia entre sus preferidos brahmanes pensants, muy poco dispuestos a hablar, y menos públicamente, contra el creciente dogma democrático. Con el tiempo, los hijos y nietos de los brahmanes pondrían fin a su silencio, en voz alta, con amargura y en ocasiones con eficacia contra lo que veían como la corrupción y la estupidez intrínsecas a la democracia de masas. La fuerza del conformismo persistió, como común es en nuestro tiempo en las campañas y movimientos de izquierda y derecha, con su inconfundible mensaje, aunque sea entre líneas: atenerse a lo establecido, no decir nada crítico sobre las ideas o personas consagradas, so pena de caer en el ostracismo y la humillación .

Damrosch también es lúcido describiendo lo mejor de las formulaciones de Tocqueville y la forma en que surgieron de su situación peculiar. Desde el principio, Tocqueville rechazó la idea tan querida por los redactores de la Constitución, y más tarde llorada por los patricios, de que la virtud cívica desinteresada animaría a  la nueva república. En su lugar, dijo Tocqueville, los norteamericanos habían encontrado una manera para que el interés individual (entendido como el intérêt francés, que incluye todo lo que concierne a un individuo) ocupara el lugar de la virtud, convirtiendo, escribió, “una especie de egoísmo refinado e inteligente” en “el eje sobre el que gira toda la máquina”. El interés bien entendido no requería grandes sacrificios de posición o económicos, pero sí un sentido fundamental según el cual el bienestar individual requiere realmente previsión, pequeños compromisos diarios y actos de cooperación, no sea que a su vez el desorden se convierta en caos.  El interés no podía proporcionar espiritualidad, pero sí una ética y hábitos éticos que, aunque se basen en la utilidad, podrían reforzar la moral y mejorar la estabilidad política.

Damrosch rechaza aplicar las experiencias e ideas de Tocqueville a la política actual, lo cual es preferible. En cambio, concluye observando que los mitos americanos de la autosuficiencia y la devoción que a los estudiosos y a los críticos les encanta explotar como obsoletos o egoístas son también, como comprendió Tocqueville, importantes para entender el sentido que los estadounidenses se dan. Damrosch no cita ningún culpable, pero claramente insta a los pensadores más preclaros de nuestros días a acercarse a sus conciudadanos con el tipo de simpatía e imaginación que Tocqueville reunió, y no simplemente con alienación, autoestima e indignación. Tocqueville emerge, finalmente, como el analista más asombroso, con todas sus debilidades humanas y errores intelectuales -no simplemente como un observador que, en su mejor momento, podía penetrar en el espíritu y las costumbres de un sistema político ajeno, sino como alguien que podía hacerlo asi a los 26 años, mientras también pensaba el tipo de cosas características de alguien de 26 años que escribía en la década de 1830, y mucho antes, y desde entonces. El joven Tocqueville, como ser humano, es mucho más impresionante que la abstracción fría, y estamos en deuda con Leo Damrosch por ayudar a devolverle la vida.

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