La escritura histórica: defensa a la vieja usanza

Hace ya muchos meses, mencionábamos en esta bitácora a Gordon Wood y a su libro The Purpose of the Past. Reflections on the Uses of History. Ahora lo recuperamos de nuevo porque firma,  con el título de “In Defense of Academic History Writing“, la columna “The Art of History” que publica el número de abril de Perspectives on History. Como se recordará, ya dimos cuenta de la primera entrega de esa sección, un excelente texto de Lynn Hunt. Pues bien, parece que los editores desean dar cabida a todas las opiniones, incluso a posiciones encontradas. Así que, tras la señora Hunt, nada mejor que esta nueva entrega, tan distinta.

Porque, en efecto, Wood  no es un historiador lefty, que dirían allá. Otros lo tendrían por referente del establishment liberal, que leía con devoción sus artículos en la New York Review of Books o en New Republic. En cambio, hay quien dice que es simple y llanamente un neoconservative. Por eso lo traemos aquí, no porque se comparta su perspectiva. Está bien y es conveniente que alguien nos ponga en guardia contra ciertas derivas, pero su defensa parece una vuelta a los tiempos del historicismo. Es decir, la música no desafina del todo, pero la letra chirría en algunas estrofas. Ah!, y añadiré que comparto con Carlo Ginzburg que uno ha de escribir historia pensando en tener un millón de lectores y también, cómo no, que uno no puede continuar asumiendo la “incauta idea positivista de la fuente histórica indiscutible y objetiva”, aunque ha de buscar la verdad de forma paciente y modesta, algo en lo que sí somos dedudores de los métodicos. Pero vayamos a Gordon Wood:

La escritura de la historia académica parece estar en una crisis. Las editoriales universitarias no paran de publicar monografías históricas – más o menos 1.200 al año-  y, sin embargo, tienen muy pocos lectores. A veces las ventas de libros de historia académica sólo se cuentan por centenares; si no fuera por las compras que realizan las bibliotecas,  podrían medirse por decenas. La mayoría de la gente, al parecer, no está interesada en leer historia, al menos  no historia escrita por historiadores académicos. Aunque hay quien culpa de esta situación a la pobre enseñanza de la historia en las escuelas, la mayoría de los críticos parecen pensar que el problema radica en los propios historiadores académicos. Éstos no saben cómo escribir historia, al menos el tipo de historia que la gente quiere leer. Al fin y al cabo, David McCullough y otros historiadores populares venden cientos de miles de libros de historia. Si ellos pueden hacerlo, ¿por qué los historiadores académicos no pueden escribir mejor, ser más fáciles de leer, hacer una historia más accesible?

Los historiadores que venden muchos libros siempre han pensado que era su capacidad para escribir bien lo que les hacía populares. Samuel Eliot Morison, un historiador que fue un bicho raro, un académico que fue un best seller durante las décadas centrales del siglo 20, sin duda lo creía. Los historiadores académicos, decía, “han olvidado que hay un arte de escribir la historia”. En lugar de brillante historias que trasmitan, escriben “aburridas, sólidas y  valiosas monografías que nadie lee fuera de la profesión”. Barbara Tuchman, que fue la historiadora más popular de los Estados Unidos en los años 60 y 70, también pensaba que los historiadores académicos no sabían escribir. La razón de que los profesores de historia tengan tan pocos lectores, señaló, es que han tenido una audiencia excesivamente cautiva -primero con los miembros del tribunal de tesis, luego con sus alumnos en las aulas. Realmente no saben cómo “capturar y retener los intereses del público”. David McCullough está de acuerdo, a pesar de que es demasiado cortés para decirlo con tanta franqueza. La historia tiene problemas, sugiere, porque la mayoría de historiadores académicos han olvidado cómo contar una historia (story). “Eso es lo que es la historia(history)”, dice, “una historia (story)”.

Ay, si todo fuera así de simple!. Los historiadores académicos no han olvidado cómo contar una historia (story). En cambio, la mayoría han optado  a propósito por no contar historias (stories), es decir, han optado por no escribir una historia narrativa. La historia narrativa es una forma particular de escritura de la historia cuya popularidad procede del hecho de que se parece a un relato (story). Dispone los acontecimientos del pasado en orden cronológico, como un relato (story), con principio, nudo y desenlace. La historia narrativa se suele centrar en personalidades individuales o acontecimientos públicos singulares, el tipo de eventos que en el pasado habrían acaparado los titulares.  Dado que la política tiende a dominar los titulares, la política ha constituido tradicionalmente la columna vertebral de la historia narrativa.

En lugar de escribir este tipo de historia narrativa, los historiadores más académicos, sobre todo al principio de sus carreras, han optado por escribir lo que podría describirse como historia analítica, monografías especializadas y con frecuencia sobre temas muy concretos que por lo general se basan en su tesis de doctorado. (…).  Tales estudios particulares pretenden resolver problemas del pasado que las obras de los historiadores anteriores han puesto de manifiesto, o resolver las discrepancias entre los distintos relatos históricos  o rellenar huecos que la literatura histórica existente ha omitido o ignorado. En otras palabras,  los historiadores académicos primerizos suelen elegir sus temas a partir de lo que anteriormente han dicho otros historiadores académicos . Apartir de ahí, encuentran errores, vacíos  o nichos en la historiografía que pueden corregir, rellenar o sobre los que pueden construir. Sus estudios, por restringidos que pueda parecer, no son insignificantes. Es a través de sus estudios especializados como contribuyen al esfuerzo colectivo de la profesión por ampliar nuestro conocimiento del pasado.

