Hugh Trevor-Roper y Edward Gibbon, los mejores

De vez en cuando conviene ver lo que los nativos dicen de sí mismos y no dejarnos llevar por lo que nosotros creemos de ellos. En el terreno historiográfico ocurre lo mismo. Nos hacemos una idea de cómo son nuestros colegas de otros lugares, descuidando en ocasiones  lo que ellos dicen ser. Por ejemplo, David Womersley se pregunta cuál ha sido el  historiador británico más brillante de mediados del siglo XX. Lo hace en la revista Standpoint, una publicación de origen reciente (2008) y con una orientación que podríamos denominar de centro-derecha.

Si nos planteamos ese mismo interrogante, supongo que habrá multitud de ganadores. Womerley propone varios candidatos a ese título póstumo. No sé lo que ustedes opinarán, pues la terna de Womerley es reducida, pero la conclusión no deja de ser lógica, como tampoco los calificativos que dispensa a cada uno, habituales en aquellos pagos:  ¿lo sería AJP Taylor, extravagante precursor de nuestras actuales estrellas mediáticas?,  ¿acaso Lewis Namier, ese severo artesano? ¿quizá EP Thompson, progenitor de la sosería interminable? Frente a tales contrincantes, la confusión está garantizada, concluye Womerley. Sin embargo, si reducimos la cuestión a “quien fue el mayor estilista histórico”, no hay color. Hugh Trevor-Roper emerge de repente para encabezar el grupo. ¿Cómo lo hizo? Está claro que el élan de Trevor-Roper como historiador derivaba en parte de su gran homólogo del Setecientos,  Edward Gibbon, sobre quien escribió con tanta frecuencia y tan bien. Pero ¿por qué Trevor-Roper estudió de forma tan  detallada a este gran predecesor? ¿Qué sustento extrajo de él?

Hugh Trevor-Roper (1914-2003)

Parece haber sido  Logan Pearsall Smith quien primero alentó a Trevor-Roper a estudiar a Gibbon, y la cosa funcionó. En una nota fechada en mayo de 1944, y titulada “La Solución”, escribió: “Escribir un libro del que alguien, algún día, diga que sigue el aliento de  Gibbon -ésta es mi más profunda ambición”. En 1951, le escribió al cuñado de Smith, Bernard Berenson, y le dio una muestra exuberante del placer que estaba sintiendo al leer Historia de la Decadencia y Caída del Imperio Romano:

“Ahora estoy releyendo, por enésima vez, al mayor de los historiadores, como me digo continuamente mí mismo, Gibbon. Qué  espléndido escritor! Ay, si los historiadores de hoy pudieran escribir así! Cómo domina el periclitado arte de las notas y el desaparecido don de la ironía! Me llevé  un volumen de Gibbon a Grecia y lo leí en el monte Himeto y en  Creta; lo leí furtivamente incluso en Tatti, donde otros 40.000 volúmenes me pdían insistentemente que los leyera, y hasta ahora no he podido dejar de leerlo”.

Así que, desde el principio, la admiración de Trevor-Roper por Gibbon tenía dos aspectos. Se regocijaba en compañía de Gibbon -una fuente de consuelo e inspiración estilística, un flagelo brillante con el que azotar a los grises especialistas que estaban contaminando los bosques de Clio, en particular en Oxford. Pero también admiraba un Gibbon más remoto -el hombre  solo y sin competidor en la cumbre de la historiografía europea.

En las décadas siguientes, Trevor-Roper expresó  y desarrolló  su interés por Gibbon de muchas maneras. Dio una conferencia sobre Gibbon a los estudiantes de historia en Oxford, después de haber patrocinado la introducción al texto “Gibbon and Macaulay”  para History Mods. Escribió sobre Gibbon dentro y fuera de Inglaterra. Publicó reseñas y artículos sobre Gibbon, acercándolo al público en general. Ideó una serie de artículos académicos que exploraban la sustancia y el significado de la Historia de la Decadencia y Caída, así como el carácter de su autor. Prestó su peso y autoridad a la reedición de los propios escritos de Gibbon -la reimpresión de Vindicación en 1961; la versión abreviada de Historia de la Decadencia y Caída, para la que escribió una introducción en 1963 y otra en 1970;  y, como colofón, su sustancial introducción a los  seis volúmenes completos que publicó Everyman en 1993.

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Además, aunque Trevor-Roper disfrutaba de la prosa de Gibbon, lo hacía como historiador. En todos sus escritos sobre Gibbon, procede según el supuesto de que el estilo es una especie de barniz que se aplica como último sello a la tela histórica. La opinión contraria, que el estilo puede estar más íntima y fundamentalmente vinculado  a la sustancia del pensamiento histórico, no era una posibilidad que la mente de Trevor-Roper cultivara. De hecho, más de una vez caracterizó los golpes de estilo más efectivos de Gibbon  como ignes fatui, pues amenazaba con distraer a sus lectores de la sustancia de la Historia de la Decadencia y Caída, permitiendo así un maravilloso triunfo del pensamiento histórico y que la imaginación fuera valorada muy a la ligera como un trabajo de mera frivolidad.

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Edward Gibbon (1737-1794), óleo de Henry Walton

Trevor-Roper también reconoció que la carrera de Gibbon exhibió una inusual perfección de vida y obra. Los años de madurez intelectual los dedicó a su trabajo, y el trabajo llenó los años de madurez. La Historia de la Decadencia y Caída fue un logro inmenso, un ejemplo triunfal de un proyecto de primera magnitud,  identificado, definido y completado por los únicos esfuerzos de su historiador. Gibbon no iba a malgastar sus energías en opúsculos. Después de 1788, “nunca contempla otra gran obra”, como Trevor-Roper señaló con frecuencia. Gibbon había ofrecido “una reinterpretación radical del proceso de la historia europea” y ahí, habiendo resuelto “el gran problema histórico de su tiempo”, se detuvo.

Ésta no iba a ser la forma que tomaría la propia carrera de Trevor-Roper. Aunque en 1944 pudo haber alimentado la esperanza de que algún día podría escribir una obra que la posteridad situara junto a la Decadencia y Caída, esa gran y definitiva obra nunca fue escrita. Incluso si hubiera completado a su gusto la monografía sobre la Guerra Civil sobre la que trabajó durante tantos años, la pregunta es si se hubiera podido codear con la Decadencia y Caída,  al menos en los términos que el propio Trevor-Roper utilizabapara captar la grandeza del libro de Gibbon.  Cuando Hume dijo de su tiempo que “esta es la época histórica”, había visto que el pensamiento social avanzado de la época había revelado problemas que exigían del arbitraje del historiador,  y solo del historiador. Bien podía Trevor-Roper aceptar irónicamente que Gibbon había obtenido un premio alto en la lotería de la vida. Había sido un historiador supremamente dotado cuyos poderes estaban en su apogeo cuando a la historia, de entre todas las disciplinas intelectuales, le correspondió hacer la obra más importante.

Pero la segunda mitad del siglo XX ya no era ese tiempo. Cualquiera que sea el equivalente moderno al problema ilustrado del progreso, es poco probable que la respuesta esté en un libro sobre la guerra civil inglesa,  sin importar lo bueno que sea. De hecho, cualquiera que fuese, muy posiblemente no era un problema para los historiadores. Tal vez era un problema para los físicos o  los biólogos. El momento de la hegemonía intelectual de la historia había pasado, quizá para no volver jamás. En verdad,  emular Gibbon era ya imposible, y los que lo intentaron, como Toynbee, sólo lograron producir monstruos gaseosos, amorfos, ahistóricos, como el propio Trevor-Roper le decía en una carta a Berenson, donde la atracción superficial por la fantasía de Toynbee era enfriada por una subyacente consternación por su relevancia para la escritura de la historia.

Trevor-Roper era demasiado inteligente para caer en el abismo de la complacencia acrítica en la que Toynbee se había precipitado de cabeza. Pero el precio de esa sensatez era sufrir una variante del último dolor que Tertuliano había ideado para los condenados -el dolor de ver, pero no compartir, los placeres del paraíso de los historiadores. Fue por esta razón por la que el más grande historiador Inglés del siglo XX se sintió más cómodo con la forma del ensayo.

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