La escritura de este tipo de monografías históricas surgió del noble sueño decimonónico según el cual la historia podría convertirse en una ciencia objetiva, una ciencia que se parecería, si no a ciencias naturales como la física o la química, al menos sí a las ciencias sociales -economía, sociología , antropología,  psicología- que estaban surgiendo en el mismo momento que lo hacía la historia escrita profesionalmente. Por tanto, la monografía histórica asume que la historia es una especie de ciencia, es decir, que el conocimiento histórico es acumulativo y que la acumulación constante de monografías especializadas podrá profundizar y ampliar nuestra comprensión del pasado. Aunque los críticos recientes se han burlado del “noble sueño” por el que la historia se parecería a una ciencia, las monografías escritas durante el siglo pasado han construido gradualmente y una sobre otra, hasta el punto de que ahora sabemos más aspectos que nunca, y más exactamente, sobre la conducta humana del pasado.

Charles Seignobos (1854-1942)

Todas esas monografías académicas que Morison llamaba “aburridas” y “sólidas” han hecho avanzar la disciplina de manera extraordinaria durante el siglo pasado. Puede que ninguna de ellas haya vendido más de unos pocos miles de copias a lo sumo, pero, como Morison reconoció, fueron “valiosas”. En su multiplicidad,  son la razón por la que sabemos mucho más que nunca sobre la historia de la esclavitud, de las mujeres  y de infinidad de otros temas . Han abierto nuevos campos de investigación, han penetrado en características más privadas, subjetivas y menos accesibles de la vida pasada, incluyendo el matrimonio, las relaciones sexuales y la crianza de los hijos. Han explotado los datos demográficos y todo tipo de conductas populares no verbales para reconstruir la vida de las masas de hombres y mujeres corrientes que no dejaron ningún registro escrito. Por supuesto, a menudo todos estos avances se han producido a expensas de la historia política tradicional o narrativa.

El sueño de los historiadores que organizaron hace más de un siglo la American Historical Association se ha cumplido con creces. A pesar del grosero presentismo que acompaña a veces  a mucha de la escritua histórica actual, y pese a los esfuerzos de algunos historiadores en utilizar la historia como arma ideológica en la política contemporánea, la mayoría de historiadores que escriben hoy todavía anhelan ser tan objetivos y fieles al pasado como lo hacían los historiadores de finales del siglo XIX, y  la mayoría de los actuales historiadores académicos aún juzgan sus respectivos trabajos de acuerdo con las normas elaboradas por la generación que creó la profesión histórica hace más de un siglo.

Pero concebir la historia como una especie de ciencia significa asumir que la mayoría de la escritura histórica académica tendrá necesariamente un público limitado. Al igual que los papers en otras ciencias, la historia monográfica es escrita en gran parte dentro de la disciplina. Dado que las monografías se elaboran unas sobre otras, los escritores de estas monografías suponen por lo general  que los lectores habrán leído los libros anteriores sobre el mismo tema, es decir, que poseen un conocimiento previo especializado que les permita participar en los diálogos y debates que los historiadores tienen entre sí. Esta es la razón por la que la mayoría de monografías históricas son habitualmente difíciles de leer para el público en general;  los lectores nuevos o ajenos a la disciplina a menudo han de instruirse en la historiografía sobre el tema antes de que puedan entender el sentido de muchas de estas monografías.

Así que va desencaminado quien aconseja a los historiadores académicos que su prosa ha de ser más estimulante si quieren ampliar su público lector. No es la prosa pesada y difícil la que limita sus lectores, sino más bien los temas sobre los que deciden escribir y su concepción de que sus lectores son colegas historiadores que se dedican a una ciencia acumulativa.

El problema actual es que las monografías se han vuelto tan numerosas,  refinadas y  especializadas que la mayoría de historiadores académicos  han desistido de sintetizar todos estos estudios, de reunirlos en narrativas comprehensivas.   Así, por lo general los académicos han dejado la escritura de la historia narrativa en manos de historiadores no académicos que, por desgracia, suelen escribir sin demasiada preocupación ni conocimiento de la mayor parte de la extensa literatura monográfica existente . Si los historiadores académicos quieren una historia narrativa popular que se base firmemente en la literatura monográfica, entonces tendrán que escribirla ellos mismos.

Gordon S. Wood es  Alva O. Way University Professor y emérito en la Brown University. Su libro más reciente es Empire of Liberty: A History of the Early Republic, 1789–1815.

Copyright © American Historical Association

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3 Respuestas a “La escritura histórica: defensa a la vieja usanza

  1. No deja de ser curioso que McCullough y Wood se hayan especializado en el mismo tema. Por otro lado, considero relevante la distinción que hace entre historiadores académicos y los que -presupongo- “no lo son” (académicos, se entiende).

    Me ha recordado al documental “pintando palabras” incluído en el DVD de John Adams, la serie de la HBO sobre el libro de McCullough alabando el estilo (¿literario?) del historiador “no académico”, por seguir con la división de Wood.

    Es más, todo esto huele a la metodología de Gaddis. No obstante, nunca está de más que alguien nos avise de los peligros de la especialización… ¿no?

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